Para sustituir al señor Day ha sido designado Mr. John Hay, actual

embajador americano en Londres. Como sucede con muchos hombres

superiores, él es más conocido por lo que menos importancia tiene

en su valiosa obra intelectual. Sully-Prudhomme se subleva ante el

calificativo exclusivista de «autor del _Vase Brisé_». John Hay,

para un buen número de sus compatriotas, no es el autor de la obra

monumental escrita en colaboración con Nicolay, sobre la vida de

Lincoln, ni de las seductoras inspiraciones de los _Wanderlieder_,

sino el cantor popular de _Jim Bludso_ y _Little Breeches_. Por

mi parte, confieso que tal vez no hubiera tenido la curiosidad de

estudiarlo detenidamente, si una circunstancia feliz no hubiera puesto

en mis manos, entre otras muchas producciones, uno de sus libros más

seductores: _Castilian Days_. El brillo del talento penetrante, que se

desprende de cada una de las páginas de aquella obra, la belleza de su

estilo, fluido y elocuente, la seguridad de criterio y delicadeza de

análisis que distingue su trama fina y consistente me bastaron desde el

primer momento para evaluar la importancia del escritor y el peso de

la autoridad legítima de que debe gozar en los centros intelectuales

de su patria. No existen sensaciones más gratas que la de estos

encuentros fortuitos con personalidades eminentes cuya existencia no

se sospechaba. Ellas sólo son posibles para los que estudian un país

con ansia de penetrarlo y comprenderlo, pero al mismo tiempo con esa

deficiencia de información natural del que sólo posee los grandes

rasgos distintivos de su nacionalidad, y esas figuras salientes,

clásicas y consagradas por el didacticismo de la crítica oficial que

se destacan de los manuales de literatura corriente y que, antes de

llegar a los Estados Unidos, se recogen en la obra de Stedman sobre

los poetas de América, y en los compendios de John Nichol y Charles

Richardson sobre literatura americana. Los largos desfiles de nombres

que llenan las páginas de aquellos trabajos están lejos de agotar el

catálogo de los escritores eminentes de esta nación.

Al lado, y codeándose con ellos, existen inteligencias superiores,

críticos penetrantes, oradores elocuentes, poetas delicados que esperan

la hora de la consagración definitiva y que están en el período de la

plena producción. Muchas veces es en ellos donde se encuentran los

elementos típicos del carácter intelectual de una nación. La lectura de

uno de sus versos citados incidentalmente en la página de un crítico,

despierta de pronto nuestro interés, y nos impulsa a procurar sus

obras. El estudio de uno de sus libros nos sugiere una invencible

curiosidad respecto a la vida y las condiciones personales del autor.

Inquirimos entonces los antecedentes y los detalles de su carrera, y el

vínculo intelectual que nos liga con el nuevo espíritu encontrado tiene

toda la seducción y el encanto de esas amistades de ocasión, de esos

lazos sólidos que por circunstancias mínimas se forman a veces en el

ocaso de la vida y que ayudan a hacer más ligero el viaje fatigoso.

John Hay nació en Salem (estado de Indiana), el 8 de octubre de 1838,

y desde los primeros años de su vida se distinguió por sus excelentes

aptitudes literarias. Estudió leyes en Springfield e ingresó al foro

en el estado de Illinois en 1861, interrumpiendo sus labores para

trasladarse a Washington, como secretario del presidente Lincoln, a

quien acompañó hasta el momento de su muerte, con una lealtad que no se

ha desmentido un minuto, y con una consagración que nada ha debilitado.

Durante el tiempo que permaneció a su lado lo acompañó también como

edecán y ayudante. Sirvió más tarde por varios meses bajo las órdenes

del general Hunter y del general Gilmore. Al final de la terrible

guerra de secesión entró en el servicio diplomático, como secretario de

legación y encargado de negocios en París, de 1865 a 67, y estuvo en

la última categoría en Viena, de 1867 a 68. Después fué trasladado a

Madrid como secretario de la misión confiada al general Sickles, de la

cual ha dicho el año pasado Emilio Castelar: «América envió uno de sus

más inquietos, pero también uno de sus más inteligentes y más audaces

políticos, Mr. Sickles. Cuantos desempeñaron la cartera de estado y

la presidencia del consejo y del gobierno, saben que diplomático tan

experto no nos dejó vivir, teniéndonos en un pie, desde el 29 de junio

de 1869 hasta enero de 1874, en que presentó su dimisión. He conocido

pocos estadistas más pertrechados de noticias políticas que Sickles. Al

dedillo sabía los comentarios clásicos de la constitución americana.

Respecto a tradiciones, alegaba todas las imaginables; y cuando a

mano para su litigio no las había, inventábalas con una fertilidad

envidiable de ingenio. Encarecíamos su amistad y presentábamos sus

buenos oficios. Mas luego se decía encargado: primero, de proponer la

independencia cubana; segundo, de imponer a Cuba el rescate a oro de

la unión histórica con España, hipotecando al pago el valor de todas

las propiedades públicas y los rendimientos arancelarios; tercero,

de agenciar una tregua o armisticio entre los beligerantes hasta la

terminación del conflicto.»

El año 1870, John Hay regresó a los Estados Unidos, y entró en la

redacción de _Tribuna_ de Nueva York, siendo más tarde redactor en jefe

de dicho diario, durante la ausencia de Mr. Whitelaw Reid. Durante

la administración del presidente Hayes, fué subsecretario de estado.

Tomó parte activa en muchas de las campañas presidenciales que desde

1876 han agitado a su país. Representó a éste en el congreso Sanitario

Internacional de Washington, de que fué elegido presidente. Luego fué

llevado a Londres, donde, como hemos dicho, desempeñó la embajada de

los Estados Unidos.

El bagaje literario de John Hay no es de los más pesados, si

exceptuamos su colaboración en la prensa, que daría probablemente

materia para muchos volúmenes, y los diez compactos tomos de _Abraham

Lincoln_, la mitad de los cuales, por lo menos, deben haber sido

escritos por él. Se ha dicho hace mucho tiempo que éste es el mejor

modo de llegar a la posteridad. No creemos sea éste el pensamiento

que ha limitado la producción intelectual del autor de los _Días

castellanos_. Nos parece más bien que su sobriedad relativa nace de la

circunstancia que se revela claramente en sus obras de que él no es

un literato «profesional». Las famosas _Pike County Ballads_ son la

_gageure_ humorística de un perfecto hombre de mundo, de un refinado y

de un artista exquisito, que se da el lujo de hacer hablar a sus héroes

en una jerga peculiar, _slang_ del bajo pueblo, dialecto pastoso y

fantástico de los negros americanos que torturan la prosodia y ponen

muecas simiescas en la gimnástica flexibilidad de la pronunciación

inglesa. Ninguna traducción puede dar una idea de la curiosa gracia de

esta poesía. Ella es tan imposible de trasladar a otra lengua como lo

sería verter al inglés o al alemán las décimas gauchescas de nuestro

Estanislao del Campo, o los productos similares de la musa popular

española escritos en el _caló_ gitano que tanto deleitaba a Mérimée. Se

necesita un conocimiento íntimo del idioma, una familiaridad relativa

con la curiosa psicología de la masa popular americana y del alma

primitiva del «hombre de color», para gozar con la belleza peculiar

de las _Baladas del condado de Pike_. Otros escritores de este país

han ensayado algo análogo con un éxito desigual. Bret Harte, quizá por

la mayor amplitud de su producción, ha sido citado como el maestro

del género. Pero, lo que en el autor de las escenas californianas es

un sistema, en John Hay, es un accidente. Y es en esto precisamente

que reside lo picante de la aventura, en este contraste enorme entre

el hombre de letras fino, espiritual, imbuído de arte y habituado a

la atmósfera de los más altos círculos aristocráticos, y el negro

maquinista de una de sus _Baladas_, el generoso y rústico Jim Bludso,

el patrón de la _Bella Pradera_, con manos ennegrecidas por el carbón

y el humo de la hornalla, con «una esposa en Natchez al pie de la

colina y otra en Pike», con su ingenua petulancia y su fondo de nativa

grandeza, empeñado en no dejar vencer en velocidad a su embarcación

y jurando que «si alguna vez la _Bella Pradera_ se incendiaba, él

la mantendría con la proa contra el banco, hasta que la última alma

saliera a la playa»:

_And if ever the Prairie Belle took fire,--

A thousand times he swore,

He’d hold her nozzle agin the bank

Till the last soul got ashore...._

El cumplimiento de la promesa del héroe anónimo, es el tema de la

balada; lo que es imposible expresar es la ligereza conmovida e

_insouciante_ al mismo tiempo con que el trágico suceso está tratado,

es el íntimo sentimiento que se desprende de sus estrofas ante el

sacrificio de Jim Bludso, víctima de su deber, y cuya «alma subió sola,

envuelta en el humo de la _Bella Pradera_». La simpatía que inspira al

poeta el humilde maquinista, se contagia al lector, y se siente pena

de no poder conocer al bravo negro, mientras en el fondo del corazón

despiertan un eco los últimos versos de la pieza encantadora: «No fué

un santo, pero en el día del Juicio final apostaría en favor de _Jim_,

contra algún piadoso caballero, que no se hubiera dignado cambiar

con él un apretón de mano. Vió su deber, una cosa tan segura como la

muerte; lo cumplió entonces sin vacilar; y Cristo no será demasiado

duro para un hombre que murió para salvar a otros hombres»:

_He weren’t no saint,--but at jedgment

I’d run my chance with Jim,

Longside of some pious gentlemen

That would not shook hands with him

He seen his duty, a dead--sure thing,--

And went for it thar and then;

And Christ ain’t a going to be too hard

On a man that died for men._

La misma emoción humana y sencilla, risueña y melancólica al propio

tiempo, se desprende de _Pantaloncillos_ (Little Breeches). Se trata en

esta ocasión de un padre que acude a la ciudad para vender legumbres

y acompañado de su pequeño _Gabe_ «a quien ninguno de los muchachos

de cuatro años del condado supera en hermosura y en fuerza, activo,

brillante y conservador, siempre dispuesto a jurar y a pelear». Su

padre ha querido hacer su educación perfecta «y lo ha enseñado a mascar

tabaco, para conservar la blancura de sus dientes de leche».

_And I’d larnt him to chaw terbacke:

Jest to keep his milk-teeth white..._

Little Breeches, a pesar de estas condiciones y de esta precocidad,

se pierde en medio de una tormenta de nieve y su padre lo busca en

vano desesperado y lleno de angustia. Al fin, cuando ya lo considera

muerto por el frío, el famoso _Pantaloncillos_ es hallado debajo de uno

de esos cobertizos donde se refugian los corderos durante la noche,

alegre y calentito, y su primera palabra es para pedir «una mascada».

¿Quién pudo llevarlo allí? se pregunta el padre de Pantaloncitos, y su

ingenua filosofía encuentra inmediatamente la solución del problema:

«Los ángeles. Nunca pudo haber marchado en medio de esa tormenta, si

ellos no lo hubieran acarreado y conducido hasta el punto en que se

encontraba sano y caliente. Y pienso que salvar a un muchachito de esa

manera, es un negocio mejor que estar haraganeando alrededor del Santo

Trono»:

_¿How did he git thar? Angels.

He could never have walked in that storm.

They jest scooped down and toted him

To whar it was safe and warm.

And I think that saving a little child

And fotching him to his own,

Is a derned sight better business

Than loafing around the Throne._

Las observaciones del sargento Tilmon delante de un comité de la punta

de Spunky, y que relata la acción heroica de _Banty Tim_, son aún más

difíciles de saborear para un paladar extranjero y lo mismo sucede con

el episodio del bizarro _Golier_, que cubre con su cuerpo el de un niño

y le sirve de escudo, recibiendo las balas que podían haber cortado el

hilo de aquella frágil existencia:

_Said he, «When they fired, I kivered the kid.--

Although I am’t pretty I’m middlin’ broad;

¡And look! he ant’t fazed by arrow nor ball,--

¡Tank God! my own carcase stopped them hall.»

Then we seen his eye glaze, and his lower jaw fall--

And he carried his thanks to God._

Pero no está de más repetirlo: la mención descarnada de los argumentos

de estas canciones no da siquiera un pálido reflejo de su gracia, de su

originalidad, de la perfección de sus versos repletos de _humour_ y de

color local. Ninguna crítica puede definir y reproducir estos matices,

a menos de comentar y explicar largamente, palabra por palabra, cada

una de estas curiosas producciones. Pero al leerlas se comprende la

justicia de la popularidad de que gozan y los elogios que su sola

mención provoca en cualquier grupo literario.

Ningún contraste más marcado que el que existe entre las cinco _Baladas

del Condado de Pike_, y el resto de los _Poems_ de John Hay. Las

peculiaridades de su estilo le dan un puesto aparte en la literatura

poética de su patria. Los temas que busca, el modo de tratarlos, su

preocupación de asuntos políticos de actualidad, el cosmopolitismo de

sus ideas, y de sus conocimientos literarios son otros tantos rasgos

que definen sus personalidad y caracterizan su talento. Al final del

volumen se encuentran algunas bellas traducciones de Henry Heine; y la

predilección que John Hay muestra por este poeta arroja una nueva luz

sobre su modalidad intelectual. Hay en muchas de sus composiciones,

en efecto, algo que recuerda la manera alternativamente humorística y

melancólica del autor del _Reisebilder_, una emoción contenida que se

disfraza en una sonrisa burlona, un fino sentimiento de la ironía y

un amor a la libertad que se manifiesta, por ejemplo, en _La esfinge

de las Tullerías_ o en la _Aurora en la plaza de la Concordia_. El

poeta alemán reclamaba como su mejor título a la gloria, el haber sido

«un bravo soldado en la guerra libertadora de la humanidad». Creo

que algo semejante puede decirse del distinguido autor americano,

del secretario de Lincoln, aquel protector de los humildes y los

esclavos, enemigo de todos los despotismos y de todos los lazos que

traban la independencia moral y política de las naciones. Recorramos

ligeramente la poesía últimamente citada. Es en el año 1865 y el poeta

se encuentra al despuntar el alba en los Campos Elíseos. Los últimos

girones de las sombras nocturnas cuelgan sus crespones en el techo de

las Tullerías, y cubren con una nube vaporosa la espiral del obelisco

de Luxor. A las dudosas claridades del alba «con sus crines de mármol

encendidas, se encabritan los blancos caballos de Marly». La plaza

de la Concordia «descansa en el silencio de la muerte debajo de los

cielos cenicientos». La leyenda del pasado se presenta a sus ojos en

una evocación solemne. «Ve la mística llanura en que el ejército de

espectros sacrificados en la larga vida de guerra del emperador marchan

con pasos sin resonancia al sonido de trompetas cuya voz ha muerto.

Su jefe espectral todavía los encabeza--el relámpago de ultratumba de

su acero, como un cometa, brilla distante a través de la bruma, y la

hueste silenciosa corre, invisible a los ojos del gendarme, a lo largo

de la ancha vía obscura y misteriosa donde tronó el ejército de Italia

cruzando al marchar por el grande y pálido Arco de la Estrella»:

_I see the mistic plain

Where the army of spectres slain

In the Emperor’s life-long war

March on with unsounding tread

To trumpets whose voice is dead.

Their spectral chief still leads them.

The ghostly flash of his sword

Like a comet through mist shines far.

And the noiseless host is poured,

For the gendarme never heeds them.

Up the long dim road where thundered

The army of Italy onward

Through the great pale Arch of the Star._

La legión solemne se desvanece, para dar lugar a otro grupo de sombras

que desfilan y llenan el aire haciéndose más obscuras mientras el

día invade el silencio de la plaza. «Hay una que parece un rey,

y se diría que la forma aurea de una corona todavía sombreara su

cabello emblanquecido en la prisión; puedo oir el pesado sonido de la

guillotina, como su nota regicida resonó aquí, cuando aquél entregó su

vida cansada y creció valiente en su última desesperación. Y una mujer

hermosa y frágil que llora al dejar un mundo de amor, de alegría y de

pecado para ser violentamente arrojada al vasto desconocido (¡ay! ¡su

vida profana era tan dulce con reyes a sus pequeños y blancos pies!).

Y otra verdadera reina en toda su persona, reina en la vida y en la

muerte, cuya sangre bautizó la plaza en los días de la locura y del

terror,--y cuya sombra jamás ha tenido igual en su doble don de gracia

y majestad». El enjambre de los asesinos, de los sacrificadores, que

fueron a su turno sacrificados, repugna a la conciencia noble y varonil

del poeta. En las manos de la libertad él ve las manchas indelebles que

mostraba Macbeth, la sangre de aquel rey y de aquella reina mezclada

a la de tantos valientes anónimos y generosos que clama al cielo con

mayor justicia que la de los grandes de la tierra. ¿De qué ha servido

tanto sacrificio y tanto dolor? se pregunta con angustia. «Cuando la

Libertad, con los ojos resplandecientes, se mostraba contenta a través

del dolor de su alumbramiento, ¿qué madre hubiera conocido que su dolor

y su esfuerzo iban a ser vanos? Un amable servidor sonreía cuando ella

le confió el cuidado de su hijo: ¿conoció acaso que pensaba ahogar al

niño cuando descansara adormecido en sus brazos?».

_As Freedom with eyes aglow

Smiled glad through her childbirth pain,

How was the mother to know

That her woe and travail were vain?

A smirking servant smiled

When she gave him her child to keep.

Did she know he would strangle the child

As it lay in his arms asleep?_

La tristeza de los tiempos no nubla la esperanza del porvenir y del

triunfo inevitable de la buena doctrina: «Y cuando en la buena hora

de Dios, llegue el tiempo de los bravos y los sinceros, la Libertad

se levantará de nuevo con una llamarada en sus temibles ojos, que

fulminará a este asaltante del poder, como el sol seca al rocío. Que

esta plaza resuene con la voz del alegre pueblo triunfante, y los

cielos se regocijen con el repique de los bronces que saluden con

júbilo ruidoso desde lo alto de cada campanario, el anuncio de la

venida de los tiempos mejores. Que los primeros resplandores de la

Libertad que despierta esparzan sus rayos a lo lejos, como el día que

está rompiendo en el grande y pálido Arco de la Estrella, y vuelen a

través de la gran ciudad, mientras tocan las campanas de la alegría

turbulenta, para coronar la Gloria que brota de la Columna de Julio».

_And when in God’s good hour

Comes the time of the brave and true,

Freedom again shall rise

With a blaze in her awful eyes

That shall wither this robber-power

As the sun now dries the dew.

This Place shall roar with the voice

Of the glad triunfant people,

And the heavens be gay with the chimes

Ringing with jubilant noise

From every clamorous steeple

The coming of better times.

And the dawn of Freedom waking

Shall fling its splendors far

Like the day which now is breaking

On the great pale Arch of the Star,

And back o’er the tonn shall fly,

While the joy-bells wild are ringing

To crown the Glory springing

From the Colum of July._

Esta nota social y humanitaria se repite varias veces en el volumen de

los poemas. Hemos mencionado _La esfinge de las Tullerías_, destinada

a predecir el advenimiento de un Pueblo-Edipo que destruya el poder de

la fiera dinástica. En la _Oración de los romanos_ resalta el mismo

voto en favor de la libertad vencedora al fin del báculo y la corona.

Cuando la visión de una humanidad mejor no exalta la imaginación del

poeta e inspira himnos triunfales a su musa, él hace oir la elegía

dolorosa que llora la decadencia de una nación y su sometimiento al

yugo extranjero. Es necesario recorrer en el original inglés _La

rendición de España_, para ver hasta qué punto es en él elocuente la

expresión de estos sentimientos que ¡ay! tienen hoy una actualidad

dolorosa y palpitante. «Tierra del indomable Pelayo; tierra del Cid

Campeador!--¡madre de hombres ceñida por el mar! ¡España! nombre de

gloria y poder;--cuna de emperadores que han apresado el mundo, tumba

del descuidado invasor,--¡cómo has caído, España mía! ¡cómo te has

hundido en esta funesta hora! En otros tiempos tus magnánimos hijos

pisaban victoriosos los pórticos del Asia;--en otro tiempo las olas del

Pacífico se encrespaban gozosas para mirar tus banderas,--por tí fué

que Trajano condujo las águilas de la batalla a Dacia;--por tí fué que

Cortés plantó tu estandarte en los confines del mar.--¿Has olvidado

esos días iluminados de gloria y honor,--en que las lejanas islas del

mar se estremecieron bajo la pisada de Castilla?--¿en que cada tierra

bajo los cielos estaba cubierta por la sombra de tus pendones? ¿en

que cada rayo del sol fulguraba en tu conquistador acero?--Entonces,

a través de rojos campos de matanza, a través de muerte, desastres y

derrotas,--todavía flameaba enhiesta tu bandera hecha girones, pero

sin mancha,--y ahora al advenedizo Saboya te encorvas para pedir un

amo. ¡Cómo la roja llama de su vergüenza mancha la altiva belleza de

España! ¿Acaso se ha enfriado la enardecida sangre que hervía en el

Genil y en el Darro? ¿No son ya cantados a los hijos los altos hechos

de sus mayores? ¿En las sombrías colinas del norte no has oído hablar

de ningún labriego Pizarro? ¿No vaga ningún porquero Cortés oculto por

las silvestres orillas del Tajo? ¿Otra vez debe Hispania inclinarse

bajo el yugo de un extranjero? No, ella se erguirá de nuevo arrojando

sus grillos al mar. ¡Pequeño príncipe del Piamonte! inconsciente te

has desposado con la duda y con el peligro, Rey de hombres que han

aprendido todo lo que cuesta ser libres.»

Al lado de estos acentos vibrantes que resuenan como un toque de

clarín, los _Poemas_ de John Hay contienen numerosas composiciones

cortas, verdaderos _lieders_ a la manera de Heine y de Goethe, por la

artística belleza de su forma, tanto como por el sentimiento profundo

que las inspira. La índole tan peculiar de la lengua inglesa hace

sumamente difícil traducir en verso cualquiera de esas piezas delicadas

y elegantes. Su concisión terrible, el vigor de sus expresiones, la

exactitud de sus términos, desafían todo esfuerzo y hacen la empresa

casi insuperable. La única manera de dar una pálida idea de ellas,

algo semejante a lo que el gran poeta alemán llamaba _du clair de lune

empaillé_, es tal vez apelar a nuestra fácil rima asonante en los

octosílabos, para trasladar la medida de la séptima forma del verso

_yámbico_ inglés. Si alguien desea intentarlo, le recomendamos que lo

haga con la balada titulada _Ernst of Edelsheim_.

La influencia germánica que se nota en ella persiste en muchos de los

_lieders_ que llenan una de las secciones del libro _New and Old_. Y

aplicamos de nuevo este nombre a ese género de poesía, porque creemos

que ningún otro conviene mejor a estos cantos de dimensiones reducidas,

en que la idea se cristaliza en una forma diáfana y transparente que

concentra la emoción y la espiritualiza. ¿No os parece oír el eco

lejano de esos delicados suspiros poéticos de la musa alemana, al

leer poesías como la siguiente? «Cuando las violetas brotaban y la

claridad del sol llenaba el día, y las aves gozosas cantaban himnos al

mes de mayo,--una palabra que llegó a mi oído obscureció la belleza

de la escena y en mi corazón era invierno, aunque los árboles estaban

verdes. Ahora las ráfagas del vendaval arrebatan las hojas muertas,

amarillentas y secas; las selvas lamentan la agonía del año; me llega

una palabra que ilumina con éxtasis el espacio, y en mi corazón es

verano, aunque los árboles estén marchitos y desnudos.» Sin duda, no

hay en esta dulce canción, ningún arrebato lírico, ninguno de esos

grandes pensamientos que, en un relámpago genial, hacen penetrar sus

rayos hasta el fondo de las simas más obscuras. Pero la ingenua dulzura

de su ritmo, la sencillez tierna y melancólica de sus versos, dan a

esta clase de inspiraciones un encanto seductor, y es tal vez en ellas

donde se encuentra esa gota del néctar divino de la verdadera poesía,

que brota desde el fondo del alma y fluye sin esfuerzo como el agua de

un manantial cristalino.

Estudios americanos (primera serie) · 第 11 / 16 段