En el artículo anterior aludíamos á las relaciones mediadas entre el
conde de Lemos y Cervantes. ¿Quién era el conde de Lemos? ¿Qué clase de
protección dispensó á Cervantes? Elucidaremos estas cuestiones teniendo
á la vista el libro publicado por el marqués de Rafal sobre don Pedro
de Castro. Se titula el libro _Un mecenas español del siglo_ XVII: _el
conde de Lemos_. El conde de Lemos no pasaba de ser un hombre mediocre;
hoy hubiera sido un excelente parlamentario; diversos ministerios
hubiera desempeñado. «No fué su elevación á los altos puestos que
ocupó--nos dice Rafal--sino consecuencia natural de su posición social
y estrecho parentesco con el poderoso duque de Lerma.» Líneas más
arriba acaba de advertirnos el autor de que «nada de verdaderamente
extraordinario ocurre en la persona de nuestro biografiado». Ocupó
Lemos los más altos y pingües cargos de la política; fué presidente
del Consejo de Indias; desempeñó durante seis años el virreinato de
Nápoles; presidió más tarde el Consejo de Italia. Era el virreinato de
Nápoles una de las sinecuras más suculentas y preciadas entonces. Un
autor de la época, hablando de este cargo, dice que era «el mayor y más
útil que daba el rey en Europa».
Mostróse Lemos aficionado á las letras. Como empresas suyas referentes
á la cultura, se citan varias. Imprimió á sus expensas _La Dragontea_,
de Lope de Vega; estando en Nápoles «fundó una Universidad y escuelas,
para las que habilitó un magnífico edificio comenzado en tiempo de su
antecesor con destino á caballerizas». Intentó dotar á la misma ciudad
de Nápoles de una biblioteca; mas su designio no llegó á realizarse.
Escribió algunas poesías ligeras. Protegió á poetas y literatos... No
cosa de mayor entidad podemos decir del conde de Lemos. En resolución,
para este prócer, como para otros aristócratas de la época, las letras
eran un solaz y un deporte. De cuando en cuando se gustaba de los
versos livianos: se componían en las tertulias poesías de repente;
se amaba las representaciones fastuosas y pintorescas de comedias de
amor. No se sentía el arte tal como hoy un artista puede sentirlo; tal
como entonces lo sentía un Cervantes ó un Góngora. No podía en aquel
tiempo dispensar al arte un personaje como Lemos más atención que la
que se presta á un agradable devaneo. No lo consentía la sensibilidad
dominante en aquellas regiones sociales. Incompatible era el goce
estético delicado con el regodeo que se encontraba en las chocarrerías
y juegos de bufones, albardanes y demás sabandijas de los palacios.
El mismo Rafal nos cuenta en su libro un singular solaz que tomaron
en cierta ocasión los aristócratas palaciegos. Rodearon una noche la
casa de un bufón estando éste dormido; lo despertaron con estruendo
de arcabuces; lo amedrentaron; lo acongojaron; lleváronlo á una
prisión y lo pusieron en capilla, simulando que era llegada su última
hora... Cuando terminó la bárbara broma y quisieron indemnizar de sus
angustias al cuitado, regalándole una cadena de oro, el pobre hombre,
con un rasgo de altiva dignidad que le colocaba por encima de sus
atropelladores, se negó á recibir el presente.
Una sociedad cuyos más elevados miembros encontraban solaz de tan
bárbaros devaneos no podía sentir el _Quijote_ como hoy lo sentimos
nosotros. Ya hemos dicho en otra ocasión--paradójicamente--que el
_Quijote_ no lo ha escrito Cervantes, sino la posteridad. No podía ser
tampoco considerado Cervantes como hoy lo consideramos. No caigamos en
la ilusión espiritual, al juzgar al autor y su obra, de transportar
al siglo XVII el ambiente que ahora rodea á Cervantes y al _Quijote_.
La clase de protección de Lemos á Cervantes se explica teniendo en
cuenta qué es lo que Cervantes era en la sociedad y en las letras de
la décimoséptima centuria. Más abajo volveremos sobre este punto y
veremos cómo, dado el carácter de Lemos y dada la clase de literatura
que producía Cervantes, no pudo ser otra la protección del conde. Ahora
examinemos el asunto referente á la ida á Nápoles.
Fué nombrado Lemos virrey de Nápoles. Podía, desde tan alto cargo,
dispensar amplia y decorosa protección á la gente de letras. Puesto que
Lemos se ufanaba de ser el amparador de poetas y literatos, ésta era
la ocasión de demostrarlo cumplidamente. Figuraos que hoy llegara á la
presidencia del Consejo de ministros quien pusiera su gloria en alentar
y auxiliar á cuantos--dignamente--viven de la pluma. Ancho campo se
abriría á su noble afán. Con Lemos solicitaron pasar á Italia numerosos
literatos y poetas. Lo solicitaron, entre otros, Cervantes, Góngora,
Cristóbal Suárez de Figueroa. Había muerto el secretario del conde
tiempo atrás. Lemos nombró entonces para este cargo á Lupercio Leonardo
de Argensola. Correría Argensola con el cuidado de escoger el personal
que había de llevar el conde á Nápoles. Á Argensola, y no á Lemos,
debían, pues, dirigirse los pretendientes. Lemos, tan amante de los
hombres de letras, ponía entre su persona y los literatos una barrera.
Una barrera constituída por otro hombre de letras, es decir, por un
hombre que podía tener, respecto á rivales y competidores, sus recelos,
sus animadversiones, sus resquemores. ¿Cómo justificar la conducta de
Lemos en este caso, capital, capitalísimo en su vida? ¿Por qué él no se
entendió directamente con los que llamaba sus amigos, sus protegidos?
«Todo quedaba ya--dice Rafal--supeditado á la buena ó mala voluntad de
Lupercio.»
Nuestro amado y gran Miguel fué de los que «más» solicitaron el ir á
Nápoles. Había puesto en ello Cervantes una fervorosa ilusión. No pudo
conseguirlo. Lo rechazaron los Argensola. El fracaso de su esperanza
produjo á Miguel una honda amargura. Rafal supone que la conducta de
Lemos «debió, no sólo ser correcta, sino cariñosa para Cervantes».
(Entre paréntesis, dilecto marqués: en la frase citada falta un _de_;
pero, sin querer, ha salido más exacta tal como está. En efecto, ésa
era la obligación del conde de Lemos para con Cervantes, obligación
que Lemos no cumplió.) Pero á seguida de escribir la frase transcrita,
el autor se pregunta: «¿Cómo pudo ello compaginarse, siendo, en último
término, la voluntad del conde la que había de prevalecer sobre la de
sus secretarios?» «No acertamos á dar con la respuesta...»--añade Rafal.
Pero las razones que imagina nuestro historiador para justificar
á Lemos, antes nos confirman la mediocridad de éste que abonan su
proceder. El conde--nos dice Rafal--gustaba de las Academias en que se
repentizaba; el amor de Lemos á las letras, como el de sus congéneres,
se manifestaba, como queda dicho, en estas liviandades y devaneos
ridículos. Cervantes no podía hacer brillante papel en tales tertulias;
según él mismo confiesa, era tartamudo; no podía producir una ligera
y brillante cháchara. No era, pues, «á propósito para certámenes como
aquellos á que demostró Lemos y sus consejeros ser aficionados».
Dejemos esto. El hecho es que «ni uno solo de los comentadores de la
vida del insigne escritor puntualiza» al hablar de la protección de
Lemos á Cervantes. Como Cervantes hace en distintas partes protestas
efusivas de adhesión y cariño al conde, se viene á sospechar que la
tal protección fuera no otra cosa que una cantidad que periódicamente
pasaba Lemos á Miguel. Y con esto volvemos al punto que arriba dejamos
para tratarlo ahora.
El conde de Lemos, gran señor, ocupador de suntuosas posiciones
políticas, tuvo en su vida numerosas ocasiones de favorecer, definitiva
y decorosamente, á Cervantes. Fácilmente pudo darle algún cargo digno;
fácilmente pudo hacer que Miguel, ya en la Administración, ya en la
Justicia, ya en cualquier otro de los ramos y engranajes del Estado,
encontrara un decente y duradero acomodo. ¿Por qué no lo hizo así? ¿Por
qué su amparo tomó la forma de una pensión, cuya cuantía ignoramos, y
que hoy nos molesta, nos repugna? ¿Por qué esta manera de limosna y no
la otra manera ostensible y digna de la protección en un cargo lícito
y decoroso? No olvidemos que el conde de Lemos vivía en el siglo XVII,
y que sobre eso--ello es importante--era un hombre mediocre y frívolo.
No olvidemos tampoco que Miguel no pasaba de ser un escritor de obras
festivas. Algunos de sus coetáneos le motejaban de _ingenio lego_; él
mismo sentía la pesadumbre de no ser mas que un _romancista_, es decir,
un escritor en lengua vulgar. Lo selecto y lo literario entonces, lo
verdaderamente intelectual era escribir en latín sobre especulaciones
filosóficas ó políticas; y si no en latín, al menos, urdir en
castellano algún grave y recio infolio de erudición. El _Quijote_ no
pasaba de ser un libro de burlas chocarreras. «¡Cómo!--podría decirnos
Lemos--. ¿Os quejáis de mi protección á Cervantes; la encontráis
indecorosa, mezquina, y no reparáis que Cervantes no es un gran
literato, un filósofo, un erudito? ¿Decís que la tal protección no
corresponde ni á la persona ni á la obra? ¡No lo comprendo!»
Y, en efecto, ni Lemos ni sus contemporáneos lo comprenderían.
Pero Lemos, cuando quería proteger, sabía proteger decorosa y
espléndidamente. En el libro del marqués de Rafal se citan varios
casos. Uno es el de los propios Argensolas; á más de lo consignado,
el conde trabajó obstinadamente con la corte pontificia para que á
Bartolomé le fuera concedida una canonjía. Otro caso es el del jesuíta
padre Mendoza, en rebelión con la Compañía, hombre inquieto y bravío,
para quien Lemos, después de defenderlo y ampararlo largamente, logró
un obispado. El tercer caso es el del padre Arce, bibliotecario del
conde, á quien también favoreció Lemos con otro obispado. Sabía, sí,
sabía proteger el conde. Pero, ¡ay, querido Miguel! Tú, ¿quién eras y
qué eras? Tú eras un pobre hombre, lisiado y desdichado; tú no habías
compuesto ningún libro _serio_; tú no habías sacado de tu cabeza mas
que una historia estrafalaria y risible.