del Hospital de Columbia y de la Escuela Reformatoria. El producto
de todos los impuestos que por ellos se recaudan pasa a la tesorería
de los Estados Unidos, y sus cuentas, después de ser aprobadas por
su propio «auditor» pasan al auditor de la tesorería de los Estados
Unidos. Fuego, policía, escuelas, limpieza de calles, reglas sanitarias
y departamentos municipales dependen todos de esa jefatura responsable.
Como consecuencia, el habitante de Washington goza de calles mejor
trazadas y más limpias, de mayor inmunidad con respecto a crímenes, de
mejores escuelas (hasta donde alcanza el poder de los comisionados),
de mejores parques y jardines públicos, que ningún otro ciudadano de
ninguna otra ciudad de igual tamaño del país. Sus contribuciones son
relativamente bajas--uno y medio por ciento--; se ve libre de las
imposiciones de las compañías de gas; compra provisiones al por mayor
en cinco grandes, limpios y bien aereados mercados; puede trasladarse
de un lado a otro de la ciudad por sólo cinco centavos, teniendo la
seguridad de que las contribuciones que paga se dedican al beneficio
del público. No tiene el fastidio ni la obligación de las elecciones
anuales. Aquella agradable región, cuya excelencia se juzgaba sólo
posible en Utopía, en que la política y los políticos jamás incomodan
al ciudadano, se encuentra en la capital. La municipalidad está
dividida en ocho distritos escolares, seis de blancos y dos para gente
de color. Existen en ella tres departamentos: un departamento de
policía, con ocho comisarios; un departamento de bomberos, con nueve
compañías y un departamento de sanidad, todo bajo la dependencia de los
comisionados.
«El poder judicial del distrito es una organización distinta e
independiente. Su título oficial es: «Suprema Corte del distrito de
Columbia». Tiene seis jueces, un justicia mayor (_Chief Justice_) o
presidente de la Corte Suprema de Justicia y cinco jueces. La Corte
Suprema del distrito guarda términos especiales para cada uno de los
distintos procedimientos de prueba, cancillería, distrito y asuntos
criminales; también se reúne en término general para entender en
los casos de apelación a fallos de las cortes inferiores, y en esas
sesiones todos los jueces se encuentran presentes, excepto el juez que
ha oído el caso apelado.»
La carta orgánica del «Greater New York» abarca demasiados detalles
para tratar de hacer de ella un extracto reducido. Antes de terminar
este ligero esbozo, creo, sin embargo, que no estará de más dar una
simple idea de la organización municipal de otras ciudades modernas
americanas, como por ejemplo, Saint Louis cuya forma de gobierno ha
sido descripta en los términos siguientes, en la obra fundamental de
Bryce:
«Saint Louis está dividido en 28 distritos y 224 precintos electorales
(_voting precincts_). Las elecciones se rigen por leyes estrictas
que previenen por lo general el fraude y transcurren tranquilamente
cerrándose todos los despachos de bebidas hasta media noche.
«El Alcalde (_Mayor_) lo elige el pueblo por cuatro años; tiene cinco
mil pesos de sueldo y no forma parte de la Asamblea de la ciudad
(_City Assembly_) con la cual se comunica por medio de mensajes. Está
investido del poder de devolver a la asamblea cualquier acuerdo tomado
por ésta, para que lo considere de nuevo, cabiéndole a la asamblea,
entonces, el derecho de pasarlo de nuevo con dos tercios de mayoría.
El Alcalde recomienda medidas a la asamblea, le somete informes de los
jefes de los departamentos y tiene a su cargo gran variedad de deberes
ejecutivos menores. Nombra gran parte de los empleados de importancia,
pero esto lo hace de acuerdo con el Concejo, Cámara alta de la Asamblea
(_Upper house of the Assembly_). Con el fin de ponerle a cubierto de la
presión e influencia que sobre él pudieran ejercer aquellos a quienes
debe su elección, los nombramientos aludidos no los hace hasta el
tercer año de su propio término y son válidos por cuatro años.
«La Asamblea se compone de dos cámaras. El Concejo consta de trece
miembros elegidos por cuatro años por escrutinio de lista y un tercio
de ellos cesa en su mandato cada dos años. La cámara de delegados
(_House of delegates_) la componen 28 miembros, uno por cada distrito.
Carta miembro de la asamblea recibe trescientos dólares anuales
además del importe de los gastos razonables en que haya incurrido
mientras ha estado al servicio de la ciudad. La asamblea tiene poderes
legislativos generales y la superintendencia o inspección de todos los
departamentos, pero sin embargo, su autoridad para establecer impuestos
o contraer empréstitos es limitada.
«Los departamentos administrativos los constituyen: trece empleados
superiores elegidos por el pueblo, que son, contador o tesorero,
auditor, registrador, colector, oficial de justicia (_marshall_),
inspector de pesas y medidas, presidente de la junta de tasadores,
_coroner_, alguacil mayor (_sheriff_), archivero de títulos (_recorder
of deeds_), administrador público y presidente de la junta de mejoras
públicas.
«El Alcalde (_Mayor_) nombra con la aprobación del concejo veinte
empleados que son los que forman las distintas agrupaciones o juntas,
la mayoría de ellos por cuatro años, a saber: Junta de mejoras
públicas, compuesta del comisionado de calles, comisionado del agua,
comisionado del puerto, comisionado de parques, comisionado de cloacas,
el asesor y colector de rentas sobre el agua, comisionado de edificios
públicos, comisionado de abastecimientos, comisionado de higiene,
inspector de calderas, letrado consultor de la ciudad, comisionado de
jurados, registrador de votos, procurador de la ciudad, dos jueces de
paz, carcelero, superintendente de la casa de corrección (_workhouse_),
jefe del departamento de incendios, inspector del gas, asesores y
varios contratistas para la ciudad, y empleados de menor categoría.
«Los cuatro comisionados de policía que, junto con el _Mayor_ tienen
a su cargo la seguridad pública de Saint Louis, son nombrados por el
Gobernador de Missouri con el objeto de conservar este departamento,
apartado y ajeno a la «política local». En 1886 el cuerpo de policía lo
componían 593 hombres, además de 200 vigilantes particulares pagados
por las personalidades que los empleaban, pero vestidos con el uniforme
y juramentados ante la junta de policía.
«La junta de instrucción pública (_School Board_) constaba de 28
miembros, uno por cada distrito, elegidos por tres años y cesando
anualmente en sus cargos una tercera parte de ellos. No depende del
Alcalde ni de la Asamblea, escoge su personal y nombra todos los
maestros, tiene a su cargo el importante fondo de las escuelas y
determina la contribución escolar que, sin embargo, es cobrada por el
recaudador de la ciudad.
«Los puntos fuertes de esta organización se estima que son: el largo
tiempo de servicio de los empleados municipales, el honrado y atento
cuidado que se dedica al registro electoral y la legalidad que en
las elecciones se observa; las trabas puestas a la administración
financiera y límites señalados a las deudas y el hecho de que aquellos
puestos de importancia para los cuales el Alcalde nombra el ocupante,
sólo se proveen por él al tercer año de ocupar la alcaldía, de suerte
que como recompensa de trabajo político durante el calor de la campaña,
ellos están tan lejanos, que no perjudican seriamente al mérito de una
elección.»
Mucho más podría decirse sobre este tema tan fecundo, pero temo
abusar de la paciencia de mis lectores. Sólo me resta añadir que los
publicistas americanos que han estudiado más profundamente el problema
de la vida municipal y que señalan sin ambajes los vicios que perturban
el régimen comunal en su país, indican como modelos dignos de imitarse
los del gobierno municipal de Berlín y Glasgow en Alemania e Inglaterra.
NOTAS AL PIE:
[1] John Fiske, “Civil Government in the United States considered with
some reference to its origin.”
[2] A este respecto se cita el caso de Wáshington, cuyos fundadores
creyeron que se desarrollaría al sudeste a donde mira el pórtico del
Capitolio, y que ha crecido precisamente en la dirección contraria.
[3] En el conocido libro de James Bryce, “The American Commonwealth”,
figura completa la lista que he extractado, con los sueldos recibidos
por los principales funcionarios mencionados en ella.
[4] El gobierno municipal de los Estados Unidos, bajo el punto de
vista americano por el Hon. Seth Low, capítulo LII del “American
Commonwealth”.
[5] Cuando se escribió el estudio citado, Brooklyn era una ciudad
independiente. Hoy forma parte del “Greater New York” que, con la
incorporación de esta ciudad y los suburbios de “Queen” y “Bronx”, es
hoy la segunda ciudad del mundo. He aquí algunos datos estadísticos
cuyas cifras no necesitan comentarios, relativos al “Gran Nueva York”:
Área, 320 millas cuadradas. Población: 3.388.000 habitantes. (La
población de los Estados Unidos en la época de la independencia, era
de 2.750.000 habitantes). Nueva York tiene 6.587 acres (una hectárea
equivale a dos acres 471 milésimos) de parques y espacios libres,
contra 5.976 en Londres, 4.739 en París y 1.637 en Berlín. New York
tiene 1.200 millas de calles, de las cuales 1.002 pavimentadas; Londres
1.818 millas pavimentadas; París 604; Berlín 500. New York tiene 1.156
millas de cloacas, Londres 2.500, París 599, Berlín 465. New York
tiene 65 y media millas de ferrocarriles elevados y 466 millas de
ferrocarriles de superficie; Berlín tiene 225 de los últimos y París
24. New York tiene títulos de deuda por valor de 200.000.000 pesos.
Londres por otros 200 millones, Berlín por 70 millones y París por 521
millones. El gasto anual de New York, que se calculó sería de unos 75
millones de dollars anuales cuando se consolidó la ciudad, en 1898, ha
llegado a “138 millones de dollars”, cifra monstruosa cuando se piensa
que el presupuesto de Londres es de 65 millones, el de París de 72
millones y el de Berlín de 21 y medio millones. La provisión diaria de
agua en New York es de 330 millones de galones; la de Londres de 203
millones; la de París de 136 millones; la de Berlín de 30 millones.
[6] “Our Cities”. Capítulo V de “The United States of America”, edited
by N. S. Shaler, 2 tomos, 1897.--En la composición de este libro han
colaborado los más autorizados especialistas americanos.
[7] Ford’s, “American Citizen Manual”, 89-89.
[8] Mr. Lecky se refiere al Hon. Andrew D. White, actual embajador
de los Estados Unidos en Berlín, y a su obra “El mensaje del siglo
décimonono al vigésimo”, publicada en 1883.
[9] William Hartpole Lecky, “Democracy and Liberty”, 1, 95, 115.
[10] Charles Burr Todd. “The Story of Washington, the National
Capital”, 1889.
IX
EL CONGRESO
Los grandes problemas relacionados con la expansión exterior de la
potencia americana que agitan en estos momentos a la opinión pública
de los Estados Unidos, y que serán debatidos con empeñoso interés en
la próxima reunión del cuerpo legislativo, van a concentrar durante
algunos meses la atención universal sobre los procedimientos, las
tendencias y los _leaders_ del congreso de la gran república. Ningún
momento más oportuno que éste para detenerse en el estudio de aquella
rama del gobierno federal, recorriendo las etapas más notables de su
historia, a la luz de publicaciones recientes. El distinguido escritor
Mr. Joseph West Moore, acaba de realizar esta importante labor, y su
libro _The American Congress_ ha aparecido casi al mismo tiempo que
el del ex presidente Harrison _This Country of Ours_, uno de cuyos
más interesantes capítulos está consagrado al mismo tema. Tal vez no
será del todo indiferente seguir en estas circunstancias los sucesos
relatados en aquellas obras y las impresiones que sugiere su lectura.
Los comentadores de la ley fundamental americana, al estudiar las
fuentes raciales de la constitución, encuentran el origen del cuerpo
legislativo de los Estados Unidos, en aquellas viejas asambleas
teutónicas descriptas por Tácito en su _Germania_, en que existía un
elemento conservador representado por la reunión de los jefes de tribu,
y un elemento popular representado por el conjunto de las huestes
armadas de los _freemen_. No es necesario detenerse en esa larga
genealogía que muestra en los _markmoot_, _shiremoot_, _folkmoot_ y
_witenagemmoot_ sajones, en el gran consejo normando, en el Parlamento,
y, finalmente, en la legislatura colonial, los antecesores históricos
del congreso americano, para reconocer el abolengo ilustre del vasto
cuerpo popular que influye hoy de una manera tan marcada en los
destinos de esta poderosa nación.
Sin salir del territorio de los Estados Unidos ni de los límites
comparativamente reducidos de su historia, el señor Moore, en _The
American Congress_, nos enseña que las primeras manifestaciones de este
cuerpo aparecen algunos años después de la llegada de los separatistas
o independientes, mal llamados puritanos, que en 1620 desembarcaron en
la roca de Plymouth. Desde 1643, en efecto, las colonias de la bahía
de Massachussetts, de Plymouth, de Connecticut y New-Haven, nombraron
representantes que, reunidos en Boston, firmaron los artículos de
la confederación de las colonias unidas de Nueva Inglaterra, en que
se halla el gérmen de la unión federal posterior; y en 1690 se hizo
la primera convocación de un congreso general de dichas colonias,
para adoptar medidas de salvación común contra las depredaciones de
las tribus indias llamadas de las Seis Naciones, ayudadas por los
pobladores franceses del Canadá. Desde aquella época en adelante, el
congreso se reunió cada vez que las colonias necesitaron efectuar
arreglos para la protección de su frontera interior.
La más notable de estas asambleas es la que se constituyó en Albany,
en la colonia de Nueva York, en 1754. Concurrieron 25 delegados y
entre ellos se encontraba Benjamín Franklin, que presentó la propuesta
de unión, conocida con el nombre de «plan de Albany», según la cual
las colonias debían formar un solo cuerpo, con un gobierno general
nombrado por la corona y un gran consejo de delegados elegidos por
las legislaturas coloniales, proyecto que más tarde fué rechazado por
éstas, así como por el parlamento británico.
La imposición del impuesto del timbre en las colonias británicas y en
las plantaciones de América, indujo a James Otis a presentar a la
legislatura de Massachussetts, el 6 de junio de 1765, un proyecto de
convocación de un congreso de representantes de todas las colonias,
que debía reunirse en la ciudad de Nueva York, con el objeto de
concertar su actitud enfrente de aquel acto del parlamento. De las
trece colonias, ocho respondieron al llamamiento, y el 7 de octubre del
mismo año aquella asamblea inauguró sus sesiones en la casa municipal
de Nueva York. Ese congreso denominado «de la ley del timbre»--dice
Mr. Moore--fué el primero convocado en América por el pueblo, pues los
otros se reunieron por autoridad real. Se componía de hombres hábiles,
patriotas e instruídos. Ellos eran enteramente leales a la corona,
pero creyentes firmes y abogados de los derechos coloniales, estaban
resueltos a hacer una enérgica protesta contra lo que consideraban una
audaz violación de aquellos derechos.
La primera chispa del espíritu de emancipación había sido encendida,
y sus efectos iban a propagarse desde entonces con la rapidez del
incendio. Los acontecimientos se precipitaban, ahondando cada vez
más las diferencias y antagonismos que existían entre las colonias y
la metrópoli. El «partido del te», en 1773 estaba llamado a romper
violentamente el frágil vínculo que ligaba a la madre patria y sus
hijos. El muelle de Griffin, en la bahía de Boston, fué el escenario
del primer acto de la tragedia. El partido británico, para castigar a
la colonia rebelde y vengar la afrenta recibida, cerró al comercio el
puerto en cuyas aguas había flotado el té de las cajas despedazadas por
la furia popular, trasladando a Salem la sede de gobierno.
Las colonias hermanas sintieron inmediatamente la ofensa: Virginia,
Nueva York y Rhode Island propusieron la reunión de un congreso
continental y su idea fué aceptada por las demás, que encargaron a
Massachussetts designar la fecha de la instalación de la asamblea. El
17 de junio de 1774, Samuel Adams introdujo secretamente una resolución
en la legislatura de Massachussetts, reunida todavía en Salem, y ella
fué votada antes que los empleados del rey pudieran disolver aquel
cuerpo. Esa resolución convocaba al congreso continental que debía
reunirse en Filadelfia el 10. de septiembre de 1774.
En aquella fecha, la mayor parte de los delegados al congreso había
llegado a Filadelfia, y se había alojado en la taberna de la City, una
posada famosa «por su trato de los hombres y los animales». La ciudad
elegida, fundada en 1682 por William Penn, ocupaba un puesto de gran
importancia en el territorio poblado americano y mantenía un extenso
comercio con Inglaterra. Su población llegaba a 20 mil habitantes,
cuáqueros en su mayoría.
Cuando se piensa en la soberbia metrópoli actual, la descripción que
de ella nos hace Mr. Moore, despierta un interés mayor: «La ciudad
tenía algunas casas buenas de ladrillo y piedra y numerosas de madera.
Había en ella 12 iglesias, cerca de 300 tiendas y almacenes, unas pocas
fábricas, un teatro donde la representación empezaba a las 6 de la
tarde y un diario, el _Pennsylvania Packet_, fundado por John Dunlap
en 1771. En su recinto vivían muchas familias de fortuna, y las que
no eran cuáqueros, daban bailes y comidas elaboradas y socialmente
eran muy alegres. Los cuáqueros se vestían con gran sencillez, pero
algunos daban fiestas generosas. La sociedad de Filadelfia era tal
vez más conservadora que la de Boston o la del Sur, pero tenía mucho
patriotismo y sostenía empeñosamente la causa de las colonias.»
Para la reunión del congreso se ofreció la State-House, en que se
congregaba la asamblea de Pennsylvania, pero para no interrumpir las
sesiones de ésta, se declinó la oferta y se aceptó el salón de la
Honorable Sociedad de los Carpinteros, una construcción anticuada,
edificada en 1770, que se conserva aún en Filadelfia como una reliquia
del tiempo colonial. «El 5 de septiembre de 1774, a las 10 de la
mañana, los delegados,--refiere Mr. Moore,--formaron en línea enfrente
de la City Tavern y en procesión solemne marcharon hasta el Carpenters
Hall, inaugurando las sesiones del congreso continental».
La historia de la famosa asamblea ha sido escrita tan frecuentemente,
que no parece oportuno repetirla en esta ocasión.--Ella ha sido
sintetizada por Mr. Moore de una manera clara y comprensiva, pero lo
que hace principalmente el interés de su narración no es la crónica
de los procedimientos de aquel augusto cuerpo, aquella «constelación
de dignidades» como se llamó en su tiempo, sino los retratos de sus
principales miembros. En aquella galería figuran el presidente Peyton
Randolph, de Virginia, de 53 años de edad, presencia fina y cortesana,
hombre prominente en asuntos coloniales, antiguo procurador general
del rey, y a quien se aplicó antes que a Washington el epíteto de
«Padre de su Patria», en un artículo del _Gentlemen’s Magazine_,
publicado en julio de 1775; luego, el secretario Charles Thompson, un
pobre muchacho irlandés, que, con once años de edad, llegó a América
en 1730, adquirió en ella una alta educación, tradujo el Testamento
griego, mereció ser llamado por los indios de Delaware, a causa de
su integridad de carácter y rectitud de principios, «Wehwola ent», o
«el hombre que dice la verdad», y de quien se cuenta, que «mientras
fué secretario del congreso, era costumbre de los miembros llamarlo
para verificar puntos debatidos, diciendo, «que venga la verdad o
Thompson», pues su palabra se consideraba equivalente al juramento de
cualquier otro. Y así desfilan sucesivamente Patrick Henry, el gran
orador colonial; John Adams y su primo Samuel Adams, prominentes como
oradores, pensadores y patriotas; Roger Sherman «the learned shoemaker»
de origen humilde, pero llegado a las funciones de juez en la corte
superior de Connecticut; John Dickinson, el autor de las celebradas
Cartas de un chacarero (_Letters from a Farmer_); Richard Henry Lee,
una de las lumbreras del debate; Benjamín Harrison, tatarabuelo del
ex presidente Harrison, otro virginiano de nota, rico, elegante y
distinguido; y _last but not least_, George Washington, que acababa
de cumplir 42 años, y era el más notable soldado de América, famoso
por sus galantes servicios en las guerras contra los franceses y los
indios. «Poseía--dice Mr. Moore--en no pequeño grado, las cualidades
del estadista afortunado. No era ni muy instruído ni elocuente, pero
como Patrick Henry dijo de él: Si os referís a la sólida información y
al juicio sano, el coronel Washington es indudablemente el hombre más
grande de este recinto». Como mandaba las tropas de Virginia, apareció
en su uniforme militar. Tenia seis pies y dos pulgadas de alto y un
cuerpo amplio, muscular, que en su vistoso traje le daba una apariencia
conspícua. El y Harrison eran los miembros más altos del congreso.
La historia no consigna sino de una manera imperfecta, la parte que
tomaron cada uno de estos ilustres próceres en las deliberaciones,
pues el congreso continental sesionó a puertas cerradas, todos sus
procedimientos fueron secretos, no se publicaron actas oficiales de sus
debates y todo lo que conocemos sobre ellas, es lo que se dice en forma
fragmentaria en las cartas y diarios de dos o tres de los principales
delegados.
El segundo congreso continental se reunió el 10 de mayo de 1775,
en la State-House, cuyo nombre, después de la declaración de la
independencia, fué cambiado por el de Independence Hall, que conserva
hasta el día. El 19 del mes anterior había tenido lugar la batalla
de Lexington, que empezó la larga serie de combates de la revolución
norteamericana. En aquellos momentos solemnes la asamblea asumió
en sí todas las funciones de un gobierno que se denominó «Gobierno
revolucionario» y que continuó hasta 1781, en que se adoptaron los
artículos de la confederación. John Hancock, miembro de la delegación
de Massachussetts, hijo de un clérigo prominente e ilustrado, fué
elegido presidente en reemplazo de Peyton Randolph y en contraposición
con Benjamín Harrison, elegido por la delegación de Virginia y que
declinó este cargo, votando por su rival. Desde entonces John Hancock
fué considerado el jefe ejecutivo de las colonias y respetado como
tal. «Se cuenta--dice Mr. Moore--que Mr. Harrison, que era un hombre
de gran fuerza y tamaño, viendo que el presidente Hancock vacilaba
modestamente en ocupar el sillón, lo levantó en sus brazos musculosos y
lo condujo al sitio de honor como si fuera un niño, con gran diversión
del congreso. Depositando en salvo su preciosa carga, Mr. Harrison,
dijo: Señores: mostremos a la madre Bretaña, cuán poco nos preocupamos
de ella, haciendo nuestro presidente a un hombre de Massachussetts,
que ella ha excluído de perdón por proclama pública». Desde el primer
momento aquella asamblea estuvo principalmente ocupada de medidas de
guerra. En las primeras sesiones se leyeron los partes de la batalla de
Lexington, de la captura del fuerte Ticonderoga y de Crown Point. John
Adams propuso que se adoptara el ejército reunido en las cercanías de
Boston, y Thomas Jefferson indicó la conveniencia de nombrar comandante
en jefe de dicho ejército al coronel Jorge Washington. La respuesta del
noble soldado, es una de las más sencillas y elocuentes que registran
los anales humanos.