La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen.
La flor del pensamiento es la poesía.
Lo más recio de la fe del hombre en las religiones es su fe en sí
propio, y su soberbia resistencia a creer que es capaz de errar; lo más
potente de la fe es el cariño a los tiempos tiernos en que se la recibe,
y las manos adoradas que nos la dieron.
La religión, falsa siempre como dogma a la luz de un alto juicio, es
eternamente verdadera como poesía.
Se conocen repúblicas falsas que cernidas en un tamiz, sólo producirían
el alma de un lacayo; pero donde la libertad verdaderamente impera, sin
más obstáculos que los que le pone nuestra naturaleza, no hay trono que
se parezca a la mente de un hombre libre, ni autoridad más augusta que
la de sus pensamientos.
Cuanto no sea compatible con la dignidad humana, caerá.
A las poesías del alma nadie podrá cortar las alas, y siempre habrá ese
magnífico desasosiego y esa mirada ansiosa hacia las nubes.
Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan
o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan
todas el daño o el beneficio.
Cuanto abata o reduzca al hombre, será abatido.
Hay hombres ardientes en quienes, con todos los tormentos del horno, se
purifica la especie humana.
Hay hombres dispuestos para guiar sin interés, para padecer por los
demás, para consumirse iluminando.
Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por
su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus
errores.
Las grandes opresiones engendran los grandes rebeldes.
Siempre lo impuesto es vano y lo libre es vivífico.
No es el hombre más que una de esas burbujas resplandecientes que danzan
a tumbos ciegos en un rayo de sol.
Tiene el negro una gran bondad nativa, que ni el martirio de la
esclavitud pervierte, ni se oscurece con su varonil bravura.
Pero tiene, más que otra raza alguna, tan íntima comunión con la
naturaleza, que parece más apto que los demás hombres a estremecerse y
regocijarse con sus cambios.
Hay en su espanto y alegría algo de sobrenatural y maravilloso que no
existe en las demás razas primitivas, y recuerda en sus movimientos y
miradas la majestad del león: hay en su afecto una lealtad tan dulce,
que no hace pensar en los perros, sino en las palomas: y hay en sus
pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a los de
los rayos del sol.
Jesús es lo que más aman de todo lo que saben de la cristiandad estos
desconsolados, porque lo ven fusteado y manso como se vieron ellos.
La mente, puesta a obrar, no cesa; el dolor, puesto a bullir, estalla;
la palabra, puesta a agitar, se desordena; la vanidad, puesta a lucir,
arrastra; la esperanza, puesta en acción, acaba en el triunfo o la
catástrofe; "para el revolucionario, dijo St. Just, ¡no hay más descanso
que la tumba!"
¡Quién que anda con ideas no sabe que la armonía de todas ellas, en que
el amor preside a la pasión, se revela apenas a las mentes sumas que ven
hervir el mundo sentados, con la mano sobre el sol, en la cumbre del
tiempo!
Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio:
una vez agotado el recurso pacífico, el ánimo generoso, donde labra el
dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento.
El jabalí perseguido no oye la música del aire alegre, ni el canto del
universo, ni el andar grandioso de la fábrica cósmica: el jabalí clava
las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el vientre de su
perseguidor, y le vuelca el redaño.
Así como la vida del hombre se concentra en la médula espinal y la de la
tierra en las masas volcánicas, surgen de entre esas muchedumbres,
erguidos y vomitando fuego, seres en quienes parece haberse amasado todo
su horror, sus desesperaciones y sus lágrimas.
Las almas dan sonidos, como los más acordes instrumentos.
Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera
vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la
hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al
hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su
jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado.
Del fango de las callea quisiera hacerse el miserable que vive sin
libertad, la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad,
no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino
conquistarte.
Los hombres que quedan son los que encarnan en sí una idea que combate,
o una aspiración destinada al triunfo,--los que pasan por el mundo
voceando y luciendo con velocidad extraordinaria--como los astros.
Mientras viven, se les señala con el dedo; en cuanto mueren se ve que
donde ellos caen se levanta una estatua. No importa que hayan defendido
sus doctrinas con exceso: así han de defenderse las ideas justas, para
que al retraerse, como todo se retrae, en la marea del universo, no
quede la idea demasiado atrás.
Un grano de poesía sazona un siglo.
La alegría viene de la gente llana.
No se vive sin sacar luz en la familiaridad con lo enorme.
El hábito de domar da al rostro de los escultores un aire de triunfo y
rebeldía.
Engrandece la simple capacidad de admirar lo grande, cuanto más el
moldearlo, el acariciarlo, el ponerle alas, el sacar del espíritu en
idea lo que a brazos, a miradas profundas, a golpes de cariño ha de ir
encorvando y encendiendo el mármol y el bronce.
Jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas.
Disfraz abominable y losa fúnebre son las sonrisas y los pensamientos
cuando se vive sin patria, o se ve en garras enemigas un pedazo de ella:
un vapor de embriaguez perturba el juicio, sujeta la palabra, apaga el
verso, y todo lo que produce entonces la mente nacional es deforme y
vacío, a no ser lo que expresa el anhelo de las almas.
¿Quién siente mejor la ausencia de un bien que el que lo ha poseído y lo
pierde?
Los que no creen en la inmortalidad creen en la historia.
Es necesario elevarse como los montes para ser vistos de lejos.
La falta de proporción parece indispensable a la grandeza.
Como la montaña, la vida del hombre que perdura ha de ser selvática,
enmarañada: acá una cripta, allá un roble, por allá una enredadera;
incorrecta, abrupta, rugosa.
La pasión es una nobleza.
Los apasionados son los primogénitos del mundo.
Los fuertes doman la pasión; pero en cuanto logran extinguirla, cesan de
ser fuertes.
Hasta para ser justo se necesita ser un poco injusto.
La fama es premio justo de quien tiene el valor de sacrificar el grato
sigilo de su persona a la idea que defiende.
Donde el virtuoso se recata, el ambicioso vence.
La justicia manda reconocer que el mundo adelanta por la obra unida,
hostil en la apariencia e idéntica en el fondo, de la ambición y la
virtud.
Triunfa de lado la virtud en la política, pero nunca de un modo directo
y absoluto.
El alma, es verdad, va por la vida como en la cacería la cierva
acorralada, sin tiempo para despuntar los retoños jugosos, o aspirar el
aire vivífico, o aquietar la sed en aquel arroyuelo del bosque que corre
entre las dos riberas verdes, luz derretida, joya líquida, discurso de
la naturaleza que fortifica y alecciona por donde pasa. En cuanto el
alma asoma, un escopetazo la echa abajo: para vivir, hay que esconderla
donde no nos la sospechen, y en las horas de soledad, en las horas de
lujo, sacarla a la luz tenue, como el relicario que guarda la efigie de
la mujer querida, y llorar sobre ella, acariciarle la cabellera pegada a
las sienes, aquietarle la mirada ansiosa, y decirle con la voz de los
desesperados: "¿cuándo acabaremos, alma?"
Todo vivo, que debiera ser un aroma, es un cómplice; y la existencia es
más feliz mientras son más numerosas y francas las complicidades.
Todo es símbolo y síntesis, y hay que ir a buscar la raíz de todo.
Morir, ¿no es volver a lo que se era en principio?
V
Del vol. "La Edad de Oro".
V
El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser
hermoso: el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo; un niño bueno,
inteligente y aseado, es siempre hermoso.
Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre
fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana,
para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un
gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.
Los niños son los que saben querer; los niños son la esperanza del
mundo.
Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen
lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.
Para escribir bien de una cosa hay que saber de ellas mucho.
Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con
ellos como amigos cuando vayan creciendo.
Es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien
hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de
diversiones y de modas.
Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre
a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y
a hablar sin hipocresía.
Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que
piensa, no es un hombre honrado.
Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el
gobierno sea bueno, no es un hombre honrado.
Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que
pisen el país donde nació los hombres que se lo maltratan, no es un
hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe
padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar
porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre
honrado.
El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con
vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del
trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón.
Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan
ser libres para ser dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando
vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el
indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar.
El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como
la llama.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que
padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su
alrededor.
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber
cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí
el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es
robarle a los hombres su decoro.
Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la
misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no
hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres
que no se cansan cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra
antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a
sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse
tan pronto.
Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los
que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por
tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes,
sino criminales.
Un escultor es admirable porque saca una figura de la piedra bruta: pero
esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres.
La palabra de un hombre es ley.
La fortuna es ciega y favorece a los necios.
La fuerza no sirve para todo.
De los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando
empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y
quieren bien, o si son egoístas y cobardes.
Tener talento es tener buen corazón.
Todos los pícaros son tontos.
Los buenos son los que ganan a la larga.
Los hombres son soberbios y no quieren confesar que otro hombre sea más
fuerte o más inteligente que ellos.
Son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y cada
pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan
lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos.
El hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y
siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo
trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida.
Los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por
el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge
para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen.
Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo
así como correr mucho, reirse mucho y dar gritos y saltos.
En la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va
quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura.
Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está
triste, sino para ser útil al mundo.
Con la imaginación se ven cosas que no se pueden ver con los ojos.
La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos
los pueblos.
El mundo tiene más jóvenes que viejos.
Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien
se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste.
Cada ser humano lleva un ser ideal, lo mismo que cada trozo de mármol
contiene en bruto una estatua, tan bella como la que el griego
Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte.
La mente cambia sin cesar, y se enriquece y perfecciona con los años.
Las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada
hombre, se dejan ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una
mirada.
Todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí
propio y al mundo.
Lo general es que el hombre no logre en la vida un bienestar permanente
sino después de muchos años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin
cansarse nunca.
El ser bueno da gusto y lo hace a uno fuerte y feliz.
La fuerza del genio no se acaba con la juventud.
Nadie debe morirse mientras pueda servir para algo.
La vida es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que
puede volverlas a hacer.
Así es la vida, no cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer.
Los niños debían juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a
quién podían hacerle algún bien, todos juntos.
Mejor es morir abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra
viva, con los brazos cruzados.
Los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su
virtud o les estorba las ganancias.
El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la
soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre
solo.
Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a
uno pasar.
Se es bueno porque sí; y porque allá dentro se siente como un gusto
cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás.
Los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin
preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les
mandan pensar otros.
Los hombres cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad.
Todos los hombres tienen la misma pena, y la historia igual, y el mismo
amor.
El mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los hombres todos de
la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en
sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser
libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.
Es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza.
Los pueblos que se cansan de defenderse llegan a halar, como las
bestias, del carro de sus amos.
A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir.
Con lanzas no se puede pelear contra balas.
La vida no es propiedad del hombre, sino préstamo que le hizo la
naturaleza.
Morir no es más que volver a la naturaleza de donde se vino y en la que
todo es como hermano del hombre.
No hay gusto mayor, no hay delicia más grande que la vida de un hombre
que cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas.
La vida es toda de dolor; y el dolor viene de desear, y para vivir sin
dolor es necesario vivir sin deseo.
El hombre no ha de descansar hasta que no entienda todo lo que ve.
Los hombres somos como el león del mundo, y como el caballo de pelear,
que no está contento ni se pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye
ruido de sables y cañones.
La mujer es como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y
cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las
flores.
Con el elefante sucede como con las gentes del mundo, que porque tienen
hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma hermosa, sin ver que
eso es como los jarrones finos, que no tienen nada dentro, y una vez
pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras polvo.
A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie debe
decirles lo que no sepa.
Hay gente loca, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con
los ojos.
Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer
que la electricidad, que mata en un rayo, alumbre en la luz.
La vida de tocador no es de hombres.
VI
Del vol. "Hombres".
VI
¿Qué es ver la luz y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca?
¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer?
¿Qué es ver caer la torre deshecha sobre el pueblo amado, y tener al
pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que
le caiga mejor la torre encima?
¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa?
¿Qué es predicar en voz alta o baja, la revolución, y no componer el
país desgobernado para la revolución que se predica?
¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra
silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de
la combustión, y el cauce abierto para cuando la llama se desborde, y el
cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?
Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser lo que en él sólo ven a
derechas quienes como él padezcan y anhelen.
Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas
de deseo, son infalibles a la larga.
De luz se han de hacer los hombres, y deben dar luz.
De la Naturaleza se tiene el talento, vil o glorioso, según se le use en
el servicio frenético de sí, o para el bien humano; y de sí elabora el
hombre, aquilatándose o reduciéndose, el mérito supremo del carácter.
Unos están en el mundo para minar; y para edificar están otros.
La pelea es continua entre el genio albañil y el genio roedor.
Unos trabajan con la uña y el diente, otros con la cuchara y el nivel.
Cuando, con el corazón clavado de espinas, un hombre ama en el mundo a
los mismos que lo niegan, ese hombre es épico.
Con independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es
corona; y sin ella el genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de
verse incapaz, se vuelve ponzoña.
Honrar a la patria es una manera de pelear por ella.
El lacayo muda de amo y se alquila al señor de más lujo y poder. El
hombre de pecho libre niega su corazón a la libertad egoísta y
conquistadora y adivina que el triunfo del mundo, más que en los
edificios babilónicos caedizos, reside en la abundancia de generosidad,
en aquella pasión plena del derecho que lleva a respetar el ajeno tanto
como el propio.
Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la prudencia con
respetos que lastiman su corazón, son acaso menos eficaces que la
simpatía irresponsable y ambiente del pueblo decidido a favorecer en sus
alrededores el triunfo de la libertad.
Lo que la cancillería, ahita de tratados de paz y respeto, no puede a
veces intentar, lógralo, sin que se le pueda poner la mano encima, la
ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo alzado contra los
tiranos.
Las alianzas que contraen de sí propias las almas de los pueblos y se
firman por los más puros de sus hijos ante el altar en que las mujeres y
las niñas ofrendan flores a un hombre que sólo fué poderoso por el
entendimiento y la bondad, son más duraderas y apetecibles que los
contratos que suelen ajustar las necesidades políticas y los intereses.
De hombres tiernos y creadores necesita el mundo, que con las mieles de
su corazón vayan cerrando las heridas que tiene que abrir en el bosque
nuevo el hacha.
Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y
deshacen.
Como con el agua fuerte se ha de ir tentando el oro de los hombres.
Que se marque al que no ame, para que la pena lo convierta.
Más bello será vivir en el lazo de los mundos, con la libertad fácil en
un país rico y trabajador, como pueblo representativo y propio, donde se
junta al empuje americano el arte europeo que modera su crudeza y
brutalidad, que rendir el alma nativa, a la vez delicada y fuerte, a un
espíritu nacional ajeno que contiene sólo uno de los factores del alma
de la isla--que vaciaría en la isla pobre y venal los torrentes de su
riqueza egoísta y corruptora--, que convertiría un pueblo fino y de
glorioso porvenir en lo que Inglaterra ha convertido el Indostán.
¿Adónde, sino en las tumbas y en la miseria, están los hombres útiles?
Abrazo sea el mar, y uno los cubanos de la Isla y los de afuera.
Así se alzan los pueblos: no apedreándose las casas de acera a acera, ni
recortándose los méritos como cortesanos envidiosos, sino reconociendo
el mérito a pleno corazón, convidando a la virtud por el estímulo del
respeto con que se la premia, juntándose los hombres en una casa sola,
para venerar y amar.
Juntarse: esta es la palabra del mundo.
Como se apartan los ojos de las villanías, para que la piedad del
silencio ayude a hacerlas menos feas y aborrecibles, así se ha de volver
los ojos a los espectáculos de la virtud, para que se mantenga o reviva
la esperanza en el alma de los hombres.
Suele la imprevisión humana tener a mal que el hombre bueno propague la
justicia y salude el talento y la virtud, sin subir o bajar más el
sombrero porque el padre del hombre virtuoso haya nacido en África o
Europa; ¡pues si nació en África esclavo y de su esclavitud sacó al hijo
que se hombrea con el hijo de los libres, mayor es la dificultad
vencida, y más bajo debe ir el sombrero!
El peligro de educar a los niños fuera de su patria es casi tan grande
como la necesidad, en los pueblos incompletos e infelices, de educarlos
donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país
naciente, o donde no se les envenene el carácter con la rutina de la
enseñanza y la moral turbia en que caen, por la desgana y ocio de la
servidumbre, los pueblos que padecen en la esclavitud.
Es grande el peligro de educar a los niños afuera, porque sólo es de
padres la continua ternura con que ha de irse regando la flor juvenil, y
aquella constante mezcla de la autoridad y el cariño, que no son
eficaces, por la misma justicia y arrogancia de nuestra naturaleza, sino
cuando ambas vienen de la misma persona.
No se ha de criar naranjas para plantarlas en Noruega, ni manzanos para
que den fruto en el Ecuador, sino que al árbol deportado se le ha de
conservar el jugo nativo, para que a la vuelta a su rincón pueda echar
raíces.
La naturaleza del hombre es por todo el universo idéntica, y tanto yerra
el que suponga al hombre del Norte incapaz de las virtudes del del
Mediodía, como el de corazón canijo que creyese que al hombre del Sur
falta una sola siquiera de las cualidades esenciales de los hombres del
Norte.
Los hábitos prolongados crían en los hombres, y en los pueblos, tal
modificación en la expresión y funciones de la naturaleza, que, sin
mudarla en lo esencial, llegan a ser imposibles al hombre de una región
con cierto concepto de la vida y ciertas prácticas, la dicha del
contento y el éxito del trabajo en otra región de prácticas y concepto
de vida diferentes.
Un país muy poblado y frío, donde la agria necesidad aguza y encona la
competencia entre los hombres, cría en éstos costumbres de egoísmo
necesario que no se avienen con la franqueza y el desinterés propios e
indispensables en las tierras abundantes, donde la población escasa
permita aún el acercamiento y grata obligación de la vida de familia.
El fin de la educación no es hacer al hombre nulo, por el desdén o el
acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo para vivir
bueno y útil en él.