HEINE Y CERVANTES

I

Una excelente revista--_Hispania_--que, en lengua castellana, aparece

en Londres, ha publicado, no hace mucho, el estudio de Heine sobre el

_Quijote_. La traducción la ha hecho un distinguido escritor americano:

D. S. Restrepo. Lo traducido ahora, estaba ya traducido en España;

ignoramos si el señor Restrepo tenía conocimiento de esta traducción.

Aludimos á la publicada en la _Revista Contemporánea_ correspondiente

al 30 de Septiembre de 1877. El autor de esta traducción es el delicado

poeta Augusto Ferrán. En 1837 Enrique Heine escribió un prólogo para

una traducción alemana del _Quijote_; «escrito en París durante el

Carnaval de 1837», dice la fecha de esas páginas del poeta; no es

baladí consignar ese detalle, al parecer nimio, pero interesante, de

las circunstancias--algunas circunstancias, desde luego--en que Heine

meditó y redactó su proemio á la gran novela. Los traductores españoles

lo han desdeñado: Larra--que veía trágicamente el Carnaval--hubiera

tenido muy en cuenta este significativo pormenor; significativo

tratándose de un libro también cómico en la apariencia, pero asimismo

trágico en el fondo.

La edición del _Quijote_ con proemio de Heine se publicó en Stuttgart

el año citado más arriba. No conocemos el original alemán de la obra

del poeta; la hemos leído en una edición francesa; incluída va en el

volumen que figura en las _Obras completas_ de Heine con el título de

_De tout un peu_; hizo esa edición Michel Levy, y la tirada que tenemos

á la vista es de 1867. Algo importante encontramos en la advertencia

que el editor pone al frente del volumen citado. Hablando del estudio

de Heine sobre el _Quijote_ se dice lo siguiente: «Heine se ha mostrado

severo, en su correspondencia, con su _Introducción al Quijote_,

que fué publicada en 1837 y que nosotros hemos incluído entre sus

fragmentos de crítica literaria. El lector seguramente no participará

sino á medias de ese juicio del poeta sobre uno de esos escritos;

juicio que hubiera sido menos duro, probablemente, si no se hubiera

tratado en este caso de consolar á su editor ordinario de Hamburgo de

haberle visto á él, Heine, aceptar para este trabajo los ofrecimientos

de otro editor de la Alemania meridional.» Pequeño, pero curioso

problema de psicología literaria es éste; ante todo, ni enteramente ni

_á medias_--como dicen los editores parisienses--aceptamos el juicio de

Heine sobre su trabajo cervantista; luego habría que ver los pasajes

de las cartas de Heine en que este habla del asunto; finalmente,

es verosímil, aunque parezca extraño, el motivo que se alega para

la autodepreciación citada. Dejemos simplemente consignadas estas

observaciones.

No solamente no aceptamos á medias el juicio de Heine, sino que, lejos

de ello, tenemos las páginas escritas por el poeta acerca del _Quijote_

como lo más bello, fundamental y sentido que jamás se haya escrito.

Siendo el _Quijote_ una obra universal, no es mucho lo que de un modo

original y emocionador se ha dicho del gran libro. ¿Cuántos son los

grandes espíritus que han hablado del _Quijote_? Estudios largos,

detenidos, podemos contar muy pocos; incidentalmente han hablado

del _Quijote_ elevados ingenios de todos los países; son alusiones,

indicaciones rápidas, frases sueltas, no otra cosa. Así han hablado

Rousseau, La Fontaine, Víctor Hugo, Tourgueneff, Flaubert (éste,

cuatro líneas, dedicadas á Sancho Panza, en su brevísimo estudio sobre

Rabelais). «Mil veces--ha escrito Clarín en sus _Notas sueltas_ sobre

el _Quijote_--, mil veces, leyendo á mis filósofos, sabios, poetas y

novelistas favoritos, de extrañas tierras, he pensado: ¡Qué lástima que

este espíritu no hubiese penetrado y recordado bien el de Cervantes!

La cita del _Quijote_ estaba muchas veces _indicada_... y no venía. En

Carlyle, en Renán, por ejemplo, ¡cuántas veces la _asociación de ideas_

llamaba al _ingenioso hidalgo_... y no venía!»

En las páginas de Heine se contienen muchos de los más importantes

puntos de vista que modernamente se habían de adoptar respecto á la

novela de Cervantes. Algunas de estas ideas, si no han sido originales

de Heine, al menos, la fuerza, la plasticidad, la emoción del poeta las

ha dado relieve extraordinario y las ha lanzado, desde la penumbra, á

plena y viva luz. No es inútil advertir que al hablar de tales puntos

de vista no nos referimos á triquiñuelas, fruslerías y minucias de

erudición; de lo que aquí se trata es de la interpretación psicológica,

ideal, _sentimental_ del _Quijote_, cosa de que nuestros eruditos no

tienen idea, ó á la cual conceden un valor muy secundario. Indicaremos

algunas de estas ideas que á Heine se deben; hoy las opiniones del

poeta se han convertido ya en tópicos corrientes.

Hablando el poeta de la impresión que causaba en él la lectura del

_Quijote_, escribe: «Despreciábamos el bajo populacho que atacaba

cobardemente al héroe á estacazos; pero mucho mayor era nuestro

desprecio para el alto populacho que, vestido con trajes de seda,

hablando escogido lenguaje y adornado con un título ducal, se mofaba

de un hombre que le sobrepujaba en nobleza y en ingenio». (Todavía al

presente se elogia la caballerosidad y la cortesía de los duques con

Don Quijote. Hay comentaristas para todo.) El poeta ha hecho resaltar

también las diversas impresiones que, según la edad--es decir, según

la evolución de la sensibilidad á través de los años--, va produciendo

la novela en los lectores. «Cada lustro de mi vida--escribe Heine--he

releído _Don Quijote_ con impresiones alternativamente diferentes.» El

poeta, en un momento determinado de su vida, creía que lo ridículo del

quijotismo procedía de querer introducir en la vida, en contradicción

con la realidad presente, un pasado desaparecido definitivamente.

(En el _Quijote_, el pasado legendario y heroico.) «¡Ay!--exclama

Heine--; yo he aprendido después que es una tan amarga locura el querer

introducir demasiado pronto el porvenir en el presente, cuando, en

un combate análogo contra los rudos intereses del día, no se posee

sino un caballejo, una débil armadura y un cuerpo no menos frágil.»

(Pensamiento profundo; pensamiento en que se revela la analogía entre

Heine y el _Quijote_; no decimos Don Quijote porque queremos comprender

en la comparación tanto al caballero como á su edecán. Heine osciló

siempre, trágicamente, entre la añoranza del pasado y el anhelo de lo

porvenir. Este conflicto íntimo--que se da en muchos espíritus--es

lo que marca la característica del poeta y determina su romanticismo

especial. Léase á este propósito el estudio dedicado á Heine por

el original pensador francés Jules de Gaultier; estudio publicado

primitivamente en la _Revue des Idées_ y recogido después, según

creemos, en alguno de los últimos libros del autor.)

Cervantes--prosigue Heine--era un hombre de una intuición profunda;

calaba en el fondo de las gentes que le rodeaban. Sin quererlo él, su

superioridad resaltaba por encima de sus coetáneos, de las personas

á quienes trataba, con quienes convivía. «¿Qué de extraño tiene que

Cervantes se haya enajenado así muchas simpatías y que en su carrera

terrestre no haya encontrado sino mediocres apoyos?» «Cervantes amaba

la música, las flores y las mujeres»--escribe poco más lejos Heine,

románticamente. (Pasemos sobre esta indicación del poeta; es posible

que Cervantes amara las flores; es posible que, como el Greco, amara

la música... Pero todo esto es escenografía del poeta.) En las novelas

precervantinas, en los primitivos libros de caballerías, todo estaba

idealizado, alambicado, y la cotidiana realidad no parecía por ninguna

parte. «En ningún lado, rastro de pueblo.» Cervantes destruye el viejo

y artificioso idealismo y funda otro nuevo basado en la realidad. «Así

proceden siempre los grandes poetas; al mismo tiempo que destruyen lo

que es viejo, fundan algo que es nuevo; no niegan jamás sin afirmar á

la par alguna cosa.» «Cervantes crea la novela moderna al introducir en

la novela caballeresca la descripción fiel de las clases inferiores, al

mezclar en ella la vida popular.»

Cervantes y Goethe se asemejan. Goethe recuerda á Cervantes hasta en

las particularidades del estilo, en «esa prosa fácil, coloreada de la

más dulce y más inocente ironía». (Sí; dulce é inocente... cuando es

inocente y dulce. Dulce é inocente en un sentido superior, elevado:

en el sentido de la inefable indulgencia, de la _suprema comprensión_

de las cosas que se desprende de la obra de Cervantes como de la de

Goethe.) «Cervantes y Goethe se parecen aun por sus defectos, por la

prolijidad de sus discursos, por esos largos períodos que encontramos

frecuentemente en ellos, comparables á un cortejo de gentes regias.»

No se encuentra á menudo en tales períodos sino un solo pensamiento,

grave, lento; pero «esa sola idea es siempre trascendental,

considerable; es como el soberano de esa cohorte».

No queremos apuntar los demás puntos de vista del trabajo de Heine.

Popularísimos han llegado á ser todos; salidos de la pluma del poeta,

se han desparramado por el mundo, y hoy, acá y allá, de cuando en

cuando, los tropezamos, manoseados, viejecitos, valetudinarios,

sin el brío y el fuego que les prestara el poeta, en artículos

periodísticos y peroratas académicas. Agradezcamos al gran poeta (hoy

_perseguido_ en su patria, donde no tiene un solo busto); agradezcamos

al poeta estas maravillosas páginas que él, sobre el más alto libro

tragicómico, escribió en 1837, durante el Carnaval, la época--¡oh,

Larra!--tragicómica del año.

Los valores literarios · 第 9 / 90 题