volúmenes de una lectura tan interesante como variada. Uno de ellos,
publicado en 1885, se titula _Studies in History_. Los _Historical and
Political Essays_, pertenecen al mismo género de trabajos; y finalmente
_Certain accepted Heroes and other essays_ completan la serie de
artículos consagrados a diversos temas, cada uno de los cuales atrae
por algún motivo la atención del lector y muestra la fecundidad de
ingenio del publicista americano. No hay tal vez lectura más atrayente
que la de este género, especialmente inglés, que ha hecho la reputación
de Macaulay en Inglaterra y que en Francia fué cultivado con tanto
éxito por Sainte Beuve. El escritor de quien nos ocupamos carece del
brillo imaginativo, de la rapidez y de la profusión del primero y está
lejos de la pureza de líneas y delicadeza de matices que caracteriza
la prosa labrada y pulida del segundo. Sus rasgos distintivos son la
independencia de juicio y la firmeza de las convicciones. Huye de las
medias tintas y de las vaguedades y todas sus opiniones son expresadas
en una forma enérgica y cortante. En realidad, parece que el señor
Cabot Lodge en algunos asuntos duda demasiado poco. El peligro de los
entusiastas y de los hombres de partido es caer en el fanatismo o en
el dogmatismo, igualmente peligrosos para la salud mental. Por otra
parte, para los hombres que unen el pensamiento a la acción y que
figuran en las filas de un partido político, herederos forzosos de
una larga tradición histórica y defensores obligados de ella, es muy
difícil emanciparse de las influencias que actúan sobre su espíritu y
dejar de teñir sus juicios con las preocupaciones de la actualidad.
Las obras de estos escritores militantes, en cambio, tienen un encanto
especial para el que busca en ellas las palpitaciones de la vida y
trata de desentrañar de su lectura la filosofía de una época y las
peculiaridades de un escritor. El señor Cabot Lodge ha llegado a la
madurez en momentos en que una gran parte de los hombres políticos
americanos sentían una recrudescencia de nativismo o nacionalismo
y en que la antigua madre patria era convertida en macho cabrío
propiciatorio destinado a cargar en sus anchas espaldas todos los
pecados y recriminaciones de su raza.
No es extraño que en estas circunstancias, en todos los escritos
del distinguido publicista, se note una reacción vigorosa contra lo
que él llama «Colonialismo», refiriéndose a la influencia moral y
política ejercida por la Inglaterra sobre el genio de América. El
señor Cabot Lodge quiere borrar esa influencia, no solamente en la
política interna y externa, sino en la administración fiscal, en el
desarrollo económico del país, en el terreno científico y en el terreno
literario. La dependencia intelectual de América en relación con
Inglaterra señalada por el profesor Lounsbury en su _Vida de Cooper_,
le parece una desgracia y una humillación. Sus ideales son puramente
americanos; sus aspiraciones, hacer de la tierra de su nacimiento la
más grande y poderosa de las naciones del globo; infundirle un carácter
propio; dotarla de un arte propio; no deber nada al extranjero ni
imitar nada del extranjero y especialmente nada de Inglaterra. Hasta
la sensibilidad ante el juicio extraño le parece deprimente y se
subleva contra ella. «La sensibilidad por la opinión extranjera--dice
en los _Studies in History_,--que ha sido uno de los rasgos marcados
de nuestra condición mental antes de la guerra de secesión, ha
desaparecido. Se ha desvanecido en el humo de la batalla, como el
espíritu colonial desapareció de nuestra política en la guerra de 1812.
Ingleses y franceses han entrado y salido, han escrito sus impresiones
a nuestro respecto y hecho pequeños salpicones en la corriente de los
tópicos diarios, siendo olvidados después. Precisamente ahora es la
moda de todo inglés que visita este país, particularmente si es hombre
de importancia, al volver a su tierra decir al mundo lo que piensa de
nosotros. Alguno de esos escritores lo hacen sin tomarse siquiera el
trabajo de venir aquí primero. Algunas veces leemos por curiosidad lo
que dicen. Aceptamos lo verídico, desagradable o no, filosóficamente,
y sonreímos de lo que es falso. El sentimiento general es de absoluta
indiferencia. No encontramos la salvación y la felicidad en la opinión
extranjera favorable, ni nos entristece la adversa. El espíritu
colonial en esta dirección está también prácticamente extinguido.»
Con un criterio conformado de esa manera, no es de extrañar que los
temas tratados en los ensayos del señor Cabot Lodge se refieran, casi
siempre, a hombres, instituciones y episodios históricos americanos.
Esto mismo hace la lectura de sus escritos sumamente agradable para un
extranjero que quiera ver cuáles son los principios e ideas dominantes
en los hombres de la generación actual americana que más directamente
influyen en el destino de la nación. Por sus vinculaciones partidistas
y por su figuración especial, aparte de su propio mérito intelectual,
el señor Cabot Lodge está en mejores condiciones que nadie para
facilitar este estudio al observador imparcial. En realidad, él sigue
tan fielmente los consejos a que nos referimos al principio de estas
páginas, él es un hombre que está en armonía tan perfecta con su época,
que sus escritos derivan como pocos en la corriente de la actualidad
y reflejan como ninguno los cambios producidos en las opiniones del
pueblo americano.
Nada más característico a este respecto que lo que pasa en referencia
con la política exterior. El señor Cabot Lodge consagra a este tema
uno de los estudios más vigorosos de _Certain accepted Heroes and
other essays_. Escrito ese ensayo en momentos en que las relaciones
con Inglaterra pasaban por un momento difícil, él está imbuido en
un espíritu poco cordial hacia aquella nación. El señor Cabot Lodge
señala la avidez con que impulsadas por condiciones económicas en
cuyos detalles es inútil entrar, las naciones del viejo mundo se han
lanzado a apoderarse y dividirse el Africa y las islas de Oceanía.
Mientras estas adquisiciones no cruzaban los planes o intereses
americanos, el señor Cabot Lodge no veía razón para oponerse a ellas.
Cuando aquel apetito territorial se aproximó a las fronteras de este
país y a la esfera de influencia que legítimamente le corresponde, la
cuestión varió de aspecto. La política de expansión europea obligó a
los Estados Unidos a garantizar el futuro, salvando por lo menos una
parte de los territorios sobre los cuales no se había extendido aún la
mano codiciosa de las grandes potencias. Así explica el distinguido
publicista la ocupación de una parte de Samoa y la anexión del Hauaii.
Como aquellas páginas fueron escritas antes de la última guerra,
naturalmente ellas no se refieren al dominio colonial recientemente
adquirido, obedeciendo tal vez a los mismos principios de propia
defensa.
Al ocuparse especialmente del incidente de Venezuela, el señor Cabot
Lodge señala los peligros que entrañaba para el futuro de este
país permitir que una nación europea se apoderara por la fuerza de
cualquier parte del territorio sudamericano, destruyendo por su base
la doctrina de Monroe, y en este sentido aplaude sin vacilaciones
el famoso mensaje de Mr. Cleveland. «Inglaterra se sorprendió de
él,--dice,--en parte con razón y en parte sin ella. Se sorprendió con
razón, porque el embajador americano y los corresponsales americanos
de diarios de Londres, en aquel tiempo, la habían engañado respecto
a los sentimientos e intenciones de nuestro pueblo. Se sorprendió
sin razón, porque había interpretado torcidamente nuestras corteses
observaciones hechas durante veinte años sobre el asunto. Los ingleses
son inclinados a confundir la civilidad con la servilidad. Estas
palabras tienen un sentido análogo, pero existe gran diferencia
entre ellas, y fué justamente en eso en lo que consistió el error de
Inglaterra. Se expresaron quejas en aquel país y en éste, de que el
mensaje de Mr. Cleveland, y especialmente la última cláusula, era
áspero y poco diplomático. Era duro, en verdad, pero donde la suavidad
fracasó, la aspereza tuvo éxito. Donde las observaciones corteses
probaron ineficaces, unas pocas palabras claras arreglaron la materia.
Thackeray dice en alguna parte: «Si el pie de un hombre está en su
camino y no quiere sacarlo, déle usted un pisotón. Seguramente usted no
le será simpático, pero sacará su pie del camino.» Es muy desagradable
hacer esas cosas, pero algunas veces es absolutamente necesario.
Mr. Cleveland fué duro; el congreso y el pueblo lo sostuvieron y
hemos arreglado la cuestión de Venezuela. La doctrina Monroe ha sido
vindicada y Sud América no será tratada como África.»
La última obra del señor Cabot Lodge, _The Story of the Revolution_,
fué escrita en ese estado de espíritu y la nota patriótica predomina en
el curso de aquella narración lírica y entusiasta. Más que el relato
de la revolución, podría llamarse aquel libro el poema de la guerra
revolucionaria que empieza en Lexington y termina en Yorktown. El
estilo fácil, pintoresco y brillante del señor Cabot Lodge se presta
como pocos para una obra de aquel género, que en ciertos momentos
recuerda las páginas coloridas de Motley y en otros los apóstrofes
deslumbrantes de Burke. Las batallas de la independencia están pintadas
en grandes pinceladas, a la manera de los cuadros de Vernet, y
producen en el espíritu del lector una impresión intensa que despierta
la atención y la mantiene durante el curso de la leyenda emancipadora.
Al lado de esas grandes telas, abundan las pinturas de género tales
como la descripción de los delegados que en «Carpenter’s Hall» formaron
el congreso de Filadelfia. Un soplo guerrero circula por los capítulos
de ese libro candente que se diría escrito para inflamar a los soldados
que en los momentos de su aparición se disponían a recoger laureles
para su bandera en Cuba y en las Filipinas.
Las enseñanzas filosóficas que se desprenden de la guerra de la
revolución americana han sido sumariadas por el señor Cabot Lodge en
el último capítulo. La ayuda prestada por Inglaterra a los Estados
Unidos con motivo de la última campaña, pone pedales en ella al tono
ditirámbico de la narración. La antigua enemiga pasa a ser su aliada,
aliada complaciente y fácilmente contentable, pues en esta inesperada
explosión de fraternidad todas las complacencias hasta hoy pertenecen a
la madre patria y ninguna a la hija pródiga, que encuentra muy cómodo
y satisfactorio recibir sus caricias maternales. «Menos de hace un
año,--dice el señor Cabot Lodge,--debiera haberme detenido aquí, con
palabras de sentimiento por no haber aprendido Inglaterra la lección
de la revolución americana, en la parte que a los Estados Unidos
concierne, y con la expresión de la más sincera esperanza de que el
aprendizaje de su significado no habría de demorarse mucho más. Ahora
ya no es posible detenerse aquí. Los acontecimientos han demostrado que
la lección de la revolución ha sido por fin comprendida, y que todo
lo que se ha dicho sobre la facilidad con la cual los Estados Unidos
pueden obtener la amistad de Inglaterra, está más que justificado. No
podía ser de otro modo, toda vez que se empleaban razonables métodos;
la amistad entre las dos naciones es natural, no sólo por la lengua
común, esperanzas, creencias o ideales, sino por los lazos mucho más
fuertes de intereses positivos, mientras que la enemistad, lejos de ser
natural, sólo hubiera podido crearse con esfuerzo.
«Los Estados Unidos se lanzaron a la guerra con España. Ahora se ve
fácilmente que el conflicto era inevitable... El despotismo colonial
español y el gobierno libre de los Estados Unidos no podían existir por
más tiempo uno al lado del otro. El conflicto que se ha evitado durante
un siglo era tan inexorable como entre la esclavitud y la libertad.
La guerra vino ahora en lugar de venir más tarde, eso es todo. Una
vez envueltos en ella, los Estados Unidos ni necesitaron ni desearon
la ayuda de nadie. Pero las naciones como los individuos, aprecian la
simpatía. En los pueblos del continente encontramos neutralidad, pero
también críticas, ataques y toda clase de manifestaciones de disgusto
en grado mayor o menor... De parte de Alemania notamos una hostilidad
apenas velada... Pero del pueblo inglés vino, por otra parte, una
simpatía espontánea y el gobierno mostró que aquellos sentimientos
populares eran compartidos por sus _leaders_. Eso fué todo lo que
necesitaba, todo lo que antes necesitó. No importa la causa, el hecho
estaba allí. La lección de la revolución americana era clara al fin
y la actitud de simpatía, la política que pudo haber prevenido la
revolución, al fin se daba a la gran nación brotada de las colonias
que Washington condujo a la independencia. Cómo América ha respondido
a la simpatía de la Inglaterra, todos lo sabemos, tal vez mejor en los
Estados Unidos que en cualquier otra parte. La comunidad de simpatía e
interés hará más fuerte la amistad de los dos países que la que todos
los tratados podrían conseguirlo. Las barreras artificiales han caído
y los hombres de buena voluntad a ambos lados del Atlántico, deben
esforzarse en probar que no es un fácil optimismo el que cree ahora que
la amistad propuesta tan largo tiempo y tan llena de promesas para la
humanidad y la civilización, será duradera. Los millones de hombres que
hablan la lengua inglesa en todas partes del globo, verán seguramente
ahora que una vez unidos, podrá decirse, como Shakespeare dijo hace
trescientos años: «Acudan los tres extremos del mundo en armas, y los
rechazaremos.»
Con este abrazo de reconciliación y este grito de legítimo orgullo
termina el relato de la epopeya revolucionaria nacional americana,
escrita por el señor Cabot Lodge. Su situación política y la justa
autoridad intelectual de que goza, dan a sus palabras un significado de
que carecerían las de un simple literato profesional. Ellas han sido
acogidas por eso como una revelación elocuente del cambio producido en
gran parte de la opinión pública de este país y que tiende a la unión
íntima de las dos grandes ramas de la familia anglosajona.
ÍNDICE
Págs.
Martín García Mérou. 4
Martín García Mérou, por Eugenio Díaz Romero. 7
I.--Impresiones de Boston. 21
II.--De paso por Chicago. 37
III.--En Saint-Louis. 53
IV.--Una visita a Amherst. 63
V.--Viajeros en Sud América. 81
VI.--Temas de verano. 99
VII.--Un poco de filosofía política. 113
VIII.--Gobierno municipal americano. 129
IX.--El Congreso. 167
X.--Maravillas de la piscicultura. 197
XI.--John Hay. 213
XII.--“American ideals”. 247
XIII.--David Ames Wells. 267
XIV.--Un Christmas sombrío. 281
XV.--Henry Cabot Lodge. 295
TALLERES GRÁF. L. J. ROSSO Y CÍA.
==== BELGRANO 475, BUENOS AIRES
Nota
Se han corregido los errores evidentes de ortografía y puntuación.