«En todas esas investigaciones y discusiones, el objetivo principal

ha sido el reconocimiento o determinación de causas; deseo tanto más

natural y legítimo, cuanto que es claro que sólo por medio de aquel

reconocimiento y determinación puede disiparse la atmósfera de misterio

que hasta cierto punto envuelve los fenómenos examinados, así como

abrir el camino para una discusión inteligente de sus remedios. Y en

este punto las conclusiones expresadas han sido amplia y curiosamente

diferentes. Casi todos los investigadores concuerdan en que la

universal y continua «depresión de los negocios» es atribuíble, no a

una sino a varias causas, que han tenido sobre ella una influencia más

o menos grande; y entre esas causas las siguientes son generalmente

miradas como particularmente potenciales: «el exceso de producción»,

«la escasez y apreciación del oro», o «la depreciación de la plata,

por su desmonetización»; «las restricciones del libre curso del

comercio» por medio de tarifas proteccionistas por una parte y de

excesiva y extraordinaria competencia originada por un exceso de

importaciones extranjeras consiguiente a la ausencia de comercio

libre o a la protección; fuertes pérdidas nacionales, ocasionadas

por guerras destructoras como la franco-alemana; continuación de

gastos militares exagerados; pérdida de cosechas; improductividad de

empréstitos extranjeros e inversiones de fondos; excesiva especulación

y reacción después de grandes inflaciones; huelgas e interrupción de la

producción a consecuencia de los «trade-unions» y otras organizaciones

del trabajo; concentración del capital en pocas manos y consecuente

influencia contraria a la equitativa difusión de la riqueza; «gastos

excesivos en bebidas alcohólicas e imprevisión general de las clases

obreras». Un comité holandés, en 1868, encontró una causa importante

en «el bajo precio del vinagre alemán». En Alemania, en 1886-88, la

continuación de la depresión del comercio ha sido atribuida en una gran

medida, «a la inflamable condición de los asuntos internacionales», y

al «miraje de la guerra»; aunque la gran baja en el precio del azúcar

de remolacha y la «inmigración de los judíos polacos», también han sido

citados como factores influyentes de la situación.»

Todas estas causas son examinadas y analizadas por el señor Wells en

el curso de las páginas subsiguientes de su libro, con una firmeza de

criterio y amplitud de erudición que admiran. Como repertorio de hechos

y recopilación de datos metódicamente organizados y armónicamente

engarzados en su exposición,--su estudio nada deja que desear. La parte

de ese estudio que se refiere a la pretendida desmonetización de la

plata y a la apreciación paralela, de la moneda de oro, así como sus

consecuencias, es completa y agota la materia. Sería imposible en el

corto espacio de un artículo, seguir paso a paso el desarrollo de las

ideas y opiniones de Mr. Wells. Pero no lo es extractar algunas de

las conclusiones a que lo conduce la lógica de su trabajo y que son

altamente interesantes para países de moneda momentáneamente depreciada

como la República Argentina.

«El tema de la influencia perturbadora de la declinación del valor de

la plata en el comercio entre naciones que usan oro o plata,--dice,--es

muy complicado y difícil de analizar, y las opiniones de personas

prácticamente interesadas en tal comercio no se armonizan; pero es

difícil ver cómo puede uno investigar esta materia, a la luz de la

experiencia proporcionada por los años transcurridos desde 1873, sin

arribar a la conclusión de que la gravedad de las perturbaciones ha

sido grandemente exagerada y que el expediente de tratar de proveer

remedios por medio de la legislación--si la legislación fuera

práctica--es muy dudoso.

«Al formarse un juicio respecto de este problema, conviene tener

siempre presente en el espíritu el hecho de que el comercio

internacional es comercio de producción y no de moneda; y que los

metales preciosos entran en él solamente para el arreglo de saldos. En

realidad, todos esos cambios son--excepto de una fracción mínima--el

resultado de un elaborado y organizado sistema de trueque, y el

principio del trueque prevalece en ellos y determina en una gran

extensión los métodos empleados. El comercio entre Inglaterra e India

es un cambio de servicio por servicio. Su carácter no se alteraría si

la India adoptase el patrón de oro mañana, o si, como Rusia, adoptara

un papel inconvertible, o como China comprara y vendiera por peso en

vez de hacerlo por cuenta. ¿Dará la India más trigo por una cantidad

dada de paño, porque use plata en vez de oro en su comercio interno?

¿Dará Inglaterra menos paño por una cantidad dada de trigo porque ella

lleve sus cuentas en libras, chelines y peniques en vez de rupias? A

menos que todos los postulados de la economía política sean falsos--a

menos que estemos enteramente equivocados al suponer que los hombres

en su capacidad individual, y por consiguiente, en su capacidad

conjunta como naciones, buscan la mayor satisfacción con el menor

trabajo--debemos reconocer que la India, Inglaterra y América producen

y venden sus artículos unas a otras, por lo más que pueden obtener en

otros productos, sin tomar en cuenta la clase de moneda que usan sus

vecinos o que es empleada por ellas mismas. Un medio circulante de

plata no da ninguna fuerza adicional al _ryot_ hindú, ni aumenta la

fertilidad de su terreno, ni añade el número de pulgadas de su lluvia;

ni una circulación en oro disminuye la capacidad y recursos do su

rival el chacarero americano. Tampoco la diferencia de sus respectivos

sistemas monetarios, afecta el juicio del comprador de trigo de

Liverpool. ¿Hay un simple factor en los elementos de la producción y

del transporte por sólo el cual los términos de la competencia sean

equilibrados, modificados por el medio circulante local o por las

fluctuaciones del mismo? Seguramente no ha habido fluctuaciones más

repentinas y violentas que las de la moneda americana durante la guerra

civil. No dejaron ellas de producir efectos; pero estos efectos no

fueron susceptibles de cambiar los términos de la competencia en el

comercio internacional.»

Otros capítulos notables del libro del señor Wells son los que se

refieren a las restricciones opuestas al comercio por la política

fiscal proteccionista, triunfante en la mayor parte de los países

europeos y en los Estados Unidos. Todos los hombres públicos argentinos

deberían leer esas páginas con atención y encontrarían en ellas útiles

enseñanzas. La revista que hace el señor Wells de las condiciones

comerciales de los países proteccionistas--muestra claramente el

fracaso irremediable y los males de un estímulo artificial a las

industrias. Pero fuera de la lección económica que se desprende de esta

parte de su estudio, él encierra una lección moral digna de recordarse,

mostrando cómo esa política errónea tiende a dividir más profundamente

la familia humana y a enconar los odios y las prevenciones de pueblo

a pueblo, manteniendo una tensión que prepara la atmósfera para el

estallido de guerras destructoras.

«Concurriendo con el aumento de las restricciones recientes de las

relaciones comerciales, dice el señor Wells, y como una consecuencia

indudable o una faz lógica de esa política, ha revivido la idea que

desde la rebelión feliz de las colonias angloamericanas y el abandono

de la anticuada política colonial europea, llegó a ser considerada

como igualmente contraria a la civilización y al precepto cristiano de

la fraternidad nacional y de la independencia del género humano,--a

saber, que es ventajoso para el pueblo de diversas nacionalidades

prohibir la inmigración y residencia de hombres de otros pueblos que

tratan de participar de sus industrias y desarrollar sus recursos

naturales. En la iniciativa de esta regresión del pasado, Rusia abrió

el paso con la adopción de medidas tendientes primero a la expulsión

de sus súbditos israelitas, luego de todos los extranjeros residentes

ocupados en la industria fabril o en la minería; hasta que, finalmente,

prohibió que los extranjeros llegaran a ser o continuaran siendo

propietarios territoriales dentro de su imperio. Alemania la siguió,

expulsando gran número de polacos de sus provincias del noroeste bajo

el pretexto de que eran católicos y eslavos, pero en realidad, porque

los más civilizados y más cristianos labradores alemanes temían su

competencia industrial. Los Estados Unidos, de igual manera, han

prohibido la inmigración y residencia dentro de su territorio de los

chinos, ostensiblemente porque son infieles, inmorales e incapaces

de asimilación política, pero en realidad porque tienen trabajo que

vender en competencia con otros vendedores análogos... Australia

también está expulsando a los chinos de sus colonias. Francia, por un

decreto de 1888, ordena que todos los extranjeros que se establezcan

permanentemente en ella deben registrarse y obtener permiso para

hacerlo; siendo el principal y declarado objeto del mismo impedir

la inmigración de los belgas y los italianos, que son los únicos

extranjeros que participan en cierto grado del comercio doméstico y

de la industria del país; y está sobreentendido que este registro es

solamente un paso preliminar para la imposición de fuertes impuestos

diferenciales sobre todos los inmigrantes extranjeros que reciben

salarios en Francia. No se alega que ellos desobedezcan las leyes o

resistan a sus funcionarios; sino, por el contrario, se concede que

pagan sus impuestos con tanta regularidad como los franceses y no bajan

perceptiblemente el nivel de la civilización general, como los chinos

en los Estados Unidos o los judíos en la parte sudeste de Europa...

En verdad, se diría, que los pueblos de las diferentes nacionalidades

están empezando a odiarse los unos a los otros como en la Edad Media,

aunque por razones enteramente diferentes; pues el antiguo sentimiento

de antagonismo nacía de la ignorancia mutua, mientras el actual tiene

origen en un conocimiento mayor debido a las grandes facilidades de

intercomunicación personal. La fraternidad nacional en el futuro parece

que se afirmara por la supresión de las relaciones. Una consecuencia

segura de esta condición--fuera de las perturbaciones económicas y

las pérdidas consiguientes que ocasiona--es que la amistad entre las

naciones, que tanto había crecido durante el último medio siglo y que

se esperó con fundamento pondría un término a la guerra y a sus enormes

gastos preparatorios, ha experimentado una declinación marcada en un

período reciente.»

La gran república cuenta entre sus hijos muchos publicistas

distinguidos que hacen una especialidad de los estudios económicos.

Ninguno de ellos, sin embargo, posee la autoridad legítima que en una

larga vida de trabajo fructífero logró conquistar David Ames Wells.

Los que se interesan en el porvenir y el perfeccionamiento moral de

sus instituciones, deploran con razón la muerte de un estadista que

podía aún prestarles valiosos servicios, y su falta es más dolorosa en

estos momentos en que tantos problemas deben ser resueltos y en que él

pudo haber guiado a sus compatriotas con el brillo de su talento y la

sabia austeridad de su experiencia.

XIV

UN CHRISTMAS SOMBRIO

La vida política y financiera de este país ha sufrido su periódica

interrupción anual con las fiestas de Navidad. El espectáculo

presentado por las ciudades americanas en esta época del año es

indescriptible en su pintoresca uniformidad. Por todas partes la

multitud alegre ocupa las calles y las avenidas y se precipita en

masas compactas a los grandes almacenes que agotan el repertorio de su

inventiva para anunciar el despliegue de las novedades de Christmas.

En las anchas aceras una selva artificial de pinos de Navidad con

el verde empañado de sus ramas puntiagudas, hace una competencia

ruinosa al tronco desnudo y seco de los árboles de los parques y de

las calles, que muestran la herrumbre del invierno y cuyas últimas

hojas siguieron hace tiempo el rumbo de los vientos otoñales. Los

teatros rebosan de un público _sui géneris_ de pequeños empleados y

familias patriarcales, para quienes la asistencia al parterre es un

acontecimiento que no se repetirá hasta el próximo Christmas y que se

saborea, por consiguiente con una especie de religiosa solemnidad. Los

mensajeros cortan el aire como flechas, corriendo en sus bicicletas de

casa en casa para dejar los regalos de los amigos y los parientes. Los

carteros pasan encorvados por el peso de los sacos de tarjetas y cartas

congratulatorias. Todo el mundo tiene un aire de satisfacción y de

alegría que encanta. Hasta en la mesa más pobre figura ese día el pavo

tradicional y los hijos del millonario como los del obrero, se acuestan

sonrientes, soñando con ángeles rosados y con la grave figura de barba

blanca de Santa Claus, que llenará de juguetes las medias colgadas

alrededor de la chimenea, mientras cae la nieve en el exterior y las

ráfagas heladas del viento nocturno, cantan la fúnebre melopea de los

que parten.

_¡Christmas! ¡Christmas! ¡Merry Christmas!_ Se diría que estas palabras

tienen una virtud secreta para adormecer las penas y las inquietudes

del futuro y que el pobre viajero fatigado de su peregrinación

terrestre, recobrara las fuerzas a su influjo, con la esperanza de

nuevos días de ventura. El círculo de la familia se estrecha más este

día, como si los viejos buscaran un apoyo en el calor de los niños y

los niños quisieran reanimar con su alegría la llama vacilante que

dormita bajo la ceniza de los años. Se comprime en el fondo del pecho

un suspiro por los que han partido, pero se trata de olvidarlos por

algunos momentos y de derramar el exceso de la ternura sobre los que

aún responden a la presión de nuestros brazos. El espíritu fatigado

de la labor diaria, se retempla en esa semana de reposo, como en un

baño fortificante y sale de ella más dispuesto que nunca a la lucha y

al sacrificio. _¡Christmas!--¡Merry Christmas!_--el árbol de Navidad

fulgura alumbrado con mil luciérnagas de colores. Como telarañas de

oro en sus ramas se entretejen hilos deslumbrantes y en medio de

ellos brotan esas pomas bruñidas de reflejos metálicos, esas frutas

maravillosas y frágiles que parecen trasplantadas de los jardines de

Aladino. El toque estridente de las trompetas, empuñadas por manos

infantiles, y el repiqueteo cristalino de las campanillas que cuelgan

de las ramas temblorosas, se une a las aclamaciones de los que saludan

a Santa Claus, dispensador de bienes, con su barba cana, sus cabellos

escarchados y su bonete de fieltro que desafía los rigores del invierno.

_¡Christmas!--¡Merry Christmas!_--Los que viven en otros climas y

buscan en estos días en el campo un alivio a las brisas sofocantes de

las grandes capitales, no pueden comprender fácilmente la poesía de

estas noches nevadas, la suprema belleza de esta Navidad _poudrée à

blanc_ como una marquesa del antiguo régimen. Pero también, y felices

ellos, no están tan expuestos como nosotros a que se nos oprima el

corazón ante el espectáculo de los dramas que sombrean estos días de

alegría íntima y la felicidad doméstica. Las cuatro líneas banales de

un diario cuyas páginas ilustradas cantan en todos los tonos la gloria

de la Navidad y el esplendor de las fiestas sociales de este tiempo,

revelan uno de esos dramas, y al leerlas, he sentido como nunca la

injusticia y las durezas de la suerte para los desheredados de la

fortuna, para los que ganan el pan con el sudor de su frente.

La historia es banal y puede relatarse en cuatro líneas. Un obrero

honrado, un padre de familia ejemplar en cuyo hogar miserable brillaba

la cabecita rubia de una única hija, esperaba la llegada de Christmas

para sustituírse a Santa Claus y hacer la felicidad de aquel pobre

ángel, depositando en sus mediecitas remendadas los regalos prometidos

en largas veladas de conversación animada. La carta tradicional a

la generosa deidad había sido escrita con esa letrita arrevesada de

los cinco años, y en ella había ido la larga y complida lista de los

pedidos. Y aquel hombre ingenuo, avezado al trabajo manual diario,

doblegado por doce horas continuas de taller de enero a enero,

acariciaba la idea de los regalos para su hija con una pasión más

intensa aún que la de ésta. Con una confianza ciega en su destino,

él, tan habituado al sufrimiento, tan sumiso ante las durezas de su

suerte, exaltaba la imaginación infantil con cuentos maravillosos en

que fulguraban los juguetes de Christmas y la visita de Santa Claus,

mientras la mujer preparaba la cena diaria con esa pasividad resignada

y fatalista de los seres para quienes la vida no tiene una sonrisa. El

desgraciado artesano no contaba con la sorda guerra industrial y la

competencia de las empresas rivales. Dos semanas antes de Christmas su

fábrica cerraba la puerta, su patrón rendía las armas aplastado por

los recursos de algún poderoso sindicato. Aquel hombre arrojado así

de golpe a la miseria, vaga de casa en casa sin encontrar trabajo.

Su miserable salario le ha impedido hacer ahorros y pronto el hogar

carece de lumbre y el pan empieza a escasear, y los padres famélicos

disminuyen su ración diaria para saciar las necesidades de su pequeña

hija. El derrumbe de todos sus sueños, la espantosa realidad de su

miseria, tortura el corazón del desgraciado. La visión del Christmas

helado, del Christmas sin fuego y sin luz, golpea las paredes de su

cerebro con el martilleo tenaz de la monomanía. Las preguntas inocentes

de su hija son paladeadas por aquel mártir como gotas de veneno. Al

fin, busca un refugio en la taberna y cuando también se le arroja

de allí, busca el supremo refugio en el suicidio y las mediecitas

remendadas cuelgan en vano en el cuarto solitario donde solloza la

madre, calentando entre sus brazos el cuerpo endeble de la criatura.

¡Ay!--esas medias vacías, ese llamamiento a Santa Claus que no será

respondido, ese cuadro de miseria, ese Christmas de sombra y de muerte,

ha nublado para mí las luces del árbol maravilloso y ha puesto notas

lúgubres en el alegre repiqueteo de las campanas de Navidad!...

Cuando aún no se había apagado el eco de las fiestas, una pérdida

que afecta a todo nuestro continente, congregaba a la sociedad de

Washington en la legación de Méjico. La muerte de don Matías Romero

ha sido universalmente sentida, pues el extinto gozaba de generales

simpatías y por su larga residencia en los Estados Unidos estaba

íntimamente vinculado a los hombres políticos más distinguidos de la

nación. Hace pocos días el gobierno de Méjico, deseando probar de

una manera elocuente el aprecio que le merecía su representante en

Washington, elevó la legación al rango de embajada, para investir al

señor Romero con los privilegios e inmunidades de la más alta jerarquía

diplomática. Desgraciadamente, la muerte llegó más pronto que el

galardón y el distinguido estadista mejicano rindió su vida antes de

recibir su nueva investidura oficial.

El señor Romero, según los datos de una corta biografía que él tuvo

tiempo de corregir pocos días antes de su última enfermedad para darla

a la prensa con motivo del nuevo nombramiento recaído en su persona,

nació en la ciudad de Oaxaca el 24 de febrero de 1837, principió su

educación en el lugar de su nacimiento y la terminó en la capital de

la república, donde se recibió de abogado. En 1855 entró por primera

vez en la secretaría de relaciones exteriores, pero siguió dedicado

a sus estudios jurídicos. Cuando en 1857 el presidente Comonfort dio

el golpe de estado y el señor Juárez se vio precisado a salir de la

capital, el señor Romero le acompañó hasta que llegó al puerto de Vera

Cruz. Allí prestó sus servicios como oficial de la misma secretaría

de relaciones exteriores. En diciembre de 1859 vino a Washington

como primer secretario de la legación mejicana y permaneció en esta

capital con ese carácter hasta agosto de 1860, cuando por ausencia del

ministro, quedó de encargado de negocios. Regresó a Méjico en 1863

para tomar parte en la guerra contra los franceses y nombrado coronel

por el presidente Juárez, el general Porfirio Díaz le designó como

su jefe de estado mayor. Poco después el presidente Juárez le nombró

enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Washington, cargo

que desempeñó hasta enero de 1868 y en el cual prestó importantes

servicios a su país. De regreso a Méjico fué nombrado ministro de

hacienda, pero se vió obligado, debido a su quebrantada salud, a

separarse de ese empleo en 1872. Vivió por tres años en Soconusco,

dedicado a trabajos agrícolas, y después volvió a desempeñar la

cartera de hacienda en 1877 y 1878 y fué también administrador general

de correos en 1880. En marzo de 1882 regresó a Washington con el

carácter de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, y desde

entonces hasta su muerte ha seguido desempeñando ese cargo, con sólo la

interrupción de unos diez meses en 1892, cuando por tercera vez estuvo

al frente de la secretaría de hacienda.

Durante su permanencia en los Estados Unidos, el señor Romero dió

pruebas continuas de acierto y de habilidad diplomática. No era un

hombre de brillante apariencia ni de dotes sociales extraordinarias. Su

persona reflejaba la modestia de su carácter. Invariablemente grave,

era uno de esos espíritus que toman a lo serio las cosas de la vida y

para quienes la existencia es una milicia según la palabra bíblica.

Conocía a los Estados Unidos como pocos americanos conocen a su propia

patria, y tenía una simpatía respetuosa y elevada por las condiciones

de este pueblo. Alguna vez, estos sentimientos le fueron reprochados en

su país, donde se suponía que su patriotismo había sufrido un eclipse

por su larga convivencia con el pueblo americano. Nada más injusto y

erróneo que esta opinión. He conocido al señor Romero íntimamente y

todos los que como yo han tenido esa fortuna, saben que él era ante

todo un hombre de su país y de su raza y que todos los actos de su vida

pública y privada se ajustaban a principios morales elevados y a un

culto inteligente y celoso por la tierra de su nacimiento.

Hace pocos meses el señor Romero dió a luz una obra titulada _Mexico

and the United States_. En el primer tomo de ese libro, único publicado

por el autor, se registran trabajos de diferente índole y extensión.

El primero de dichos estudios contiene un esbozo estadístico y

geográfico de Méjico en nuestros días, recopilación de datos sumamente

interesantes agrupados en un orden lógico y que dan una idea clara de

los progresos realizados por la patria del señor Romero, al amparo

de la paz mantenida en ella por el presidente Díaz. Los ensayos que

siguen a este extenso trabajo son de carácter histórico y político y

versan sobre el Génesis de la Independencia Mejicana, la Filosofía de

las Revoluciones mejicanas, la Conferencia Pan-Americana y diversos

estudios económicos relacionados con el patrón monetario de plata

y los salarios en Méjico. Tuve ocasión de ayudar al señor Romero

proporcionándole datos históricos relacionados con la independencia

argentina y facilitándole la consulta de las obras del general Mitre

en la época en que por primera vez dió a luz en la _North American

Review_ los artículos que reunió luego bajo el título de «Génesis de

la Independencia Mejicana» aunque en ellos se refiere a la guerra de

la emancipación sudamericana en general y aunque su principal objeto

al escribirlos fué probar que nuestras repúblicas no recibieron ayuda

ni socorro de ninguna especie de los Estados Unidos en la época de

su separación de la Corona de España, y que la libertad de Cuba se

hubiera efectuado al principio del siglo a no ser por el veto opuesto

por los Estados Unidos a los planes de Bolívar. Las aseveraciones del

señor Romero fueron rebatidas por el senador Money, y esta polémica dió

origen al extenso y bien pensado estudio a que vengo refiriéndome.

El señor Romero fué uno de los miembros más prominentes del Congreso

Panamericano que se reunió en Washington en 1889, y su artículo

consagrado a la histórica conferencia es uno de los más interesantes

de la colección. En él se estudia especialmente la actitud de los

delegados de la República Argentina, cuyas vistas generales sobre los

fines y los objetivos reales del congreso diferían radicalmente de

las del ministro de Méjico. El señor Romero, en términos correctos y

serios, deja entender que la susceptibilidad de los señores Quintana

y Sáenz Peña más de una vez fué un obstáculo al éxito de los trabajos

de aquella reunión diplomática. Sin embargo, él paga un alto tributo a

la corrección de procedimientos, a la inteligencia y dotes personales

distinguidas de los delegados argentinos.

«Teniendo el señor Quintana--dice--la conciencia de su mérito y de

su valer, y obrando siempre en virtud de convicciones firmes, no se

prestaba fácilmente a ceder ni aún en aquellos puntos que pudieran

considerarse secundarios, y en los cuales muchas veces es necesario

transigir para obtener el acuerdo espontáneo y cordial de una asamblea

en la que necesariamente están representadas varias opiniones. El tacto

que en casos como éste consiste en ceder en lo secundario para asegurar

lo principal,--aunque frecuentemente hay divergencias de opiniones

entre lo que es principal y lo que es secundario--es acaso condición de

espíritus menos privilegiados.

Estudios americanos (primera serie) · 第 14 / 16 段