Un pueblo crea su carácter en virtud de la raza de que procede, de la

comarca en que habita, de las necesidades y recursos de su existencia y

de sus hábitos religiosos y políticos.

La diferencia entre los pueblos fomenta la oposición y el desdén.

La superioridad del número y del tamaño, en consecuencia de los

antecedentes y de las oportunidades, cría en los pueblos prósperos el

desprecio de las naciones que batallan en pelea desigual con elementos

menores o diversos.

La educación del hijo de pueblos menores en un pueblo de carácter

opuesto y de riqueza superior, pudiera llevar al educando a una

oposición fatal al país nativo donde ha de servirse de su educación--o a

la peor y más vergonzosa de las desdichas humanas, al desdén de su

pueblo--, si al nutrirlo con las prácticas y conocimientos ignorados o

mal desenvueltos en el país de su cuna, no se le enseñaran, con atención

continua, en lo que se relacionan con él y mantienen al educando en el

amor y respeto del país adonde ha de vivir.

¿A qué adquirir una lengua, si ha de perturbar la mente y quitarle la

raíz al corazón?

El carácter pujante y respetado, triunfa del desierto y la noche de la

vida extranjera.

Es hermoso ver luchar a un hombre honrado; verlo padecer, puesto que del

espectáculo de su dolor se sacan fuerzas para oponerse a la maldad.

A los hombres los reúne el vicio o la virtud.

Hay blancos y negros tan juntos por la virtud, que no será posible

separarlos sin separarlos antes de sus propias entrañas.

Lo dominante es el amor.

La patria está hecha del mérito de sus hijos, y es riqueza de ella

cuanto bueno haga un hijo suyo, sobre todo si trabaja en lo que ya han

brillado otros y lo de él resulta más útil y completo que lo de sus

predecesores.

Lo que importa en poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya sentido

otro; y lo que se siente nuevamente, es nuevo.

A la vida se le van cayendo los velos poco a poco, y cuando se conoce y

rehuye lo de verboso e inútil que hay en ella, vuelve como una

ingenuidad al corazón, que en los hombres sensibles y adoloridos se

refleja, a la tarde de los años, en la sencillez de la poesía.

Guerra es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no

duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última

victoria.

En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay una poesía para mucho;

todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente

de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un

libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un

verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo

bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que

suelen afearla la venganza y la codicia.

Agradecer es un gusto.

Los hombres siempre se están cayendo, es verdad, pero ven a uno que anda

firme, y de la vergüenza todos le siguen andando.

El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha

suprema de la humanidad.

La personalidad individual sólo es gloriosa y útil a su poseedor cuando

se acomoda a la persona pública.

El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de

justicia que representa.

Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella.

Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del

bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas

de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado,

en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a

la vida con la semilla de lo porvenir y luz para el camino, sólo vivirán

dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza

fatal e incontrastable traen en sí.

Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la

humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez

de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la

dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad

ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la

idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a

fuerza de convulsiones inmorales, una vulgar fortuna.

El odio canijo ladra y no obra.

Sólo el amor construye.

Se aborrece a los viles, y se ama, con las entrañas todas, a los hombres

pudorosos y bravos.

Cuando se vive en villanía, no hay más que un pensamiento honrado, que

ha de morder el corazón hasta que estalle y triunfe, y de quemarlo como

una llaga, y de despertarlo en el reposo inmerecido: y es el de echar la

villanía abajo.

En la deshonra, en la usurpación insolente del suelo en que se nació y

del espacio en que pudieran abrir las alas nuestras facultades; en el

comercio, hediondo como el pus, con la ralea que roba a nuestra tierra

los frutos de su suelo y el decoro de sus hijos, y los corrompe y

empobrece, sólo una especie de hombres puede vivir sin la perenne idea

de mudarle el aire al cielo impuro: los hombres deshonrados.

Hombres hay para el pesebre, que viven de estrujar y de engullir;

hombres de corral, a la verdad, que en el cieno están bien, que es

blando y engorda.

Por el desinterés son bellos los hombres; y feos, y aun abominables, por

el interés excesivo, que de la legítima prudencia sacan excusa para la

inactividad y la avaricia.

Como con bubas en el rostro y jorobas en la espalda, andan por el mundo

los que en las penas de él, y a la hora en que trabajan por remediarlas

los corazones poderosos, pasan de prisa y como escondidos por donde el

deber labra y padece, para que el deber no les sienta el paso egoísta y

no les pida una migaja de su pan.

La lisonja inútil del mundo acaba tal vez en la tumba.

No hay cuenta que no se pague en la naturaleza armoniosa y lógica; y

para no llevar como una cadena al pie el deber desatendido, cúmplase el

deber, por la ventaja mundana y moral que hay en cumplirlo, y llévese

como título y como ala.

El mundo es patético, y el artista mejor no es quien lo cuelga y recama,

de modo que sólo se le vea el raso y el oro, y pinta amable el pecado

oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el

don de componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la

pena del mundo y quede el hombre movido a su remedio.

Negarse y recogerse en sí, y huir de la necesidad del mundo, y adularle

el poder, es el pálido oficio de las almas inferiores.

Ámese al hombre entusiasta y desinteresado.

VII

Del vol. "Nuestra América". (Primera Parte.)

VII

Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un

ejército.

Quien no sabe excusar y admirar, es ínfimo.

Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más

cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más

fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más

naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o

gusto.

Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de

cerca y en que nos tocó nacer.

No hay más viejos que los egoístas.

El egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde.

A esa literatura se ha de ir: a la que ensancha y revela, a la que saca

de la corteza ensangrentada el almendro sano y jugoso, a la que

robustece y levanta el corazón.

El mundo es fuerte y bello por los amigos.

El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y

desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y

egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da

hombres generosos y mujeres puras.

La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de

mujer que en ella se produce.

Todo trabajador es santo y cada productor es una raíz; y al que traiga

trabajo útil y cariño, venga de tierra fría o caliente, se le ha de

abrir hueco ancho, como a un árbol nuevo.

Honran y sirven a su pueblo los que, aun fuera de justa medida, premian

en nombre de él la fe en su porvenir y la fidelidad a sus ideales.

De la transfusión de la sangre mueren los enfermos, cuando no es sangre

afín.

Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras; todo

el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; tirano es

el católico que se pone sobre un indú, y el metodista que silba a un

católico.

Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el

católico a quien se impida afirmar.

El hombre sincero tiene derecho al error.

El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad.

Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos

en el goce de la tierra trabajada--y de su idea libre, que ahorra sangre

al mundo--, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño

a un lado, o se le abre en dos y se pasa; y así se entra, por sobre el

hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino.

El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre.

Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de

nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad.

Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con

tenerla a los que no la poseen.

Quien se da a los hombres es devorado por ellos...; pero es ley

maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no

se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa,

en bien de los demás, la nuestra.

Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan y como

los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y

son los que sintetizan y como los legisladores de la mente.

Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena.

Si se es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser

rico.

¡Cuánta batalla ganada supone la riqueza! ¡y cuánto decoro perdido! ¡y

cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se

parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno!

Los románticos han pecado sólo por su caballeroso exceso de fidelidad a

aquella época de renovación sublime.

El hombre, que lleva lo permanente en sí, ha de cultivar lo permanente;

o se degrada y vuelve atrás en lo que no lo cultive.

A lo transitorio se esclavizan y venden los que no saben descubrir en sí

lo superior y perdurable.

Hay hombres hechos, por su ruin natural, para que se acuesten sobre

ellos.

No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su

hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre.

A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo

el pueblo y no aparece el hombre.

El que anda, vence.

Hay que obligar a la gente a pensar, que es trabajo que suele agradar

menos a los petimetres literarios y políticos que el de ponerle

colorines y floripondios a la fachada de la historia.

Para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay

muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria.

Los gobiernos perfectos nacen de la identidad del país y el hombre que

lo rige con cariño y fin noble, puesto que la misma identidad es

indispensable, por ser en todo pueblo innata la nobleza, si falta al

gobernante el fin noble.

Lo primero que ha de hacer el hombre público, en las épocas de creación

o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que

valga ella a la patria.

Las batallas se ganan entre ceja y ceja.

La grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia

persona, sino en la medida en que sirven a la de su pueblo; y se

levantan mientras van con él, y caen cuando la quieren llevar detrás de

sí.

A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su

espíritu.

Lo real es lo que importa, no lo aparente.

En la política, lo real es lo que no se ve.

La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente

interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al

país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás

pueblos.

A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas.

Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo

que un pueblo hace es lo que está en su interés.

Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se

juntan chocan.

Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no

pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de

productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus

turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.

Los actos políticos de las repúblicas reales son el resultado compuesto

de los elementos del carácter nacional, de las necesidades económicas,

de las necesidades de los partidos, de las necesidades de los políticos

directores.

Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa

el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la

juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced

el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero

el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y

prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter

del pueblo que convida y el del convidado y si están predispuestos a la

obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no

que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la

unión que pretende con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son

las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus

partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la

invitación.

Un pueblo crece y obra sobre los demás pueblos en acuerdo con los

elementos de que se compone.

La acción de un país, en una unión de países, será conforme a los

elementos que predominen en él, y no podrá ser distinta de ellos.

Si a un caballo hambriento se le abre la llanura, la llanura pastosa y

fragante, el caballo se echará sobre el pasto y se hundirá en el pasto

hasta la cruz, y morderá furioso a quien le estorbe.

Dos cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro como un cóndor y

un cordero. Los mismos cóndores jóvenes, entretenidos en los juegos

fogosos y peleas fanfarronas de la primera edad, no defenderían bien, o

no acudirían a tiempo y juntos a defender, la presa que les arrebatase

el cóndor maduro.

Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los

pueblos.

Gobernar no es más que prever.

No basta que el objeto de la vida sea igual en los que han de vivir

juntos, sino que lo ha de ser la manera de vivir; o pelean, y se

desdeñan, y se odian, por las diferencias de manera, como se odiarían

por las de objeto.

Los países que no tienen métodos comunes, aun cuando tuviesen idénticos

fines, no pueden unirse para realizar su fin común con los mismos

métodos.

Quien dice unión económica, dice unión política.

El pueblo que compra, manda.

El pueblo que vende, sirve.

Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad.

El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere

salvarse, vende a más de uno.

El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en

influjo político.

La política es obra de los hombres, que rinden sus sentimientos al

interés, o sacrifican al interés una parte de sus sentimientos.

Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él.

Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza

y al servicio a los que necesitan de él.

Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo

de los demás pueblos.

El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus

negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir alguno,

prefiera al que lo necesite menos.

La Unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él

contra otra.

Todo lo primitivo, como la diferencia de monedas, desaparecerá cuando ya

no haya pueblos primitivos.

Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio como en la

política, la paz igual y culta.

El que vende no puede ofender a quien le compra mucho, y le da crédito,

por complacer a quien le compra poco, o se niega a comprarle, y no le da

crédito.

No debe levantarse entre países que comercian poco, o no dejan de

comerciar por razones de monedas, una moneda que perturba a los países

con quienes se comercia mucho.

Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta la estatura.

Mostrarse acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor modo de

salvarse de los peligros a que expone en el comercio, con un pueblo

pujador y desbordante, la fama de debilidad.

La cordura no está en confirmar la fama de débil, sino en aprovechar la

ocasión de mostrarse enérgico sin peligro. Y en esto de peligro, lo

menos peligroso, cuando se elige la hora propia y se la usa con mesura,

es ser enérgico.

Sobre serpientes ¿quién levanta pueblos?

Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y

sienten con entrañas de nación, o de humanidad.

Quien piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por

más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que

el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos.

VIII

Del vol. "Nuestra América". (Segunda Parte.)

VIII

Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la

bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados.

Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como

quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos

celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le

tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una,

las dos manos.

Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable

tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido,

del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les

llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.

Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la

bofetada.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor.

Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.

Cree el soberbio que la tierra fué hecha para servirle de pedestal,

porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz

e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas

modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de

Persia y derramando champaña.

La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le

acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos

originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de

cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez y nueve

siglos de monarquía en Francia.

El gobierno ha de nacer del país.

El espíritu del gobierno ha de ser del país.

La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.

El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del

país.

No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa

erudición y la naturaleza.

El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior,

mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende

prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural,

dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la

susceptibilidad o le perjudica el interés.

Las repúblicas han purgado en las tiranías su capacidad para conocer los

elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y

gobernar con ellos.

Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos

gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano,

allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno.

La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y

quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno la lastima, se lo

sacude y gobierna ella.

En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que

desconocen los rudimentos de la política.

El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el

mejor estudio de los factores del país en que se vive.

Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo

de librarlo de tiranías.

La universidad europea ha de ceder a la universidad americana.

Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el

de nuestras repúblicas.

El heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de

la guerra.

La razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de

uno sobre la razón campestre de otros.

El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa.

Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye

venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa

despierta, tiene al tigre encima.

Crear es la palabra de pase de esta generación.

El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!

Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a

sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un

yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad,

para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no

abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.

Estrategia es política.

Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud;

pero con un solo pecho y una sola mente.

Los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y

la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles.

Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él.

Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios

inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odios de razas, porque no hay razas.

El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en

color.

Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el

odio de las razas.

Pensar es servir.

Ciencia y libertad son llaves maestras que han abierto las puertas por

donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero.

Las fuerzas extraordinarias, en los hombres como en las tierras, por

coartadas y obscurecidas que anden, surgen siempre.

Es imposible que un gran territorio agrícola y minero no sea también un

gran territorio industrial.

Lo que tiene razón de vivir trae consigo tal pujanza, que no hay

preocupación de escuela, ley hostil o capricho pasajero que lo ahogue.

Cuando existen para un suceso causas históricas, constantes, crecientes

y mayores, no hay que buscar en una pasajera causa ínfima la explicación

del suceso.

El soldado de fila no ve nunca los ensueños de gloria o deleites de

sacrificios que iluminan o enternecen, en la hora del combate, los ojos

del capitán.

A la larga, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto

que inspira, de haber sido heroico;... así como queda para befa y mote

cuando tarda en serlo.

El poeta debe callar su dolor hasta la hora sublime en que el verso

tallado en él busca salida, despedazando las entrañas, para consolar la

pena de los hombres con la poesía misma que la pena inspira.

La mente tiene, como la Naturaleza, sus leones pavorosos, sus tigres

felinos, sus zorras aprovechadas y sus pájaros que vuelan y ven de alto.

Cada cosa, en sí, es suma y clave del conjunto de las cosas.

El que lleva la belleza en sí, ¿cómo creerá en lo feo del Universo?

Padecer es un deber, y, acaso, una necesidad de los poetas.

Lo que escribe el dolor es lo único que queda grabado en la memoria de

los hombres.

Vivir en la Tierra no es más que un deber de hacerle bien. Ella muerde y

uno la acaricia.

Créese riqueza pública, protéjase el trabajo individual; así, ocupadas

las manos, anda menos inquieta la mente.

La facilidad del trabajo es el principal enemigo de las revoluciones.

La tierra es la gran madre de la fortuna. Labrarla es ir directamente a

ella.

De la independencia de los individuos depende la grandeza de los

pueblos.

Venturosa es la tierra en que cada hombre posee y cultiva un pedazo de

terreno.

Toda muerte es principio de una vida.

Para hacer poesía hermosa, no hay como volver los ojos fuera: a la

Naturaleza; y dentro: al alma.

Sólo para hacer el bien la fuerza es justa.

La riqueza exclusiva es injusta.

Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios.

En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.

No hay en la tierra más vía honrada que la que uno se abre con sus

propios brazos.

La dignidad es como la esponja: se la oprime, pero conserva siempre su

fuerza de tensión.

La dignidad nunca muere.

Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí · 第 3 / 5 段