Más entretenidos que los viajes del caballero de Beaumont, son los

_Twenty four years in the Argentine Republic_, un volumen publicado

en Nueva York en 1846 por el Col. J. Anthony King, pero realmente

escrito por su amigo Thomas R. Whitney, a quien el primero narró

verbalmente los hechos de su fantástica odisea, para que éste les

diera forma literaria. El degüello de nombres, localidades y sucesos

históricos a que se asiste en el curso de la obra hace su lectura

algo difícil para el que no conoce a fondo el país y sus hombres

prominentes. Mr. Whitney probablemente no estaba en ese caso, y con

una tranquilidad pasmosa traduce de oído el nombre de los personajes

que desfilan en ella, sin tener en cuenta el _spelling_, rompecabezas

de los escolares americanos. Así, nuestro general Lavalle aparece

transformado en _Lavalia_, el gobernador Heredia, de Tucumán, es

bautizarlo _Aradia_, y surgen sucesivamente en la escena _Carrere_,

_Bustas_, _Arouz_, _Ramerez_, etc., etc. Mr. King, del mismo modo, nos

informa que «durante sus campañas era una cosa común para oficiales

y soldados hacer lo que llaman _bottes de patre_, especie de bota

hecha del cuero sacado de la pata de un potrillo». A pesar de estos

frecuentes lapsus, su libro se deja leer como una novela sensacional.

Su autor nos informa que en 1817 huyó de su hogar paterno en Boston y

se embarcó ocultamente en Norfolk, en un buque que salía con destino al

Río de la Plata, aparentemente cargado de mercaderías comunes, pero en

realidad provisto de elementos de guerra. Al llegar a nuestras playas,

el capitán del buque lo puso en tierra sin un centavo en el bolsillo,

sin conocer la lengua del país, y para mantenerse sentó plaza de

soldado. Enviado como emisario a _Ramerez_, que estaba en la _Rayada_,

el joven recluta cayó en el engranaje de la serie interminable de las

aventuras de la guerra civil. Todos los sucesos de ese período aparecen

_travestis_ en el libro de King, y me parece excusado advertir que el

que trate de estudiar en la narración de sus proezas, los accidentes de

nuestra historia, sacará el mismo resultado que el que quiera aprender

geografía en los viajes de Simbad el Marino.

Insensiblemente, la pluma ha resbalado sobre el papel, apartándome

de mi objeto que es dar una idea de las descripciones de nuestro

país que se encuentran en dos libros recientes de lengua inglesa,

así como tratar especialmente de las cartas sobre el Río de la Plata

de Mr. Frank G. Carpenter, que vienen apareciendo simultáneamente en

los siguientes diarios americanos: _Boston Globe_, _Chicago Herald_,

_Louisville Courier Journal_, _St. Louis Republic_, _Philadelphia

Press_ y _Washington Star_.

El título _Over the Andes_ debe tener un atractivo especial para los

viajeros, porque él ha sido empleado frecuentemente y acaba de serlo

de nuevo en las obras referidas, por una turista inglesa, Miss May

Crommelin y por el escritor americano Mr. Hezekiah Butterworth. El

libro de la primera es una narración incolora, una repetición insulsa

de todas las candideces de uso frecuente en los libros consagrados

a South America. La autora empieza por encontrar muy cómico que las

aguas turbias de nuestro gran río hayan dado origen a los primeros

exploradores para llamarlo _Silver River_! Sus impresiones más

agradables de Buenos Aires son las de su permanencia en casa de Mr.

Pakenham, el ministro inglés que la tuvo por huésped. Después insiste

de una manera deplorable sobre las _persianos_ de las casas, y otros

detalles por el estilo. La parte más interesante de ese libro,

generalmente mediocre, y también la más exacta, es la pintura de la

travesía de los Andes. Todo el que ha tenido que pasar una noche en

la inmunda pocilga de Punta de Vacas y cruzar por los barrancones de

Puente del Inca, de las Cuevas y del Juncal se imaginará el horror con

que una señorita inglesa debió contemplar esas posadas en su fatigosa

marcha por la cordillera. La absoluta falta de _confort_ y hasta

de limpieza, de aquellas ventas desamparadas, dan una triste idea

del grado de civilización de las dos grandes potencias americanas.

Verdad que esa incuria es un vicio de raza; son los últimos restos

del hidalguismo rancio que aún queda en nuestro continente y que hace

mirar con desdén a nuestros licurgos los detalles materiales de la

existencia. Miss May Crommelin y sus compatriotas no aceptan este

pliegue especial del carácter sudamericano y debemos confesar que en

este punto comprendemos y disculpamos su sorpresa.

El libro de Mr. Hezekiah Butterworth _Over the Andes or our boys in

new South America_, engloba en una narración novelesca de viajes y

aventuras en la nueva Sud América, como dice el autor, todos los

datos que éste ha recogido respecto a nuestros países. Parece que Mr.

Butterworth visitó a Buenos Aires en 1895, cruzó también la cordillera

por Uspallata y recorrió las principales ciudades del Pacífico. Es un

admirador entusiasta de Sarmiento, cuyas obras cita frecuentemente, y,

en general, se muestra simpático a nuestro país, aunque, dado el método

seguido en su obra, las nociones que respecto a éste se sacan de ella

son bastante confusas, y no pocas veces extravagantes. Así, al ocuparse

de nuestra literatura, después de hacer unos elogios merecidos de Guido

y Spano y otros escritores argentinos, salta hasta la cubana doña

Gertrudis Gómez de Avellaneda. El conocimiento que de nuestra lengua

posee Mr. Butterworth, no debe ser muy extenso, a juzgar por las citas

que intercala en su narración. «_¡Que sont Buenos Aires esos!_», según

él exclamó el primer aventurero español que llegó a nuestras playas.

En fin, estos son detalles y, mucho debe perdonarse a un escritor

que, a pesar de las deficiencias de su trabajo, muestra su simpatía

por el padre de nuestra patria, y encuentra acentos calurosos para

enaltecer su gloria en la oda que dedica _A la Tumba de San Martín_.

Llegué extranjero a esta tumba solitaria--dice,--en que el arte divino

ha pagado su tributo al noble, y hecho florecer el sólido mármol para

aquel que vivió para los hombres, pero que no fué de la tierra.

_I came a stranger to that lonely tomb

Where art divine had paid her dues to worth,

And made for him the solid marbles bloom,

Who lived for man, but was not of the earth..._

Las palabras que pone en boca de nuestro héroe en su sobriedad

y sencilla grandeza, tienen el mérito de la verdad y deben ser

agradecidas por todo el que siente en el fondo de su alma, las santas

palpitaciones del patriotismo: «Patriotas, parto para no regresar

jamás; no busco honores para la obra que he realizado; dejadme ver

arder el océano en el Poniente y ascender una vez más los Andes del

sol. Tres dorados imperios extienden sus manos hacia mí, con títulos,

ofrendas y pompas de los viejos reyes. Si las aceptara enajenaría mi

libertad. Combatí por la justicia, y no por el oro. Un soldado no debe

vivir donde supo triunfar. Su fama debe ser un haz de luz viviente

inmaculada y diáfana. ¡Adiós, cielo del Pacífico! ¡Adiós, Perú!

Voy a través de los mares, a vivir y morir con aquellos que no me

conocieron, pero con el alma libre, ahora que mi misión está cumplida».

_Patriots, I go, and never to return:

I seek no honors for the work I’ve done;

Let me but see the sunset ocean burn

And climb once more the Andes of the sun.

Three golden empires lift their hands to me

With titles, gifts, and pomps of kings of old!

Did I accept them, I would not be free!

I fought for right; I did no fought for gold!

A soldier should not live where he has won;

A shaft of living light his fame should be

Unsullied and unthroned! Farewell, Pacific sky!

Farewell, Perú! I go across the sea,

With those who knew me not, to live and die,

But free in soul, now that my work is done!..._

Las cartas de Carpenter tienen un carácter más serio y una información

mucho más exacta que la que campea en las producciones anteriores. Su

autor empezó su viaje sudamericano por el Pacífico, y, naturalmente, al

encontrarse en Chile, sintió cierto menosprecio por el país cosmopolita

que se le pintaba desorganizado y afeminado, del otro lado de los

Andes. Con la llegada a nuestra capital, sus prevenciones empezaron

a desvanecerse, y se advierte que a medida que tenía oportunidad

de estudiar más a fondo nuestra vida y nuestros recursos, hasta

los defectos más salientes de nuestro carácter, empieza a hallar

circunstancias atenuantes ante sus ojos. «La República Argentina me

asombra, dice al principio de una de sus cartas. Esperaba encontrar

aquí algo análogo a los Estados Unidos, pero ello es tan distinto como

los limones de las calabazas. A veces me parece que los Estados Unidos

son el limón y la Argentina la calabaza; pero más a menudo me sucede

lo contrario.» Desde luego, la diferencia de raza entre nuestro pueblo

y el del resto de Sud América le llama la atención: «Estos argentinos

no son como los sudamericanos de la costa occidental. No tienen gotas

de sangre india en sus venas. Son de pura extracción europea. No

son españoles, ni franceses, ni italianos, ni anglosajones. Están

desenvolviendo una combinación de todas estas sangres con un elemento

latino predominante. Como nosotros formamos en Norte América otra

combinación en que predomina el elemento anglosajón. Creo, sin embargo,

que nuestro tipo es muy superior al que se produce aquí.»

La influencia del elemento extranjero es señalada por Mr. Carpenter,

así como la importación de nuevas ideas que recibimos de todas partes y

que se manifiesta en adelantos materiales de diversas clases. Nuestra

capital, especialmente, llama profundamente su atención. «Buenos Aires

es el Londres, el Nueva York, el París de la República Argentina. Es

aún más. Puede casi llamarse la Argentina misma. Controla este país

como ninguna otra capital del mundo, la tierra que se supone dominar.

Es un viejo aforismo que París es la Francia. No lo es hasta el grado

que Buenos Aires es la Argentina. Hay en Francia una media docena de

ciudades que son centros comerciales independientes. París, de ningún

modo es toda Francia industrialmente. Lo es artística, social y tal

vez, intelectualmente. Buenos Aires es la capital política de la

Argentina, es su capital comercial, su capital industrial, su capital

financiera, social e intelectual. Políticamente, la mayor parte de los

congresales argentinos son ciudadanos de Buenos Aires. Muchos de ellos,

que representan distritos lejanos, practican aquí la abogacía. Viven

todo el año en la ciudad, aunque de cuando en cuando vayan a ver a sus

electores. La república se compone de suburbios suplidos por hombres

de Buenos Aires. El resultado es que cuando Buenos Aires toma rapé,

estornuda la Argentina entera.»

En medio de las observaciones de Mr. Carpenter, para no faltar a

la regla común de los viajeros, se deslizan monstruosidades como

la siguiente: «La República Argentina, es uno de los pocos países

que no tienen tratados de extradición.» Este hallazgo sorprendente

de Mr. Carpenter, es traído a colación para señalar el hecho,

desgraciadamente exacto, de que viven entre nosotros muchos ciudadanos

de la gran república que no podrían regresar impunemente a su propio

país, _without fear of the sheriff_, como dice nuestro autor. Otras

veces, sus juicios a nuestro respecto parecen por lo menos algo

exagerados, aunque tal vez esto sea un simple error de apreciación

nacido de la dificultad con que uno se juzga a sí mismo. Parece,

en efecto, según Mr. Carpenter, que somos los seres más fatuos

y pagados de sí mismos que habitan en la redondez de la tierra:

«Pensé siempre--escribe el viajero americano--que los neoyorkinos,

los bostonianos y los chicagoenses estaban tan orgullosos de sus

respectivas ciudades como el más pretensioso ciudadano encontrado en

mis viajes; pero estos argentinos llegan al _climax_. Háblese con

cualquier hombre en Buenos Aires, respecto a su ciudad, y su cabeza se

hincha al instante y toma las proporciones de una pelota de _football_.

Piensan que el sol y la luna se levantan y se acuestan sólo para la

Argentina. No se preocupan de los extranjeros, y los únicos héroes que

reverencian, son los que viven aquí. Hablaba noches pasadas con Mr.

William Bullfin de la _Southern Cross_. Es un periodista importante

de aquí. Me referí a la faz mencionada del carácter argentino. «Usted

tiene razón---me dijo--sobre la propia estimación que tienen los

argentinos. No creo que exista en Europa o en América un solo hombre

que pudiera interesar al común de las gentes viniendo a visitarnos.

Dudo si Li Hung Chang llamaría la atención en Buenos Aires de otros

que los vendedores de billetes de lotería, que como usted sabe, están

a la pesca de los recién llegados. Todo lo que deseamos saber es si

usted habla español y si está convencido de que Buenos Aires es la más

grande ciudad del mundo.» Pienso que Mr. Bullfin ha dado en la tecla,

pero, a pesar de todo, estos argentinos no son mala gente. Tienen un

carácter propio, y después de andar algún tiempo con ellos uno se

encuentra haciendo lo mismo que los demás. En mi hogar, yo tomaba mis

alimentos a la moda americana y atendía a mis negocios con regularidad

diaria. Aquí me basta el café con leche por la mañana, almuerzo a las

12, y a eso de las 5 de la tarde me sorprendo a mí mismo paseando a lo

largo de la calle Florida, como todos los demás habitantes, admirando

a las muchachas. He estado tentado varias veces de comprar un billete

de lotería y me he detenido tres veces en la escalinata de la Bolsa

inclinado a redondear algunos centavos apostando sobre el alza o la

baja del oro. Pienso que si permaneciera aquí acabaría por convertirme

en un _boomer_ argentino y llegaría--¡Dios no lo permita!--a absorber

algo del carácter nacional.»

Mr. Carpenter consagra una de sus cartas al cultivo del trigo en la

República Argentina, mostrando con bastante exactitud las perspectivas

que para la agricultura ofrece nuestro país y la capacidad productiva

que él tiene y cuyo desarrollo se encuentra apenas en la infancia.

Nuestra importancia como país agrícola, sin embargo, le parece trivial,

comparada con nuestra potencia ganadera. Reconoce con justicia que

tenemos los prados naturales más hermosos y dilatados de la tierra. El

negocio de la cría de ovejas y de la exportación de carnes le ha dado

tema para dos de sus cartas más interesantes. Los datos consignados por

Mr. Carpenter dan una idea clara del estado de aquella industria en

nuestra patria y han despertado un vivo interés en este país, donde tan

poco se conoce la vida y los recursos de las demás naciones de nuestro

continente. En este sentido, la publicación de las impresiones de viaje

de Mr. Carpenter son ventajosas para nosotros y contribuyen a disipar

muchos errores que, como artículos de fe, circulan a nuestro respecto.

El presidente de la república es descripto de la siguiente manera en

las cartas de Mr. Carpenter... «Es el general Grant de la República

Argentina, y ha sido comparado a aquél en carácter. Es todavía un

hombre fuerte, con nervio suficiente para llevar a cabo sus planes

sin mirar los obstáculos que se le pongan al frente. Es un hombre

tranquilo. Posee el don dorado del silencio y cree en el viejo

proverbio español que «en boca cerrada no entran moscas». La elección

de Roca significa que habrá estabilidad durante los seis años próximos

en la República Argentina... Fué siempre un luchador... Ha sido al

mismo tiempo un diplomático, y su gabinete responde a la idea de

armonizar todos los partidos. Goza de la confianza de los capitalistas

extranjeros, que creen que mantendrá la paz, y la paz en la Argentina

significa progreso. El presidente Roca tiene 55 años de edad. Pertenece

a una familia distinguida y nació en la provincia de Tucumán, al norte

de la república. Es un hombre de estatura erecta, bien constituído y

de anchas espaldas, y su rostro no parecería extranjero en Washington

o Londres, aunque no pasaría inadvertido en ninguna parte. Parece

más un inglés o un americano que un argentino. Lo creeriais más bien

descendiente de anglosajón que de latino. Su rostro es casi hermoso. Su

frente es alta y amplia, sus ojos brillantes y penetrantes, su nariz

pronunciada y su mandíbula fuerte. Es sencillo en su traje y maneras

y camina por las calles de Buenos Aires como cualquier ciudadano.

Nunca ha cultivado las artes del salón ni tiene gustos literarios

pronunciados, aunque es competente en historia e ilustrado en materias

políticas. Hay en él más del estadista y del soldado que del mundano,

y ha sido llamado el maestro de la ciencia política en la Argentina.»

Es inútil continuar paso a paso tras las huellas de Mr. Carpenter en

su excursión a nuestras playas, o reproducir todos sus juicios sobre

nuestros hombres y nuestras cosas. Algunos de ellos, además, hieren

la susceptibilidad del patriotismo, como los que se refieren a la

administración de nuestra justicia, o evocan recuerdos dolorosos de una

época funesta y vergonzosa, como los que pintan la bacanal financiera

en que estuvo a punto de naufragar para siempre el honor y el crédito

de la República. Es preferible detenerse aquí, aconsejando a los que

tengan interés por saber cómo se nos aprecia y se nos pesa en el

extranjero, que esperen la publicación en forma de libro de las cartas

de Mr. Carpenter, en la seguridad de que no perderán su tiempo al

recorrerlas.

VI

TEMAS DE VERANO

La guerra, que todo lo perturba, ha quitado este año algo de su

animación habitual a la temporada de verano. Es uno de los privilegios

de este país extraordinario en que todo es grande, en que todo parece

transportado a la escala de aquellos habitantes de Saturno pintados

por Voltaire en la historia de la peregrinación de Micrómegas, poseer

uno de los veranos más abrasadores de la tierra. En julio y agosto

las ciudades de la Unión no tienen nada que envidiar al Senegal o al

Amazonas. En Chicago, situado algo al norte, en Filadelfia y en Nueva

York, todos los años hay verdaderas epidemias de calor, y los diarios

llenan columnas enteras con la lista de los que mueren de insolación o

de asfixia. La vida comercial sufre una paralización relativa en todas

partes. La vida administrativa cesa por completo. Desde el presidente

de la república hasta el último portero de los ministerios, todos

buscan en las riberas del mar o en las montañas un lenitivo a la

terrible temperatura de las grandes capitales. La vida de verano tiene

encantos especiales y rasgos característicos peculiares a esta nación.

Los «summer resort», estaciones de verano, son innumerables. Los hay

para los pobres y para los ricos, para los extranjeros y para los

nacionales, en la montaña y en la orilla del mar, en la proximidad de

los grandes centros de población y en las soledades del oeste, donde se

penetra todavía en algunas regiones con ayuda del machete de desmonte.

Cada una de esas innumerables agrupaciones transitorias tiene su

especialidad original y su maravilla propia, «the biggest in the world»

o «the most beautiful in the world». Algunas, como Saratoga Springs,

gozan de una reputación universal, aunque su popularidad empieza a

decaer de una manera visible. En otras, como Atlantic City, cuya

población normal es de 15.000 habitantes, durante la estación acuden de

150 a 170.000 turistas, que llenan un número considerable de magníficos

hoteles, palacios colosales de lujo y esplendor inusitado, montados

con todos los refinamientos que exige la amplia vida americana. La

burguesía dorada y repleta de dólares, se derrumba sobre este punto

y su vecino Cape May, como una avalancha fastuosa y deslumbrante. A

Narraganset Pier va la gente alegre, los que quieren mechar en el

viejo tronco puritano un fresco retoño de vivacidad parisiense, las

señoritas del demimonde, disfrazadas aquí con todas las exterioridades

de la más «fashionable» hipocresía, los que no desdeñan las atracciones

del tapete verde y las emociones divinas de la ruleta, los que quieren

ver, en fin, los momentos de abandono de una sociedad fundada en el

trabajo y en el espíritu religioso.

En New London, en Manchester, y en otros puntos frecuentados de la

costa de Nueva Inglaterra, se encuentran los representantes de la

verdadera aristocracia americana, los miembros de las viejas familias

patriarcales, todos más o menos emparentados con Washington, por

supuesto, y provenientes del sur, especialmente de Virginia, la antigua

«madre de presidentes», hoy desbancada por Ohío y otros estados de

origen más moderno. Aquí se entrega la gente a las delicias del

_golf_, se disputa el «championship» del _base-ball_ y otros juegos

semejantes, y finalmente, se goza de las facilidades que presta el

mar que baña esas costas para navegar a la vela en yates de todas

clases y dimensiones. Al oeste van los aficionados a la vida de campo,

sin afectaciones ni complacencias, los que llevan desde la tienda de

campaña que les ha de servir de vivienda hasta las provisiones que

sustituirán a la caza y a la pesca en bosques primitivos y en lagos

donde todavía no ha resonado el silbato del vapor. Esa pasión por

_camping_ es uno de los más curiosos rasgos del espíritu americano,

algo como un atavismo de raza, impulso hereditario de la sangre de los

descendientes del antiguo _pioneer_ que hace medio siglo construía su

cabaña donde hoy se elevan ciudades de medio millón de habitantes.

Finalmente, en Newport, el más conocido de los _summer resorts_

americanos en el extranjero, se aglomera la nueva aristocracia del

dinero, los _four hundred_ de Nueva York, de Chicago, de Filadelfia, de

Boston, los millonarios y archimillonarios cuyo nombre resuena en todas

partes con mezcla de admiración y de envidia, la señora Potter-Palmer,

la «reina de Chicago», los Vanderbilt, con su acompañante Chauncey M.

Depew, el más popular y cosmopolita de los políticos y hombres de mundo

americanos, los Ogden Goëlet, los Astor, los Bryce, los Belmont, y

otros muchos cuya mención sería fatigosa.

Todo este grupo _fin de siècle_ o _up-to-date_, como se dice aquí, se

encuentra ahora preocupado de «entretener» al conde de Turín, y lo

hace a la moda y con el padrón habitual de la hospitalidad americana,

hospitalidad estruendosa, infatigable, delirio de atenciones, de mimos,

de fiestas, de paseos, de comidas, de bailes, de _five o’clock teas_,

de _sailing parties_, de _bicycle parties_, de _parties_ a caballo,

en carruaje, a vapor, en automóvil, en todos los medios de locomoción

imaginados e imaginables. El héroe de estas manifestaciones sociales,

naturalmente se encuentra feliz, y sería un monstruo de ingratitud si

no conservara de su paso por este país un recuerdo adorable. No hace

mucho tiempo, el príncipe heredero de Bélgica agotó el mismo programa

de diversiones. Ahora le toca el turno al conde de Turín, en tanto no

lo sustituya algún otro personaje de sangre real.

La hospitalidad americana es realmente, y sin ironía, espléndida y

abrumadora. En ninguna parte del mundo el extranjero es recibido con

las manos más abiertas ni se le introduce tan pronto en el seno de la

sociedad más distinguida. Y esta condición es inherente al americano

rico como al de mediana fortuna, al de las grandes ciudades como al de

los pueblos en formación. Naturalmente, son las familias pudientes las

que principalmente hacen el gasto en las recepciones de los viajeros

de nota. Pero todos son iguales en este sentido y cada uno invita al

extranjero en la medida de sus recursos y de su posición. La mezquindad

de miras europeas es aquí desconocida. ¿Se trata solamente de gozar

de la sociedad de gentes de otras tierras o existe también el orgullo

ingenuo de deslumbrar al recién venido con las maravillas y grandezas

de la patria, cubierta por los _stars and stripes_, de imponerle la

admiración que no puede menos de sentir por la potencia y civilización

de esta raza, si tiene dos dedos de sentido común, de forzarlo

a alejarse con un sentimiento de gratitud cuando deje las playas

encantadas de la Unión? ¿Es esta generosidad universal, esta amabilidad

ilimitada un testimonio de nobleza de alma o un rasgo de rastacuerismo?

¿Es esta llaneza de aborde, esta facilidad de contacto, la suprema

manifestación de una cultura y una civilización características o

simplemente el apresuramiento del _parvenu_ que quiere hacer gozar a

los otros de las sorpresas de su lujo postizo?...

Estudios americanos (primera serie) · 第 4 / 16 段