No se dé por hecho el verso en espera de acabarle luego, cua

Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

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Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

GRANOS DE ORO

De esta obra se han impreso

cincuenta ejemplares en papel superior,

numerados del 1 al 50.

El precio de cada uno es de

dos pesos oro oficial.

BIBLIOTECA

LA CULTURA CUBANA

DIRIGIDA POR CARLOS DE VELASCO

VOL. I.

GRANOS DE ORO

PENSAMIENTOS SELECCIONADOS EN LAS OBRAS DE

JOSÉ MARTÍ

POR

RAFAEL G. ARGILAGOS

_La Habana_

_Sociedad Editorial Cuba Contemporánea_

_O'Reilly, 11._

_1918_

Es propiedad.

Derechos reservados.

Imp. "El Siglo XX" (Tte. Rey, 27), de la Sociedad Editorial Cuba

Contemporánea. La Habana.

Yo quiero cuando me muera,

sin patria, pero sin amo,

tener en mi tumba un ramo

de flores y una bandera.

_Martí._

NOTA DE LOS EDITORES

La SOCIEDAD EDITORIAL CUBA CONTEMPORÁNEA ha querido que el primer

volumen de esta Biblioteca que ahora funda con el título de _La Cultura

Cubana_, a semejanza de la creada bajo el de _La Cultura Argentina_ por

el Dr. José Ingenieros en la ciudad de Buenos Aires, sea este libro

formado con pensamientos de José Martí.

El joven escritor que ha realizado la paciente y admirable obra de

selección reunida en este volumen, Rafael G. Argilagos, presta con ella

un indudable gran servicio a las letras patrias, honra la memoria

insigne del Maestro y se honra a sí mismo; y aunque tales méritos la

recomiendan sobradamente a la consideración del pueblo nuestro, el

altísimo respeto y la profunda devoción por Martí, que ella revela, la

hacen todavía más digna de atención y realzan su valor. Añádase a todo

ello el acendrado sentimiento patrio y el buen gusto literario de que el

señor Argilagos da irrefutable y patente prueba con este brillante

acopio de _Granos de Oro_ del más subido quilate, y se tendrá por

axiomático que el primer volumen con que iniciamos esta Biblioteca

merece no sólo el puesto que le damos, sino férvidos aplausos y jubilosa

acogida por parte del público lector.

Tarea nada fácil es la de recoger en esta concisa y bella forma toda la

copiosa y sutil esencia de un espíritu tan refinado y múltiple como el

de Martí; pero si el talento sorprendente del maravilloso cubano supo

manifestarse en cien aspectos distintos al escribir acerca de cuanto su

fecunda pluma encontró digno de dedicarle algunos instantes de

meditación, la perspicaz inteligencia del seleccionador de estos

pensamientos ha sabido vencer, por la potente fuerza de la comprensión

de aquel espíritu y por el filial cariño a su memoria, los obstáculos

que la extensa, compleja y poco difundida obra de Martí le ha

presentado. Y los venció con tan singular acierto, que el señor

Argilagos deja muy poco, si algo deja, a los futuros escanciadores que

pretendan apurar las ánforas donde fué dejando su corazón y su

cerebro--alquitarado néctar de sabor y pureza exquisitos--el inolvidable

caído en Dos Ríos.

Bien lo dice el ilustre Dr. Enrique José Varona en una expresiva carta

que escribió al señor Argilagos, al comenzar la revista _Cuba

Contemporánea_ la publicación ordenada de estos pensamientos:

¡Qué gran servicio ha prestado V. no a la gloria, ya excelsa, pero

sí al conocimiento de Martí! Los granos que V. ha sacado de la mina

inagotable de sus escritos forman una cascada de piedras preciosas,

donde muy rara vez se encuentra algún guijarro, como para recordar

la ganga nutricia.

Vale, pues, y mucho, este primer volumen que la _Biblioteca_ "_La

Cultura Cubana_" ofrece al público; no ya porque quien ha espigado en

los libros de Martí pone de relieve todo, o casi todo, lo mejor de sus

catorce volúmenes publicados hasta hoy, sino porque la divulgación del

contenido de ellos, en esta forma breve y comprensiva, es altamente útil

y contribuye al más amplio y exacto conocimiento de aquel que dijo:

Un libro, aunque sea de mente ajena, parece como cosa nacida de uno

mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro

nuevo.

Sea éste--primero de la serie en que irán apareciendo periódicamente las

mejores producciones de los más altos intelectos cubanos que nos han

precedido--a manera de escogida flor depositada por los fundadores de la

SOCIEDAD EDITORIAL CUBA CONTEMPORÁNEA en la tumba del Prócer; flor la

más fragante entre las muchas que a diario pone allí, junto a la bandera

de la Patria, el amor de un pueblo agradecido que no le olvida, ni

olvida tampoco el deseo tan bellamente formulado por Él en sencillos

versos.

La Habana, 1918.

PROEMIO

_Martí ha sido, es y será, en la radiante constelación de excelsos

varones que han dado gloria y fama a Cuba, el más alto prócer._

_Él lo fué todo: la fe que salva y alienta, el valor que impone y

exalta, el genio que invade y fulgura, el amor que conquista y domina._

_Su vida fué el apostolado, el sublime, el grandioso apostolado de la

Patria, ante cuya ara sagrada ofrendó los más puros, los más cálidos,

los más hermosos efluvios de su alma._

_Predicó con la palabra y el ejemplo; y era tal la majestad y tal la

grandeza de sus acciones, que las multitudes, acaso adivinándolo

divino--Cristo de una nueva doctrina salvadora--, le siguieron a través

de su Calvario heroico, ansiosas de compartir con Él los tormentos de

sus desvelos patrios._

_Caído en Dos Ríos, en lucha denodada y franca contra los enemigos de la

Libertad--como predijo y fué su más ardiente aspiración--, surge

triunfante en la magnificencia de su vida espiritual; y de nuevo los

mismos corazones que ayer se estremecieron a su conjuro y le adoraron

con infinita unción, hoy le rinden lauros gloriosos y hacen de sus

santas y sabias parábolas como la Biblia que ha de iluminarlos y

guiarlos a través del porvenir._

_Entre los que ayer veneraron su figura egregia con filial fervor, entre

los que hoy han hecho de su memoria un culto y van por los caminos de

la Patria redimida repitiendo sus palabras apostólicas, nos encontramos

nosotros, acaso de los primeros y más amantes y sinceros de sus

discípulos._

_Este libro que hoy damos a la publicidad es una buena prueba de ello:

aquí están sus mejores pensamientos y sus más tiernas emociones._

_Para que la juventud de hoy--la generación que ha de regir mañana los

destinos de la Patria--conozca mejor aquella conciencia inmaculada; para

que los aprenda de memoria y no los olvide nunca, aquí le regalamos

estos aforismos--granos de oro escogidos en la rica, inagotable mina de

sus fulgurantes obras._

_Provechosa es la lectura de este libro. Él ilustra, consuela, fortalece

y guía a los espíritus: los ignorantes, en él escanciarán ciencia noble

y sana de la vida; los atormentados encontrarán bálsamo para sus

dolorosas lesiones, los descreídos hallarán fe y esperanzas

consoladoras, los descarriados verán caminos rectos y luminosos hacia el

porvenir._

_Léalo la juventud, amorosamente; llévelo consigo, como preciosa joya,

sobre su corazón; póngalo al alcance de su mano, junto a su lecho de

reposo; y a toda hora, y en todas partes, como si fuera un cántaro de

fecundas simientes que volcara sobre surcos abonados, viértalo en los

espíritus, con la esperanza de que esas simientes habrán de florecer en

no lejano día en abundante raudal de sublimes ejemplos cívicos y

patrióticos._

_RAFAEL G. ARGILAGOS._

La Habana, mayo de 1918.

I

Del vol. "Cuba". (Primera Parte.)

I

En la cruz murió el hombre en un día; pero se ha de aprender a morir en

la cruz todos los días.

El dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores,

el que mata la inteligencia y seca el alma, y deja en ella huellas que

no se borrarán jamás.

Dios existe en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y

deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios.

La lágrima es la fuente de sentimiento eterno.

Cuando todo se olvida, cuando todo se pierde, cuando en el mar confuso

de las miserias humanas el Dios del tiempo revuelve algunas veces las

olas y halla las vergüenzas de una nación, no encuentra nunca en ellas

la compasión y el sentimiento.

La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede

ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga

jamás.

Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la

vida de lo bueno, única vida verdadera.

Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.

El que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos

tiene verdadera gloria.

Todas las grandes ideas tienen su gran Nazareno.

La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.

Ninguna pluma que se inspire en el bien, puede pintar en todo su horror

el frenesí del mal.

Cuando todos los pueblos van errados; cuando, o cobardes o indiferentes,

cometen o disculpan extravíos, si el último vestigio de energía

desaparece, si la última, o quizás la primera expresión de la voluntad

guarda torpe silencio, los pueblos lloran mucho, los pueblos expían su

falta, los pueblos perecen escarnecidos y humillados, y despedazados,

como ellos escarnecieron y despedazaron y humillaron a su vez.

La idea no disculpa nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el

crimen.

Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún

goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los

demás. Y si algo los exacerba, los hace terribles, es seguramente la

convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.

El espíritu es Dios mismo. Y ¡cuán descarriados van los pueblos cuando

apalean a Dios!

No graba cincel alguno como la muerte los dolores en el alma.

Cuando se ha matado, cada día es de duelo, cada hora es de pavor, cada

ser que vive es un remordimiento.

Cuando se ha visto morir, cada recuerdo es una lágrima, y son todas las

horas, horas de amor para los que murieron, horas de fe y de esperanza

para los que aún luchan en la vida.

Hay un límite al llanto sobre la sepultura de los muertos, y es el amor

infinito a la patria y a la gloria que se juraba sobre sus cuerpos, y

que no teme ni se abate ni se debilita jamás--porque los cuerpos de los

mártires son el altar más hermoso de la honra.

Las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor

inconsolable.

Es ley de los buenos ir doblando los hombros al peso de los males que

redimen.

¡Los redimidos, allá en lo venidero, llevarán a su vez sobre los hombros

a los redentores!

Mal puede luego alzarse a hombre el que se educa como a siervo mísero.

Amigos fraternales son los padres: no implacables censores.

Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos.

La única ley de la autoridad es el amor.

Nunca deben los padres abandonar a otros el molde a que acomodan el alma

de sus hijos.

Es doble manera de hacer el bien, dar pan al cuerpo y darlo al alma.

Amar puramente es redimirse de terribles sueños.

Amar no es más que el modo de crecer.

Amado será el que ama.

Es ley que las frentes más altas y limpias atraigan sobre sí las piedras

que se mueven siempre en las manos débiles o envidiosas.

Merecer la confianza no es más que el deber de continuar mereciéndola.

¡No cabe honor en dejar morir, sin defensa, a aquellos cuyo triunfo nos

preparamos, sin embargo, a aprovechar!

El que sabe desdeñar su vida, sabrá siempre honrarla.

Los caudillos nuevos han aprendido de los viejos a pertrecharse de

recursos en las bandoleras enemigas.

El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente.

El hijo odiará lo que odió el padre.

Las fuerzas que se pierden en lágrimas, hacen falta después para el

ardimiento y empuje de la sangre.

Suele el miedo, natural consecuencia de la culpa, animar con color

enfermizo las mejillas.

Sólo las virtudes producen en los pueblos bienestar constante y serio.

Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros

abuelos.

El espíritu de los muertos pasa a alentar el alma de los vivos.

¡Qué miserable vida la del que concibió un alto empeño, y muere sin

lograrlo!

¡Se sale de la tierra tan contento cuando se ha hecho una obra grande!

La sangre de los buenos no se vierte nunca en vano.

Un mal no existe nunca sin causa verdadera.

Ya se han cansado nuestras frentes de que se tome sobre ellas la medida

de los yugos,--aunque hay frentes que no se cansan de esto nunca.

Los pueblos que han sido muy criminales, necesitan, para ser felices,

lavar con alta grandeza sus pasados crímenes.

Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario.

Aplazar no es nunca decidir.

Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir.

Para ir adelante de los demás, se necesita ver más que ellos.

Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero

jefe de las revoluciones.

La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin

ella, o decidirse a comprarla por su precio.

Cuando un mal es preciso el mal se hace.

Es menester más valor para sufrir la befa de los déspotas que para

arrostrar su empuje en los combates.

Hay gritos que resumen toda una época.

La cesasión de un hecho sólo se determina por la cesasión de las causas

que lo produjeron.

A todo cejarán los tristes presos, menos a la ancha puerta que se abre

para acelerar su libertad.

El hombre ilustrado padece en la servidumbre política más que el hombre

ignorante en la servidumbre de la hacienda.

El dolor es vivo a medida de las facultades del que ha de soportarlo.

Los grandes derechos no se compran con lágrimas sino con sangre.

Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres

sublimes.

Los hombres de fuerza original sólo la enseñan íntegra cuando la pueden

ejercer sin trabas.

Mejor sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto, que

el que exagera el mérito de sus hombres famosos.

Azuzar es el oficio del demagogo, y el del patriota es precaver.

Los servicios pasados apenas son más que la obligación de prestarlos

mayores en lo venidero.

A la patria no se le ha de servir por el beneficio que se pueda sacar de

ella, sea de gloria o de cualquier otro interés, sino por el placer

desinteresado de serle útil.

Ni hay hombres más dignos de respeto que los que no se avergüenzan de

haber defendido la patria con honor; ni sujetos más despreciables que

los que se valen de las convulsiones públicas para servir, como

coquetas, su fama personal o adelantar, como jugadores, su interés

privado.

La patria necesita sacrificios. Esfera y no pedestal. Se la sirve, pero

no se la toma para servirse de ella.

La revolución es algo más que una de las formas de la evolución, que

llega a ser indispensable en las horas de hostilidad esencial, para que

en el choque súbito se depuren y acomoden en condiciones definitivas de

vida los factores opuestos que se desenvuelven en común.

La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los

ambiciosos han abusado de ella.

No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el

arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del

sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un

deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un

vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar.

¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?

La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no

feudo ni capellanía de nadie.

En propagar después del sacrificio el culto de los que supieron

inmolarse, hay más honra que en haber ostentado en el sombrero, durante

la inmolación, la cinta de hule de los sacrificadores.

El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud.

Hay un campo en que los hombres se dan las manos, que es el de la

honradez, donde se respeta, y aun se ama por su virtud, a los

adversarios constantes y veraces.

Al hombre honrado no le asusta morir en la oscuridad en el servicio de

la patria.

II

Del vol. "Cuba". (Segunda Parte.)

II

La gloria y el triunfo no son más que un estímulo al cumplimiento del

deber.

En la vida práctica de las ideas, el poder no es más que el respeto a

todas las manifestaciones de la justicia, la voluntad firme ante todos

los consejos de la crueldad o del orgullo.

Cuando el acatamiento a la justicia desaparece, y el cumplimiento del

deber se desconoce, infamia envuelve el triunfo y la gloria, vida

insensata y odiosa vive el poder.

Si la libertad de la tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad

repugna, estremece, espanta.

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente

manchada de sangre.

No se va tranquilo ni seguro por sendas de remordimientos y opresiones.

No ha de ser respetada voluntad que comprima otra voluntad.

Ser injusto es la necesidad de ser maldito.

No entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.

Sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se

levantan edificios de cordialidad y de paz.

Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de

fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

Los pueblos no se unen sino con lazos de amistad, de fraternidad y de

amor.

Imponerse es de tiranos.

Oprimir es de infames.

Sólo obrando con razón perfecta se decide la suerte de los pueblos.

Obedeciendo estrictamente a la justicia se honra a la patria.

Cobarde ha de ser quien por temor no satisfaga la necesidad de su

conciencia.

El mejor ciudadano es el que cultiva una extensión mayor de tierra.

La Instrucción acaba lo que la Agricultura empieza.

La instrucción, abriendo a los hombres vastos caminos desconocidos, les

inspira el deseo de entrar por ellos.

No teme a los gobernados quien les enseña la manera de gobernar bien.

No puede deshacerse en pocos años el hondo mal en muchos años hecho.

La posibilidad de la exportación despierta el apetito del agricultor: la

imposibilidad o dificultad, lo hace desconfiado y perezoso.

La venta es el premio del trabajo: los caminos que facilitan la venta

son su estímulo.

Un progreso no es verdad sino cuando invadiendo las masas, penetra en

ellas y parte de ellas.

Toda la buena voluntad de un gobernante sería inútil si no lo secundara

con vigor e inteligencia la voluntad de los empleados.

Las épocas de reforma no permiten reposo.

Los apóstoles de las nuevas ideas se hacen esclavos de ellas.

El espectáculo de la riqueza excita el esfuerzo humano.

El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor.

Para rendir tributo ninguna voz es débil.

Para ensalzar a la patria, entre hombres fuertes y leales, son oportunos

todos los momentos.

Cuando en los hombres se encarna un grave pensamiento, un firme intento,

una aspiración noble y legítima, los contornos del hombre se desvanecen

en los espacios sin confines de la idea.

Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.

Hasta los déspotas, si son hidalgos, gustan más del sincero y enérgico

lenguaje que de la tímida y vacilante tentativa.

Por sensual queda en desuso la lírica pagana; y la cristiana, que fué

hermosa por haber cambiado los humanos el ideal de Cristo, mirado ayer

como el más pequeño de los dioses, y amado hoy como el más grande,

acaso, de los hombres.

No hay obra permanente, porque las obras de los tiempos de

reenquiciamiento y remolde son por esencia mudables e inquietas.

La elaboración del nuevo estado social hace insegura la batalla por la

existencia personal y más recios de cumplir los deberes diarios que, no

hallando vías anchas, cambian a cada instante de forma y vía, agitados

del susto que produce la probabilidad o vecindad de la miseria.

El amor entona cantos fugitivos, mas no produce--por ser sentimiento

culminante y vehemente, cuya sensación fatiga y abruma--obras de

reposado aliento y laboreo penoso.

Parece profanación dar al Creador de todos los seres, y de todo lo que

ha de ser, la forma de uno solo de los seres.

Una gran montaña parece menor cuando está rodeada de colinas.

El genio va pasando de individual a colectivo.

La guerra, antes fuente de gloria, cae en desuso, y lo que pareció

grandeza comienza a ser crimen.

La corte, antes albergue de bardos de alquiler, mira con ojos asustados

a los bardos modernos, que aunque a veces arriendan la lira, no la

alquilan ya por siempre, y aun suelen no alquilarla.

No hay accidente para el espíritu del hombre; no hay más que norte,

coronado de luz.

La montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad

arremolina y echa al suelo; en copa el árbol; y en cima ha de acabar la

vida humana.

La batalla está en los talleres; la gloria en la paz; el templo en toda

la tierra; el poema en la naturaleza.

No hay más difícil faena que ésta de distinguir en nuestra existencia la

vida pegadiza y postadquirida, de la espontánea y prenatural.

Se viene a la vida como cera, y el azar nos vacía en moldes prehechos.

Cuando la vida se asiente, surgirá el Dante venidero, no por mayor

fuerza suya sobre los hombres dantescos de ahora, sino por mayor fuerza

del tiempo.

¡Qué es el hombre arrogante, sino vocero de lo desconocido, eco de lo

sobrenatural, espejo de las luces eternas, copia más o menos acabada del

mundo en que vive!

Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera, y la

verdadera vida viene a ser como corriente silenciosa que se desliza

invisible bajo la vida aparente, no sentida a las veces por el mismo en

quien hace su obra canto, a la manera con que el Guadiana misterioso

corre luengo camino calladamente por bajo de las tierras andaluzas.

Asegurar el albedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma

propia; no deslucir con la imposición de ajenos prejuicios las

naturalezas vírgenes; ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin

ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada: ¡he ahí el único modo de

poblar la tierra de la generación vigorosa y creadora que le falta!

Las redenciones han venido siendo teóricas y formales: es necesario que

sean efectivas y esenciales.

Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste,

mientras no se asegure la libertad espiritual.

El primer trabajo del hombre es reconquistarse.

Urge devolver los hombres a sí mismos; urge sacarlos del mal gobierno de

la convención que sofoca o envenena sus sentimientos, acelera el

despertar de sus sentidos y recarga su inteligencia con un caudal

pernicioso, ajeno, frío y falso.

Sólo lo genuino es fructífero.

Sólo lo directo es poderoso.

Lo que otro nos lega es como manjar recalentado.

¡Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que so

pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo

aislado y absoluto de doctrinas, y les predica al oído, antes que la

dulce plática de amor, el evangelio bárbaro del odio!

Los buenos eslabones dan chispas altas.

Menguada cosa es lo relativo que no despierta el pensamiento de lo

absoluto.

Todo ha de hacerse de manera que lleve la mente a lo general y a lo

grande.

La filosofía no es más que el secreto de la relación de las varias

formas de existencia.

La luz es el gozo supremo de los hombres.

La majestad evoca y pone en pie todo lo majestuoso.

La perfección de la forma se consigue casi siempre a costa de la

perfección de la idea.

Señálanse por sus desbordes y turbulencias las obras que arrancan

derechamente de lo profundo de las almas magnas.

No hay placer como este de saber de dónde viene cada palabra que se usa,

y a cuánto alcanza.

Nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el estudio esmerado y

la aplicación oportuna del lenguaje.

No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas,

sino como el jazmín del Malabar, muy cargado de esencias.

El verso, por dondequiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume.

Mas ni el vino mejora, luego de hecho, por añadirle alcoholes ni

taninos; ni se aquilata el verso, luego de nacido, por engalanarlo con

aditamentos y aderezos. Ha de ser hecho de una pieza y de una sola

inspiración, porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de

hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del

cóndor.

Caballo de paseo no gana batallas.

No está en el divorcio el remedio de los males del matrimonio, sino en

escoger bien la dama y en no cegar a destiempo en cuanto a las causas

reales de la unión.

En el pulimento no está la bondad del verso, sino en que nazca alado y

sonante.

No se dé por hecho el verso en espera de acabarle luego, cuando aún no

esté acabado; que luego se le rematará en apariencia, mas no

verdaderamente ni con ese encanto de cosa virgen que tiene el verso que

no ha sido sajado ni trastrojado.

Cuando el verso quede por hecho ha de estar armado de todas armas, con

coraza dura y sonante, y de penacho blanco rematado el buen casco de

acero reluciente.

Quien va en busca de montes, no se detiene a recoger las piedras del

camino.

Han de podarse de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños

entecos, o amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y

robustos, con lo que, con menos hojas, se alza con más gallardía la

rama, y pasea en ella con más libertad la brisa y nace mejor el fruto.

Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al

labio.

El verso hierve en la mente como en la cuba el mosto.

Saluda el sol y acata al monte.

¿Quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?

La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los

juicios, afectos y designios del hombre, es una prueba perfecta y

absoluta de la necesidad de una existencia venidera.

El eco en el alma dice cosa más honda que el eco del torrente.

La vida humana no es toda la vida.

La tumba es vía y no término.

La mente no podría concebir lo que no fuera capaz de realizar.

La muerte es júbilo, reanudamiento, tarea nueva.

La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera

limitada a la vida en la tierra.

Del sufrimiento, como el halo de la luz, brota la fe en la existencia

venidera.

El dolor conforta, acrisola y esclarece.

¿Qué es el poeta sino alimento vivo de la llama con que alumbra?

Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la

libertad; y va como empañada y turbia, sin el Sol elocuente de la tierra

redimida, ni el júbilo del campo, ni la salud del aire, allí donde los

hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que

los bueyes.

Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que

suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree

hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el

amor que han de sacarlo de agonía; o cuando la pureza continua de un

alma esencial, despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del

alma pública.

Suele el hombre en los grandes momentos, cuando lo pone por las alturas

la nobleza ajena o propia, perder, con la visión de lo porvenir, la

memoria minuciosa de lo presente.

Sombra es el hombre, y su palabra como espuma, y la idea es la única

realidad.

Sólo ve la luz de un rostro la mujer de repente enamorada.

Las reformas, como el hombre mismo, tienen entrañas de justicia y

veleidades de fieras.

Lo justo, a veces, por el modo de defenderlo, parece injusto.

En lo social y político acontece, como en las querellas de gente de mar

y de suburbio, que el puñal de ancha hoja con que dirimen sus contiendas

de honra, da a éstas semejanza de delito.

De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno; y de

tan tremendo modo, que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo:

la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia.

La mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y

sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene

elementos brutales e injustos.

La educación suaviza más que la prosperidad: no esa educación meramente

formal, de escasas letras, números dígitos y contornos de tierras, que

se da en escuelas demasiado celebradas y en verdad estériles, sino

aquella otra más sana y fecunda, no intentada apenas por los hombres,

que revela a éstos los secretos de sus pasiones, los elementos de sus

males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y

naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y

reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia

inteligente.

Por educación se ha venido entendiendo la mera instrucción, y por

propagación de la cultura la imperfecta y morosa enseñanza de modos de

leer y de escribir.

Definir es salvar.

La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse.

El espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de

querer, ni ceja en lo que quiere; y puesto a la conquista de un derecho,

mina, como la ola salada del mar mina las rocas, esos derechos de

convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el

amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos

petrifica.

Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará

en lo eterno suavísimo aroma: ¡el árbol del amor--de tan robustas y

copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos

los hombres!

Otro manda, y nosotros andamos.

Cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para

que con sus acres residuos abone la tierra y salga de ella fruta sana y

nueva.

Los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como

relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el

rayo, y cuando dejan caer el alma a sus pies, mientras que arteros

envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles

letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de

joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos,

¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas,

por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro.

Una idea justa que aparece, vence.

La herencia estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio.

La dote lleva como de la mano la desventura de la mujer y el

rebajamiento del hombre.

¿Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del Apóstol

en la frente, y en la mano la espada de batalla?

Quien quiere triunfar en la tierra, ¡ay! no ha de vivir cerca del cielo.

La victoria está hecha de cesiones.

La reacción se extrema siempre en el mismo grado en que se extrema la

acción que la provoca: a acción justa, reacción nula; a acción

medianamente justa, reacción lenta y blanda; a acción extremadamente

injusta, reacción febril y exagerada.

La revolución quiere alas; los gobiernos pies.

Como cada pensamiento trae su molde, cada condición humana trae su

expresión propia.

Sobre la tierra no hay más que un poder definitivo; la inteligencia

humana.

El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen.

Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de

los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas

de Omphala.

La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el

espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un

crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las

palomas. Del puñal hace espada; de la exasperación, derecho; del

gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía.

Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el

enojo de una dama pura.

Si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho

reconocen se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo

loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo: que nada triunfa contra el

instinto de conservación amenazado.

Quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él,

se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas,

enloquece, y las sacude como látigos sobre las espaldas de los

gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda

sin ellas por siglos enteros.

La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de

pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de

estrellas en la frente.

En toda palabra ha de ir envuelto un acto.

La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del

honor y del amor.

Prever es el deber de los verdaderos estadistas.

Dejar de prever es un delito público.

Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria

sea feliz.

¿Para qué se es hombre honrado, para qué se es hijo de un pueblo, sino

para tener gozo en padecer por él, y en sacrificarle hasta las mismas

pasiones grandiosas que nos inspira?

Los libros suelen estorbar para la gloria verdadera.

¡La tiranía no corrompe, sino prepara!

¡Qué cólera la de un pueblo forzado a acorralar su alma!

El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame.

Ver en calma un crimen, es cometerlo.

No hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de

sí.

El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vió este

crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras,

hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas.

Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor, ¡qué

hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerrear a los indios

muertos!

Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo

que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose

la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir

de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de

hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el

manto.

Cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y

creación que la nutren, devora a quien la posee.

¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos

los hombres que la doblan!

Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre.

Cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo ni

voluntad para escribir con la pluma en el papel.

El hombre es superior a la palabra.

Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento

infructuoso, sino por sus instantes de rebelión.

Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que

se rebelan.

El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que

es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla.

Los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando, bien trajeados y

rollizos, sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco

altivo desensillan al amo.

Un pueblo se amengua cuando no tiene confianza en sí: crece cuando un

suceso honrado viene a demostrarle que aún tiene entero y limpio el

corazón.

El egoísmo es la mancha del mundo, y el desinterés su sol.

En este mundo no hay más que una raza inferior: la de los que consultan

antes que todo su propio interés, bien sea el de su vanidad, o el de su

soberbia, o el de su peculio:--ni hay más que una raza superior: la de

los que consultan, antes que todo, el interés humano.

Sagrado es el que, en la robustez de la vida, con el amor a la cabecera

de la mesa cómoda, echó la mesa atrás, y los consejos del amor cobarde,

y sirvió a su pueblo, sin miedo a padecer ni a morir.

No es poeta el que echa una hormiga a andar, con una bomba de jabón al

lomo... sino el que de su corazón, listado de sangre como jacinto, da

luces y aromas.

Por la tierra hay que pasar volando, porque de cada grano de polvo se

levanta el enemigo, a echar abajo, a garfio y a saeta, cuanto nace con

ala.

El dolor delicado y continuo, por donde el hombre se conoce y ennoblece,

acendra y eleva el espíritu que se abraza a él como a la verdadera

salvación, y la cruz que ensangrentó los hombros viene a ser el áncora

con que el alma despercudida se clava al puerto eterno.

Es más propio del hombre, aunque no lo parezca, el derramar consuelos

que el recibirlos.

Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son

nuevas.

Confirmar es creer.

Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho, sino el

esfuerzo de cada uno para descubrirlo.

El que saca de sí lo que otro sacó de sí antes que él, es tan original

como el otro.

Dígase la verdad que se siente, con el mayor arte con que se pueda

decirla.

La emoción en poesía es lo primero, como señal de la pasión que la

mueve, y no ha de ser caldeada o de recuerdo, sino sacudimiento del

instante, y brisa o terremoto de las entrañas.

Lo que se deja para después es perdido en poesía, puesto que en lo

poético no es el entendimiento lo principal, ni la memoria, sino cierto

estado de espíritu confuso y tempestuoso, en que la mente funciona de

mero auxiliar, poniendo y quitando, hasta que queda en música, lo que

viene de fuera de ella.

En poesía, como en pintura, se ha de trabajar con el modelo.

Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no

poeta.

No está el arte en meterse por los escondrijos del idioma, y desparramar

por entre los versos palabras arcaicas o violentas; ni en deslucirle la

beldad natural a la idea poética poniéndole de tocado, como a la novia

rusa, una mitra de piedras ostentosas; sino en escoger las palabras de

manera que con su ligereza o señorío aviven el verso o le den paso

imperial, y silben o zumben, o se arremolinen y se arrastren, y se

muevan con la idea, tundiendo y combatiendo, o se aflojen y arrullen, o

acaben, como la luz del sol, en el aire incendiado.

Cada emoción tiene sus pies, y cada hora del día; y un estado de amor

quiere dáctilos, y anapestos la ceremonia de las bodas, y los celos

quieren ambos.

Un juncal se pintará con versos leves, y como espigados, y el tronco de

un roble con palabras rugosas, retorcidas y profundas.

En el lenguaje de la emoción, como en la oda griega, ha de oirse la ola

en que estalla, y la que le responde, y luego el eco.

En el aparato no está el arte, ni en la hinchazón, sino en la

conformidad del lenguaje y la ocasión descrita, y en que el verso salga

entero del horno, como lo dió la emoción real, y no agujereado y sin los

perfiles, para atiborrarlo después, en la tortura del gabinete, con

adjetivos huecos, o remendarle las esquinas con estuco.

Este arte de los tonos en poesía no es nada menos que el de decir lo que

se quiere, de modo que alcance y perdure, o no decirlo.

Los años que se pasan lejos del suelo nativo son años muy largos.

El verdadero hombre no mira de qué lado se mira mejor, sino de qué lado

está el deber.

El que haya puesto los ojos en las entrañas universales, y visto hervir

los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos,

sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber.

Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y

entero.

Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen,

cuando no atraen, cuando no añaden.

Un pueblo que entra en revolución no sabe de ella hasta que se extingue

o la corona.

Pensar es abrir surcos, levantar cimientos y dar el santo y seña de los

corazones.

El triunfo es de los que se sacrifican.

El hombre se deshonra cuando deshonra a los demás.

El hombre de actos sólo respeta al hombre de actos.

El que se ha encarado mil veces con la muerte, y llegó a conocerle la

hermosura, no acata, no puede acatar, la autoridad de los que temen a la

muerte.

El político de razón es vencido, en los tiempos de acción, por el

político de acción: vencido y despreciado, o usado como mero instrumento

y cómplice, a menos que, a la hora de montar, no se eche la razón al

puente, y monte.

No se sabe cuáles sean las ambiciones más funestas para un país que no

ha comenzado aún a nacer, si los militares o los civiles.

Con los pueblos sucede como con lo demás de la naturaleza, donde todo lo

necesario se crea a la hora oportuna, de lo mismo que se le opone y

contradice.

¡Levanten el ánimo los que lo tengan cobarde!: con treinta hombres se

puede hacer un pueblo.

III

Del vol. "En los Estados Unidos". (Primera Parte.)

III

La justicia de una causa es deslucida muchas veces por la ignorancia y

el exceso en la manera de pedirla.

Al que se cría para toro no puede exigirse que salga ángel: y el obrero,

no educado en finezas mentales, ni dispuesto, por lo que sufre y ve, a

dulzuras evangélicas, cuando tiene que decir o hacer lo dice o hace a

manera de obrero; si es conductor de carros, con guantes de cuero; si es

zapatero, con lezna; si es herrero, con martillo.

Sólo son bellos, en hombre y en mujer, los vestidos que siguen la línea

humana.

En política se puede una vez que otra ser sincero y honrado.

Las gentes de dinero, iglesia y milicia se preocupan más en acumular

medios de ataque contra los humildes que van subiendo, que en descabezar

sus iras poniendo honrado remedio a sus legítimas angustias.

Nada excita tanto a la violencia como el desafío y la preparación

prematura contra la justicia.

Es digno del cielo el que intenta escalarle.

Sólo los que han bregado cuerpo a cuerpo con la verdad, para reducirla a

la frase o al verso, saben cuánto honor hay en ser vencido por ella.

Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar.

Los artistas jóvenes hallan en el mundo una pintura de seda, y con su

soberbia grandiosa de estudiantes quieren un artesano de tierra y de

sol.

Es, por esencia, trascendental el espíritu humano.

Toda rebelión de forma arrastra una rebelión de esencia.

El egoísmo levanta a los pueblos y los pierde.

Hombres haga quien quiera hacer pueblos.

Todas las grandes ideas de reforma se condensan en apóstoles y se

petrifican en crímenes, según en su llameante curso prendan en almas de

amor o en almas destructivas.

Unos están empeñados en edificar y levantar: otros nacen para abatir y

destruir.

¡Tiene tanto el periodista de soldado!

El arte de escribir ¿no es reducir?

El mejor modo de mantener al vencido en el estado de espíritu necesario

para vencer, es mantenerse en pie, ante él, como vencedor.

La guerra se hizo, cualquiera que fuese su pretexto, para acabar con la

esclavitud.

El odio político no duerme y se complace en afear toda hermosura.

La libertad debiera ya tener su arquitectura.

Toda cortesía es útil, y no hacen mal esos dulces engaños.

El hombre se siente consagrado en los ancianos.

En un mero soldado la rapiña puede ser natural; pero todo atentado

contra el derecho, en tierra propia o ajena, es crimen en un hombre de

pensamiento.

Sólo las madres, siempre benévolas, saben la tarea que el niño puede

soportar sin fatiga.

El carácter impera.

La elocuencia brilla.

El que sabe dominar las pasiones ajenas o tiene grandes las propias, es

guía natural de los hombres, aunque efímero, a menos que la virtud no lo

posea; pero el que al fin triunfa, no es el que enciende y desata las

pasiones, sino el que sabe reprimirlas.

Nada hace padecer tanto a un hombre virtuoso, ni le pone más cerca el

juicio de la ira, que ver interpretadas por la malignidad o el interés

sus intenciones.

Sólo merece gobernar a los pueblos quien tiene menos flaquezas que

ellos.

Las piedras del odio, a poco de estar al sol, hieden y se desmoronan,

como masas de fango.

Los presidentes son para unir, no para dividir.

El hombre lleva en sí lo que lo pierde, que es el interés, y lo que lo

redime, que es el sentimiento.

Trabaja inútilmente, porque será vencida, esa generación pueril de

filoclastas que anda, por esclavitud de la moda, con traje de cinismo.

La inteligencia tiene sus petimetres, que son los que toman a pecho

cualquier novedad que sale de las sastrerías, y sus verdaderos

elegantes, que son los que llevan sus vestidos de modo que siempre están

bien, porque no acatan ninguna exageración y siguen la gracia natural

del cuerpo.

Mal va un hombre cuando no le da un vuelco el corazón al leer o

presenciar un acto heroico.

Se nota en el lenguaje de los negros cultos un dejo de desolación que

mueve a echarles los brazos.

La riqueza es al fin una patria, cuando no se la tiene propia.

El hombre debe dormir alguna vez al aire, desafiar la lluvia, manejar

las armas que defenderán mañana la tierra patria o el derecho, de velar

al pie de algo más que un mostrador o una ventana.

El dolor es la sal de la gloria.

Todo se afina, se purifica y crece.

¿Para qué, sino para poner paz en los hombres, han de ser los adelantos

de la ciencia?

Por un lado es ala el hombre, que mira al cielo; y por el otro es

hocico, clavado en la tierra: hay que empujar perennemente el ala.

Cada época se pone en una fiesta que la representa y refleja sus

ideales.

Jamás llegaron a fiesta pública, fuera de aquéllos que la pasión exagera

y deshace, sino aquellos sentimientos potentes que de vez en cuando,

como energías volcánicas, levantan los pueblos, y quedan para siempre

visibles en ellos, como los montes en la tierra.

Es moda nueva, de esmalte, moda de puro barniz, suponer que los

accidentes de educación y clima puedan alterar la esencia de los

hombres, iguales en todas partes, salvo lo que les pone, o lo que no les

ha puesto, la vida acumulada de las generaciones.

Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y

expresiones: en sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en

sus poetas y en sus bandidos.

Los pueblos son como los obreros a la vuelta del trabajo: por fuera cal

y lodo, pero en el corazón las virtudes respetables.

Por sobre las razas, que no influyen más que en el carácter, está el

espíritu esencial humano, que los confunde y unifica.

El pudor del hombre está en la mente, y se ha de llegar con él incólume

a los ochenta años.

Reproducir no es crear, y crear es el deber del hombre.

La palabra sincera huye, como niña decorosa, de los comedores venales.

El aire ha de estar lleno de almas desinteresadas y amigas.

Como la derrota consume, el éxito robustece.

En la arquitectura, como en todas las artes, el modo más seguro de matar

el efecto es rebuscarlo.

IV

Del vol. "En los Estados Unidos". (Segunda Parte.)

IV

No ha de temerse la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto.

La vida tiene horas de oro en que parece que el sol sale en el alma, y

como ejército que asalta, escala y bulle la gloria por las venas.

En la justicia no cabe demora; y el que dilata su cumplimiento, la

vuelve contra sí.

Los pícaros han puesto de moda el burlarse de los que se resisten a ser

pícaros.

La política virtuosa es la única útil y durable.

Aplazar no es resolver. Si existe un mal, con permitir que se acumule no

se remedia. El crimen, el crimen de permitirlo, trae siempre sangre.

Pan no se puede dar a todos los que lo han menester, pero los pueblos

que quieren salvarse han de preparar a sus hijos contra el crimen.

El que conoce lo bello, y la moral que viene de él, no puede vivir luego

sin moral y belleza.

Una ciudad es culpable mientras no es toda ella una escuela: la calle

que no lo es, es una mancha en la frente de la ciudad.

Debe ser obligatorio el servicio de maestros, como el de soldados.

Preparar un pueblo para defenderse, y para vivir con honor, es el mejor

modo de defenderlo.

De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido

caiga a tierra.

Las religiones todas son iguales: puestas una sobre otra, no se llevan

un codo ni una punta.

Las religiones todas han nacido de las mismas raíces, han adorado las

mismas imágenes, han prosperado por las mismas virtudes y se han

corrompido por los mismos vicios.

Las religiones, que en su primer estado son una necesidad de los pueblos

débiles, perduran luego como anticipo, en que el hombre se goza, del

bienestar final poético que confusa y tenazmente desea.

Las religiones, en lo que tienen de durable y puro, son formas de la

poesía que el hombre presiente fuera de la vida, son la poesía del mundo

venidero: ¡por sueños y por alas los mundos se enlazan!: giran los

mundos en el espacio unidos, como un coro de doncellas, por estos lazos

de alas. Por eso la religión no muere, sino se ensancha y acrisola, se

engrandece y explica con la verdad de la naturaleza y tiende a su estado

definitivo de colosal poesía.

Las religiones todas, fuera de aquellas ya aventadas que en anuncio de

la final religión poética han establecido la razón, tienen sus milagros,

sus arúspices, sus oráculos, sus ídolos, sus _juggernaut_ que tunden y

fulminan, hasta que, negados los fieles a creer que la palabra de Dios

sea enemiga del albedrío, condiciones y virilidad que nacen con el

hombre, se acercan al _juggernaut_ con maza en mano, le desciñen el

manto, le quitan las faldas de formas de flores, le quiebran el vientre

esférico, le levantan el capuz funeral, orlado de luminosa pedrería, y

en vez de la palabra de Dios, a que en seguida corren a alzar templo,

encuentran un tablón viejo y roído, con los pies y las manos de carbón

pintado, como los gigantes de las ferias.

¡Oh! ¡la ciencia que se aprende en el libro de todos los días, con la

pluma, con las bridas, con el componedor, con el cepillo, con la lezna!

Donde luce un espíritu sincero, los hombres se congregan y siguen el

camino, como detrás del manso la majada.

Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí · 第 1 / 5 段