SOBRE EL «QUIJOTE»

_La Lectura_ ha publicado el tomo VI de su edición del _Quijote_. Cuida

del texto y de las notas--como es sabido--el señor Rodríguez Marín. El

texto, puntuado, dispuesto por el señor Rodrígez Marín, merece entera

confianza; no le regatearemos nuestros elogios. La labor realizada

en las notas no puede ser expedida en cuatro palabras; requiere un

examen detenido, especial. Lo haremos otro día. En general, los

comentaristas del _Quijote_ adolecen de trabajar en lo abstracto; pecan

de aficionados en demasía á los libros, papeles y documentos... y á lo

que otros eruditos han dicho antes que ellos. El _Quijote_ es un libro

de realidad; la Mancha, principalmente, es el campo de acción de esta

novela. En la Mancha hay ahora paisajes, pueblos, aldeas, calles, tipos

de labriegos y de hidalgos casi lo mismo (por no decir lo mismo) que

en tiempos de Cervantes. La Mancha comienza ahí mismo, á las puertas

de Madrid, desde el cerrillo de San Blas para abajo... Sin embargo,

los comentaristas del _Quijote_ escriben en Madrid; revuelven mil

mamotretos; se fatigan investigando documentos; corren desalados tras

de un librejo que pudiera traer un dato interesante; lo hacen todo, en

suma, todo menos darse un paseo por la Mancha, que está ahí, á tiro

de escopeta, con todas las particularidades vivas y tangibles que

figuran en las páginas del _Quijote_. Nada nos dicen los comentaristas

de los tipos--existentes hoy--de Alonso Quijano y de Sancho, ni del

ama y la sobrina de Don Quijote, ni de las costumbres manchegas, ni de

los yantares y condumios propios de ese país (de los cuales Cervantes

habla), ni de la Cueva de Montesinos (que los viajeros nos describen),

ni de las lagunas de Ruidera, ni de los famosos batanes, que perduran

al presente como en aquella noche infausta de la célebre--y no

aromática--aventura. Hablar de todo esto, poner en relación la realidad

de hoy con la realidad pintada por Cervantes, sería establecer una

armonía de humanidad y cordialidad entre la obra y el lector; sería

ligar á sus raíces naturales--la tierra manchega, mejor, española--una

planta producida por las dichas raíces. Pero para los comentaristas del

_Quijote_ la Mancha no tiene realidad; la Mancha no existe.

Nada más significativo á este respecto--aparte de lo dicho--que

contemplar las láminas que, en 1780, puso la Academia Española á la

edición del _Quijote_ que entonces hizo. ¿Qué idea de España se tenía

entonces? ¿Es posible que españoles, y españoles eminentes, tuvieran

tan estrafalaria y absurda idea de la realidad española? ¡Cómo! Estos

hombres viven en España, tienen ante los ojos sus paisajes, han

deambulado por sus caminos, han posado en sus ventas, han tropezado y

platicado con hidalgos, labriegos, artesanos... Y ahora, cuando en el

libro más español de todos los libros quieren dar, gráficamente, un

reflejo de la España en que ellos viven y ellos representan (con la más

alta representación literaria), nos ofrecen un desconocimiento absurdo

de España; nos ofrecen una España grotesta y ridícula. Y todo esto

cuando á las puertas de Madrid, donde la edición se prepara, está la

Mancha, con sus campiñas, sus ventas, sus caminos, sus Quijanos y sus

Sanchos.

La segunda parte del _Quijote_ mejora notablemente con respecto á

la primera. Hablamos de la segunda parte porque á ella corresponde

el volumen publicado ahora por _La Lectura_. Mejora, repetimos, en

cuanto á la técnica y en cuanto á la contextura espiritual. Hay en

ella algo de etéreo, de indefinible, de inefable que no hay en la

primera parte. El hombre que escribe este volumen no es el mismo que

el que ha escrito el primero. Antes había--tal vez--pleno sol; ahora

la franja luminosa que tiñe lo alto de las bardas (_¡aún hay sol en

las bardas!_) es resplandor dorado, tenue, de ocaso, de melancolía.

Cervantes se despide de muchas cosas en esta segunda parte. La segunda

parte del _Quijote_ es un libro de despedida. En ella llega el autor á

una tenuidad portentosa de estilo; se piensa en los grises de la última

manera de Velázquez. Como se ve toda la modernidad de la segunda

parte del _Quijote_ es comparando su prosa á la de otros libros de la

misma época, á la prosa de Vélez de Guevara, de Castillo Solórzano,

de Quevedo, de Gracián. Lo que aquí es trabajo, técnica laboriosa,

particularidades de la época, en Cervantes es ligereza, sutilidad,

inactualidad. Páginas hay que, con ligeras modificaciones ortográficas,

parecerían escritas ahora; el autor va escribiendo embebido en su

propia visión interior sin reparar en la forma literaria. Cervantes _no

se da cuenta de cómo escribe_. Cuando se llega á este estado es cuando

realmente la expresión literaria alcanza su más alto valor.

La segunda parte del _Quijote_ sugiere multitud de reflexiones; sobre

todo, los capítulos en que figuran los duques que aposentaron en su

palacio á Don Quijote y Sancho. Los tales duques nos parecen ahora

gente inculta, grosera y aun cruel. No se concibe cómo personas

discretas y cultas pueden recibir gusto y contento en someter á un

caballero como Alonso Quijano á las más estúpidas y angustiosas

burlas. (Recuérdese la aventura de los gatos, el «espanto cencerril

y gatuno».) Una temporada están Don Quijote y Sancho en casa de los

duques: se divierten éstos á su talante con ello; son expuestos

caballero y escudero á la mofa de toda la grey lacayuna; con la más

exquisita corrección se conduce y produce Alonso Quijano. Y luego los

tales duques dejan marchar, como si no hubiera pasado nada, al sin par

caballero y á su simpático edecán. Ya que se divirtieron de lo lindo

los duques, ¿no había medio de demostrar su gratitud de una manera

positiva y definitiva? Á esos señores debía de constarles que Don

Quijote era un pobre hidalgo de aldea; ¿no se les ocurrió nada, para

aliviar su situación, más ó menos sólidamente? Pero dejan marchar á

Don Quijote, y hacen todavía más: como si las estólidas burlas pasadas

no fueran bastantes, aun se ingenian para traerle á su castillo cuando

el caballero va de retirada á su aldea, y para darle una postrera y

pesada broma. Hemos dicho que _ahora_ notamos esta estúpida crueldad

de los duques; mas ya á últimos del siglo XVIII, cuando don Vicente de

los Ríos compuso su _Análisis del Quijote_, escribía que esas chanzas

de los duques con Alonso Quijano suponían un olvido «de la caridad

cristiana y de la humanidad misma». Hoy existen todavía comentadores

que encarecen la afabilidad, generosidad y cortesía de los duques...

El episodio de Sancho en su ínsula da pie á reflexiones que podríamos

enlazar con la moderna modalidad de los partidos políticos en España.

Sancho demuestra ser un excelente gobernante y un honradísimo

administrador («Desnudo entré en el gobierno, y desnudo salgo»,

repite él, cosa que ahora no podrían repetir muchos gobernadores

y gobernantes.) Sin embargo, los duques, señores que tendrán sus

_estados_, que necesitarán hombres aptos y probos para el gobierno de

su casa; los duques no advierten tales condiciones excepcionales en

Sancho, y en vez de darse el parabién por haber hallado un tal hombre,

que tan útil les puede ser, lo dejan marchar, como si no hubiera

sucedido nada. Pensamos irremediablemente en Cervantes y el conde de

Lemos cuando, nombrado virrey de Nápoles, no quiso llevarse consigo

á Cervantes, que lo pretendía. Pensamos en la curiosa selección--al

revés--que en la política española se suele hacer.

Mucho tendríamos que escribir para comentar--á nuestro modo--los lances

y episodios de esta segunda parte del _Quijote_. Terminemos haciendo

una indicación sobre un incidente, de breves proporciones, pero de una

maravillosa _lejanía ideal_. Aludimos al encuentro y á la separación

de Don Quijote y don Álvaro Tarfe. En una venta se conocen uno y otro

caballero. Pocas horas duran sus relaciones. Preguntó Tarfe á Don

Quijote:

--¿Adónde bueno camina vuesa merced, señor gentilhombre?

--Á una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural--respondió Don

Quijote--. Y vuesa merced, ¿dónde camina?

--Yo, señor--replicó Tarfe--, voy á Granada, que es mi patria.

Al otro día reanudaron el viaje. Juntos fueron hasta cosa de media

legua de la venta. Quedaba establecida entre los dos corazones una viva

corriente de simpatía. «Á obra de media legua se apartaban dos caminos

diferentes, el uno que guiaba á la aldea de Don Quijote, y el otro

el que había de llevar don Álvaro.» Se abrazaron y cada cual siguió

su diferente camino. Ya Don Quijote iba vencido; sus días estaban

contados. Ni uno ni otro caballero habían de verse más. Nunca Alonso

Quijano había de repasar este camino. El presente minuto--eterno en

la historia--que él permanecía en esta bifurcación del camino, ya no

volvería á vivirlo. El sol tenue y dorado de lo alto de las bardas

acababa de desaparecer. Estos minutos, insignificantes al parecer,

tienen una importancia capital en nuestra vida; dejan una estela

de melancolía dulce que no dejan los clamorosos sucesos. Son unos

días pasados junto al mar, ó en una montaña; ó es una visita rápida

que hacemos á una vieja ciudad; ó bien el conocimiento inesperado,

momentáneo y grato de alguien á quien no hemos de volver á ver. Delante

de nosotros se abre el camino de la vida; nos detenemos un instante y

luego proseguimos--inexorablemente--la marcha.

Los valores literarios · 第 6 / 90 题