«Esta carta orgánica entró en vigencia el primero de enero de 1882.

En la práctica se ha encontrado que ella tiene precisamente los

méritos y los defectos que uno podría esperar de un instrumento

de su especie. Un ejecutivo fuerte puede realizar satisfactorios

resultados; uno débil, acaba por desengañar a todos. La comunidad,

sin embargo, está tan convencida de que la carta es una mejora sobre

cualquier otro sistema ensayado antes, que ninguna voz se levanta

contra ella. Ha tenido un efecto notable y especialmente satisfactorio

en el sentido de que, por medio de ella, puede hacerse claro para el

más humilde ciudadano que el carácter entero del gobierno municipal,

durante dos años, depende del hombre elegido para desempeñar el cargo

de _Mayor_. Como una consecuencia, ha votado más gente en Brooklin

en la designación de Intendente que en la de Gobernador del Estado

o Presidente de la República. Esa es una gran ganancia en favor del

gobierno municipal porque crea y mantiene alerta un fuerte sentimiento

público y propende a aumentar el interés de todos los ciudadanos en

los asuntos comunales. En ausencia de un pasado histórico que origina

orgullo cívico y en presencia de muchos miles de recién llegados en

cada elección, este efecto es esencialmente valioso. Puede decirse,

también, que bajo las presentes condiciones el voto es más inteligente

que antes. La cuestión en debate es tan importante, al mismo tiempo

que simple, que puede ser explicada aun a personas que no han vivido

sino un tiempo muy corto en la ciudad. Las mismas influencias tienden a

asegurar para la ciudad los servicios en calidad de _Mayor_, de hombres

eminentes, porque bajo tal carta orgánica el _Mayor_ tiene el poder y

la oportunidad de realizar algo. Esta circunstancia hace un llamamiento

a las mejores condiciones que existen en un hombre, mientras lo expone

al fuego de la crítica si no se conduce bien.»

Como intendente municipal de Brooklin, tocó al señor Seth Low

administrar la ciudad bajo las previsiones de esta carta y él nos

declara que, para asegurar su éxito, ajustó su conducta a dos

principios: Primero, determinó que cada jefe de departamento sería

responsable de la marcha de éste; y segundo, resolvió mantenerse

extraño al ejercicio del favoritismo (_patronage_), en todos aquellos

casos en que la carta orgánica no lo obligaba a hacer nombramientos

por sí mismo. De esta manera, dejó a los altos empleados bajo su

dependencia, enteramente libres en la elección de sus subalternos. Esa

libertad les imponía la responsabilidad de su preferencia. Más aún,

sintiéndose libres de la presión del _Mayor_, adquirirían una fuerza

de resistencia más grande contra las exigencias de las influencias

exteriores. Finalmente, la actitud del Mayor a ese respecto, le ganó la

confianza de la comunidad sin distinción de partidos.

El uso acertado del poder para hacer nombramientos, y la elección

de jefes eficientes para los diversos departamentos municipales,

naturalmente aseguran el éxito de la administración de la ciudad en

su parte ejecutiva. Mr. Seth Low, después de establecer esta verdad,

refiere que mientras desempeñó el cargo de Intendente de Brooklin, tuvo

el hábito de reunir una vez por semana en su despacho a los jefes de

los departamentos. Las actas de la sesión anterior del concejo comunal,

eran comunicadas a los miembros de esa reunión y el _Mayor_ recibía

las observaciones del funcionario cuyo departamento sería afectado

por cualquier resolución u ordenanza propuesta, pudiendo prever su

efecto probable. Las cuestiones de interés general para la ciudad eran

discutidas por aquella asamblea íntima que daba al _Mayor_ el beneficio

de su juicio y de su experiencia. Además de las ventajas expresadas,

esas reuniones tenían la de poner en contacto personal a los diversos

funcionarios encargados de la administración de la ciudad, armonizando

sus labores, al mismo tiempo que permitía al intendente ejercer una

especie de vigilancia continua sobre el trabajo diario. Cada jefe de

departamento independientemente le sometía un informe trimestral sobre

los asuntos a su cargo. El intendente en las ciudades americanas, según

Seth Low, recibe diariamente una enorme cantidad de quejas de las que

se acusaba recibo al instante y eran trasmitidas inmediatamente al

departamento respectivo para que se tomaran las medidas del caso o

se dieran las explicaciones oportunas. Si los asuntos a que ellas se

referían tenían remedio, este método aseguraba su pronta aplicación. Si

no lo tenían, el ciudadano quedaba, por lo menos, con la satisfacción

de saber porqué.

El único problema orgánico relacionado con las cartas municipales de

las ciudades americanas que, según Seth Low, aparentemente permanece

sin solución en este país, es el que concierne a la rama legislativa

del gobierno comunal. En algunas ciudades, esa rama está compuesta de

dos cuerpos o cámaras conocidas bajo nombres diferentes y que presentan

los caracteres generales de la legislatura de un Estado, con su cámara

baja y alta. Sea que ese cuerpo se componga de una o dos cámaras, es

lo cierto que desde el momento en que una ciudad ha crecido, dichas

cámaras han dejado de dar buenos resultados. «Originalmente--, dice

Seth Low--las asambleas poseyeron amplios poderes a fin de realizar

hasta donde fuera posible la idea de la autonomía local (_self

government_).

«En regla general, ellas han abusado tanto de esos poderes que casi

en todas partes el límite de su autoridad ha sido restringido. En la

ciudad de Nueva York esa tendencia ha llegado hasta el extremo de

privar al consejo comunal de todas las funciones de importancia que

antes poseyera excepto el poder de conceder franquicias públicas.» Seth

Low sugiere la idea de que tal vez se haga algún día la tentativa de

gobernar las ciudades sin necesidad de una legislatura local.

Sin embargo, hay tantos asuntos respecto a los cuales tal cuerpo debe

tener autoridad, que no le parece probable se llegue pronto a una

resolución tan extrema. Entretanto, la cuestión permanece en pie y

ella ilustra la justicia del criterio americano, según el cual es muy

peligroso, en comunidades completamente democráticas hacer al cuerpo

legislativo supremo sobre el ejecutivo. Finalmente, reconociendo las

deficiencias del régimen municipal americano; Mr. Seth Low afirma que

la tendencia general de dicho régimen muestra signos de mejora.

Como el conocimiento perfecto de un mal facilita el medio de encontrar

su correctivo, creo que tal vez no será inoportuno insistir en la

crítica que se formula por los publicistas contemporáneos de más

autoridad al mecanismo municipal de las grandes ciudades de los Estados

Unidos. Uno de los más competentes en materia de gobierno urbano,

Mr. George E. Waring, que desempeñó un tiempo el cargo de jefe del

departamento de limpieza pública en Nueva York y que acaba de morir de

fiebre amarilla en Cuba, donde fué enviado por el presidente McKinley

para proyectar las obras necesarias al saneamiento de la Habana,

abundando en las consideraciones expuestas por Seth Low, escribe lo

siguiente en una obra reciente[6]:

«Hemos caído en el hábito tan generalizado de considerar al gobierno de

la ciudad aliado al gobierno del Estado y hasta al gobierno del país

en general, que, como es natural, el _control_ de éste ha venido a

parar a las mismas manos--es decir, a manos de personas pertenecientes

a partidos políticos--de manera que se hace prácticamente imposible

resolver una cuestión de vital interés que corresponda al _control_

municipal de acuerdo con las circunstancias que sean propias del caso.

Por lo general y casi invariablemente se decide en relación con el

efecto que el éxito o el fracaso del partido dominante en la ciudad

tendrá en el _control_ del partido sobre el gobierno del Estado y de

la Nación. La elección de un _Mayor_ es habitualmente determinada, no

teniendo en cuenta la influencia individual del candidato sobre los

intereses de la ciudad, sino teniendo en vista el efecto que tendrá

el resultado de la elección en el éxito del partido en el Estado o

en la Nación. Por ejemplo, en una reciente elección de Intendente en

Nueva York, gran número de personas votaron por el candidato que salió

triunfante a pesar de estar en desacuerdo con él y con la organización

local que lo nombraba, sólo por el temor de que el fracaso del partido

de los votantes en esa ocasión pudiera contribuir a llevarlos a la

derrota en las elecciones nacionales en que el partido defendía una

política que sus miembros conceptuaban de suprema importancia. Mientras

se consienta que continúe esta amalgama de los intereses municipales

con los del Estado y los nacionales, continuará también el gobierno

de las ciudades sujeto a consideraciones que, como ciudades, sólo las

afecta de una manera secundaria, subordinándose y relegándose su propio

y principal interés a consideraciones políticas.»

El mismo autor en el desarrollo de su tema añade más tarde lo

siguiente: «Cuando el público llegue a la sensata conclusión que el

gobierno de las ciudades nada tiene que ver con la política y que

es tan sólo un asunto local, lo probable será que cada departamento

del servicio público--incluyendo el del alumbrado y transporte,--se

considere como un elemento de la empresa de realizar el gobierno

urbano y se coloque bajo competente y sistemática dirección. El único

obstáculo serio que se opone al fin indicado se basa en el hecho de

que los cargos públicos se consideran no como puestos de confianza,

sino como premios individuales. Cuando se nombre a los empleados

subalternos de todas las categorías para beneficio del público, más

bien que para el suyo propio y cuando se les asegure su permanencia

en el puesto mientras cumplan con su deber; se les ascienda con

justicia y se les pase una pensión moderada después de cierto tiempo

de servicio, entonces la administración de nuestras ciudades grandes

y pequeñas será tan completa, eficaz y económica como la de Glasgow

y de Berlín. No obstante, se ha de llegar a las condiciones antes

indicadas por medio de un progreso lento y gradual. Lo que más nos

interesa ahora es tomar a las ciudades americanas como son, revisando

los métodos por medio de los cuales se realizan en ellas los detalles

de su gobierno. Es de oportunidad citar aquí el rasgo redentor de la

naturaleza humana que induce al promedio de los empleados públicos a

cumplir con su deber técnico lo mejor que pueden, y se los permite la

política que los coloca, a pesar del principio impulsor de esa política

que es hacer dinero por medio del empleo. Por ejemplo, el actual

gobierno de la ciudad de Nueva York, bajo el control sin restricciones

de los _politicians_, se supone probablemente con justicia, que está

completamente corrompido. En él los principales jefes administrativos

han sido nombrados no porque fuesen los hombres más aptos para el

puesto que ocupan, sino porque han merecido esa recompensa de los jefes

de su partido. A pesar de esto, no se puede dudar que, sobre todo los

altos empleados, los que se encuentran a la cabeza de departamentos

y oficinas de importancia, hacen su trabajo lo mejor que pueden. Lo

hacen con excesivo costo, valiéndose de elementos más útiles en las

urnas electorales que con la pala en la mano, a los cuales se paga

mucho dinero por poco trabajo. En estas condiciones, todo lo que se

hace, se hace con despilfarro. Sin embargo, es necesario confesar que

se hace bien y, excepto en lo que respecta a la limpieza pública y

prescindiendo del costo, hay poco que criticar. Pero puede asegurarse

que con sistema organizado y _control_ adecuado, podría obtenerse igual

resultado con la mitad del gasto.»

El distinguido historiador del siglo XVIII en Inglaterra, Mr. William

Hartpole Lecky, en su notable obra _Democracy and Liberty_, insiste

sobre esta faz deplorable de la organización política americana. «El

sistema que he descrito--escribe--ha probado ser más pernicioso en

el gobierno municipal que en la política federal o de los Estados».

Las elecciones de hombres obscuros para puestos obscuros, según él,

produjeron el dominio de un círculo de politiqueros profesionales.

La corrupción de Nueva York generalmente atribuída al voto irlandés,

remonta hasta el primer cuarto del presente siglo, en que la influencia

irlandesa era nula. En aquel tiempo, el Estado y la ciudad habían caído

en manos de una camarilla llamada «the Albany Regency», a cuyo respecto

cita Mr. Lecky algunos párrafos terribles del estadista Mr. Seward.

Desde 1842 hasta 1846, prevaleció un mal de otra índole en la metrópoli

americana: «era costumbre permitir a los ocupantes de los asilos

públicos (_public almshouses_) salir de su recinto en los días de

elección y concurrir a las urnas, y un escritor americano asegura que

en aquella época los asilos constituían un factor importante en la vida

política del Estado de Nueva York, pues los indigentes eran obligados a

votar por el partido en el poder, amenazándoseles con una pérdida del

apoyo que se les prestaba si no se sometían a esa exigencia y su número

bastaba para inclinar el platillo de la balanza en los distritos en que

votaban[7].

La historia del _Tweed Ring_ es demasiado conocida para que valga

la pena de detenerse en ella sino como uno de esos ejemplos que es

necesario no olvidar para execrar las prácticas políticas que hacen

posible en una comunidad una violación tan monstruosa de todas las

leyes y principios morales... «La corrupción--dice, refiriéndose a

este episodio único en la historia del desorden administrativo, Mr.

Lecky--nunca alcanzó un punto ni siquiera aproximado a la magnitud

a que llegó entre 1863 y 1871, cuando todos los poderes del Estado

y de la ciudad de Nueva York pasaron a manos de la camarilla de

Tammany (_Tammany Ring_). En aquel tiempo, cuatro novenas partes de la

población era de origen europeo. Una vasta proporción de ella consistía

en inmigrantes recientes y el voto católico irlandés apoyó en masa a

la camarilla. La mayoría de la legislatura del Estado, el intendente

municipal, el gobernador, varios jueces, casi todas las autoridades

municipales con poder para ordenar, vigilar y controlar la inversión

de los fondos públicos fueron sus hechuras, y supongo que ninguna

otra ciudad del mundo civilizado presenció jamás en tiempo de paz tal

sistema de despojo completo, continuo y organizado. Se calculó que

el sesenta y cinco por ciento de las sumas gastadas ostensiblemente

en obras públicas representaba aumentos fraudulentos. Entre 1860 y

1871 la deuda de Nueva York quintuplicó y durante los dos últimos años

del gobierno de la camarilla se aumentó en proporción de más de cinco

millones y medio de libras esterlinas por año. Un distinguido escritor

americano que es también un diplomático de nota, familiarizado con

las condiciones de las capitales europeas[8] ha trazado ocupándose de

ese asunto, el siguiente instructivo paralelo: «La ciudad de Berlín,

en tamaño y rapidez de crecimiento, puede ser comparada con Nueva

York. Contiene un millón doscientos mil habitantes y su población se

ha triplicado durante los últimos treinta años... Mientras Berlín

tiene una vida municipal al mismo tiempo digna y económica, con calles

bien pavimentadas y limpias, con un costoso sistema de drenaje, con

notables edificios públicos, con la vida, la libertad, la aspiración

a la felicidad mucho mejor garantizada que en nuestra metrópoli, todo

el gobierno municipal es sostenido con una insignificancia más que

el interés de la deuda pública de la ciudad de Nueva York». En otra

parte añade el mismo publicista: «Deseo establecer deliberadamente

un hecho de fácil verificación; que mientras, como regla general, en

otros países civilizados los gobiernos municipales han ído mejorando

continuamente hasta llegar a ser generalmente honestos y serviciales,

nuestros propios gobiernos, por regla general, son los peores del mundo

y empeoran a medida que transcurre el tiempo.»

Esta corrupción, según Mr. Lecky, es la inevitable consecuencia de

la aplicación de los métodos de la extrema democracia al gobierno

municipal. «En América como en Inglaterra--dice--las elecciones

municipales no consiguen atraer el mismo interés y atención que las

grandes elecciones políticas, y cuando todos los puestos inferiores

son llenados por medio de elección popular, y cuando esas elecciones

se reproducen continuamente, es imposible para hombres ocupados

penetrar en el pleno conocimiento de sus detalles o formar ningún

juicio sobre los muchos obscuros candidatos que desfilan ante ellos.

Las clasificaciones respecto a la propiedad del elector son juzgadas

demasiado aristocráticas para un pueblo democrático. La vieja y buena

cláusula que en otros tiempos pudo encontrarse en muchas cartas

orgánicas, según la cual nadie podía votar en proposiciones destinadas

a imponer una contribución o dar empleo a los productos de ella, sin

ser susceptible de quedar sometido al pago de dicha contribución, ha

desaparecido... Las elecciones son por sufragio universal. Solamente

un número reducido de electores tiene un interés apreciable en los

impuestos moderados y en la administración económica y una proporción

de votos que basta usualmente para sostener la balanza del poder, queda

en manos de los más nuevos e ignorantes inmigrantes. ¿Puede acaso

concebirse condiciones más favorables para servir los propósitos de

hombres sagaces y deshonestos, cuyo objeto es la ganancia personal,

cuyo método es la organización de los elementos ignorantes y viciosos

de la comunidad en combinaciones electorales que imponen contribuciones

y nombran administradores? Las camarillas se manejan con tanta

habilidad que pueden casi siempre excluir del puesto público a un

ciudadano conocido por serles hostil; aunque «un hombre bueno y fácil

que ni lucha ni protesta, un figurón (_figure head_), puede ser algunas

veces de gran ventaja». Pero en general, en tanto que el gobierno no es

absolutamente intolerable, las clases más industriosas y respetables se

mantienen separadas de la atmósfera repugnante de la política municipal

y renuncian a la larga, difícil y dudosa tarea de entrar en pugna con

la camarilla dominante. «Los asuntos de la ciudad--dice Mr. White--son

virtualmente manejados por un reducido número de hombres que hacen de

la llamada política un negocio»[9].

Para conseguir la reforma, el distinguido autor que vengo citando,

expresa que los pasos dados con más éxito hasta hoy han sido los que

limitan el poder de los cuerpos donde penetró la corrupción. En Nueva

York, y en varios otros Estados, desde 1874, las legislaturas sólo

pueden legislar sobre asuntos municipales por medio de una ley general,

habiéndose de esta manera retirado el derecho de votar leyes especiales

en favor de individuos o de corporaciones. En otros Estados se ha

restringido, con éxito, el hábito de distribuir fondos públicos, con

pretexto de caridad, a establecimientos religiosos. En unos pocos se

ha tratado de asegurar una representación de la minoría, y en otros se

han impuesto limitaciones al poder de contratar empréstitos e imponer

contribuciones.

«Está de moda,--escribe M. McMaster, en un artículo publicado en _The

Forum_,--limitar el poder de los gobernadores, de las legislaturas,

de los tribunales; mandarles que hagan ésto, prescribirles que

hagan aquéllo, hasta el punto de que la moderna constitución de un

Estado parece más un código de leyes que un instrumento de gobierno

legislativo. Por todas partes se manifiesta cierto disgusto por los

servidores y representantes del pueblo. Una larga y triste experiencia

ha convencido al público que los legisladores aumentarían sin cesar la

deuda del Estado, a menos que se les prohiba positivamente pasar de

cierto límite; que soportarían ferrocarriles paralelos, consolidación

de corporaciones, medios de transporte descriminatorios, ventas por

los concejos comunales de valiosas franquicias a compañías de tramways

y de teléfonos, a menos que la constitución del Estado declare

expresamente que tales cosas no son permitidas. Tan lejos ha sido

llevado este sistema de prohibiciones, que muchas legislaturas carecen

de la autorización necesaria para sancionar ninguna legislación privada

o especial, ni para cancelar obligaciones contraídas con el Estado

por individuos o corporaciones, ni pueden pasar leyes en que esté

interesado miembro alguno, ni prestar el crédito del Estado, ni tomar

en cuenta leyes disponiendo de fondos públicos en las últimas horas

del período». La tendencia actual, en efecto, como lo he establecido

al referirme a la carta orgánica de Brooklin, comentada por Mr. Seth

Low, tiende a la concentración del poder en manos de un funcionario

responsable, ya que no es posible establecer en todas partes el sistema

de Washington en que el gobierno municipal está puesto en manos de una

comisión bajo la superintendencia del congreso.

He aquí cómo uno de los historiadores más notables de la capital

federal, describe la organización de este gobierno[10]:

«El gobierno municipal de Washington es, en muchos conceptos, una

anomalía entre los gobiernos municipales y tanto en su mecanismo

como en sus resultados merece llamar la atención de los aficionados

al estudio de la ciencia política. Según el sistema que en él se

observa, tres comisionados nombrados por el congreso constituyen la

base y fuente de su poder. Washington se constituyó de una manera

oficial en 1802 con un gobierno municipal de acuerdo con el sistema

antiguo inglés, compuesta de un alcalde o mayor y un concejo común,

que permaneció en función hasta 1871, época en que fué sustituído por

un gobierno de forma territorial con un gobernador y un delegado en

el congreso. Después de algunos años de prueba, el resultado fué poco

satisfactorio, y por acuerdo del congreso, aprobado en 11 de junio de

1878, se creó el actual gobierno de la ciudad y del distrito. Este es

tan nuevo y sus resultados han sido tan satisfactorios, que merece

describirse detalladamente.

«La sección primera de la ley de organización determina que todo el

territorio cedido al congreso de los Estados Unidos por el Estado de

Maryland como sitio permanente del gobierno, deberá continuar siendo

reconocido con el nombre de Distrito de Columbia, y continuar también

siendo una corporación municipal, cuyos comisionados debían ser tres,

dos nombrados por el senado, y el tercero un oficial del cuerpo

de ingenieros del ejército de los Estados Unidos, cuyo grado sería

superior al grado de capitán y que designaría el presidente. Estos tres

comisionados que constituyen virtualmente el gobierno de la ciudad y

del distrito, ejercen funciones tanto ejecutivas como legislativas.

Su deber, según lo dispone la ley de creación, consiste en imponer

contribuciones, encargarse de archivos y dineros que al distrito

pertenezcan, hacer investigaciones anuales dando cuenta de ella, sobre

las instituciones de caridad; hacer reglamentos relativos a la policía,

edificios y provisión de carbón; dar cuenta del número de celadores e

inspectores; determinar o cambiar estaciones de carruajes públicos,

abolir o consolidar oficinas; nombrar y remover empleados; determinar

las épocas para pago de los impuestos, etc., y comprobación y saldo de

cuentas; firmar todos los contratos; aprobar bonos de los contratistas;

señalar los deberes a que están sujetas las juntas de policía, de

sanidad y de escuelas; cuidar de las instalaciones de los servicios de

agua, de gas y cloacas, antes de comenzar las mejoras de una calle;

determinar tarifas equitativas para el consumo de gas; proyectar las

leyes adicionales que se consideren necesarias y dar cuenta anual al

congreso de sus procedimientos.

Estudios americanos (primera serie) · 第 7 / 16 段