criterio de Carl Schurtz. Las instituciones democráticas le parecen
dignas de ser conservadas en toda su pureza, a pesar del gran número
de los que se cansan de oir mencionar este tema y sólo desean mirar
estas cuestiones bajo el aspecto comercial. «Si esas colonias son
anexadas, ellas deberán llegar a ser estados de la Unión o tendrán
que ser gobernadas como provincias sujetas. ¿Y son acaso esas
colonias susceptibles de ser convertidas en estados, no solamente
para gobernarse a sí mismas en sus asuntos domésticos, sino también
para ayudar a gobernar a la Unión participando en la formación de
las leyes y en la elección de los presidentes?». «Todas ellas--dice
Schurtz--están situadas en los trópicos; están más o menos densamente
pobladas. En Cuba y en Puerto Rico su población consta de criollos
españoles y de gente de piel negra, con algunos españoles nativos
y una ligera adición de norteamericanos, ingleses, alemanes y
franceses; en las Filipinas, en medio de una gran masa de asiáticos
más o menos bárbaros, se ven descendientes de españoles, mezclas de
sangre asiática y española, un cierto número de nativos de España y
un número reducido de gente del norte». Con estos elementos, Carl
Schurtz desafía a cualquiera a que establezca gobierno democrático. El
afirma que no existe democracia en los trópicos. Cita el gobierno de
México como un ejemplo de habilidad de Porfirio Díaz, aunque sea sólo
una dictadura militar, pero a la muerte del dictador se pregunta con
alarma cuál va a ser el destino de aquel pueblo. A los que sostienen
que las condiciones de los territorios anexados cambiarán con una
corriente de inmigración anglosajona, les contesta que esa corriente
nunca se precipitará a un país tropical hasta el grado de imprimir en
una raza el carácter germánico o anglosajón. La India con 300 millones
de habitantes, no tiene más de 200.000 ingleses, la mayor parte en el
empleo del gobierno. Las islas de Hauaii con más de 100.000 habitantes
no tienen 3.000 americanos. Además, es un hecho reconocido por todos,
que el pueblo de las islas que se piensa anexar, no está en aptitud de
fundar un gobierno libre e independiente. «No hace mucho tiempo leí en
un periódico--y todos ustedes pueden oir lo mismo de labios de muchas
personas--que si los cubanos, habiendo tenido ocasión de gobernarse,
se muestran incapaces de hacerlo, deberemos anexar la isla y dividirla
en dos estados. En otros términos ¿si los cubanos son irremisiblemente
incapaces de gobierno propio, debemos permitirles que ayuden a gobernar
a nuestro propio pueblo?».
En el curso del elocuente alegato de Carl Schurtz, ocurren frecuentes
menciones a la política y a las condiciones institucionales de nuestras
repúblicas hispanoamericanas, y con humillación confieso que ellas
hieren profunda, aunque merecidamente, el sentimiento de nuestro
patriotismo. La verdad es que el desgobierno sudamericano es ya tan
general y proverbial, que su mención ocurre como un lugar común en el
texto de cualquier escrito o discurso en que se desea sentar un caso
típico de desorganización política o administrativa. Con la anexión
de Cuba y Puerto Rico, Carl Schurtz mira con horror la perspectiva
de una «inundación de políticos hispanoamericanos, notoriamente los
más desordenados, arteros y corrompidos políticos sobre la faz de
la tierra» (_notoriously the most disorderly, tricky, and corrupt
politicians on the face of the earth_). Este juicio perentorio no
dejará de indignar a los que creen todavía que en el estado actual del
mundo es lícito hacer del nepotismo, del desorden administrativo, de
la incapacidad intelectual, la regla común de un ciclo de inmoralidad
crónica. ¡Qué diablo! dirán, si estos males existen como una condición
_sine qua non_ del gobierno sudamericano, también tenemos la panacea
que todo lo cura, la revolución, el pronunciamiento, el motín de
cuartel, el «Sánalotodo» de nuestros Dulcamaras demagogos, el _sic
semper tirannis_ de los Estevan y los Morales, los Barrios, los Saravia
o los Alfaros, guatemaltecos, uruguayos, ecuatorianos, etc., porque la
raza es numerosa y sus ramificaciones se extienden a través de todo
un continente convertido en ludibrio y en ejemplo característico de
barbarie y falta de integridad. Cuando se vive en países como éste y se
escuchan los comentarios que provocan los síntomas de descomposición
y de incurable enviciamiento político que revelan las incursiones
saraviescas de Río Grande, la patriada de los generales que hace poco
pelearon en las calles de Montevideo, que ha inspirado comentarios
tan dolorosos para el que tiene un átomo de dignidad nacional en la
prensa europea y de este país,--se comprende el odio invencible de un
Sarmiento por las personificaciones y los frutos del caudillaje y se
suspira con angustia por el día en que esa lepra vergonzosa desaparezca
del organismo de nuestras pobres repúblicas hispanoamericanas. Por lo
tanto, Carl Schurtz y los hombres de su altura moral, tratan de evitar
la introducción de ese mal en cualquiera de sus formas. «Hemos librado
a esas islas de la desorganización española y dádoles una oportunidad
de gobernarse a sí mismas--dice. Los gobiernos que reciban no serán
gobiernos ideales. Serán gobiernos hispanoamericanos, algo temperados
y mitigados, tal vez, por la influencia que las empresas americanas
les harán sentir. Pero en todo caso, esos gobiernos serán suyos y si
degeneran en corrompidos y desordenados, por lo menos no inficionarán
con su desorden y corrupción nuestra república». Ese peligro es
temible para los pensadores de esta nación que no están perturbados
por el sueño imperialista y que quieren salvar a su patria de «la
contaminación de los políticos hispanoamericanos o hispanoasiáticos»,
puestos al mismo nivel, lo que tampoco es muy halagador para nosotros.
En naciones como los Estados Unidos, en que el pueblo gobierna y los
mandatarios ejecutan sus mandatos, no se concibe el tipo del gobierno
común a una parte de nuestro continente, y eso explica la franqueza de
las frases de Carl Schurtz. Aquí son todavía una fuerza las cualidades
morales, la inteligencia, la energía del carácter y la integridad de
la conducta. No se comprende la rotación de los puestos públicos entre
parientes y allegados, ni la imposición de la voluntad de un solo
hombre que se encarga de pensar y obrar por toda una nación. Así se
levantan sobre el escenario político por su propio mérito y sin que
tengan que arrimarse a pedir su calor a las esferas oficiales, hombres
como ese Teodoro Roosevelt, el tipo más pintoresco de la campaña, un
escritor elocuente y sincero, altivo y honrado, que dejó su puesto
de subsecretario del departamento de marina, para formar el famoso
regimiento de los Rough-Riders, que se distinguió y sufrió fuertes
pérdidas en la acción de la Guásima; un carácter y una inteligencia
puestas siempre al servicio de la patria; un político de segunda
fila que hoy se encuentra llevado por el pueblo de Nueva York a la
primera, que hoy se impone a la voluntad de los caciques o _bosses_ más
refractarios a sus dotes como Platt, y que será elegido gobernador de
ese estado si alguna combinación improbable de última hora no lo hace
abandonar la contienda en que hoy figura como favorito merced a sus
propias obras y al influjo de la ola popular.
El carácter de Roosevelt está impreso en sus obras y es digno de la
distinción que sus compatriotas le preparan. En las _Cacerías de un
ganadero_ (_Hunting trips of a ranchman_), él ha trazado esbozos
pintorescos del sport cinegenético en las grandes llanuras pastoriles
del norte. En la _Guerra naval de 1812_ (_Naval war of 1812_) ha dejado
una historia elocuente e interesante de los hechos gloriosos de la
escuadra americana en la última guerra con los «primos de la Gran
Bretaña», que hoy se quiere elevar a la categoría de hermanos. Estas
obras le han dado una reputación merecida de escritor fácil y patriota
sincero. Pero ninguna representa con tanta fidelidad las diversas
facetas de su espíritu como su último libro de artículos sueltos,
_American ideals and other essays_.
En los _Ideales americanos_, Roosevelt empieza por exaltar esa
tradición de gloria y moralidad que deben los americanos a los
fundadores de su nación, y especialmente al padre de la gran república,
de quien ha dicho con justicia Goldwin Smith que la historia _has
hardly a stronger case of an indispensable man_ para su patria. «Cada
gran nación--dice Roosevelt debe a los hombres cuyas vidas han formado
parte de su grandeza, no solamente el efecto material de lo que
hicieron, no solamente las leyes que sostuvieron o las victorias que
alcanzaron contra enemigos en armas,--sino también la inmensa aunque
indefinida influencia moral producida por sus hechos y palabras. Sin
Washington jamás probablemente habríamos ganado nuestra independencia
de la corona británica, y casi seguramente hubiéramos dejado de ser
una gran nación, permaneciendo más bien como un conjunto de pequeñas
comunidades y derivando hacia el tipo de gobierno que prevalece en la
América española. Sin Lincoln tal vez no hubiéramos podido conseguir
la unidad política que hemos ganado; y aunque ella hubiera sido
lograda, la lucha que debimos mantener y los resultados de esa lucha,
hubieran sido tan diferentes que su efecto sobre nuestra historia
nacional habría sido profundo. Sin embargo, la deuda de la nación hacia
esos hombres no se limita a lo que ella les debe por su bienestar
material, por más incalculable que sea. Arriba del hecho de que
somos hoy una nación independiente y unida, con medio continente por
herencia,--descansa el hecho de que cada americano es más rico por la
herencia de nobles hechos y nobles palabras de Washington y de Lincoln.
El que lee la proclama de Gettysburg o el segundo discurso inaugural
del más grande de los americanos del siglo diez y nueve, o el que
estudia las largas campañas y nobles dotes de estadista de aquel otro
americano que fué aún más grande, no puede dejar de sentir dentro de sí
mismo una tendencia hacia cosas más altas y más nobles que las que se
obtienen por el goce de la mera posteridad material.»
Este culto platónico por las lecciones de las grandes personalidades
morales de la nación, es un buen sentimiento para un futuro gobernante
y es prenda segura de que él tratará de ajustar su conducta pública a
los modelos que admira. Pero no sólo en las frases anteriores se nota
la elevación de miras y de propósitos de Roosevelt. En su espíritu
la admiración por los grandes hechos de los buenos se une al odio y
el desprecio por los vicios de los malvados. «Del mismo modo--añade
más lejos--que nos sentimos mejores por los actos de los hombres
dignos que han servido bien a la nación, así nos sentimos peores por
los actos y las palabras de los que han tratado de causar males a
nuestra tierra. Afortunadamente, nos hemos librado del peligro del
más temible de todos los ejemplos. No hemos tenido que luchar contra
la influencia ejercida sobre la mente de hombres ávidos y ambiciosos
por la carrera del aventurero militar que encabeza con éxito algún
movimiento revolucionario o separatista. Ningún hombre causa un mal
tan incalculable a un país libre, como el que enseña a los jóvenes
que uno de los senderos que conducen a la gloria, a la fama y al
éxito temporal, se encuentra en la línea de la resistencia armada
al gobierno, en la tentativa de derrocarlo.» Son frases como las
anteriores las que debían ser inculcadas en las generaciones nuevas
de nuestro continente, y los principios morales que ellas enseñan son
tan aplicables a los hombres de nuestra raza, que si el espacio me lo
permitiera, continuaría transcribiendo _in extenso_ la prosa fuerte y
colorida de Roosevelt.
A pesar de esta limitación forzada, creo interesante reproducir el
siguiente párrafo que pinta una clase social que, no obstante nuestra
reducida población, ya tiene más de un representante entre nosotros.
«Existen,--dice Roosevelt--culpables más numerosos que los que cometen
abiertamente el acto injurioso. No se puede increpar bastante a los
ricos que todo lo sacrifican a la acumulación de su riqueza. No
hay en el mundo un carácter más innoble que el del mero acaparador
de fortuna (_money getting_) americano, insensible a todo deber,
indiferente a todo principio, preocupado solamente de acumular una
fortuna y confinando esa fortuna a los usos más bajos--ya sea que la
emplee en especular en títulos o permita a sus hijos llevar una vida
de loca y derrochadora ociosidad y libertinaje, o ya sea que compre
algún aventurero de alta posición social, extranjero o nativo para su
hija. Ese tipo de hombre se hace tanto más peligroso si ocasionalmente
ejecuta actos como el de la fundación de un colegio o dotación de
una iglesia, que obliga a una parte del buen público a olvidar su
iniquidad. Esos hombres son igualmente malvados con el obrero a quien
oprimen y con el estado cuya existencia ponen en peligro. No hay muchos
de ellos, pero son numerosos los que se acercan más o menos al tipo,
y mientras más próximos a él se encuentran, más funestos son para la
nación. El hombre que se contenta con dejar que la política vaya de mal
en peor, chanceándose con la corrupción de los politiqueros, el hombre
que se contenta con la mala administración de la justicia sin hacer
un esfuerzo resuelto e inmediato para reformarla, falta a su deber y
prepara el camino para males infinitos en el futuro. La dura, la brutal
indiferencia hacia el derecho y la miopía igualmente brutal respecto
a los resultados inevitables de la corrupción y de la injusticia, son
deplorables en extremo, y sin embargo son rasgos característicos de un
gran número de americanos que se consideran a sí mismos perfectamente
respetables y que son considerados así por una gran parte de sus poco
descontentadizos conciudadanos... Otra clase que se confunde con ésta,
aunque se distingue de ella por ser menos peligrosa, es la de los
hombres cuyo ideal es puramente material, que lucharían por el buen
gobierno si estuvieran seguros de ser pagados, que todo lo someten a
la vara de medir, que son incapaces de apreciar ninguna cualidad que
no sea un objeto mercantil; no entienden que un poeta puede hacer más
por su país que el propietario de una fábrica de clavos, y no conciben
que ningún grado de prosperidad comercial puede suplir la falla de
las virtudes heroicas o resolver por sí misma los terribles problemas
sociales que todo el mundo civilizado debe afrontar... El hombre de
esta clase representa individualmente un elemento casi imponderable
en la obra y el pensamiento de la comunidad; pero en medio de la masa
permanece como un real peligro, porque encarna un sentimiento visible
en los últimos tiempos entre mucha gente respetable. Las personas que
se jactan de tener un ideal puramente comercial, ignoran aparentemente
que ese ideal es el más sórdido y mezquino que puede haber en el mundo
y que ninguna comunidad de bandoleros de la Edad Media puede haber
llevado una vida más ingrata que la que sería la de hombres para
quienes el comercio y las manufacturas fueran todo y para quienes las
palabras como el honor y la gloria nacional, el valor y la intrepidez,
la lealtad y la abnegación, hubieran perdido su sentido. El ideal
puramente material, puramente comercial, el ideal de aquellos «cuya
patria es la gaveta», es en su esencia degradante e inferior. Hoy es
más cierto que nunca que ni el hombre ni la nación viven solamente de
pan. El ahorro y la industria son virtudes indispensables; pero ellas
no bastan. Debemos basar nuestras aspiraciones a un mejoramiento cívico
y nacional en condiciones más nobles que las de la simple habilidad
para los negocios».
Si el coronel Roosevelt es elegido gobernador del estado de Nueva York,
en su alta posición política tendrá oportunidad de luchar por esos
«ideales americanos» cuya defensa y comentario forma la materia de
su último libro. ¿Realizará la obra de purificación y del desarrollo
del _bossismo_, que pervierte la vida municipal de la gran comunidad
que deberá dirigir, se librará de la contaminación de los Platt y los
Crocker, que hoy dominan omnipotentes en aquel estado? El problema
es de difícil solución para un hombre de partido, por aquella razón
dada a Hamilton en una forma incisiva hace muchos años por el espíritu
volteriano del _gouverneur_ Morris, una de las figuras más interesantes
de la intelectualidad americana: «Es peligroso ser imparcial en
política. Usted que es templado en la bebida, habrá notado tal vez
la torpe situación del hombre que continúa sobrio después que sus
compañeros se han embriagado.» «_You who are temperate in drinking have
perhaps noticed the awkward situation of a man who continues sober
after the company are drunk._»
XIII
DAVID AMES WELLS
David Ames Wells, muerto hace pocos días en Norwich (Connecticut),
era un hombre de reputación universal, y su desaparición enluta al
mundo científico americano. Como casi todos los estadistas eminentes
de la gran república, sus comienzos fueron arduos y modestos. Después
de haber intentado diferente ocupaciones, entró en el periodismo, y
mientras permanecía en él tuvo la suerte de inventar la primera máquina
de doblar mecánicamente los periódicos y los pliegos de los libros, que
le proporcionó medios con que continuar sus estudios científicos en una
escala superior. Observador infatigable y dotado de una inteligencia
brillante, más que en los libros recogió su enseñanza en la vida y
en la práctica diaria de los negocios, y más tarde controló con las
lecciones teóricas de los maestros las ideas y principios originales
que había descubierto por sí solo en su incesante labor.
Sus primeros escritos lograron despertar la atención del público; pero
sólo después de la guerra civil su nombre adquirió una notoriedad
envidiable. La gran república salía de la lucha fatigada y desconfiando
de sí misma, bajo el peso abrumador de una deuda colosal. Se dudaba
por los más patriotas que ella pudiera levantarse ni ser fiel a sus
compromisos. Fué entonces que David Wells encaró el problema con su
fino análisis y su amplitud admirable de información, publicando un
libro que tuvo enorme resonancia, bajo el título de «Nuestra carga y
nuestra fuerza» (_Our Burden and our Strength_). Lo que nadie había
visto, aparecía de bulto a los ojos del economista eminente; la
potencia y vitalidad enorme de esta nación; la inagotable fuente de
sus recursos naturales, la promesa segura de su destino. Esta obra le
abrió las puertas de la vida pública. El presidente Lincoln lo llamó a
colaborar en el gobierno como presidente de la comisión de impuestos,
en cuyas funciones mostró sus dotes admirables de estadista y la
solidez de sus principios económicos.
Cuando el término de los trabajos de la comisión de impuestos hubo
concluido, el presidente Lincoln nombró al señor Wells comisario
especial de impuestos por el período de cuatro años. «La gran obra
de reconstruir, abrogar y modificar leyes relativas a los impuestos
internos,--dice uno de sus biógrafos,--fué desde entonces confiada
a su criterio, y la realizó en una forma que le dio títulos a la
gratitud permanente de su país. Puede decirse que él originó todas
las grandes reformas que en el sistema de impuestos se adoptaron por
el Congreso hasta 1870 y que llevó a cabo muchas de ellas en medio de
una fuerte oposición, por el poder convincente de su raciocinio. Entre
estas reformas se cuentan el nuevo plan de todo el sistema de leyes
de impuesto interno, diminución y abolición final del impuesto al
algodón, a las manufacturas y petróleo crudo, la creación de distritos
de inspección y la aplicación de estampillas para la recaudación de
impuestos al tabaco, a los licores fermentados y a los espíritus
destilados. La corrupción había llegado entonces en Washington a su
mayor altura y los mismos absurdos e iniquidades del impuesto contaban
con fuerzas poderosas interesadas en su mantenimiento. En el libro de
Mr. Wells, titulado _Economía práctica_, publicado en 1885, se conserva
la más instructiva colección de ensayos sugeridos por la experiencia de
aquel período. Allí se ve cómo los destiladores de _Whiskey_ más de una
vez prevalecieron en el Congreso haciendo elevar el impuesto sobre su
propio producto, exceptuando el que ya estaba en depósito, y obteniendo
de esta manera ganancias de más de cien millones de dólares.»
El mismo publicista a quien pertenece este juicio, recuerda el éxito
alcanzado por Mr. Wells, demostrando la locura de imponer dos pesos
a cada galón de licores destilados, o sea un 7.000 por ciento del
costo original de dicho producto. Cediendo a sus instancias y a sus
seguridades que la renta de ese renglón sería mucho más considerable
si se rebajara el impuesto, éste fué disminuído hasta medio dólar por
galón; y bajo la influencia de esa reducción, la renta de aquella
fuente se triplicó en corto tiempo, subiendo de 18.655.000 pesos en
1868 a 55.606.000 pesos en 1870.
En 1867, el ministro de hacienda fué autorizado por el Congreso para
presentar un proyecto de tarifa de aduana que redujera los altos
derechos establecidos durante la guerra civil. El señor Wells fué
encargado de ese trabajo y antes de desempeñarlo quiso estudiar de
_visu_ las condiciones económicas, fiscales e industriales de los
países europeos y realizó un viaje al viejo continente. Hasta entonces
el distinguido economista había sido un partidario convencido de los
aranceles de aduana proteccionistas. Los estudios que efectuó durante
su investigación europea, lo convirtieron en un libre cambista. Vió
que al adoptar la política de estimular la industria interna otras
naciones habían evitado caer en el extremo de gravar las materias
primas necesarias para esa industria, y que los países que, como
Austria o Rusia, claman por derechos proteccionistas, eran aquellos en
que precisamente se pagaban salarios más bajos, y en consecuencia se
convenció de que el pago de salarios altos en conexión con el uso de
la más adelantada maquinaria era un síntoma, no de debilidad, sino de
fuerza industrial.
Las obras de Mr. Wells son numerosas, y le valieron distinciones tan
grandes como la de ser nombrado miembro de la Sociedad de Estadística
de Inglaterra y de la Academia de Ciencias Políticas de Francia.
Su último libro publicado _Recent economic changes_, es uno de los
volúmenes más interesantes y nutridos de experiencia publicado aquí
y en Europa en materia económica. El señor Wells examina en él el
problema de la «depresión del comercio»; muestra los cambios producidos
en las condiciones industriales del mundo por los adelantos de la
producción y del transporte, e indica que esos cambios exigen la
aplicación de métodos que estén en relación con el progreso moderno.
Es aquél el libro de un sabio y de un pensador. En cualquiera de sus
páginas el lector tropieza con una observación exacta, con un dato
precioso, con un análisis que penetra al fondo de los hechos y extrae
de ellos una lección o un ejemplo provechoso.
No puede darse una idea mejor del método y estilo del señor Wells que
transcribiendo algunas páginas de su interesante obra. Refiriéndose a
la «depresión del comercio», por ejemplo, él describe lo siguiente: