participaba en parte de esas condiciones y por ese motivo las
discusiones que asumieron un carácter más vivo, que algunas veces llegó
a ser personal, fueron las sostenidas entre este caballero y el doctor
Quintana. Los delegados argentinos, inspirados por el gran progreso
de su país y sin intereses, relaciones políticas, ni negocios con los
Estados Unidos, no solamente tenían una independencia muy loable en
todos los casos, sino que a veces y debido tal vez a sus condiciones
personales, mostraron una exquisita susceptibilidad. Lo que pudo haber
habido de desagradable en los discursos de la conferencia, terminó,
sin embargo, de una manera satisfactoria con la explicación que al
cerrarla dió Mr. Henderson en estos términos: «Si en la libertad de la
discusión se ha escapado una palabra acre y malsonante, unámonos ahora
para considerarla borrada de nuestras actas y decidamos olvidarla para
siempre.»
«A poco de reunida la conferencia, empezaron algunos periódicos de
este país a atacar con dureza, tan extraordinaria como injustificable,
a los delegados argentinos, llegando hasta el grado de acusarlos de
ser agentes de Inglaterra, para lograr que fracasaran los objetos de
la asamblea. Ataques tan inconvenientes como infundados provocaron,
como era natural, una fuerte reacción, que vino a hacer resaltar el
mérito de aquellos caballeros y a refutar de una manera tan completa
las inculpaciones que se les hacían, que sus acusadores tuvieron
que abandonar el campo por completo. El desagrado que esos ataques
les causara, fué abundantemente compensado por la satisfacción que
debieron sentir al verse defendidos tan decidida como victoriosamente.»
El distinguido diplomático que trazó los párrafos anteriores será
irremplazable para su país en el puesto que desempeñaba. El se inició
en la vida americana en una época ya distante, en que los agentes
extranjeros tenían más oportunidades que hoy de tratar a los estadistas
de la gran república, y el vasto número de sus amigos personales le
facilitaba el fácil cumplimiento de la misión política confiada a su
celo y competencia. Hoy los horizontes de este país se han extendido
demasiado y sus hombres dirigentes como los de Europa, tienen la mirada
fija en el Extremo Oriente donde encuentran o creen encontrar un campo
más favorable a la expansión del comercio que el que a su juicio podría
hallarse vinculando íntimamente a las naciones de nuestro hemisferio.
Con el año que termina, puede decirse que se cierra todo un ciclo de
historia americana y que se abre para la gran república el camino
de la conquista gloriosa pero aventurada, el período de la espada
subyugadora de pueblos. El señor Romero veía con aprensión la alborada
de la nueva época. El, que asistió al desenvolvimiento poderoso de esta
nación y acompañó sus triunfos pacíficos, comerciales e industriales,
ha abandonado la escena terrestre en un momento de transición, y
su nombre será recordado como el de uno de los más fieles adeptos y
creyentes en los viejos ideales de la democracia que a muchos parecen
hoy envejecidos y marchitos.
XV
HENRY CABOT LODGE
En una alocución dirigida a los estudiantes de Harvard por el actual
senador Henry Cabot Lodge a propósito de los usos y responsabilidades
de la independencia de los hombres de fortuna, el distinguido orador
aconseja a los que se encuentran en condiciones de no tener que luchar
para ganar el pan «emplear su actividad en aquellos terrenos en que
se necesitan hombres que puedan trabajar, sin provecho pecuniario,
en beneficio público». No son pocos los medios que se ofrecen a los
que quieran pagar en esta forma la deuda que cada ciudadano contrae
para con su patria. Uno de ellos es la literatura, tomada en su
aspecto serio y profesional, otro es dedicarse al estudio de grandes
cuestiones sociales como la educación popular, la administración de la
beneficencia pública, etc. Finalmente, la política les ofrece un campo
ventajoso para ensayar sus aptitudes y combatir por la felicidad y la
gloria de su pueblo. Pero cualquiera que sea la senda elegida, según
Cabot Lodge, lo esencial para un hombre útil, para un espíritu bien
intencionado es «simpatizar con su país, pues es más fácil de lo que
parece divorciarse de los movimientos de la época en que uno vive».
Otro escollo que es necesario evitar «es hacerse meramente negativo y
crítico...». «El que se contenta con la crítica y la negación, no sólo
está expuesto a llegar a ser estrecho y arrogante, sino ineficaz. Para
mantener el equilibrio y ser útil es necesario ver lo bueno al mismo
tiempo que lo malo de los hombres y de las cosas. Es comparativamente
fácil detenerse y atacar a los que están luchando en la corriente
de la vida política, pero es mejor entrar en ella y tratar de hacer
algo y contribuir a la realización de algún plan definido». Solamente
lanzándose al terreno de la acción desinteresada y fecunda, consagrando
los ocios del bienestar al servicio público, el hombre de fortuna se
convierte en el más útil y el más ocupado de los ciudadanos.
Se diría que al pronunciar las palabras citadas, el senador Cabot Lodge
estaba trazando el programa de su propia vida. El pertenece, en efecto,
a esa clase feliz de los que poseen suficientes medios para emanciparse
de la terrible preocupación de la vida material. Nacido en 1850, se
encuentra hoy en pleno vigor físico y mental. Desde los primeros
años de su vida, sus tendencias lo impulsaron a la literatura, donde
ha obtenido éxitos duraderos. Más tarde, entró en la vida política y
representó en el congreso a su estado natal. Hoy es uno de los más
jóvenes miembros del senado y uno de los publicistas más brillantes de
los Estados Unidos.
Editor un tiempo de la _North American Review_, y de la _International
Review_, sus estudios abarcan un vasto campo intelectual. Graduado de
Harvard y de la escuela de derecho, su tesis sobre la «Ley de tierras
de los anglosajones» le valió el título de doctor en filosofía. En
1885 dirigió la publicación de las obras de Alejandro Hamilton, cuya
biografía había escrito poco tiempo antes, así como la del eminente
orador y estadista Daniel Webster. Poeta correcto y tierno, orador
vibrante y nervioso, crítico y ensayista penetrante, historiador ameno,
a pesar de su relativa juventud, el señor Cabot Lodge, como Roosevelt,
de quien es grande amigo, ha demostrado prácticamente cuánto puede
esperarse de los hombres independientes que consagran su tiempo al
trabajo intelectual y al servicio de su patria, con aspiraciones nobles
y estímulos elevados.
Una rápida revista de sus obras va a mostrarnos las diversas facetas
de este espíritu brillante y distinguido. Entre las de carácter
biográfico, es necesario señalar desde luego las consagradas a la
vida de Washington, de Hamilton y de Webster, publicadas en la serie
de los _American Statesmen_. En todas ellas resalta un método crítico
excelente, un estudio profundo de los orígenes históricos del pueblo
americano, un vivo sentimiento de patriotismo y una familiaridad
perfecta con los más serios problemas resueltos en la crisis de la
vida de esta nación. La figura noble y luminosa del guerrero y del
estadista que arrojó los cimientos de la gran república, se destaca
en las páginas del libro de Cabot Lodge con esa majestad dignificada
y tranquila que realza el carácter del héroe y que está impresa, como
un sello indeleble, en las menores acciones de su vida. Su carrera
benéfica es seguida paso a paso por el escritor, desde el comienzo de
su educación, hasta que el llamado en su juventud _the rising hope of
Virginia_ terminó su vida cargado de años y de gloria. Pagado este
tributo respetuoso al padre de la patria, el señor Cabot Lodge ha
mostrado en su estudio sobre Hamilton las dotes eminentes de uno de sus
grandes colaboradores. Hamilton, en efecto, según el juicio unánime de
los más distinguidos publicistas de este país, figura por su talento
y dotes extraordinarias a la cabeza de los estadistas de la que llama
Goldwin Smith, la vieja escuela política americana. Como nuestro
general Belgrano, que siendo un hombre de carácter esencialmente civil
se vió arrastrado al servicio de las armas, cediendo a las exigencias
de los tiempos, el famoso jefe de los federalistas también prestó en
el ejército servicios apreciables, pero su gloria imperecedera está
basada en sus trabajos constitucionales, en su genio creativo, en su
administración celosa y acertada del tesoro público.
En una época de confusión y de caos financiero, Hamilton supo arrojar
los cimientos del sistema rentístico que con pequeñas modificaciones
se prolonga en este país hasta nuestros días. La disrupción de la
confederación primitiva, había obedecido a causas económicas. La
enfermedad que había consumido aquel organismo podría caracterizarse de
anemia fiscal. Era, pues, entonces, como ahora y siempre, el régimen
financiero del estado, el más importante problema planteado ante el
genio de los hombres de gobierno. Hamilton lo afrontó con maestría y lo
resolvió con éxito. Su programa era vasto y lleno de responsabilidades.
Según sus propias palabras citadas por Cabot Lodge, «justificar y
mantener la confianza de los más ilustrados amigos del buen gobierno;
promover la creciente respetabilidad del nombre americano; responder a
los llamados de la justicia; restaurar la propiedad territorial a su
justo valor; dotar de nuevos recursos a la agricultura y al comercio;
_cimentar más estrechamente la unión de los estados_; fortalecer su
seguridad contra el ataque externo; _establecer el orden público sobre
la base de una política recta y liberal_; he aquí los grandes fines
que debemos alcanzar, proveyendo en el período presente de una manera
adecuada y propia, al sostén del crédito público.»
Asumiendo la deuda de los estados, consolidando las obligaciones
diversas que pesaban sobre la nación y, finalmente, estableciendo un
sistema de contribuciones internas, Hamilton realizó el plan que se
había trazado, restauró de una manera brillante el crédito perdido,
saneó la moneda depreciada, e inauguró por esos medios una era de
prosperidad comercial. Sus memorables informes sobre materias fiscales
son hoy clásicos en la literatura económica de los Estados Unidos y
objeto permanente de análisis y de estudio por parte de la juventud
americana. Ellos figuran con razón, después de la declaración de la
independencia y de la constitución, en ese _vade-mecum_ del ciudadano,
publicado bajo el título de _Select Documents of United States
History_. En su segundo informe sobre el crédito público, Hamilton
proyectó el establecimiento del _excise_ o la contribución interna.
«Mostró,--dice Cabot Lodge,--que podían hacerse algunas adiciones a
los impuestos, pero ellas eran insuficientes y fué necesario obtener
rentas en otra parte. La teoría general de Hamilton era recurrir lo
menos que fuera posible al impuesto directo y levantar toda la renta
compatible con una percepción segura, gravando los artículos de lujo.
Habiendo llevado los derechos de importación hasta un límite que
consideró prudente, se fijó naturalmente en la fabricación doméstica
de alcoholes como el recurso mejor y más apropiado. Nadie pone en duda
hoy que, de acuerdo con los mejores principios de economía política,
Hamilton había acertado en su elección y que escogió el artículo más
conveniente para la contribución. Siendo esencial la renta, aquella
era la menos onerosa para colectar, y el artículo era uno de aquellos
que por su naturaleza debería siempre ser gravado primero que todos
y hasta el límite que pudiera soportarlo. A la luz de los principios
económicos, el impuesto sobre alcoholes, sugerido por Hamilton, no
requiere ni explicación ni defensa. La real dificultad era política
y no económica». Es inútil detenerse más sobre este asunto. Digamos,
sin embargo, antes de terminar, que Hamilton logró vencer todas las
resistencias y que su organización, o por mejor decir, fundación del
sistema rentístico americano, se completó con la creación de un banco
nacional y una casa de moneda.
Penetrando en el terreno de la política el señor Cabot Lodge estudia
con sagacidad y noble ecuanimidad de criterio las discusiones que
surgieron en el seno del gabinete de Washington y en que tomaron una
parte tan prominente Hamilton como _leader_ de los federalistas por un
lado y Jefferson como _leader_ de los demócratas por otro. Aquellas
organizaciones tan diferentes estaban destinadas fatalmente a chocar.
Hamilton nunca fué popular ni simpatizaba con la multitud. Su misma
superioridad intelectual lo impulsaba al aislamiento. Bajo el ataque
solapado y tortuoso de su adversario, encontró frases hirientes
y ofensivas que detuvieron su avance. Por un tiempo, mediante la
intervención amistosa de Washington, pareció renacer entre ambos la
armonía. Más tarde, la derrota final de su partido y el triunfo de
su rival lo hicieron volver a la vida privada y a la práctica de la
jurisprudencia. El choque entre el estadista eminente y Aaron Burr,
«político bajo, de superficialidad brillante y dotado del talento del
conspirador para fraguar intrigas de toda clase», según lo define
Cabot Lodge, ilumina el fin de Hamilton con el resplandor rojizo de la
tragedia. «Cada uno de los adversarios se preparó para el encuentro a
su manera: Burr practicando la pistola en su jardín, Hamilton poniendo
en orden los asuntos de sus clientes. A medida que el día fatal se
acercaba, Hamilton desplegaba una alegre tranquilidad, digna de un
hombre valiente, de carácter firme, y escribió cartas de adiós a
su esposa, llenas del más intenso sentimiento y la elocuencia más
conmovedora. Burr tomó las precauciones necesarias para la destrucción
de cartas comprometedoras de mujeres que había seducido. Se encontraron
al fin, en una hermosa mañana de julio, cerca de los bancos del Hudson.
Hamilton cayó al primer tiro, mortalmente herido, descargando en el
aire su propia pistola. Conducido a su hogar, sobrevivió algunas horas
en medio de sufrimientos terribles y murió rodeado de su familia
desesperada. Burr se alejó impune, para comprometerse en una traición
abortiva, y convertirse en un errante y un proscrito sobre la faz de la
tierra.»
Las mismas condiciones que hacen de la biografía de Hamilton una
lectura agradable e instructiva, predominan en la de Daniel Webster.
Las figuras intelectuales del carácter de la de este eminente estadista
y orador, ejercen una atracción irresistible sobre el escritor y
el político, que en su propia esfera sigue las huellas de aquellos
grandes representantes del genio americano. Entre las cualidades tan
distinguidas de Daniel Webster, ninguna tan digna de estudio sincero
y respetuoso como su talento envidiable de orador. Es en la arena del
parlamento, en medio del choque vibrante del debate político, en los
duelos memorables de la palabra, que la figura del tribuno alcanza
proporciones gigantescas. El señor Cabot Lodge analiza con especial
simpatía esta faz de su héroe. Se ve a través de sus páginas que el
crítico está preparado como pocos para comprender y apreciar las
excelencias de la figura que modela. Aquel cuadro famoso de la réplica
a Hayne, revive en las páginas de Cabot Lodge con todo el colorido y la
solemnidad de la histórica escena.
«En medio del silencio de la espera,--dice el crítico,--en aquel
silencio muerto que es tan peculiarmente opresivo por ser sólo posible
cuando muchos seres humanos se encuentran reunidos juntos, Mr. Webster
se levantó. Había permanecido sentado, impaciente e inmóvil, durante
todos los días precedentes, mientras la tormenta de la argumentación
y de la invectiva batía sobre su frente. Al fin había llegado su
hora; y al levantarse y permanecer en pie erguido en todo su tamaño,
su grandeza personal y su calma majestuosa impresionaron a todos los
que lo miraron. Con perfecto reposo, sin emoción aparente por la
atmósfera del sentimiento intenso que lo rodeaba, dijo en un tono
bajo e igual: «Señor presidente: Cuando el marino ha sido batido por
las olas durante muchos días, en medio de la cerrazón y de un mar
desconocido, se aprovecha naturalmente de la primera pausa en la
borrasca, de la primera aparición de un rayo de sol, para tomar la
latitud y asegurarse hasta dónde los elementos lo han apartado de su
derrotero. Imitemos esa prudencia; y antes de flotar más lejos en las
ondas de este debate, recordemos el punto de la partida para poder
conjeturar por lo menos en dónde nos encontramos. Solicito la lectura
de la resolución pendiente ante el senado.»--Aquella frase de entrada
era un trozo de arte consumado. La imagen simple y apropiada, la voz
apagada, el continente tranquilo, calmaban la excitación tirante de la
audiencia que hubiera podido concluir por desconcertar al orador si se
hubiera prolongado. Todos sintieron un alivio; y cuando cesó la lectura
monótona de la resolución, Mr. Webster era dueño de la situación
y tenía bajo su control al auditorio. Sus oyentes lo siguieron
conteniendo el aliento a medida que prosiguió. Las fuertes sentencias
viriles, el sarcasmo, la elocuencia, el raciocinio, los ardientes
llamamientos al amor del estado y del país, fluyeron sin interrupción.
A medida que sus sentimientos se caldeaban, la llama brillaba en
sus ojos; sus atezadas mejillas estaban ligeramente encendidas; su
fuerte brazo derecho parecía barrer delante de sí la falange entera
de sus opositores, y las profundas y melodiosas cadencias de su voz,
resonaban como notas armoniosas de un órgano al llenar la cámara con su
música. Las últimas palabras expiraron en el silencio; los que habían
escuchado se miraron maravillados los unos a los otros, conscientes
de que acababan de escuchar una de esas grandes oraciones que son
como piedras miliarias en la historia de la elocuencia; y los hombres
del norte y de Nueva Inglaterra se separaron llenos del orgullo de la
victoria, pues su campeón había triunfado y abrigaban la seguridad de
que el mundo entero comprendía que sus palabras no tenían respuesta.»
Penetrando en el análisis frío de las condiciones que hicieron de
Webster el primer orador americano de su época y uno de los más
grandes de la humanidad, exhibe el señor Cabot Lodge su sagacidad
crítica y el estudio especial consagrado a esta faz de su asunto. Sus
reflexiones en esta parte de la biografía de Webster son excelentes.
Ellas encierran en una forma concisa, una definición de la oratoria
moderna y en este sentido merecen transcribirse porque dan una idea
clara del método y estilo de su autor. «Un análisis de la réplica a
Hayne,--dice el señor Cabot Lodge,--nos facilita todas las condiciones
necesarias para tener idea correcta de la elocuencia de Mr. Webster,
de sus rasgos característicos y de su valor. La escuela ática de la
oratoria subordinó la forma al pensamiento, para evitar el derroche
de la ornamentación, y triunfó sobre la práctica más florida de los
llamados «asiáticos». Roma dió la palma al aticismo y la oratoria
moderna ha ido aún más lejos de la misma dirección, hasta que su
cualidad predominante ha sido la de hacer llamamientos sostenidos
al entendimiento. Las condiciones esenciales de la oratoria moderna
son la vigilancia lógica y la larga cadena del raciocinio, desdeñada
por los antiguos. Muchos hombres distinguidos han obtenido éxito por
esas condiciones como oradores fuertes y convincentes. Pero la gran
elocuencia de los tiempos modernos se distingue por explosiones de
sentimiento, de imágenes o de invectivas unidas a la argumentación
perfecta. Esta combinación es rara y cuando encontramos un hombre
que la posee, podemos estar seguros que en grado mayor o menor él
es uno de los grandes maestros de la elocuencia, tal como nosotros
la entendemos. Los nombres de los que en medio del debate, o en las
luchas del jurado o en la práctica diaria, se han mostrado fuertes y
eficaces, estremeciendo y haciendo vibrar a grandes masas de hombres,
fácilmente ocurren a nuestra memoria. A esta clase pertenecen Chatham
y Burke, Fox, Sheridan y Erskine, Mirabeau y Vergniaud, Patrick Henry
y Daniel Webster. Mr. Webster, naturalmente, era esencialmente moderno
en su oratoria. Confiaba principalmente en el llamamiento sostenido
al entendimiento y fué un ejemplo conspicuo del carácter profético
que el cristianismo, y con especialidad el protestantismo, ha dado a
la elocuencia moderna. Al mismo tiempo, Mr. Webster era en ciertos
respectos más clásico y se acercaba más a los modelos de la antigüedad
que cualquiera de los que hemos mencionado como pertenecientes a
la misma clase elevada. Estaba acostumbrado a derramar la copiosa
corriente de observaciones sencillas e inteligibles, y cedía con agrado
a esa inclinación a herir el sentimiento, la memoria y el interés que
lord Brougham considera característica de la oratoria antigua. Se ha
dicho que mientras Demóstenes era un escultor, Burke era un pintor,
Mr. Webster participaba distintamente del primero más que del último.
Raras veces amplificaba o modificaba una imagen, una descripción y en
esto seguía al griego más que al inglés. El doctor Francis Lieber,
escribe: «Para probar la oratoria de Webster, que ha tenido siempre
grandes atracciones para mí, leo una parte de mis discursos favoritos
de Demóstenes, y luego, siempre en voz alta, trozos de Webster; luego
vuelvo al ateniense, y Webster resiste la prueba.» Fuera del gran
cumplimiento que esto encierra, aquella comparación es muy interesante,
pues muestra la semejanza que existe entre Mr. Webster y el orador
griego, e indica que entre él y el ateniense son más los puntos de
contacto que las diferencias inevitables nacidas de la raza y de la
época. Sin embargo, no hay indicaciones de que Webster estudiara jamás
los antiguos modelos o tratara de imitarlos.»