lo que sólo son detalles pasajeros en la obra poética de John Hay.
Lo que predomina en ella, sobre todo, y lo que la caracteriza mejor,
es la variedad de los tonos de su paleta y de las notas de su lira.
Así, incurriría en un craso error el que juzgando sólo por _Ernst of
Edelsheim_ o el _lieder_ a que acabo de referirme, englobara a su autor
en el número de los imitadores más o menos felices de Goethe o Heine
que existen en la literatura actual de todas las naciones. La verdad
es que donde quiera que se abra el volumen de los _Poemas_ resalta
un cuadro original, una inspiración personal, el eco de una suave
sinfonía. Y al pasar de un poema a otro, admira esa condición que un
crítico francés llama la _permeabilidad_ del talento, don del artista
de organización sensible, apto para trasladarse con el pensamiento
a todas las regiones y a todas las épocas, y multiplicar su alma en
_avatares_ sucesivos.
Hemos hablado del cosmopolitismo de las inspiraciones de John Hay y
en las pocas poesías citadas hemos dado, sin pensarlo, un ejemplo
palpable de esta condición. Hemos visto, en efecto, cómo este ciudadano
eminente de la gran república que marcha hoy a la cabeza de los más
viejos pueblos de la tierra, ha pensado como un francés meditando en
la Plaza de la Concordia y refiriéndose a la esfinge de las Tullerías,
como un español sublevándose ante la dominación de Amadeo, como un
italiano cantando el advenimiento de la nueva Roma. Su amplia simpatía
liberal y humana, comprende todas las causas nobles y las apoya sin
esfuerzo. Y como si esto no satisficiera su sed insaciable de emociones
diversas y de espectáculos nuevos, también ha cultivado el exotismo, de
que es un espécimen curioso el poema titulado _Sueño de bric-à-brac_.
La escena de esta graciosa fantasía se desarrolla en la patria de
Mme. Chrisanthème, en el pintoresco Niphom, donde el poeta se imagina
«viajando entre campos de te, reclinado en su _jinrikisha_, y viendo
a través de las ondulosas llanuras levantarse y perderse entre los
cielos azules el alto cono del señorial Fusi-yama». Al fin ordena a
los portadores que se detengan delante de lo que parecía un almacén de
porcelana y penetra en él. «Una medrosa alegría, semejante a la de un
dulce pecado, atravesó mi pecho mientras observaba todo sorprendido,
transportado y maravillado. Porque toda la casa estaba compuesta de un
solo cuarto y en una transparente y agradable opacidad, llena de esos
aromas extraños y fuertes que pertenecen al maravilloso Oriente, ví,
arriba, alrededor, debajo, un espectáculo capaz de inflamar el corazón
ardiente, y colmar el alma más ansiosa,--una infinita riqueza de
bric-à-brac». Todo el que tiene algo de artista, comprende el encanto
del poeta ante aquellas estatuas de bronce viejas y raras, formadas con
destreza insuperable, con trajes que ondulaban en el aire, henchidas
por la eterna voluntad del arte; y delicados _netsukes_ de marfil, más
ricos en tono que el queso de Cheddar, de santos y de ermitaños, de
gatos y perros, torvos y disformes guerreros y estáticos batracios. Y
sigue así el catálogo brillante, fantástico de las riquezas acumuladas
en aquel recinto, dos páginas de exuberante colorido, cuya fraseología
exótica recuerda algunos capítulos de la descripción que de su casa
hicieron los Goncourt, y cuya riqueza descriptiva emula la del Gautier
de _Albertus_ al pintar el antro de Verónica. Sólo que en este cuadro
japonés las tintas son más dulces y risueñas, los colores más claros,
las imágenes más seductoras, y en vez de la vieja bruja, hermana de
Meg y de Circé, en el fondo de la tela aparece una delicada figurita
de _geisha_, infantil y pequeña, que parece resumir toda la belleza
del lugar, tan llena se mostraba de gracia oriental, desde sus
oblicuos ojos y rostro bruñido, hasta sus pequeños pies bronceados y
dorados. «Era una muchacha del viejo Japón; su diminuta mano sostenía
un abanico dorado, que esparcía fragancia por todo el cuarto; sus
mejillas ostentaban la pálida frescura de los pimpollos; en sus ojos
obscuros brillaba un lánguido fuego, y sus labios rojos respiraban un
vago deseo; sus dientes, de perla inmaculada, dulcemente proclamaban
su estado de doncella. Su traje estaba tieso con el oro bordado, sus
misteriosos pliegues se enroscaban alrededor del cuerpo sin permitir
sospechar en dónde sus exquisitas formas abrigadas, podían reposar
perfectamente escondidas, semejante a una perla encerrada en una concha
demasiado grande. ¡Era tan acicalada, tan pequeña, tan suave, que se
hubiera dicho que algún dios jocoso, con un festivo gesto, hubiera
tomado una larga y flexible muchacha y hecho con ella un gracioso nudo.
Traté de hablar y encontré ¡oh felicidad! que no necesitaba intérprete;
conocía suficiente japonés para besar--no tenía otro pensamiento sino
éste; y ella con sonrisa y sonrojo divino pareció propicia a mi
balbuceante plegaria; mi pensamiento era suyo, el de ella era mío en
la suave lógica de mi sueño. Mis brazos colgaban alrededor de su talle
sutil, cuya forma trazaban a través del oro y la seda, y alegre cual
la lluvia que sigue la sequía, besé y besé sus brillantes labios de
carmín.»
_So quaint, so short, so lissome, she,
It seemed as if it well might be
Some jocose god, with sportive whirl.
Had taken up a long lithe girl
And tied a graceful knot in her.
I tried to speak, and found, oh, bliss
I needed no interpreter:
I knew the Japanese for kiss,--
I had no other thought but this:
And she, with smile and blush divine,
Kind to my stammering prayer did seem,
My thought was hers, and hers was mine,
In the swift logic of my dream.
My arms clung round her slender waist,
Through gold and silk the form I traced,
And glad as rain that follows drouth,
I kissed and kissed her bright red mouth._
Todos estos brillantes arabescos, estos juegos malabares de la rima
y del pensamiento, no muestran sino una de las formas más fugitivas
de la poesía de John Hay. Para penetrar hasta el fondo del alma y
del sentimiento de este autor es necesario leer varias veces las
poesías de argumento místico que contiene el volumen de los _Poemas_.
Es en ellas donde aparece de cuerpo entero el hombre de su raza, y
de su pueblo, el filósofo y el moralista cristiano, imbuído en ese
profundo espíritu de religiosidad que es el distintivo más marcado
de la civilización a que pertenece. La unción de esos cantos que se
llaman _Mount Tabor_, _Religion and Doctrine_, _Sinai and Calvary_,
_Israel Guy of the Temple_, etc., es la manifestación más franca del
talento simpático que se muestra en todas las páginas de los _Poemas_.
En ellos todo es solemne y elevado, todo tiene la pureza de la palabra
evangélica que ilumina el corazón y lo redime. Al abordar estos temas,
parece que la misma forma del verso se purifica y depura. Las baladas
populares con su _slang_ humorístico y sus proezas de negros se olvidan
por completo; las _chinoiseries_ curiosas y las leyendas germánicas
desaparecen para dar lugar al acento de la verdadera inspiración que
dilata en el verso sus vibraciones sonoras corno resuenan bajo las
bóvedas de un templo las notas del órgano majestuoso.
_Castilian Days_ es un libro de juventud, de impresiones vibrantes,
de cuadros rápidos trazados con empuje entusiasta y ardorosa
independencia, de fallos y condenaciones apasionadas, mezclados
con elogios justicieros y algunas veces exagerados. Su autor, al
publicarlo muchos años después de escrito, se vió ante la disyuntiva
de rehacerlo de nuevo o dejarlo intacto en su forma primitiva, y optó
con acierto por el segundo término del dilema. El conjunto de ese
curioso panorama en que desfilan las costumbres, la política, el arte,
la historia contemporánea y el recuerdo persistente del pasado, es
excelente e interesante. Las páginas de la obra palpitan, sacudidas
por una ráfaga de inspiración que no decae. Las agitaciones de los
acontecimientos de aquellos días revolucionarios, que preceden y siguen
el efímero reinado de Amadeo y a la frágil república de retóricos
encabezada por Castelar, trasmiten a los _Días Castellanos_ un carácter
de actualidad palpitante y le dan una importancia histórica que aumenta
y hace resaltar la belleza literaria. Porque es necesario decirlo
claramente: este libro es uno de los más interesantes que ha inspirado
la tierra legendaria y seductora, amada de los artistas y de los
poetas, que vió nacer a Cervantes, y cuya historia ha llenado el mundo
con el prestigio de su grandeza y el brillo de sus hazañas. No pocos
de los episodios que relata el autor, y que en su tiempo conmovieron
al mundo entero, hoy tienen una poderosa seducción retrospectiva en
su dramática sencillez. Tal sucede con el famoso duelo del duque
de Montpensier y el príncipe Enrique de Borbón, de resonancia tan
universal y de resultados tan trágicos y que está narrado en los _Días
Castellanos_ con un arte admirable que despierta la emoción del lector
y la mantiene en una tensión incesante. La rápida sucesión de los
acontecimientos de nuestra época envuelve aquel suceso en las brumas
de un pasado ya muy distante. La transformación que, a partir del año
70, ha experimentado la Europa, hace que las luchas de aquellos días
nos parezcan más lejanas de lo que en realidad lo están por el cómputo
del tiempo. El adversario feliz en el desgraciado encuentro, después
de una larga vida de retiro y soledad, descansa también en el eterno
sueño. Y al recorrer hoy la crónica narrada por el señor Hay, de los
antecedentes y de los detalles de aquel combate singular que por sus
proporciones y por sus circunstancias se diría una página arrancada
de la historia medieval, se desprende un sentimiento de melancólica
filosofía ante la fugacidad de las pasiones y de los odios sangrientos,
que pasan y se desvanecen con el tiempo, y la eterna verdad que nos
enseña la infinita vanidad de todas las ambiciones y lo efímero de las
glorias y los triunfos de la tierra.
_Castilian Days_ no es tan sólo un libro hermoso, sino también un libro
original. Pocas naciones como España han tenido el privilegio, no diré
si feliz o desgraciado, de tentar la pluma de los escritores amantes
de lo pintoresco y del color local. Es difícil, por eso, al ocuparse
nuevamente de la descripción de sus costumbres y sus monumentos, no
repetir algo de lo que otros han dicho con mayor o menor elegancia y
exactitud. Así, a pesar del indudable talento descriptivo de D’Amicis,
su _Spagna_ trae involuntariamente a la memoria, a cada instante, esa
maravilla de estilo que Gautier llamó _Tras los montes_ y que como
todas las obras del mismo género de su autor, es un libro difícil de
superar. Gautier y D’Amicis, por otra parte, son talentos de la misma
índole, de la misma escuela y de la misma sangre: Las originalidades de
la tierra del Cid, lo realmente característico de las modalidades del
carácter castellano, no puede ser apercibido en sus matices más finos,
en sus gradaciones más ínfimas por un escritor de la raza y de la
escuela de aquéllos. Hay todo un orden de sentimientos y de sensaciones
que, naturales en mayor o menor grado a todos los hombres de nuestra
sangre, despiertan profundamente el interés de un descendiente de
anglosajón. Las ceremonias del culto católico, tan curiosas en España,
por ejemplo, tan llenas de colorido y tan dignas de llamar la atención
del filósofo y del artista, no pueden herir el espíritu de un italiano
o de un francés con la misma violencia que el de un alemán o un
norteamericano. Y esta misma observación se aplica a todo un orden
de ideas que se relaciona con la política, con la literatura, con el
arte. Así, el duelo de los Borbones, descripto por un D’Amicis o un
Dumas, daría lugar a un cuadro palpitante de realidad y de vigor,
notable sobre todo por su faz plástica y pictórica. Bajo la pluma del
señor Hay, él adquiere proyecciones considerables y de su narración
se desprende un sentimiento nuevo que no hubiera tenido cabida ni
ocasión de manifestarse en la obra de un escritor menos preocupado por
su origen y sus sentimientos religiosos, de la lección moral a que
se presta el encarnizamiento sanguinario de aquel combate. Leed la
página siguiente relativa al Corpus Christi y veréis resaltar la forma
especial en que en esta obra interesante, se mezcla la descripción y el
comentario de las escenas que hieren la imaginación del autor. «El gran
día de fiesta de la iglesia durante el año, es el de Corpus Christi.
En este día la hostia es conducida, en solemne procesión, a través
de las calles principales, acompañada por los altos funcionarios del
estado, por varios batallones de cada arma del ejército, en uniforme de
gala, y un vasto séquito de eclesiásticos en las más suntuosas estolas
y casullas que contiene su grandeza. Las ventanas, a lo largo de la
línea de marcha, están alegremente decoradas con estandartes y tapices.
El trabajo se suspende en absoluto y la población entera se viste
de fiesta. La Puerta del Sol,--que en esta estación fulgura con luz
deslumbrante,--rebosa de pacientes madrileños cubiertos con sus mejores
trajes, las doncellas de mejillas morenas con sedas flotantes como en
un salón de baile y sin protección contra el cielo ardiente a no ser el
abanico, que sostienen con sus manos sin guantes. Como todo es tardío
en esa bendita tierra, hay dos o tres horas de charla callejera, antes
que la sagrada presencia se anuncie por el sonido de campanillas de
plata. Mientras la soberbia estructura de filigrana de oro adelanta,
un movimiento de reverente homenaje vibra a través de la multitud.
Olvidados de las sedas y de los bordados y de la conversación, todos
caen de rodillas en una masa colorida, e inclinando sus cabezas y
golpeándose el pecho, murmuran sus mecánicas plegarias. Hay pensadores
que dicen que estas exhibiciones son necesarias; que la mente latina
necesita ver con ojos absortos las cosas que reverencia, so pena de
que el objeto adorado se marchite en su corazón. Si no existieran
catedrales y misas, dicen, no existiría religión; si no hubiera rey,
no habría ley. Pero no podemos aceptar con demasiada prisa esta teoría
etnológica de la necesidad que rechazaría todos los principios del
progreso y del bien positivo y condenaría a la mitad del género humano
a niñez perpetua».
John Hay es un hombre de gran fortuna y personalmente un caballero
de prendas distinguidas y de trato muy agradable. Su residencia en
Washington es una de las más espléndidas y elegantes de la capital,
edificada en estilo romanesco, con un amplio _hall_ ricamente
amueblado, un hermoso comedor en que durante su permanencia en la
ciudad se dan espléndidas fiestas semanales y una biblioteca magnífica
tapizada de obras de arte. Mr. Hay tiene ahora 60 años y es en todos
respectos uno de los tipos representativos más interesantes de esta
democracia pujante y dominadora.
XII
«AMERICAN IDEALS»
La terminación de las hostilidades con España pone a los hombres
públicos de esta nación en el caso de encarar los problemas de la
guerra. A la verdad, ellos son complejos y numerosos; pero nadie
los contempla con desconfianza, sabiendo que después de todo, serán
resueltos de una manera _tranchante_ y de conformidad con los intereses
de la gran república. A medida que pasan los días y que van llegando
informes del campo de las operaciones militares, salen al mismo tiempo
a lucir muchos detalles que no parecen calculados para mantener el
prestigio administrativo de este país. Sin duda, las críticas son
todavía veladas y reticentes, porque entre las virtudes americanas
figura más de lo que se cree, una que desgraciadamente no poseen los
argentinos y que forma en cambio uno de los rasgos más característicos
de la modalidad de nuestros amigos los chilenos. Me refiero a esa
cordura nacional, a ese excesivo pudor patriótico que trata de ocultar
hasta donde es posible todas las faltas al extranjero. De esta manera
se mantiene más fácilmente el prestigio exterior que proclamando _urbi
et orbe_ los defectos y vicios del propio temperamento, exagerando
las faltas y deficiencias más pequeñas e ilustrando con deplorable
sagacidad todas las debilidades y defectos de la raza.
No obstante esa prudente práctica americana, la prensa, aun de tintes
menos amarillos, tiene tal potencia inquisitiva en este país, que poco
a poco veremos salir a luz detalles inesperados de la campaña. Por lo
pronto, es un hecho ya conocido y admitido públicamente que el servicio
de transportes del ejército ha sido deficiente, que el servicio de
sanidad no le ha ido en zaga, que lo que aquí se llama «comisariado»,
se ha mostrado de una incompetencia digna de nuestras repúblicas. Los
oficiales y soldados, enfrente de Santiago, han pasado las mayores
penurias, mientras a pocas millas de distancia se amontonaban montañas
de suplementos y provisiones, sólo por falta de orden y de organización
adecuada.
Pero, en fin, todo esto pertenece al pasado, constituye ya la historia
de esta campaña, que será seguramente escrita muy pronto y puesta a
luz plena en todos sus detalles y complicaciones; lo que nos interesa
por el momento. es el futuro de esta gran nación y ese es el problema
que hoy preocupa principalmente a sus personajes dirigentes. Las
deficiencias señaladas podrían tener importancia en uno de esos países
que conocemos demasiado bien y en el que el mal no produce la reacción
inmediata que lo corrige y lo evita para el futuro. Aquí podemos estar
tranquilos. Si el comisariado ha mostrado defectos de organización,
ellos serán salvados al instante. Cada cual recibirá su merecido y
las lecciones del presente no caerán en saco roto. ¡Quién pudiera
decir lo mismo de nuestras pobres repúblicas latinas, tan españolas
todavía, en el sentido doloroso de desorden y de incuria que ha puesto
nuevamente de manifiesto la palabra, envidiables nidos de politiqueros
que nada aprenden y de generales que se preparan por la guerra civil
y la aventura política a la defensa de la bandera, generales que se
sublevan y pelean en las calles como ese Esteban del Uruguay, de que
hace pocas semanas habló el telégrafo, o coroneles no menos _guapos_
como ese Morales de Guatemala que acaba de morir como un perro rabioso,
acorralado en el fondo de una cueva, donde se había guarecido después
del desbande y derrota de sus genízaros libertadores.
¿Será entre tanto exacto, como lo pretende Mr. Books Adams, en el
_Forum_, que la guerra española-americana constituye un eslabón en una
larga cadena de acontecimientos, que una vez completa representará una
de esas memorables revoluciones en que las civilizaciones pasan de
una vieja a una nueva forma de equilibrio? ¿Será verdad que así como
Waterloo señaló el fin de un régimen histórico, la campaña actual marca
el principio de una evolución igualmente importante? ¿Deberemos creer
con el mencionado escritor, que así como en 1760 Holanda contenía el
centro económico del mundo civilizado, así como ese centro se movió
hacia 1815 al noroeste de la boca del Támesis, las consecuencias de la
última guerra y la coalición anglosajona que parece su consecuencia
inmediata, lo dislocarán más hacia el occidente, y la «sociedad humana
será absolutamente dominada por una vasta combinación de pueblos, cuya
ala derecha descansará en las islas Británicas, cuya ala izquierda se
cernirá sobre las provincias centrales de la China, cuyo centro se
acercará al Pacífico, y que circundará al océano Indico como si fuera
un lago, a la manera que los romanos circundaron el Mediterráneo?».
Ese sueño de supremacía y dominio universal, de hegemonía política y
económica deslumbra hoy a una gran parte de los hombres intelectuales
de este país. Un grupo de ellos, de todos los partidos, encabezados por
la Federación Cívica de Chicago, acaba de asistir a la conferencia
de Saratoga, convocada para responder a esta pregunta: ¿cuál debe ser
la futura política exterior de este país? Ningún momento más propicio
para estudiar este tema. Hace seis meses nadie hubiera pensado que la
gran república se vería inclinada a apartarse de las tradiciones de los
padres, que aconsejaron no estrechar alianzas aventuradas y mantenerse
fuera de las contiendas del viejo continente. Ahora, una gran parte
de la opinión aconseja abandonar de una vez por todas el sistema del
aislamiento histórico y tomar un puesto prominente en el concierto de
las naciones que dominan el mundo. Las deliberaciones de la conferencia
han durado varios días y los miembros de la asamblea, antes de
separarse, han adoptado por unanimidad una serie de declaraciones que,
sin pronunciarse abiertamente por la retención de todas las colonias
españolas, aconseja que no se abandone a los pueblos redimidos y que
éstos se deben considerar como los «pupilos» (_wards_) del poderoso
tutor americano. Los argumentos en contra del imperialismo romano o
inglés que apasiona a tantos espíritus, no han escaseado, sin embargo,
ni han carecido de fuerza y de elocuencia. Entre éstos, los más
notables sin discusión, han sido desarrollados en un discurso de Carl
Schurtz.
El conocido publicista germanoamericano, examina la cuestión de la
anexión definitiva de las islas tomadas a la España bajo el aspecto
moral, bajo la política institucional y bajo el de los intereses
comerciales. Sobre el primer punto, Carl Schurtz recuerda que el
presidente en su mensaje de diciembre último, estampó esta frase:
«No hablo de la anexión por la fuerza, porque no puede pensarse en
esto. Ella, ante nuestro código de moralidad, sería una agresión
criminal». Más lejos insiste que la guerra con España, por resolución
del congreso de abril 19, fué iniciada con el objeto de «hacer al
pueblo de Cuba libre e independiente» y que movido de ese interés,
el presidente pidió el retiro de las fuerzas españolas de Cuba,
habiendo sido autorizado por las cámaras para usar las fuerzas de
mar y tierra «hasta el punto que sea necesario, para llevar a efecto
estas resoluciones», o sea sólo para libertar a Cuba. «Esta resolución
fué adoptada para justificar nuestra guerra con España ante la
opinión pública del género humano. Todo el mundo debía entender que
solamente el sentimiento del deber ponía las armas en nuestras manos;
que estábamos impulsados por un alto propósito de noble desinterés;
que éste iba a ser una guerra de liberación y de humanidad, no de
conquista y de propio engrandecimiento. Proclamamos esto altamente. Al
proclamarlo pedimos al mundo que creyera nuestra palabra. Es evidente
que si esta proclamación debe interpretarse en el sentido que,
mientras no anexemos a Cuba, podemos anexar cualquier otro territorio
que se cruce en nuestro camino, ella hubiera sido recibida con ironía
y desprecio general. Nuestro propio pueblo hubiera protestado con
indignación contra la burla, y cuando algunos periódicos extranjeros
nos acusaron de hipocresía y predijeron que esta guerra de liberación y
de humanidad terminaría en un plan de asalto territorial, nos ofendimos
profundamente y rechazamos en alta voz la vil imputación. Puedo ser
anticuado, pero creo todavía que una nación, como un individuo, está
obligada por el honor a mantener su palabra; que ella no puede ni
preservar su respeto propio ni salvar los principios de la moralidad
entre su propio pueblo, ni la estimación y confianza del género
humano--a menos que sea fiel a su palabra, y que el mantenimiento de
la perfecta buena fe acabará por ser finalmente la mejor inversión de
fondos--que la honradez es siempre y seguirá siendo la mejor política.
Y ahora pregunto a los abogados de la anexión entre nosotros, si esta
república, bajo cualquier pretexto, anexa cualquiera de las posesiones
españolas,--¿no convierte acaso esta guerra solemnemente proclamada de
liberación y de humanidad, en una guerra de engrandecimiento propio?
Les pregunto ¿quién nos creerá de nuevo, cuando aparezcamos una vez más
delante del mundo con finas palabras sobre nuestra devoción abnegada
y altruista por la emancipación de los pueblos y la humanidad? ¿Les
pregunto si, como hombres patrióticos, realmente piensan que convenga
a esta república americana presentarse ante las demás naciones de
la tierra como una nación cuyas más solemnes promesas no pueden ser
creídas?...».