Los que penetran superficialmente en las cosas de este país, se

inclinan por la segunda teoría y encuentran de muy mal tono la

francachela y sencillez americana. A mi modo de ver, nada es más

injusto que esta apreciación de viajeros superficiales u observadores

prevenidos, si bien no dejo de reconocer que algunas veces las

manifestaciones de la hospitalidad y de la obsequiosidad yankee carecen

un poco de proporción y de aticismo. Tal sucede ahora con respecto al

recibimiento del almirante Cervera y sus compañeros de cautiverio.

Ayer no más, los marinos españoles, los soldados de aquélla nación,

eran presentados por la prensa y mirados por la sociedad como seres de

una raza inferior, monstruos de brutalidad y de infamia. La bizarra

conducta del infortunado marino, al arrojar el guante a una escuadra

más poderosa que la suya, sin otra perspectiva ni esperanza que la

de la pérdida de sus buques y quizá la de su vida, merece, sin duda

alguna, que se le dispensen las consideraciones personales, dignas y

serias, con que se debe acoger a un enemigo desgraciado y reducido

a la impotencia. Pero, ¿qué pensar del entusiasmo social que se ha

despertado en favor de Cervera y de los oficiales de su estado mayor?

Los pedidos de autógrafos les llueven de todas partes de la Unión; en

las calles de Annapolis donde se encuentran detenidos bajo su palabra

de honor, los jóvenes y las señoras se disputan el honor de tratar

a los prisioneros. Si entran a una tienda, los vendedores por poco

no se empeñan en hacerles aceptar gratis sus compras. Si van a la

iglesia, el capellán sale a recibirles, los instala en el mejor banco,

y en su sermón dirige alusiones veladas pero no menos halagadoras a

su conducta. Si los desgraciados marinos y su jefe repartieran todos

los botones de sus uniformes que les piden otras tantas entusiastas

muchachas americanas, se verían en serios aprietos para andar

decentemente vestidos. Y esta efusión inmoderada de cortesía, no se

limita al público.

El superintendente de la escuela de marina, el almirante McNair, ya

ha iniciado la serie de las fiestas sociales, dando un gran banquete

en su casa en honor del almirante Cervera, de su hijo, del capitán

Eulate del _Vizcaya_, todavía no del todo restablecido de su herida,

y otros sobrevivientes del combate del 3 de julio, y en torno de la

mesa destinada a agasajarles y adornada, como es de rigor, de rosas

american-beauties y la france (a 2 dólares por flor, entre paréntesis),

se sentaron numerosas señoritas y caballeros americanos. ¿No es

realmente extraordinario este modo de tratar a un alto oficial de una

nación con la que se está en guerra y a la que se piensa aliviar de

todas sus posesiones coloniales?

Suponemos que este exceso de atención y de amabilidad será una de las

peores torturas del desgraciado almirante español y que él habrá hecho

esfuerzos plausibles por esquivar el agasajo. Pero no lo condenemos

demasiado pronto, porque su caso es difícil, casi desesperado. ¿Cómo

evitar el apretón franco y vigoroso de dos brazos americanos, cómo

librarse de la efusión entusiasta de una raza que tiene, acabo de

decirlo, la manía generosa de la hospitalidad, sin herir profundamente

los sentimientos de personas dignas de toda simpatía y respeto,

culpables, en todo caso, de una inocente falta de tino y de medida? El

festivo Larra, algo olvidado ahora, trató de hacerlo en cierta ocasión,

pero todos sabemos que no tuvo éxito, y que nada es más difícil que

huir de las seducciones amables del «Castellano viejo», aunque este

personaje, traducido al inglés, se disfrace de Uncle Sam.

Uno de los atractivos más poderosos de los «summer resorts», es la

presencia en ellos de una raza especial femenina que prospera al

halago de las brisas marinas o a la sombra de las altas montañas. La

«summer girl», la «veraniega», como podríamos traducirlo libremente,

es un tipo esencialmente americano, y, por consiguiente, completamente

original. Este interesante espécimen de la raza, no pertenece al

grupo tan conocido y visto en todas partes, de las niñas que parecen

resucitar con los primeros rayos del sol estival y llenan los parques

y los paseos de todas las grandes ciudades, con la nota alegre de

sus toilettes ligeras, y bulliciosas, para desaparecer como tragadas

por la tierra con las primeras ráfagas del otoño. ¿Qué se hace esa

eclosión amable, dónde se oculta durante la estación fría, que no

vuelve a vérsele más y se busca en vano la huella de su paso juvenil?

Ese es un misterio que ningún observador ha resuelto de una numera

satisfactoria. La «summer girl» tampoco tiene ningún punto de contacto

con la semiaventurera alegre que llena las playas del viejo mundo y va

a tejer sus intrigas cosmopolitas en el campo neutral de los casinos y

los hoteles a la moda. No es una demimondaine ni una explotadora. Es

simplemente el producto típico de una civilización especial, de una

educación _sui géneris_, de la independencia femenina convertida en

dogma, de la vida grandiosa, toda de placer y de movimiento, que es

lote común de un número considerable de muchachas americanas.

La «summer girl» no puede existir sin la prosperidad general que reina

en todas las secciones de este país. Ella pertenece generalmente a

una familia que tiene amplios recursos, aunque no haya sido lanzada

todavía en la _fashionable set_ de Nueva York, ni haya asistido a

las recepciones diplomáticas de la Casa Blanca, es decir, aunque no

haya calzado las espuelas del caballero. Sale de todos los puntos

del horizonte, con especialidad de las ciudades colosales del joven

Oeste, de Cincinnati, de Saint Louis, de alguno de los centros

manufactureros donde se forman las grandes fortunas industriales,

Pittsburgh, Providence, etc. Tiene las espaldas cubiertas por un padre

que guarda el incógnito, y sigue imperturbable en su escritorio del

piso decimosexto de algún «Equitable Building» de su ciudad natal,

acumulando dólares, mientras los suyos disfrutan de la vida al aire

libre. Va «chaperoneada» por una madre pacífica o turbulenta, por una

tía que aún conserva bríos, por un hermano que desde la madrugada hasta

el anochecer pasa sucesivamente de la bicicleta al _base-ball_, al

_golf_, al _cricket_, al _polo_, al _yachting_, y se envejece inocente,

con una expresión infantil, aumentada por los largos cabellos lacios

de los profesionales de esos interesantes _sports_, y cuya única

misión en la vida parece ser la de obedecer y halagar a su hermana.

Por eso mismo no es indispensable y se la ve frecuentemente viajar

con una amiga o instalarse por una temporada como visita o «guest»

de una familia de su círculo. Su uniforme diario, como si dijéramos

su traje de trabajo, se compone de un elegante vestido de ciclista,

sabiamente cortado, que permite ver el nacimiento de la pantorrilla

encerrada en botas elegantes de piel de Rusia, un pequeño canotier y

una blusa o camisa semimasculina con cuello rígido y deslumbrante y

puños de una blancura inmaculada. Durante la noche, naturalmente, este

traje útil para todos los paseos y juegos imaginables, es sustituído

por las toilettes complicadas que hacen tan brillante el aspecto de la

sociedad de las estaciones de verano, trajes abiertos sin mezquindad

y sin falsos pudores, que muestran complacientes las redondeces de

bustos generalmente poco desarrollados, alhajas en profusión, numerosos

anillos de un gusto y una riqueza exquisitos, que hacen resaltar el

minucioso cuidado de una mano fina y el contorno perfecto y brillante

de uñas entregadas al sabio desvelo de la manicura; encajes y sedas

demasiado ricos, pero no por eso menos elegantes y reveladores de

un lujo nuevo y desmedido. Con estos elementos y armada de estos

requisitos la «summer girl» se lanza a cuerpo perdido en el movimiento

social, es un _boute-en-train_ de todas las horas, un _flirt_ intrépido

y convencido. Su única misión en la vida, su única preocupación es

el placer, el ruido, la alegría, la actividad de una coquetería

infatigable. No va en busca de un marido ni de una aventura, porque su

posición social es demasiado envidiable para cambiarla sin reflexión

madura y porque, como la mayoría de sus compatriotas, sabe reservarse

siempre, conoce demasiado la vida y sus asechanzas para ignorar dónde

está el peligro y cómo evitarlo. Pero si encuentra a su paso un noble

europeo, un título sonoro, un diplomático que le presente en el futuro

las posibilidades de un _drawing room_ en Buckingham Palace, con la

obligada reverencia a la reina Victoria, en traje de corte y bouquet

de orquídeas, su frialdad y su indiferencia real desaparecen de pronto

para dar lugar a admirables maniobras de secuestro, que hacen caer

infaliblemente en sus redes seductoras al objeto de sus anhelos. Cuando

este hallazgo no tiene lugar la alegre mariposa vuela a otras playas

después de un tiempo más o menos largo, dejando muchos corazones

heridos, que tienen tiempo de cicatrizar hasta la próxima estación,

para volver a ser víctimas de las torturas deliciosas de otros nuevos

representantes de la misma especie femenina.

La «summer girl», en suma, es una de las infinitas variedades de este

producto refinado, excepcional, interesante, anómalo, que se llama la

mujer americana y que desafía impávida las teorías de los observadores

y el análisis de los psicólogos. Presentar todas las facetas de este

Proteo es una tarea superior a las fuerzas humanas. Muchos han querido

hacerlo sin conseguir su objeto y acaban por caer en el terreno de la

caricatura. Bourget, con todo su talento fino y complicado, con todas

las sutilezas de su visión intelectual, lo he dicho antes, no ha tenido

más éxito que el autor anónimo de _America and the Americans_ «bajo un

punto de vista francés», un librito reciente, ingenioso y entretenido

pero superficial como la charla de un _boulevardier_. Un autor

americano europeanizado, un hombre de talento penetrante y de buen

gusto exquisito, un psicólogo forrado de artista, Henry James, es a mi

modo de ver, el único que ha penetrado a fondo muchos de los rasgos

del carácter independiente y peculiar de la americana. Los que quieran

tomar la punta del hilo de Ariadna que los guiará en ese delicioso

laberinto, deben leer cuidadosamente _Daisy Miller_, _An international

episode_, _Confidence_, y, sobre todo, _The Portrait of a Lady_, una

obra maestra de observación microscópica, y al cerrar sus páginas, tan

nutridas de análisis, encontrarán en Isabel Archer la heroína de la

novela, el tipo representativo de toda una clase social brotada como

una flor preciosa y rara en este inmenso invérnaculo de caracteres

humanos.

VII

UN POCO DE FILOSOFIA POLITICA

Refiriéndose a la celebración del aniversario de la independencia de

los Estados Unidos, observa un escritor distinguido de esta nación, el

hecho de que cualquiera que sea la opinión que individualmente abriguen

los ciudadanos sobre la política contemporánea, es evidente que los

acontecimientos que se desarrollaron el año pasado han propendido

inmensamente a la formación del espíritu nacional. La conciencia de

ese espíritu ha crecido en esta república en los últimos años de una

manera visible. Jamás la historia de la vida política de este gran

estado despertó un interés tan intenso en todas las capas sociales.

Las órdenes patrióticas se han multiplicado y difundido por todos los

ámbitos del territorio de la Unión. Las prevenciones que pudieron

subsistir después del duelo heroico de la guerra de secesión, han

acabado de desaparecer al calor del entusiasmo que produjo la campaña

de Cuba. En medio de esta época de prosperidad sin tasa, en que todo

sonríe al pueblo americano, la confianza en lo futuro y la seguridad de

los gloriosos destinos que le reserva lo porvenir, son hoy universales,

y es necesario confesar que tienen una base sólida en que fundarse.

He tenido tan frecuentes ocasiones de estudiar las manifestaciones

materiales de la grandeza americana, que tal vez no estará de más

aprovechar esta fecha para hacer un poco de filosofía histórica y

política e investigar las raíces étnicas y las causas morales de

aquella grandeza. Al hacerlo me referiré a menudo a los estudios del

más completo de los escritores contemporáneos de la gran república, el

profesor John Fiske, y especialmente a su libro _American Political

Ideas_, que en el espacio de menos de doscientas páginas encierra más

substancia intelectual y más médula científica que muchas obras en diez

volúmenes.

Se habla de los Estados Unidos, generalmente, como de un país nuevo

en el sentido de la Australia o de la Nueva Zelandia; sin embargo,

como lo hace notar John Fiske, la historia de Nueva Inglaterra, por

lo menos, remonta hasta los tiempos de Jacobo I, y muchos de sus

centros rurales mantienen todavía un aire de respetable vetustez. Es

en estos centros apartados del tumulto de los negocios donde se ve

patente la base o, por mejor decir, la célula orgánica del cuerpo

político americano. En todos ellos la población respira el bienestar

y la alegría; no se ve allí ni mendigos ni vagos; la cultura de los

ciudadanos es extraordinaria; el vínculo de solidaridad y la franqueza

democrática que ligan al rico y al pobre mantiene entre todos los

habitantes un espíritu de cordial benevolencia. La tradición de los

primeros tripulantes de la _May Flower_ que desembarcaron en las rocas

de Plymouth en busca de libertad para su credo religioso, subsiste

en ellos del mismo modo que se conserva allí casi sin alteraciones

la primera forma de gobierno local ideada por sus abuelos, en la

institución del Town-meeting (asamblea del municipio). Los primitivos

pobladores, desde el momento de pisar el suelo de América, trataron

de establecer un gobierno democrático. Para precaverse de los ataques

de los indios y con propósitos de educación y de culto religioso, se

agruparon en pequeñas aldeas que, con el distrito rural circunvecino,

constituyeron municipios. Una vez por año la población de aquellos

distritos era convocada para discutir y resolver todos los problemas

que interesaran a la comunidad. Más tarde, para administrar los asuntos

en el intervalo de una asamblea a otra, se eligieron representantes de

la voluntad popular llamados «selectmen». En esta organización peculiar

a la Nueva Inglaterra y que ha sido estudiada en toda su trascendencia

y su significado por John Fiske radica toda la vida política de los

Estados Unidos. «Mantener la vitalidad en el centro sin sacrificarla

en las partes, se ha dicho con razón; perpetuar la tranquilidad en las

relaciones mutuas de cuarenta estados poderosos, teniendo al pueblo

en todas partes hasta donde sea posible en contacto directo con el

gobierno; tal es el problema político, para resolver el cual existe la

Unión Americana; y cada ciudadano americano posee, por lo menos, una

vislumbre de esta gran verdad.»

Los historiadores de la talla de Stubbs, Kemble, sir Henry Maine, etc.,

han estudiado los antecedentes del Town-meeting, encontrando sus raíces

en la primitiva y rudimentaria constitución teutónica descripta en la

_Germania_ de Tácito. Sin entrar en ese género de disquisiciones, es

curioso el hecho señalado por Fiske de la semejanza que existe entre

aquella forma de organización municipal y la que se encuentra en la

aldea rusa de nuestros días, cuyo gobierno es dirigido por una asamblea

a la que concurre todo jefe de familia para discutir y votar en asuntos

de interés común. Esta junta democrática elige al _mayor_ de la aldea

o jefe ejecutivo del municipio, al colector de impuestos, al guardián

y al zagal comunal; dirige la repartición de la tierra arable y se

ocupa de materias generales de legislación local. Con razón, dice el

autor citado, al hacer notar esta similitud curiosa, que ella no dejará

de sorprender a los que están acostumbrados a mirar a Rusia como un

país despóticamente gobernado; en tanto que en el _mir_ o comunidad

de aldea, conserva aquel país un elemento de vida política sana, cuya

importancia puede calcularse teniendo en cuenta que cinco sextas

partes de la población de la Rusia europea está comprendida en estas

comunidades.

Las formas representativas del gobierno autónomo de la comunidad

teutónica, representadas en la institución de la asamblea del municipio

(Town-meeting), son la fuente pura y cristalina de que emana todo

el sistema político que ha hecho la grandeza de la Inglaterra y que

se ha trasmitido a los Estados Unidos. El sistema político de la

Grecia antigua estaba basado en la idea de la independencia soberana

de la ciudad. La concepción romana era semejante a la griega, y

ambas ignoraron el principio representativo peculiar a la mente

teutónica. Se ha tratado de explicar estas diferencias en el hecho

de que la civilización teutónica nunca atravesó un período en que

el papel soberano estuviera representado por comunidades civiles.

«Por el contrario,--dice Fiske,--la civilización teutónica pasó del

estado de tribu al de organización nacional, antes de que ninguna

ciudad teutónica hubiera adquirido suficiente importancia para tener

derecho de reclamar su propia autonomía; y en el tiempo en que las

nacionalidades teutónicas se hallaban en vías de formación, todas las

ciudades de Europa habían estado tan largo tiempo acostumbradas a

reconocer un amo superior a ellas en la persona del emperador romano,

que hasta la misma tradición de la autonomía cívica tal como existía

en la antigua Grecia, había quedado extinguida. Esta diferencia entre

la base política de la civilización teutónica y la grecorromana es

un hecho de una importancia difícil de exagerar, y una vez penetrado

a fondo, él contribuye tal vez mejor que cualquier otro elemento a

explicar los fracasos sucesivos de los sistemas políticos griego y

romano y a inspirarnos confianza en la estabilidad futura del sistema

político creado por el genio de la raza inglesa.»

La expansión y coalescencia de municipios populosos y de la división

territorial llamada _hundred_, contribuyó a la formación de la ciudad

teutónica. En ningún caso figura ésta como equivalente al lugar de

residencia de una tribu o una comunidad de tribus. Las unidades

políticas agregadas, cuya aglomeración forma la nación en el sistema

teutónico, no se componían de ciudadanos, sino de _shires_, distritos

o departamentos rurales en que entran varias comunidades de aldea.

La ciudad era simplemente una porción del _shire_ caracterizada por

densidad mayor de población. El crecimiento de la sociedad política

grecorromana fué muy diferente. En aquélla la agregación de aldeas en

tribus y la confederación de las tribus constituyó la ciudad, grupo

político y religioso, completo y soberano. «El primer magistrado de la

ciudad no era el _ealdorman_ de la historia inglesa primitiva, dice

Fiske, sino el _rex_ o _básileus_ que combinaba las funciones de rey,

general y sacerdote. Así, políticamente, en el mundo grecorromano había

una separación entre la ciudad y el distrito rural, desconocida en el

mundo teutónico.» La diferencia fundamental entre el sistema basado en

el _shire_ y el basado en la ciudad, por eso, entraña consecuencias

que contienen la clave de toda la historia de la civilización europea

considerada bajo su aspecto político.

La primera consecuencia fluye del área diferente que ocupa el _shire_ y

la ciudad. En localidades pequeñas el pueblo encuentra fácil concurrir

a una asamblea comunal y tomar participación directa en los negocios

locales. Con el esparcimiento de la población esta asistencia se hace

difícil, y como los diferentes municipios no pueden estar representados

por todos sus habitantes, eligen de su seno cierto número de delegados

para que hablen en nombre de la respectiva localidad en el _shire-mote_

o asamblea del condado. Es en esta delegación de «hombres selectos»

u «hombres discretos», como se les llamaba en aquellas sociedades

primitivas, donde se encuentra el germen de las instituciones

democráticas y del sistema de representación, que hace posible el

mantenimiento de una agregación política tan colosal como los Estados

Unidos. En la Ciudad Antigua, por el contrario, debido a lo compacto de

la población, todos los miembros dirigentes de la comunidad se reunían

en la asamblea primaria y no representativa. Fiske señala como una

excepción que confirma la regla, el consejo anfictiónico en que estaban

representadas diferentes ciudades con fines religiosos relacionados con

el culto del Apolo Délfico.

La segunda consecuencia se deriva de esta falta de principio

representativo. La independencia y separación de los grupos que

constituyen la Ciudad Antigua no disminuye la tendencia a la guerra

sino que, por el contrario, hace muy frecuentes las ocasiones de

los conflictos armados. Los celos y rivalidades entre comunidades

políticas diversas, impulsan a éstas de una manera irresistible a

la agresión, si no existe un principio de unión que facilite el

arreglo de las cuestiones debatidas por medios pacíficos. En la

organización política grecorromana la formación de un gran estado no

podía efectuarse sino por medio de la «conquista con incorporación»

o por medio de la «federación». Ninguno de esos métodos fué adoptado

por la Grecia antigua. Cuando Esparta, por ejemplo, conquistaba otra

ciudad griega, la esclavizaba a su autoridad, por medio de un jefe con

poderes tiránicos. Atenas se inclinó más al federalismo, como se ve

por la Liga Delia, en que las ciudades egeas fueron tratadas más bien

como aliadas, aunque no poseían la facultad de manejar sus propias

fuerzas militares. Más tarde la idea federal aparece más clara y la

Liga Acaía y Etolia, según Fiske y Freeman, tienen algunos puntos de

semejanza con la organización de los Estados Unidos, pues ambas se

inclinaron más al gobierno federal que al de una mera confederación;

es decir, en ellas «el gobierno central actuaba directamente sobre

todos los ciudadanos y no solamente sobre los gobiernos locales».

El método de conquista con incorporación fué ensayado con éxito por

Roma, que tuvo la buena fortuna de emanciparse desde temprano de la

preocupación que en otras partes impedía a la Ciudad Antigua admitir

extranjeros a participar de sus franquicias. Este cambio, producido

después de la guerra social, encierra todo el secreto de la carrera

de Roma. La concentración del poder de la península en manos de una

ciudad soberana, en la lucha con organizaciones en que la desagregación

de los núcleos políticos predominaba, debía forzosamente conseguir la

victoria y hacer inevitable el dominio universal de Roma. La humanidad

debe a ese dominio no sólo el mantenimiento de la paz por un largo

período, sino la destrucción de un inmenso número de religiones de

tribu que preparó el camino para el advenimiento del Cristianismo.

Sin embargo, a pesar de la franquicia concedida dentro del recinto de

la ciudad imperial, el sistema de representación fué desconocido al

mundo romano y sus comicios constituyeron una asamblea primaria. «El

resultado fué, dice Fiske, que a medida que aumentó la burguesía la

asamblea se convirtió en una muchedumbre tumultuosa, tan poco aparente

para la transacción de los negocios públicos como lo sería una reunión

comunal de todos los habitantes de Nueva York. Las funciones que en

Atenas desempeñaba la asamblea eran ejercidas en gran parte en Roma

por el senado aristocrático; y en los conflictos que surgían entre los

partidos senatorial y popular era difícil encontrar ningún remedio

constitucional adecuado.» Esta falta de representación, produjo la

ruina de los dos sistemas fundados sobre la Ciudad Antigua.

La influencia de la centralización romana continuó haciéndose sentir

después de la caída del imperio carlovingio y a pesar del aislamiento

y la desagregación feudal, reviviendo en las manos poderosas del clero

y en las tradiciones jurídicas legadas por la antigua señora del mundo

a la sociedad medieval. Entre las grandes naciones modernas solamente

Inglaterra salió del crisol de la Edad Media con sus principios

teutónicos de «_self government_» intactos. En el continente dos

pequeñas comunidades participaron de la misma fortuna. Una de ellas

fué la comunidad holandesa, destinada a mantener una lucha tan heroica

por la libertad, y otra fué la comunidad suiza, formada de elementos

que parecen discordantes, pero que, sin embargo, se han armonizado

en una unión tan estrecha como la de cualquier organismo político

descentralizado.

Estudios americanos (primera serie) · 第 5 / 16 段