Estas líneas no son mas que una apostilla al artículo anterior. Se nos
pide que insistamos--ampliándolo--sobre algún punto expuesto en dicho
trabajo. Lo haremos brevemente. ¿Cómo se compaginan--se dice--las
fervorosas protestas de adhesión y amistad hechas por Cervantes
respecto al conde de Lemos y la conducta mezquina, menguada de éste?
Hemos dicho bastante sobre este importante extremo; pero añadiremos
algo más. Es preciso colocarse en la situación de Cervantes. El autor
del _Quijote_ era un hombre pobre, necesitado; toda su vida la había
pasado en angustiosas y trabajosas andanzas. No figuró nunca entre la
alta intelectualidad de su patria. Cuando estuvo en Sevilla, aparte
vivió de los aristocráticos, delicados ingenios que allí había;
su amigo y su protector--honremos su memoria--fué un hombre del
pueblo: un mesonero. En Madrid, al publicarse el _Quijote_, hubo para
Cervantes una ventolera de renombre; pero no nos hagamos ilusiones:
aquel renombre no era como este de que ahora goza Cervantes; aquel
renombre era, más que respeto y comprensora admiración, curiosidad,
interés por un escritor que había trazado una historia graciosa, llena
de donairosos disparates. No fué nunca considerado Cervantes, como
al presente es considerado, un erudito ó un publicista consagrado
oficialmente, académico, ex ministro, etc.
Por otra parte, el conde de Lemos no pasaba de ser un hombre mediocre,
limitado. Afectaba ser amigo de los literatos y protegerlos; mas
quienes verdaderamente se llevaban su consideración eran los que
en aquellos tiempos eran reputados por los verdaderos literatos y
pensadores: eruditos, teólogos, poetas aristocráticos. Aun siendo Lemos
amigo de Miguel, no podía colocar á éste en su estimación al nivel de
un Argensola, ó de un padre Arce, ó de un padre Mendoza. Le quería,
sí; mas en su afecto hacia Cervantes debió de haber esa corrección,
esa urbanidad fría, ese discreto acercamiento--ó alejamiento--que un
gran aristócrata ó un gran político saben poner entre su persona y la
persona de un hombre á quien se debe cierta gratitud, pero con quien no
se cree que debe establecerse una sincera, honda, cordial solidaridad
espiritual. ¿Qué iba á hacer Cervantes? Su situación era sumamente
apretada; si no le pasaba una pensión, regular y periódicamente, el
conde de Lemos (cosa que no está demostrada), por lo menos, debió
de hacerle, en ocasiones, algún señalado favor. Era Lemos la única
persona á quien Cervantes podía recurrir. ¿Iba Miguel á perder este
único asidero por adjetivo de más ó de menos en sus dedicatorias? ¿Qué
importaba un superlativo ó una hipérbole? Téngase en cuenta, además, el
estilo especial--todo encarecimientos--de esa literatura nuncupatoria.
Añádase también la generosidad nativa é inagotable de Miguel...
El conde de Lemos, desempeñador de los más altos cargos de la política,
pudo asegurar decorosa y holgadamente el porvenir de Cervantes. No
quiso hacerlo. Hemos hablado del concepto social que rodeaba al autor
del _Quijote_; ello influyó eficacísimamente en la clase de relaciones
que mediaron entre, Lemos y Miguel. ¿Se podrá rastrear hoy, _todavía_,
este concepto social de Cervantes? No se olvide que Cervantes mismo se
tenía--y ello le apesadumbraba--por un mero _romancista_; no se eche
en olvido tampoco el dictado de _ingenio lego_ con que le motejaron
algunos intelectuales de su tiempo. ¿Podremos encontrar todavía en
el _subtractum_ español, en lo hondo de ciertas regiones sociales
españolas, este concepto respecto á Cervantes? Los cervantistas (y,
en general, los historiadores literarios) desdeñan la realidad viva;
buceando en el fondo de la realidad española pudieran encontrarse
noticias y pormenores curiosísimos. Las modas, las maneras de decir,
las ideas, las modalidades del sentimiento, de las altas capas sociales
caen á lo hondo, poco á poco, y allí perduran durante mucho tiempo.
Giros del castellano clásico, vocablos desaparecidos hace siglos,
los encontramos en la parla de un mercado ó de un horno, en boca de
zabarceras y comadres. Puesto que el concepto _Cervantes-ingenio lego_
ha existido y ha dominado en la aristocracia intelectual de España, en
el siglo XVII y durante bastantes años, ¿podrá aún encontrarse rastro
vivo de este concepto, concepto que no calificamos porque no hace falta
y que ahora se resuelve en gloria de Miguel?
En 1848 un colaborador del _Semanario Pintoresco_--J. Jiménez
Serrano--hizo un viaje por la Mancha; visitó ese escritor algunos de
los parajes por donde anduvo Don Quijote. Sus impresiones se publicaron
en dicha revista. Cuenta Jiménez Serrano que caminando de Argamasilla
al Toboso se encontró á un clérigo que iba también al mismo pueblo.
Trabaron conversación los dos viandantes y el clérigo dijo, entre otras
cosas, al viandante, al enterarse del propósito de éste: «Hace cuarenta
años que vivo en Lugar Nuevo, famosísima patria de Don Quijote, pero
nací en el Toboso, donde pasé al lado de mis padres los primeros años
de mi juventud y las vacaciones que nos daban en la insigne Universidad
de Toledo; he visto, por consiguiente, muchos extranjeros que venían
atraídos como usted por la fama de ese Cervantes Saavedra tan celebrado
en Madrid. Movióme entonces la curiosidad de leer _El Ingenioso
Hidalgo_ y no me pareció, con perdón sea dicho, cosa de tanto asombro,
pues ni allí hay doctrina ni hechos; no pasa, en mi pobre juicio,
de ser una obra graciosa, escrita por un hombre chistoso, pero sin
carrera».
Léanse y reléanse las últimas frases transcritas; ese es, en 1848,
el concepto de Cervantes que profesaban en 1610 los intelectuales,
aristócratas, teólogos y grandes políticos. El _Quijote_ es una obra
graciosa, escrita por un hombre chistoso; no hay en ese libro doctrina.
Su autor es un hombre sin carrera. ¿Cómo había de dispensarle Lemos
la misma protección que á un Mendoza ó á un Arce? Dos años antes de
que el clérigo de Argamasilla expresara el juicio copiado, en 1846, un
escritor había dado la nota exacta al hablar de las relaciones mediadas
entre el conde y Miguel. Aludimos á Pablo Piferrer, agudo crítico y
elegante poeta. En su libro _Clásicos españoles_, Piferrer escribe,
tratando del desamparo de Cervantes: «Sólo el conde de Lemos, don Pedro
Fernández de Castro, aquel protector de los hermanos Argensolas, le
hizo _alguna_ merced, que, si bien muy digna de eterna loa, _no debió
de ser tan grande como pudiera deducirse de las expresiones que su
ánimo tan bueno y agradecido dictaba á Cervantes_.» «Mejor es verle así
dechado de generosidad y dulzura--añade el autor--; mas siendo un tanto
más sobrio en los elogios ajenos, fiando su propia defensa y la crítica
de los demás á su noble sátira, quizá el temor le hubiera granjeado
las consideraciones que se negaron tan villanamente á la indulgencia.»
«Aquí sólo la indignación mueve mi pluma--agrega Piferrer--; ni puedo
leer con calma que los mismos Argensolas anduviesen regateando el favor
del conde y dándose apariencias de patronos con aquel anciano en cuya
abierta frente resplandecía la bondad más pura. ¿Acaso todos los versos
juntos de aquellos poetas son en la sola poesía lo que cualquier
capítulo del _Quijote_ en toda la literatura?»
_Aquí sólo la indignación mueve mi pluma_--dice Piferrer--. Acompañemos
en su noble indignación al querido y delicado poeta de la _Canción de
la primavera_.