comarca en que habita, de las necesidades y recursos de su existencia y
de sus hábitos religiosos y políticos.
La diferencia entre los pueblos fomenta la oposición y el desdén.
La superioridad del número y del tamaño, en consecuencia de los
antecedentes y de las oportunidades, cría en los pueblos prósperos el
desprecio de las naciones que batallan en pelea desigual con elementos
menores o diversos.
La educación del hijo de pueblos menores en un pueblo de carácter
opuesto y de riqueza superior, pudiera llevar al educando a una
oposición fatal al país nativo donde ha de servirse de su educación--o a
la peor y más vergonzosa de las desdichas humanas, al desdén de su
pueblo--, si al nutrirlo con las prácticas y conocimientos ignorados o
mal desenvueltos en el país de su cuna, no se le enseñaran, con atención
continua, en lo que se relacionan con él y mantienen al educando en el
amor y respeto del país adonde ha de vivir.
¿A qué adquirir una lengua, si ha de perturbar la mente y quitarle la
raíz al corazón?
El carácter pujante y respetado, triunfa del desierto y la noche de la
vida extranjera.
Es hermoso ver luchar a un hombre honrado; verlo padecer, puesto que del
espectáculo de su dolor se sacan fuerzas para oponerse a la maldad.
A los hombres los reúne el vicio o la virtud.
Hay blancos y negros tan juntos por la virtud, que no será posible
separarlos sin separarlos antes de sus propias entrañas.
Lo dominante es el amor.
La patria está hecha del mérito de sus hijos, y es riqueza de ella
cuanto bueno haga un hijo suyo, sobre todo si trabaja en lo que ya han
brillado otros y lo de él resulta más útil y completo que lo de sus
predecesores.
Lo que importa en poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya sentido
otro; y lo que se siente nuevamente, es nuevo.
A la vida se le van cayendo los velos poco a poco, y cuando se conoce y
rehuye lo de verboso e inútil que hay en ella, vuelve como una
ingenuidad al corazón, que en los hombres sensibles y adoloridos se
refleja, a la tarde de los años, en la sencillez de la poesía.
Guerra es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no
duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última
victoria.
En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay una poesía para mucho;
todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente
de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un
libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un
verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo
bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que
suelen afearla la venganza y la codicia.
Agradecer es un gusto.
Los hombres siempre se están cayendo, es verdad, pero ven a uno que anda
firme, y de la vergüenza todos le siguen andando.
El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha
suprema de la humanidad.
La personalidad individual sólo es gloriosa y útil a su poseedor cuando
se acomoda a la persona pública.
El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de
justicia que representa.
Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella.
Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del
bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas
de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado,
en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a
la vida con la semilla de lo porvenir y luz para el camino, sólo vivirán
dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza
fatal e incontrastable traen en sí.
Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la
humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez
de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la
dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad
ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la
idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a
fuerza de convulsiones inmorales, una vulgar fortuna.
El odio canijo ladra y no obra.
Sólo el amor construye.
Se aborrece a los viles, y se ama, con las entrañas todas, a los hombres
pudorosos y bravos.
Cuando se vive en villanía, no hay más que un pensamiento honrado, que
ha de morder el corazón hasta que estalle y triunfe, y de quemarlo como
una llaga, y de despertarlo en el reposo inmerecido: y es el de echar la
villanía abajo.
En la deshonra, en la usurpación insolente del suelo en que se nació y
del espacio en que pudieran abrir las alas nuestras facultades; en el
comercio, hediondo como el pus, con la ralea que roba a nuestra tierra
los frutos de su suelo y el decoro de sus hijos, y los corrompe y
empobrece, sólo una especie de hombres puede vivir sin la perenne idea
de mudarle el aire al cielo impuro: los hombres deshonrados.
Hombres hay para el pesebre, que viven de estrujar y de engullir;
hombres de corral, a la verdad, que en el cieno están bien, que es
blando y engorda.
Por el desinterés son bellos los hombres; y feos, y aun abominables, por
el interés excesivo, que de la legítima prudencia sacan excusa para la
inactividad y la avaricia.
Como con bubas en el rostro y jorobas en la espalda, andan por el mundo
los que en las penas de él, y a la hora en que trabajan por remediarlas
los corazones poderosos, pasan de prisa y como escondidos por donde el
deber labra y padece, para que el deber no les sienta el paso egoísta y
no les pida una migaja de su pan.
La lisonja inútil del mundo acaba tal vez en la tumba.
No hay cuenta que no se pague en la naturaleza armoniosa y lógica; y
para no llevar como una cadena al pie el deber desatendido, cúmplase el
deber, por la ventaja mundana y moral que hay en cumplirlo, y llévese
como título y como ala.
El mundo es patético, y el artista mejor no es quien lo cuelga y recama,
de modo que sólo se le vea el raso y el oro, y pinta amable el pecado
oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el
don de componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la
pena del mundo y quede el hombre movido a su remedio.
Negarse y recogerse en sí, y huir de la necesidad del mundo, y adularle
el poder, es el pálido oficio de las almas inferiores.
Ámese al hombre entusiasta y desinteresado.
VII
Del vol. "Nuestra América". (Primera Parte.)
VII
Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un
ejército.
Quien no sabe excusar y admirar, es ínfimo.
Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más
cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más
fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más
naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o
gusto.
Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de
cerca y en que nos tocó nacer.
No hay más viejos que los egoístas.
El egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde.
A esa literatura se ha de ir: a la que ensancha y revela, a la que saca
de la corteza ensangrentada el almendro sano y jugoso, a la que
robustece y levanta el corazón.
El mundo es fuerte y bello por los amigos.
El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y
desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y
egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da
hombres generosos y mujeres puras.
La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de
mujer que en ella se produce.
Todo trabajador es santo y cada productor es una raíz; y al que traiga
trabajo útil y cariño, venga de tierra fría o caliente, se le ha de
abrir hueco ancho, como a un árbol nuevo.
Honran y sirven a su pueblo los que, aun fuera de justa medida, premian
en nombre de él la fe en su porvenir y la fidelidad a sus ideales.
De la transfusión de la sangre mueren los enfermos, cuando no es sangre
afín.
Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras; todo
el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; tirano es
el católico que se pone sobre un indú, y el metodista que silba a un
católico.
Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el
católico a quien se impida afirmar.
El hombre sincero tiene derecho al error.
El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad.
Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos
en el goce de la tierra trabajada--y de su idea libre, que ahorra sangre
al mundo--, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño
a un lado, o se le abre en dos y se pasa; y así se entra, por sobre el
hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino.
El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre.
Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de
nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad.
Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con
tenerla a los que no la poseen.
Quien se da a los hombres es devorado por ellos...; pero es ley
maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no
se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa,
en bien de los demás, la nuestra.
Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan y como
los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y
son los que sintetizan y como los legisladores de la mente.
Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena.
Si se es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser
rico.
¡Cuánta batalla ganada supone la riqueza! ¡y cuánto decoro perdido! ¡y
cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se
parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno!
Los románticos han pecado sólo por su caballeroso exceso de fidelidad a
aquella época de renovación sublime.
El hombre, que lleva lo permanente en sí, ha de cultivar lo permanente;
o se degrada y vuelve atrás en lo que no lo cultive.
A lo transitorio se esclavizan y venden los que no saben descubrir en sí
lo superior y perdurable.
Hay hombres hechos, por su ruin natural, para que se acuesten sobre
ellos.
No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su
hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre.
A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo
el pueblo y no aparece el hombre.
El que anda, vence.
Hay que obligar a la gente a pensar, que es trabajo que suele agradar
menos a los petimetres literarios y políticos que el de ponerle
colorines y floripondios a la fachada de la historia.
Para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay
muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria.
Los gobiernos perfectos nacen de la identidad del país y el hombre que
lo rige con cariño y fin noble, puesto que la misma identidad es
indispensable, por ser en todo pueblo innata la nobleza, si falta al
gobernante el fin noble.
Lo primero que ha de hacer el hombre público, en las épocas de creación
o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que
valga ella a la patria.
Las batallas se ganan entre ceja y ceja.
La grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia
persona, sino en la medida en que sirven a la de su pueblo; y se
levantan mientras van con él, y caen cuando la quieren llevar detrás de
sí.
A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su
espíritu.
Lo real es lo que importa, no lo aparente.
En la política, lo real es lo que no se ve.
La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente
interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al
país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás
pueblos.
A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas.
Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo
que un pueblo hace es lo que está en su interés.
Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se
juntan chocan.
Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no
pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de
productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus
turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.
Los actos políticos de las repúblicas reales son el resultado compuesto
de los elementos del carácter nacional, de las necesidades económicas,
de las necesidades de los partidos, de las necesidades de los políticos
directores.
Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa
el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la
juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced
el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero
el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y
prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter
del pueblo que convida y el del convidado y si están predispuestos a la
obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no
que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la
unión que pretende con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son
las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus
partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la
invitación.
Un pueblo crece y obra sobre los demás pueblos en acuerdo con los
elementos de que se compone.
La acción de un país, en una unión de países, será conforme a los
elementos que predominen en él, y no podrá ser distinta de ellos.
Si a un caballo hambriento se le abre la llanura, la llanura pastosa y
fragante, el caballo se echará sobre el pasto y se hundirá en el pasto
hasta la cruz, y morderá furioso a quien le estorbe.
Dos cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro como un cóndor y
un cordero. Los mismos cóndores jóvenes, entretenidos en los juegos
fogosos y peleas fanfarronas de la primera edad, no defenderían bien, o
no acudirían a tiempo y juntos a defender, la presa que les arrebatase
el cóndor maduro.
Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los
pueblos.
Gobernar no es más que prever.
No basta que el objeto de la vida sea igual en los que han de vivir
juntos, sino que lo ha de ser la manera de vivir; o pelean, y se
desdeñan, y se odian, por las diferencias de manera, como se odiarían
por las de objeto.
Los países que no tienen métodos comunes, aun cuando tuviesen idénticos
fines, no pueden unirse para realizar su fin común con los mismos
métodos.
Quien dice unión económica, dice unión política.
El pueblo que compra, manda.
El pueblo que vende, sirve.
Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad.
El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere
salvarse, vende a más de uno.
El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en
influjo político.
La política es obra de los hombres, que rinden sus sentimientos al
interés, o sacrifican al interés una parte de sus sentimientos.
Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él.
Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza
y al servicio a los que necesitan de él.
Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo
de los demás pueblos.
El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus
negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir alguno,
prefiera al que lo necesite menos.
La Unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él
contra otra.
Todo lo primitivo, como la diferencia de monedas, desaparecerá cuando ya
no haya pueblos primitivos.
Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio como en la
política, la paz igual y culta.
El que vende no puede ofender a quien le compra mucho, y le da crédito,
por complacer a quien le compra poco, o se niega a comprarle, y no le da
crédito.
No debe levantarse entre países que comercian poco, o no dejan de
comerciar por razones de monedas, una moneda que perturba a los países
con quienes se comercia mucho.
Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta la estatura.
Mostrarse acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor modo de
salvarse de los peligros a que expone en el comercio, con un pueblo
pujador y desbordante, la fama de debilidad.
La cordura no está en confirmar la fama de débil, sino en aprovechar la
ocasión de mostrarse enérgico sin peligro. Y en esto de peligro, lo
menos peligroso, cuando se elige la hora propia y se la usa con mesura,
es ser enérgico.
Sobre serpientes ¿quién levanta pueblos?
Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y
sienten con entrañas de nación, o de humanidad.
Quien piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por
más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que
el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos.
VIII
Del vol. "Nuestra América". (Segunda Parte.)
VIII
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la
bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados.
Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como
quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos
celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le
tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una,
las dos manos.
Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable
tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido,
del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les
llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.
Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la
bofetada.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor.
Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.
Cree el soberbio que la tierra fué hecha para servirle de pedestal,
porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz
e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas
modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de
Persia y derramando champaña.
La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le
acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos
originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de
cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez y nueve
siglos de monarquía en Francia.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del
país.
No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa
erudición y la naturaleza.
El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior,
mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende
prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural,
dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la
susceptibilidad o le perjudica el interés.
Las repúblicas han purgado en las tiranías su capacidad para conocer los
elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y
gobernar con ellos.
Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos
gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano,
allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno.
La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y
quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno la lastima, se lo
sacude y gobierna ella.
En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que
desconocen los rudimentos de la política.
El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el
mejor estudio de los factores del país en que se vive.
Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo
de librarlo de tiranías.
La universidad europea ha de ceder a la universidad americana.
Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el
de nuestras repúblicas.
El heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de
la guerra.
La razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de
uno sobre la razón campestre de otros.
El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa.
Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye
venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa
despierta, tiene al tigre encima.
Crear es la palabra de pase de esta generación.
El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!
Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a
sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un
yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad,
para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no
abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.
Estrategia es política.
Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud;
pero con un solo pecho y una sola mente.
Los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y
la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles.
Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él.
Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios
inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odios de razas, porque no hay razas.
El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en
color.
Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el
odio de las razas.
Pensar es servir.
Ciencia y libertad son llaves maestras que han abierto las puertas por
donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero.
Las fuerzas extraordinarias, en los hombres como en las tierras, por
coartadas y obscurecidas que anden, surgen siempre.
Es imposible que un gran territorio agrícola y minero no sea también un
gran territorio industrial.
Lo que tiene razón de vivir trae consigo tal pujanza, que no hay
preocupación de escuela, ley hostil o capricho pasajero que lo ahogue.
Cuando existen para un suceso causas históricas, constantes, crecientes
y mayores, no hay que buscar en una pasajera causa ínfima la explicación
del suceso.
El soldado de fila no ve nunca los ensueños de gloria o deleites de
sacrificios que iluminan o enternecen, en la hora del combate, los ojos
del capitán.
A la larga, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto
que inspira, de haber sido heroico;... así como queda para befa y mote
cuando tarda en serlo.
El poeta debe callar su dolor hasta la hora sublime en que el verso
tallado en él busca salida, despedazando las entrañas, para consolar la
pena de los hombres con la poesía misma que la pena inspira.
La mente tiene, como la Naturaleza, sus leones pavorosos, sus tigres
felinos, sus zorras aprovechadas y sus pájaros que vuelan y ven de alto.
Cada cosa, en sí, es suma y clave del conjunto de las cosas.
El que lleva la belleza en sí, ¿cómo creerá en lo feo del Universo?
Padecer es un deber, y, acaso, una necesidad de los poetas.
Lo que escribe el dolor es lo único que queda grabado en la memoria de
los hombres.
Vivir en la Tierra no es más que un deber de hacerle bien. Ella muerde y
uno la acaricia.
Créese riqueza pública, protéjase el trabajo individual; así, ocupadas
las manos, anda menos inquieta la mente.
La facilidad del trabajo es el principal enemigo de las revoluciones.
La tierra es la gran madre de la fortuna. Labrarla es ir directamente a
ella.
De la independencia de los individuos depende la grandeza de los
pueblos.
Venturosa es la tierra en que cada hombre posee y cultiva un pedazo de
terreno.
Toda muerte es principio de una vida.
Para hacer poesía hermosa, no hay como volver los ojos fuera: a la
Naturaleza; y dentro: al alma.
Sólo para hacer el bien la fuerza es justa.
La riqueza exclusiva es injusta.
Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios.
En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.
No hay en la tierra más vía honrada que la que uno se abre con sus
propios brazos.
La dignidad es como la esponja: se la oprime, pero conserva siempre su
fuerza de tensión.
La dignidad nunca muere.