nacional.
La actividad es el símbolo de la juventud.
Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender.
Una escuela es una fragua de espíritus.
La educación es como un árbol: se siembra una semilla y se abre en
muchas ramas.
Sea la gratitud del pueblo que se educa, árbol protector, en las
tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy les hacen tanto bien.
Hombres recogerá quien siembra escuelas.
Aire de ejemplo, riego de educación necesitan las plantas oprimidas.
La libertad y la inteligencia son la natural atmósfera del hombre.
Los ojos de los hombres, una vez abiertos no se cierran.
Los mismos padecimientos por el logro de la libertad encariñan más con
ella; y el reposo mismo que da el mando tiránico permite que a su sombra
se acendren y fortalezcan los espíritus.
Quien quiera pueblo ha de habituar a los hombres a crear.
Quien crea, se respeta y se ve como una fuerza de la naturaleza, a la
que atentar o privar de su albedrío fuera ilícito.
Una semilla que se siembra no es sólo la semilla de una planta, sino la
semilla de la dignidad.
La independencia de los pueblos y su buen gobierno vienen sólo cuando
sus habitantes deben su subsistencia a un trabajo que no está a la
merced de un regalador de puestos públicos, que los quita como los da y
tiene siempre en susto, cuando no contra él armados en guerra, a los que
viven de él.
No hay cosa que moleste tanto a los que han aspirado en vano a la
grandeza como el espectáculo de un hombre grande.
Crecen los dientes sin medida al envidioso.
Es bueno que se truequen en universidades los conventos.
La grandeza, luz para los que la contemplan, es horno encendido para
quien la lleva, de cuyo fuego muere.
Sentirse amado fortalece y endulza.
Honrar, honra.
No hay como vivir para aprender a tener compasión de los que viven.
La habilidad es la cualidad de los pequeños.
Las virtudes son menos estimadas por aquellos que viven en constante
contacto con los virtuosos.
Hay sucesos tales, que exigen tanta grandeza en los que han de
soportarlos como en los que los realizan.
¿Qué es la grandeza, sino el poder de embridar las pasiones, y el deber
de ser justo y de prever?
El lamento es de ruines cuando está en frente la obra.
Suelen mezquinas causas domar a hombres egregios.
En tiempos de peligro, el pesar mayor es estar lejos de él.
¡Cuán poco puede el genio generoso contra la obra de la discordia de los
hombres!
¡Qué dolor ver claramente en las entrañas de los siglos futuros y vivir
enclavado en su siglo!
Es la palabra águila que no consiente tener plegadas las alas largo
tiempo.
Hallan los hombres excusa a los actos censurables en la frecuencia con
que éstos acontecen y en la impunidad en que queda el delito.
Es más fácil apoderarse de los ánimos moviendo sus pasiones, que
enfrenándolas.
Traiciones tiene la Historia, y parricidios.
Prevenirse no está de más, si se quiere salvar el espíritu de América, y
se le tiene en algo, y se sabe lo que vale.
Es de hijos poner, y no quitar, a la virtud y hacienda que les vinieron
de sus padres.
Honrar en el nombre lo que en la esencia se abomina y combate, es como
apretar en amistad un hombre al pecho y clavarle un puñal en el costado.
Tiene el chiste su decoro literario, y el buen ingenio desdeña esa
barata jocosidad que está en hacer alusiones a cosas deshonestas.
Ni religión católica hay derecho de enseñar en las escuelas, ni religión
anticatólica.
Sea libre el espíritu del hombre y ponga el oído directamente sobre la
tierra; que si no hubiera debido ser así, no habría sido puesto en
contacto de la tierra el hombre.
Poesía es un pedazo de nuestras entrañas, o el aroma del espíritu
recogido, como en cáliz de flor, por manos delicadas y piadosas.
Entristece ver a los hombres movidos por sus pasiones o azuzando las
ajenas.
Los siglos se petrifican y se hacen hombres; pero para eso es necesario
que pasen siglos. Después, a gran distancia, se observan mejor su tamaño
y su obra.
El que vió hervir en tacho burdo el hierro de que se hizo el primer
clavo, no imaginó la fogueante y hendente locomotora, que cabalga en los
montes y los lleva a rastras.
Savia quieren los pueblos y no llagas.
Es estéril el consorcio de dos razas opuestas.
Las grandes personalidades, luego que desaparecen de la vida, se van
acentuando y condensando; y cuando se convoca a los escultores para
alzarles estatuas, se ve que no es ya esto tan preciso, porque como que
se han petrificado en el aire por la virtud de su mérito, y las ve todo
el mundo.
Hay seres humanos en quienes el derecho encarna y llega a ser sencillo e
invencible, como una condición física.
La Humanidad no se redime sino por determinada cantidad de sufrimiento,
y cuando unos la esquivan, es preciso que otros la acumulen, para que
así se salven todos.
Es dado a ciertos espíritus ver lo que no todos ven.
Para otros la Tierra es un plato de oro, en que se gustan manjares
sabrosos; y los hombres, acémilas, buenas para que los afortunados las
cabalguen.
La prosperidad que no está subordinada a la virtud, avillana y degrada a
los pueblos; los endurece, corrompe y descompone.
La perla está en su concha y la virtud en el espíritu humano.
La virtud crece.
El honor humano es imperecedero e irreducible, y nada lo desintegra ni
amengua, y cuando de un lado se logra oprimirlo y desvanecerlo, salta
inflamado y poderoso de otro.
Odian los hombres y ven como a enemigo al que con su virtud les echa
involuntariamente en rostro que carecen de ella; pero apenas ven
desaparecer a uno de esos seres acumulados y sumos, que son como
conciencias vivas de la Humanidad, y como su médula, se aman y aprietan
en sigilo y angustia en torno del que les dió honor y ejemplo, como si
temiesen que, a pesar de sus columnas de oro, cuando un hombre honrado
muere, la humanidad se venga abajo.
Se afirma un pueblo que honra a sus héroes.
La vida es relativa y no absoluta.
Los pueblos pueden necesitar de la protección, como un niño de
andadores.
Puede ser útil proteger una industria genuina, mientras las
restricciones necesarias para protegerla no impongan a la nación un
sacrificio superior al beneficio que a toda luz haya de sacar de ella.
Con el mucho auxilio sucede a las industrias lo que a la criatura a
quien nunca saquen del andador: que no aprenderá a andar.
Lo que se vió es lo que importa, y no quien lo vió.
El apuntador molesta en los libros como en el teatro.
Lo que se quiere es saber lo que enseña la vida, y enoja que no nos
dejen ver la vida como es, sino con estos o aquellos espejuelos.
Con tanto como se escribe está aún en sus primeros pañales la literatura
servicial y fuerte.
El hombre es uno, y el orden y la entidad son las leyes sanas e
irrefutables de la naturaleza.
Los pueblos no se rebelan contra las causas naturales de su malestar,
sino contra las que nacen de algún desequilibrio o injusticia.
Todo acto equitativo en provecho de la masa laboriosa, contribuye a
afirmar la seguridad pública.
La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos, y de
abominar todo lo que los aparte.
Las puertas de cada nación deben estar abiertas a la actividad
fecundante y legítima de todos los pueblos.
Las manos de cada nación deben estar libres para desenvolver sin trabas
el país, con arreglo a su naturaleza distintiva y a sus elementos
propios.
Los pueblos todos deben reunirse en amistad y con la mayor frecuencia
dable, para ir reemplazando, con el sistema del acercamiento universal,
por sobre la lengua de los istmos y la barrera de los mares, el sistema,
muerto para siempre, de dinastías y de grupos.
IX
Del vol. "Norteamericanos".
IX
Se pelea mientras hay por qué, ya que puso la naturaleza la necesidad de
justicia en unas almas, y en otras la de desconocerla y ofenderla.
Los bravos olvidan.
Se nota, después de las guerras, que los que olvidan menos son los menos
bravos, o los que pelearon sin justicia y viven en el miedo de su
victoria.
Pueblos hay y gentes, de oro por fuera, que son una cueva de duendes
insomnes por dentro.
Sólo los pueblos pequeños perpetúan sus guerras civiles.
Como bueno, caballo contra caballo, se dirimen las contiendas que
arrebata al dictamen de la razón la ferocidad del hombre.
Culminan las montañas en pico y los pueblos en hombres.
El silencio es el pudor de los grandes caracteres.
La queja es una prostitución del carácter.
Aquel que es capaz de algo y muere sin que le haya llegado su hora,
muere en calma, que en alguna parte le llegará. Y si no llega, bien
está; ya es bastante grande el que es capaz de serlo.
En una República, un hombre que no vota es como en un ejército un
soldado que deserta.
En el egoísta hay más personalidad, visible al menos, que en el
desinteresado; pero sólo en el desinteresado hay verdadera grandeza.
Denuedo vence a denuedo.
A los hombres les importa más, a los hombres que llegan con el deseo a
donde no les llega el patriotismo, les importa más quedar primero que
salvar la patria.
No es lo mismo, por cierto, pelear donde el enemigo se ha preparado para
resistir que donde tiene que acudir imprevista y precipitadamente.
Ni hombres ni hechos derivan grandeza permanente sino de su asimilación
con una época o con una nación.
No hay faena más complicada y sutil que la del gobierno, ni cosa que
requiera más práctica del mundo, sumisión y ciencia.
El genio es conocimiento acumulado.
Por toda suerte de condiciones habrá sido útil pasar, para ser benigno y
justo, según diferentes normas, con los hombres de todas condiciones.
Han de tenerse en grado igual sumo la conciencia del derecho propio y el
respeto al derecho ajeno; y de éste se ha de tener un sentimiento más
delicado y vivo que de aquél, porque de su abuso sólo puede venir
debilidad, y del de aquél puede caerse en despotismo.
Todo lo que vive se expresa.
Lo que se contiene se desborda.
Tiene artes increíbles la lisonja.
Los talentos, para ser eficaces, han de reunir en sí ambos sexos; el
hombre, que invade; la mujer, clemente.
Obscurecerse es bien, si así se evita ensangrentar la patria.
A ciertos actos no es dado el ser entendido por ciertas mentes.
La grandeza lastima a los que no son grandes.
Se han de poner las esperanzas en lo que no se pierdan; jamás en
hombres, escurridizos como las serpientes.
Los pueblos yerran en las horas de crisis que les turban el juicio;
pero, en reposo, es admirable su justicia; ven el hecho, el carácter, el
peligro, como entre nubes; pero lo ven; y si por el odio, el interés o
el amor, suelen extremar o desviar sus opiniones, es lo más común que
las tengan justas y seguras.
La Tierra tiene sus cráteres; la especie humana sus oradores. Nacen de
un gran dolor, de un gran peligro o de una gran infamia.
Los oradores, como los leones, duermen hasta que los despierta un
enemigo digno de ellos.
Sólo resisten el vaho venenoso del poder las cabezas fuertes.
El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición
de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de este
gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando lo
privan de él.
No mueren nunca sin dejar enseñanza los hombres en quienes culminan los
elementos y caracteres de los pueblos; por lo que, bien entendida, viene
a ser un curso histórico la biografía de un hombre prominente.
En la elevación de cada hombre, por más que pueda parecer injusta y
casual, hay causas fijas y de gran cuantía, ya residan por fuerza
original en el encumbrado, ya dominen por fuerza nacional en el pueblo
que los encumbra.
Todo gobernante representa, aun en las formas más extraviadas y
degradantes del gobierno, una fuerza activa y considerable, visible u
oculta; y cae, cualesquiera que sean su poder y aparato legal, cuando
esta fuerza cesa, o él cesa de representarla.
No hay en los pueblos cosa más real que sus gobiernos.
Las repúblicas tienen, como excrecencias de su majestad y gusanos de su
tronco, sus callejuelas y sus pasadizos; y así como en las horas de
tormenta el instinto seguro del pueblo le lleva a elegir por guía el
águila que cruza con más serenidad el aire, sucede en las horas de
calma, cuando las águilas reposan, que las ambiciones, hábiles de suyo y
agresivas, se entran por donde duerme la verdadera grandeza, que sólo da
cuenta de sí cuando un peligro digno de ella viene a despertarla.
En un país de pensamiento, sólo por las sorpresas de la guerra puede
subir un hombre inculto al poder.
No hay espectáculo, en verdad, más odioso que el de los talentos
serviles.
Quien lisonjea, manda.
Domina a los hombres el que aparenta servirlos, y tiene más seguro el
mando aquel que no deja ver que lo desea, ni lastima la ambición,
orgullo o decoro de sus émulos con el espectáculo de su presunción o
soberbia.
Dos que han pecado juntos, son eternos amigos.
Cuando todas las noblezas se han obscurecido en el hombre, aún es capaz
de la pasión de amigo, y se encarniza en ella, como para probarse que no
es enteramente vil.
Si hay algo sagrado en cuanto alumbra el Sol, son los intereses patrios.
No hay viles mayores que los que miran exclusivamente los intereses de
la patria como medios de satisfacer su vanidad o levantar su fortuna.
Jamás debe apartarse de los cuidados públicos, ni en los momentos de
mayor paz, la gente honrada.
No debe abandonarse por descuido lo que habrá de reconquistarse luego a
gran costa.
No hay furia mayor que la de los caudillos rivales de un mismo partido.
Hay pocas cosas en el mundo que sean tan odiadas como los hipócritas.
El decoro encalla donde la intriga sale ilesa.
Donde se plantan pudres no hay que esperar olores.
El que viola el derecho, la paz y la independencia de la casa ajena, es
como un bandido y rufián de las naciones, a la que lo de cesárea y
omnipotente no quitaría la mancha de criminal y de villana.
Quien ha sabido preservar su decoro sabe lo que vale el ajeno, y lo
respeta.
El talento la naturaleza lo da y vale lo mismo que un albaricoque o una
nuez; pero el carácter no; el carácter se lo hace el hombre; y con su
sangre lo anima y colora, y con sus manos lo salva de tentaciones que,
como sirenas, le cantan; y de riesgos que, como culebras, lo vahean.
El carácter sí es motivo de orgullo, y quien lo ostenta, resplandece.
Como mármol ha de ser el carácter: blanco y duro.
¿Qué es, por desdicha, la política práctica, más que la lucha por el
goce del poder?
El lenguaje es humo cuando no sirve de vestido al sentimiento generoso o
la idea eterna.
Los partidos desdeñosos con quienes los solicitan, acaban por solicitar
a quienes los desdeñan.
El necio sólo confía en los meros poderes naturales.
Cada condición lleva consigo, como todo lo que existe en lo material o
espiritual, una cantidad igual de vida o muerte.
Al poder se sube casi siempre de rodillas. Los que suben de pie son los
que tienen derecho a él.
Todo lo que no sea virtud pura es a la larga apoyo deleznable en
política.
De cada nuevo hervor sale más bello el mundo.
El ejercicio de la libertad conduce a la religión nueva.
¿A qué sino a desconfiar de la eficacia de la existencia han de llevar
las religiones que castigan y los gobiernos tétricos?
Donde la razón campea florece la fe en la armonía del Universo.
El hombre crece tanto, que ya se sale de su mundo e influye en el otro.
Por la fuerza de su conocimiento abarca la composición de lo invisible,
y por la gloria de una vida de derecho llega a sus puertas seguro y
dichoso.
Cuando las condiciones de los hombres cambian, cambian la literatura, la
filosofía y la religión, que es una parte de ella.
Cada sacudida en la historia de un pueblo altera su olimpo.
La entrada del hombre en la ventura y ordenamiento de la libertad
produce, como una colosal florescencia de lirios, la fe casta y profunda
en la utilidad y justicia de la Naturaleza.
La salud de la libertad prepara a la dicha de la muerte.
Cuando se ha vivido para el hombre, ¿quién nos podrá hacer mal, ni
querer mal?
La vida se ha de llevar con bravura y a la muerte se la ha de esperar
con un beso.
En vano concede la Naturaleza a algunos de sus hijos cualidades
privilegiadas; porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su
pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por
él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una
montaña.
Los hombres son productos, expresiones, reflejos. Viven, en lo que
coinciden con su época o en lo que se diferencian marcadamente de ella;
lo que flota, les empuja y pervade; no es aire sólo lo que les pesa
sobre los hombros, sino pensamiento; esas son las grandes bodas del
hombre: sus bodas con la patria.
Hay palabras de instinto, que vienen sobre el mundo en las horas de
renuevo, como los huracanes y las avalanchas; retumban y purifican, como
el viento; elaboran sin conciencia, como los insectos y las arenas de la
mar.
La religión venidera y perdurable está escrita en las armonías del
Universo.
Los hombres abandonan a los que se deciden a vivir sin adularlos.
El mejor modo de servir a Dios es ser hombre y cuidar de que no se
menoscabe la libertad.
El amor de una mujer joven trastorna a los ancianos, como si volviera a
llenarles la copa vacía de la vida.
La piedad es el sello de las almas escogidas.
Cuando la Naturaleza escribe "Grandeza", escribe "Ternura".
El que la nación educa, si no aprende para vil, debe dar la flor de su
trabajo, la flor de su vida, a la nación.
Los hombres pueden levantar puentes más fácilmente que levantar almas.
Los hombres gustan de comer y de dormir, y se entretienen en cortarse
las alas y en ver caer al polvo sus mejores plumas, en vez de ceñírselas
a los hombros, como para tenderlas vía del Cielo.
Dos madres tienen los hombres: la Naturaleza y las circunstancias.
Dan de sí las épocas nuevos hombres que las simbolizan.
Ya no fabrican los hombres en el fondo del río, sino en el aire.
Cada siglo que pasa es un puñado más de verdades que el hombre guarda en
su arca.
Cuando el hombre ha vaciado su espíritu, puede ya dejar la Tierra.
Una mujer buena es un perpetuo arco iris.
El soldado es el único que puede cometer crímenes sin deshonrarse.
Dentro de la maldad se crean virtudes relativas.
Sólo saca de sí su fuerza entera el que vive en la arrogancia interior
de ser querido.
No hay fraternidad más temible en las repúblicas que la de los
militares, por cuanto, a más de fortalecerse por el interés común, viene
de hechos heroicos que apasionan con justicia a los pueblos y hacen
conmovedora y sincera la unión de los que los realizaron juntamente.
La muerte engrandece cuanto se acerca a ella; y jamás vuelven a ser
enteramente pequeños los que la han desafiado.
El triunfar no está en ser, sino en lucir.
La guerra es poética y se nutre de leyendas y asombros.
La guerra no es serventesio repulido con ribete de consonante y encaje
de acentos.
La guerra es oda. Quiere caballos a escape, cabezas desmelenadas,
ataques imprevistos, mentiras gloriosas, muertes divinas. Quiere héroes
que sepan echar la vida al aire, como el matador echa al brindar el toro
la montera.
La muchedumbre humana es aún servil y ama al que vence.
El alma humana es como una caja de colores que, al sol de la gloria,
resplandece.
Los cráneos están llenos de colores.
El hombre ama lo centelleante y pintoresco.
La caballería es como el gerifalte de la guerra moderna, en caer cuando
no se la espera, en venirse con la presa en los dientes, en recogerse
cuando lo quiere el cazador.
El valor crece a caballo. En el caballo hay gloria.
El mejor modo de hacerse adorar por los soldados, es no sacrificarlos
sin necesidad y pelear a su cabeza.
Hay batallas sin sangre; batallas en que la sangre corre donde no se ve.
Los que desdeñan el arte son hombres de estado a medias.
La paz es el deseo secreto de los corazones y el estado natural del
hombre.
Los defectos nacionales, como las virtudes, son elementos políticos.
Puesto que hay tanto hombre-boca, debe haber de vez en cuando un
hombre-ala.
El deber es feliz, aunque no lo parezca, y el cumplirlo puramente eleva
el alma a un estado perenne de dulzura.
El amor es el lazo de los hombres, el modo de enseñar y el centro del
mundo.
Se debe enseñar conversando, como Sócrates, de aldea en aldea, de campo
en campo, de casa en casa.
La inteligencia no es más que medio hombre, y no lo mejor de él.
No sabe de la delicia del mundo el que desconoce la realidad de la idea
y la fruición espiritual que viene del constante ejercicio del amor.
El juicio madura la sensibilidad.
En lo corpóreo, como en lo del espíritu, la salud es indispensable a la
belleza, y ésta, en el hombre como en el mundo de que es suma, depende
del equilibrio.
La ciudad extravía el juicio, el campo lo ordena y acrisola.
Antes se aplaudía al gladiador que mataba, y ahora al que salva.
La vida es un himno.
La muerte es una forma oculta de la vida.
El sufrimiento es menor para las almas que el amor posee.
La vida no tiene dolores para el que entiende a tiempo su sentido.
Del mismo germen son la miel, la luz y el beso.
Cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que
por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los
pueblos con más verdad que por sus cronicones y sus décadas.
No puede haber contradicciones en la Naturaleza.
¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a
los pueblos?
Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se
acaba en la cáscara.
La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que
apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el
aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues
ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da
el deseo y la fuerza de la vida.
El alma sólo se complace en lo bello y grandioso.
La libertad debe ser, fuera de otras razones, bendecida, porque su goce
inspira al hombre moderno--privado a su aparición de la calma, estímulo
y poesía de la existencia--, aquella paz suprema y bienestar religioso
que produce el orden del mundo en los que viven en él con la arrogancia
y serenidad de su albedrío.
La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el
culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo
futuro, y explica el propósito inefable y seductora bondad del
Universo.
El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su
concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la obscuridad,
que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra. Y lo que,
oído en lo interior de la concha, parecía portentosa contienda, resulta
a la luz del aire ser el natural movimiento de la savia en el pulso
enérgico del mundo.
El átomo que crea es de esencia divina.
El acto en que se crea es exquisito y sagrado.
El hombre debe abrir los brazos, y apretarlo todo contra su corazón, la
virtud lo mismo que el delito, la suciedad lo mismo que la limpieza, la
ignorancia lo mismo que la sabiduría; todo debe fundirlo en su corazón,
como en un horno.
Dese fuerzas a los hombres, en vez de quitarles con lamentos las pocas
que el dolor les deja.
X
Del vol. "Amistad Funesta".
X
El alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco
se oscurece, la desdicha empieza.
La práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las
mejores cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no
bastan a consolar el alma de un solo extravío.
Ni a las mujeres está bien eso de cubrirse la frente, donde está la luz
del rostro.
Cuando se padece mucho no se desea un beso en los labios, sino en la
frente.
Hay algo de tenebroso e inquietante en esas frentes cubiertas.
Gustan siempre los jóvenes de lo desordenado e imprevisto.
Mejora y alivia el contacto constante de lo bello.
Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las
paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos
bellos, que la coloreen y la disipen.
Hay cierto espíritu de independencia en el pecado, que lo hace simpático
cuando no es excesivo.
Pocas son por el mundo las criaturas que, hallándose con las encías
provistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un
placer más profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos.
Todos aquellos placeres que no vienen directamente y en sazón de los
afectos legítimos, aunque sean champaña de la vanidad, son acíbar de la
memoria.
Tiene el sueño pesado, en cosas de grandeza, y sobre todo en estos
tiempos, el alma humana.
¿Qué es la música, sino la compañera y guía del espíritu en su viaje por
los espacios?