Estaba reservado a nuestra época y a los Estados Unidos mostrar

las capacidades de la forma federal de gobierno y los resultados

maravillosos producidos por ella en el espacio de un siglo de

existencia. El ensayo debía producirse en una vasta extensión de

territorio despoblado y era indispensable para que él diera los frutos

anticipados que los primitivos ocupantes de la tierra poseyeran el

rico legado de educación política, sólo posible por la tradición de

largos años de gobierno autónomo. «La costa atlántica de Norte América,

escribe Fiske, fácilmente accesible a Europa y sin embargo, bastante

remota para estar libre de las complicaciones políticas del viejo

mundo, proporcionó la primera de aquellas condiciones; y la historia

del pueblo inglés a través de cincuenta generaciones proporcionó la

segunda». La preservación de la autonomía local hizo posible la

unión federal. La durabilidad de esta unión quedó garantida por su

flexibilidad. La independencia completa mantenida por cada estado, en

todos aquellos asuntos que no afectan directamente al principio federal

mismo, garantizó la permanencia de esta forma de gobierno, solamente

posible en una raza de hombres en quienes el uso de la representación

política se había convertido en una segunda naturaleza. Sin embargo,

este resultado maravilloso de todo un continente desenvolviéndose en

paz y en medio de la más grande prosperidad bajo un sistema político

en que, como se ha dicho, la permanencia de la acción concertada se

mantiene sin sacrificar la independencia de la acción, no fué alcanzado

sino después de ensayos y numerosos tanteos cuya historia encierra

fecundas enseñanzas para la humanidad.

Los Estados Unidos son por sí mismos un mundo y algunos de sus

estados, dentro de su área territorial, pueden contener a varias

naciones europeas. Entre los límites de Tejas, por ejemplo, caben

holgadamente Alemania, Holanda, Dinamarca, Bélgica y Suiza. Los

estados de Maine, de New Hampshire y Vermont tienen una superficie

superior a la Inglaterra; Minnesota, Iowa, Missouri, Indian Territory,

Oklahoma, Kansas, Nebraska, South Dakota, North Dakota, New Mexico,

Colorado, Wyoming, Utah, Idaho, Nevada y California, comprenden una

superficie territorial superior a la del vasto Imperio Chino. Conocida

es la energía de la raza, la riqueza nacional, el desarrollo de la

industria, el crecimiento de la población. En el desarrollo futuro

de estas condiciones extraordinarias se basa lo que se ha llamado el

«Destino Manifiesto» de la gran república y el papel histórico que

le corresponde desempeñar en la evolución humana. Ese destino está

íntimamente ligado con el de la raza inglesa, esparcida por todos los

ámbitos del orbe, y sus posibilidades inconmensurables merecen detener

profundamente la atención del pensador.

Por lo pronto, el crecimiento de la raza inglesa en América conduce

a conclusiones sorprendentes. A este respecto Fiske se pregunta si

los Estados Unidos podrían mantener una población tan densa como la

de Bélgica, y, poniéndolo en duda y admitiendo que sólo puedan dar

abrigo a un pueblo cuya densidad sea la mitad de la de aquel reino,

encuentra que según la ley de aumento actual, al fin del siglo XX

este país contará con 1.500.000.000 de habitantes. No puede preverse

tal resultado porque existen razones económicas que disminuirán la

proporción del crecimiento presente; pero en todo caso y deduciendo

todas las causas accidentales humanamente discernibles que puedan

entrabar la marcha de aquella progresión, resulta que los Estados

Unidos tendrán en aquel tiempo 600 o 700 millones. La gran república

constituirá entonces una agregación humana de poder y dimensiones

inconmensurablemente superiores a las de todos los imperios que

registra la historia. La carrera de la raza inglesa en otras partes del

mundo hará que prácticamente el imperio universal quede en sus manos

victoriosas. Dotada de un seguro instinto geográfico, ella posee ya

las llaves del comercio en todas las regiones del globo. El África,

en el siglo próximo, será el teatro de un desarrollo análogo al de

Norte América a comienzos del presente. Australia verá prosperar los

seis estados en que se divide su continente y convertirse en naciones

poderosas y opulentas. Todavía quedarán para la expansión futura los

fértiles territorios de la Nueva Zelandia y los archipiélagos del

Pacífico, donde hoy flamea la enseña de «Greater Britania».

El destino de la raza inglesa, señalado por publicistas que han

estudiado su pasado y analizan su presente, seguirá desenvolviéndose

hasta que todas las tierras donde todavía no existe una antigua

civilización queden sometidas a sus leyes y a sus costumbres y sean

colonizadas por vástagos de su tronco poderoso. Según Fiske, ya asoma

el día en que las cuatro quintas partes de la raza humana serán de

descendencia inglesa, como lo son las cuatro quintas partes de la

población americana actual. La soberanía del mar y la supremacía

comercial, que hoy ya le pertenecen, quedarán para siempre sujetas a su

dominio. Así como Holanda fué en un tiempo el rival naval y mercantil

de Inglaterra, Alemania y Francia y los demás países quedarán reducidos

a entidades políticas insignificantes. He aquí el cuadro gigantesco

de poderío y de grandeza supremos que exalta la imaginación de este

pueblo en esta hora de patrióticos regocijos. He ahí las maravillas de

un sistema político que alienta la expansión aislada de cada una de las

secciones de este vasto continente y concentra el haz disperso de sus

fuerzas en una potencia única, agresiva y conquistadora.

VIII

GOBIERNO MUNICIPAL AMERICANO

El gobierno municipal americano, en todo el territorio de la

república, obedece a un mismo plan general, sujeto, sin embargo, a

muchas variaciones de detalle en las diversas secciones de este país.

Consta de un departamento ejecutivo con un _Mayor_ o _Intendente_

a su cabeza. El intendente es elegido por los habitantes de la

ciudad y ocupa el cargo por uno, dos, tres y cuatro años, según las

disposiciones de la ley respectiva. Bajo su dirección existen varios

jefes de departamento,--comisionados de limpieza pública, tasadores,

encargados de las instituciones de beneficencia, etc.,--y éstos

diversos funcionarios son unas veces elegidos por el pueblo y otras

nombrados por el intendente o el concejo de la ciudad. El concejo es

un cuerpo legislativo que comprende generalmente dos cámaras, la de

los _aldermen_ y el concejo común, elegido por los ciudadanos; pero

en muchas ciudades pequeñas y en otras de las grandes, como Chicago

y San Francisco, no hay sino una cámara. Además, existen jueces del

municipio (_city judges_) algunas veces nombrados por el gobernador del

Estado, para servir por el término de su vida o mientras dure su buena

conducta, pero comúnmente elegidos por el pueblo por un corto lapso de

tiempo.

Todos los gastos para objetos urbanos son votados por el concejo del

municipio (_city council_); y en regla general dicho concejo ejerce

cierto control sobre los jefes de los departamentos ejecutivos por

intermedio de comités constituidos de su seno. Así, puede haber un

comité de vías de comunicación, otro de edificios públicos, otro

de parques o establecimientos de beneficencia, etc. El jefe del

departamento depende, más o menos, del comité respectivo, lo que en

la práctica en lugar de ser una ventaja, se critica severamente, pues

este sistema reparte y debilita la responsabilidad. Los jefes de los

departamentos son autónomos en la esfera de sus funciones. Cuando el

_Mayor_ los nombra, generalmente lo hace con la venia del concejo

municipal o de una de sus ramas. El _Mayor_ no es un miembro de dicho

concejo, pero puede vetar sus resoluciones, que, sin embargo, pasan a

pesar de su veto por una mayoría de dos tercios.

Los gobiernos municipales constituídos en esa forma se asemejan a

gobiernos de Estado en pequeño. La relación del _Mayor_ al concejo

municipal es análoga a la del gobernador en relación a la legislatura

del Estado y a la del Presidente de la República en relación con el

Congreso Nacional. En teoría nada parece más republicano, aunque en

la práctica el sistema deja mucho que desear. Las grandes metrópolis

se quejan de contribuciones excesivas, de despilfarro de los dineros

públicos, de la corrupción administrativa, del mal pavimento y de

la falta de limpieza, de la policía deficiente y de otros males

semejantes. «El gobierno republicano que a pesar de sus inevitables

deficiencias parece funcionar admirablemente bien en los distritos

rurales, en los Estados y en la Nación, ha sido mucho menos feliz en

su aplicación a las ciudades, dice textualmente John Fiske, en un

libro reciente. Hace cincuenta años estábamos autorizados a hablar del

gobierno civil en los Estados Unidos, como si hubiera caído del cielo

o hubiera surgido por algún milagro en el suelo americano y teníamos

motivo para creer que en las meras formas republicanas existía una

especie de virtud mística que las convertía en una panacea para todos

los males políticos. Nuestra experiencia posterior con las ciudades

ha sacudido duramente esta disposición del ánimo. Ha proporcionado

hechos que no concuerdan con la teoría favorable hasta el punto de

que nuestros escritores y nuestros oradores parecen dispuestos a

derramar su _spleen_ sobre las desgraciadas ciudades, tal vez con

demasiada rudeza. Las oímos llamar «albañales de corrupción» y «llagas

de nuestro cuerpo político». Sin embargo, y con toda probabilidad

nuestras ciudades están destinadas a aumentar en número y a crecer día

por día; así tal vez es justo considerar con calma los problemas que

presentan y que no fueron previstos cuando se fraguó hace cien años

nuestra teoría de gobierno, problemas que a medida que la experiencia

nos haya instruído lo suficiente, podemos esperar serán resueltos

con éxito; como lo han sido otras cosas. Una discusión general de

este tema no cabe en los límites de un breve croquis histórico. No

obstante, nuestra exposición sería incompleta si nos abstuviéramos de

mencionar algunas de las tentativas que se han hecho, con el objeto

de reconstruír nuestras teorías sobre el gobierno municipal y mejorar

su funcionamiento. Y ante todo, señalemos algunas de las dificultades

peculiares del problema para poder comprender por qué debemos esperar

tener menos éxito en el manejo de nuestras ciudades que en el de

nuestras comunidades rurales, en el de los Estados o en el de la

Nación.»[1].

El distinguido publicista hace notar, apoyándose en cifras estadísticas

sorprendentes, el crecimiento de las ciudades americanas. Ese hecho

es tan conocido que considero inútil reproducir los datos aglomerados

por él en su interesante trabajo. El mismo fenómeno se nota en varias

ciudades argentinas, especialmente en Buenos Aires y el Rosario, lo

que hace particularmente aplicables a nosotros en cierto sentido

las reflexiones que le sugiere el cambio repentino de condiciones

urbanas que puede decirse sorprendía desprevenidos a los primitivos

legisladores de este país.

La rapidez del desarrollo de las ciudades, en efecto, y el hecho ha

sido señalado por todos los escritores americanos que han estudiado

este asunto, acarrea consecuencias importantes que es necesario

tener en cuenta. En primer lugar, obliga a la ciudad a efectuar

grandes desembolsos de dinero con el objeto de obtener resultados

inmediatos. Las obras públicas deben emprenderse con intención de

acabarlas pronto, antes que con el de hacerlas sólidas y completas.

Los pavimentos, los caños de desagüe y los depósitos de agua potable

deben ser usados al instante aun cuando se proyecten en una forma

inadecuada o se construyan de una manera imperfecta; y así, antes de

mucho tiempo, la obra tiene que hacerse de nuevo. Tales condiciones

de apuro imperioso aumentan las tentaciones deshonestas así como las

tendencias a incurrir en errores de juicio de parte de los hombres que

administran los fondos públicos. Además, el crecimiento rápido de una

ciudad, especialmente de una ciudad nueva, representa la construcción

inmediata de cierta cantidad de obras públicas para las cuales se

necesita apelar al crédito y la deuda exige contribuciones pesadas. Es

un caso semejante,--dice Mr. Fiske,--al del joven que, con el objeto

de asegurar un hogar para su familia, rápidamente aumentada, compra

una casa gravada con una fuerte hipoteca. Dos veces por año debe pagar

una gran cuenta de interés y para afrontarla debe economizar sobre

su mesa y de cuando en cuando negarse a sí mismo un traje nuevo. De

igual manera, si una ciudad tiene que imponer fuertes contribuciones

para pagar sus deudas, debe reducir sus gastos corrientes en alguna

parte y los resultados se transparentan en la relajación o ineficacia

del servicio afectado. Mr. Low declara que «muy pocas de las ciudades

americanas han acabado de satisfacer por completo el costo de sus

primeras obras para la provisión de agua corriente.» Finalmente, la

falta de previsión origina mucho derroche. No es fácil prever cómo

crecerá una ciudad o la naturaleza de las necesidades que dentro de

algunos años se harán sentir en ella[2]. Además, aun cuando se tenga

esa previsión no es fácil asegurar la previsión práctica de un concejo

municipal elegido por sólo un año. Sus miembros temen aumentar las

contribuciones ese año y la consideración de lo que sucederá diez años

después les parece «visionaria». El hábito de hacer las cosas a medias

es señalado a menudo como una especialidad americana. Este hábito ha

sido indudablemente fomentado por condiciones que en muchos casos han

hecho absolutamente necesario adoptar arreglos provisorios.

No puede seguirse el desarrollo de este análisis detallado sin que

resulte a primera vista la perfección con que él explica y hasta cierto

punto disculpa muchas de las deficiencias de los servicios municipales

en ciudades como las nuestras que tienen que luchar no sólo con los

inconvenientes señalados sino con otros que han sido evitados en las

capitales americanas y que radican entre nosotros en causas que están

al alcance del observador superficial y que es inútil mencionar. Basta

observar que,--como dice John Fiske,--a medida que una ciudad aumenta

en tamaño (y ninguna lo ha hecho más en cierto período que Buenos

Aires), la cantidad de gobierno que ella exige, aumenta en proporción,

su organización se complica, los resortes de su administración se

multiplican, así como el número de empleados que reclama su servicio y

de detalles que deben vigilarse. Para probar esto, John Fiske cita el

caso de Boston, enumerando su mecanismo comunal, apoyado en la obra de

Bugbee sobre el _Gobierno Municipal de Boston_.

En la metrópoli de Massachussetts, existen tres comisionados de

calles con el poder de hacer construir pavimentos y cobrar perjuicios

causados a los mismos. Los siguientes funcionarios son nombrados

por el _Mayor_ con venia de los _aldermen_: un superintendente de

vías públicas, un inspector de edificios, tres comisarios para cada

uno de los departamentos de incendio y de higiene, cuatro para los

indigentes, además de un consejo de nueve directores para el manejo

de los asilos, casas de corrección, hospitales de lunáticos, etc.; un

consejo de hospitales municipales compuesto de cinco miembros; cinco

directores de la biblioteca pública; tres comisarios, para cada uno

de los departamentos de parques y aguas corrientes; cinco avaluadores

jefes para estimar el valor de la propiedad y avaluar los impuestos

de la ciudad; un colector de rentas; un superintendente de edificios

públicos; cinco miembros del comité directivo de cementerios; seis

comisarios de fondos de amortización; dos comisarios de archivos;

dos de escrutinio; uno de registro civil; un tesorero municipal; un

auditor; un procurador; un consejero de corporación; un arquitecto

municipal; un agrimensor; un superintendente de mercados; otro de

alumbrado público; otro de cloacas; otro de impresiones; otro de

puentes; cinco directores de _ferries_; un jefe de la bahía y diez

ayudantes; un registrador de agua; un inspector de provisiones; un

inspector de leche y vinagre; un sellador y cuatro ayudantes selladores

de pesas y medidas; un inspector de cal; tres inspectores de petróleo;

quince inspectores de pasto aprensado; un escogedor de arcos y duelas;

tres inspectores de cercas; diez capataces de matadero; diez medidores

de mármoles; nueve superintendentes de balanzas de heno; cuatro

medidores de cueros; quince medidores de maderas y corteza; veinte

medidores de granos; tres pesadores de carne; treinta y ocho de carbón;

cinco de calderas y maquinaria pesada; cuatro pesadores de lastres y

lanchas; noventa y dos empleados de pompas fúnebres; ciento cincuenta

condestables; novecientos sesenta y ocho oficiales de elección

(_election officers_) y seis delegados. Algunos de esos funcionarios

sirven sin sueldo, otros reciben sueldo fijado por el concejo y

otros perciben derechos. Además de ellos existe un secretario del

concejo comunal, elegido por este cuerpo, y un secretario municipal,

un mensajero y un empleado de comisión en cuya elección concurren

ambas ramas del concejo. El comité escolar, de veinticuatro miembros,

elegidos por el pueblo, es independiente del gobierno de la ciudad,

como la comisión de policía compuesta de tres comisarios nombrados por

el Ejecutivo del Estado[3].

La larga lista anterior, según Fiske, basta para mostrar no sólo la

inmensa cantidad de trabajo administrativo que requiere una gran ciudad

(Boston tiene hoy día unos quinientos mil habitantes) sino también la

razón por la cual el gobierno municipal es más o menos un misterio para

la mayoría de los ciudadanos. Mucha de la labor que él exige, debe

realizarse en una forma para cuya crítica se requieren conocimientos

especiales de un carácter técnico que están fuera del alcance del común

de los electores. El contribuyente encuentra excesivamente difícil

comprender la vía que lleva su dinero o cómo pueden reducirse los

gastos urbanos, y esta dificultad facilita la corrupción municipal. El

gobierno de la ciudad, en efecto, por la complicación y variedad de

materias a que debe prestar atención es de mucho más difícil vigilancia

que el del Estado o el de la Nación. La ciudad moderna se ha convertido

en una enorme corporación encargada de manejar una colosal empresa

con numerosas ramificaciones que en su mayoría necesitan aptitudes y

preparación especial.

A medida que todos esos obstáculos para un buen gobierno municipal han

ido haciéndose visibles, se ha producido en este país un movimiento

tendiente a remodelar la organización comunal bajo nuevos principios.

La antigua disposición a evitar lo que se llamaba el «poder de un

solo hombre» (_one man power_) confiando la autoridad a comisiones de

varias personas en vez de ponerlas en manos de un solo individuo,--ha

sido sustituída por la tendencia a aumentar la autoridad del _Mayor_

o _Intendente_ para imponer sobre él al mismo tiempo una suma mayor

de responsabilidad. No se ha pasado todavía a este respecto, del

período de los experimentos, pero en realidad hasta ahora,--dice John

Fiske,--«la lección que se ha aprendido es que en materias ejecutivas,

demasiada limitación de poder importa destrucción de responsabilidad;

el «círculo» (_ring_) es más temido hoy que el «poder de uno solo»; y

por consiguiente, se nota una tendencia manifiesta a destruir el mal,

concentrando la autoridad y la responsabilidad en el _Mayor_.»

Uno de los más distinguidos publicistas americanos, el Hon. Seth Low,

presidente del Columbia College y antiguo _Mayor_ de la ciudad de

Brooklyn ha estudiado de una manera admirable los problemas de la vida

municipal americana en un capítulo firmado con su nombre e incorporado

al libro famoso de James Bryce[4]. Refiriéndose a esa tendencia de

aumentar el poder del Intendente, escribe lo siguiente Mr. Low:

«La carta municipal de la ciudad de Brooklin, es probablemente el tipo

más avanzado que puede encontrarse de los resultados de este modo

de pensar. En Brooklin el poder ejecutivo del gobierno de la ciudad

está representado por el Mayor y los varios jefes de departamentos.

La parte legislativa consiste en un concejo, comunal de diez y nueve

miembros, doce de los cuales son elegidos por tres distritos, cada uno

de los cuales tiene cuatro regidores (_aldermen_), siendo los siete

restantes elegidos como regidores por toda la ciudad. El pueblo elige

tres funcionarios municipales (_city officers_) además del cuerpo de

regidores; el _Mayor_ que es el jefe real como nominal de la ciudad;

el _controlador_ que es prácticamente el tenedor de libros de la

ciudad; el _auditor_ cuyo visto bueno es necesario para el pago de toda

cuenta municipal, grande o pequeña. El _Mayor_ nombra en absoluto, sin

confirmación por el concejo comunal, todos los jefes ejecutivos de

los departamentos. Nombra, por ejemplo, el comisionado de policía, el

comisionado de incendios, el comisionado de sanidad, el comisionado

de obras urbanas, el consejero de la corporación o asesor letrado, el

tesorero municipal, el recaudador de contribuciones y en general todos

los funcionarios encargados de deberes ejecutivos. Esos funcionarios

a su vez, nombran su personal subalterno, de manera que el principio

de la responsabilidad definida informa al gobierno de la ciudad desde

los altos puestos hasta los inferiores. El _Mayor_ también nombra el

consejo de educación y el consejo de elecciones. Los funcionarios

ejecutivos nombrados por el _Mayor_ lo son por el término de dos años,

es decir, por un espacio de tiempo igual al de la duración de su cargo.

El _Mayor_ es elegido en la elección general de noviembre, entra en

su cargo el primero de enero siguiente y durante un mes los grandes

departamentos de la ciudad funcionan bajo la dirección de los empleados

nombrados por su antecesor. El primero de febrero tiene el deber de

nombrar sus propios jefes de departamentos y como ellos sirven por el

mismo tiempo que él, cada nuevo _Mayor_ tiene así oportunidad de hacer

una administración en todos sentidos armónica con sus ideales. Cada uno

de esos grandes departamentos ejecutivos está a cargo de un solo jefe,

pues la carta orgánica municipal está hecha en conformidad absoluta,

salvo una excepción que aparece como anomalía, con la teoría que donde

quiera que exista trabajo ejecutivo, él debe confiarse al cuidado

de un solo hombre. Cuando existen consejos directivos en Brooklin,

es porque su labor es de carácter más discrecional que ejecutiva.

Esos consejos son también nombrados por el _Mayor_ sin solicitar el

consentimiento del concejo de _aldermen_, pero lo son por períodos

de tiempos diferentes del suyo propio; de manera que en muchos casos

ningún _Mayor_ puede nombrar en conjunto cualquiera de esas comisiones,

a menos de ser elegido dos veces por el pueblo. En otros términos, con

excepciones insignificantes, la carta orgánica municipal de Brooklin,

ciudad de 700.000 habitantes, hace al _Mayor_ enteramente responsable

por el gobierno de la ciudad en su parte ejecutiva y al mantener sobre

él dicha responsabilidad lo provee sin temor ni limitación del poder

necesario para el cumplimiento del cargo que se le confía[5].

Estudios americanos (primera serie) · 第 6 / 16 段