CAPITULO III.

Del grave y docto razonamiento, que un Padre Ex-Provincial de la Orden

hizo al Predicador mayor de la Casa, donde estudiaba las Artes nuestro

Fr. Gerundio.

«Aturdido estoy, Padre Fray Blas, de lo que acabo de oírle, tanto, que

aun ahora mismo estoy dudando, si me engañan mis oídos, ó si sueño lo

que oygo. Bien temia yo al oírle predicar, y al observar cuidadosamente

todos sus movimientos, ántes del Púlpito, en el Púlpito, y despues del

Púlpito, que en sus Sermones no se proponia otro fin, que el de la

vanidad, el del aplauso, y del interés; pero este temor no passaba de

ofrecimiento, y ni aun se atrevia á ser sospecha, porque no se fuesse

arrimando á juicio temerario. Mas ya veo, por lo que acabo de oírle,

que me propasé de piadoso.»

2. «Con que el fin de un Orador Christiano, y no christiano, es agradar

al Auditorio, captar aplausos, grangear crédito, hacer bolsillo, y

solicitar sus convenenzuelas! A vista de esto, ya no me admiro de que

el Padre Predicador se disponga para subir al Púlpito, como se dispone

un Comediante para salir al Theatro: muy rasurado, muy afeytado, muy

copetudo, el mejor Hábito, la capa de lustre, la saya plegada, zapatos

nuevos, ajustados, y curiosos, pañuelo de color sobresaliente, otro

blanco, cumplido, y de tela muy delgada, ménos para limpiar el sudor,

que para hacer ostentacion, de lo que debiera correrse un Religioso,

que professa modestia, pobreza, y humildad. Un Predicador Apostólico,

que subiesse á la Cáthedra del Espíritu Santo con el único fin de

enamorar á los oyentes de la virtud, y moverlos eficazmente á un santo

aborrecimiento del pecado, se avergonzaria de essos afectados adornos,

tan impropios de su estado, como de su ministerio; pero, quien sube

á profanarla con fines tan indecentes, y aún estoy por decir tan

sacrílegos, ni puede ni debe usar otros medios. No quiero decir, que

el desaliño cuidadoso sea loable en un Predicador; solo pretendo, que

la afectada curiosidad en el vestido, ó en el trage, es la cosa mas

risible, y no hay hombre de juicio, que no tenga por loco al Religioso,

que pone mas cuidado en componer el Hábito, que en componer el Sermon,

pareciéndole, que el afeyte de la persona puede suplir la tosca

grosería del papel. En una palabra, Padre mio, el que se adorna de essa

manera para predicar, bien da á entender, que no va á ganar almas para

Dios, sino á conquistar corazones para sí. No sube á predicar, sino á

galantear; tiene mas de Orate, que de verdadero Orador.»

3. «El fin de este, sea sagrado, sea profano, siempre debe ser

convencer al entendimiento y mover á la voluntad, ya sea á abrazar

alguna verdad de la Religion, si el Orador es sagrado, ya á tomar

alguna determinacion honesta y justa, si fuere profano el Orador. No

havrá leído, ni leerá jamas el Padre Predicador, que un Orador profano,

por profano que fuesse, se huviesse jamas propuesto otro fin. Este es

el único, que se propusieron en sus Oraciones Demósthenes, Ciceron,

y Quintiliano, dirigiéndose todas á algun fin honesto y laudable;

unas á conservar á la República, otras á encender los ánimos contra

la tyranía; estas á defender á la innocencia, aquellas á reprimir la

injusticia; muchas á implorar la misericordia, no pocas á excitar toda

la severidad de las leyes contra los atrevimientos de la insolencia.

Si se huviera olido, que alguno de aquellos famosos Oradores no tenian

otro fin en sus declamaciones, que hacerse oír con gusto, captar el

aura popular, ostentar el asséo ó la magestad del vestido, el ayre de

la persona, el garbo de las acciones, lo sonoro de la voz, lo bien

sentido de los afectos, la pomposa ojarasca de las palabras, y la

agudeza ó falsa brillantez de los pensamientos; si se huviera llegado á

entender, que sus harengas no se dirigian á otro fin, que á solicitar

aplausos, á conquistar corazones, y á ganar dinero, huvieran sido el

objeto de la risa, del desprecio, y aun de la indignacion de todos. Y

si algunos concurriessen á oírlos, no seria ciertamente para dexarse

persuadir de ellos, como de Oradores, sino para divertirse con ellos,

como se divertian con los Histriones, con los Pantomimos, y con los

Charlatanes. Porque en suma, mi Padre Predicador, el Orador no es mas

que un hombre, dedicado por su ministerio á instruir á los hombres,

haciéndolos mejores de lo que son. Y dígame: los hará mejores de lo

que son, el que, desde que se presenta en el púlpito, se muestra tan

dominado de las passioncillas humanas, como el que mas? Hará humilde

al vano y al sobervio, el que en todas sus acciones y movimientos

está respirando presuncion y vanidad? Corregirá la profanidad de los

adornos, y el desordenado artificio de los afeytes, el que, dentro de

los términos á que puede extenderse su estado y su profession, sube

al Púlpito de gala? Emendará los desórdenes de la codicia, el que se

sabe, que hace tráfico de su ministerio, que predica por interés, y que

rebuelve al mundo, para que le encarguen los Sermones, que mas valen?

Finalmente, á quien persuadirá, que á solo Dios debemos agradar, el que

confiessa, que en sus Sermones no tiene otro fin, que el agradar á los

hombres?»

4. «No me dirá el Padre Predicador, si los Apóstoles se propusieron

este bastardo fin en los sermones, con que doce hombres rústicos,

groseros, y desaliñados convirtieron á todo el mundo? Dirá, que Dios

hacia la costa. Y quien le ha dicho, que no la haria tambien ahora,

si se predicara con el espíritu, con que predicaron los Apóstoles?

Replicará, que aquellos eran otros tiempos, y que los nuestros son

muy diferentes, que aquellos. Qué quiere decir en esso, Padre mio?

Si quiere decir, que los Apóstoles predicaron á una gente idiota,

bárbara, inculta, ignorante, que se convencia de qualquiera cosa, y

en qualquiera manera que se la propusiessen, acreditará, que está mas

versado en leer Libros de conceptillos, que llaman predicables, y yo

llamo intolerables y contentibles, que en la historia Ecclesiástica

y profana. Sabe, que nunca estuvo el mundo mas cultivado, que quando

Dios embió sus Apóstoles á él? Ignora, que aún duraban, y duraron por

algun tiempo las preciosas reliquias del dorado Siglo de Augusto,

dentro del qual nació Christo, y en el qual florecieron mas, que en

otro alguno, todas las Artes y Ciencias, especialmente la Oratoria,

la Poesía, la Philosophía, y la Historia? Nuestro Siglo presume,

con razon ó sin ella, de mas cultivado, que otro alguno; y no se

puede negar, en algunas determinadas Facultades y Artes se han hecho

descubrimientos, que ignoraron los que le precedieron. Con todo esso,

en aquellas, que cultivaron los Antiguos, no se ha decidido hasta ahora

entre los Críticos la famosa question sobre la preferencia de estos

á los Modernos; y sepa el Padre Predicador, que, aunque las razones,

que se alegan por unos y por otros, son de mucho peso, pero el número

de votos, que están por los primeros, hace incomparables excessos al

que cuentan los segundos. Vea ahora, si eran ignorantes, bárbaros, é

incultos aquellos, á quienes predicaron y convirtieron los Apóstoles,

quando se disputa con grandes fundamentos, si nos excedieron en

comprehension, en ingenio, en buen gusto, y en cultura.»

5. «Responderá, que aun por esso mismo los Apóstoles no convertian mas

que á la gente popular, idiota, y del vulgacho. Otra alucinacion, que

nace del mismo principio. No me hará merced el Padre Predicador de

decirme, si era idiota, popular, y del vulgacho Cornelio el Centurion?

si el Eunucho de la Reyna Candace era tambien del vulgacho, y popular?

si era idiota San Dionysio Areopagita? si era un pobre ignorante San

Justino Mártyr? si San Clemente Alexandrino fué idiota? si era popular,

del vulgacho San Lino, y sus Padres Herculano y Claudia, ambos de las

familias mas ilustres de Toscana? si tantos Reyes, tantos Príncipes, y

tantos Magistrados, como convirtieron los Apóstoles en sus respectivas

Provincias, eran del vulgacho, y populares? Un Predicador, que siquiera

se tomasse el corto y necessario trabajo de leer las Vidas de los

Santos, de quienes predica, no incurriria en semejante pobreza; pero

como no ha de incurrir en esta, y en mas crassas ignorancias, quando

muchas veces quien tiene ménos noticia del Santo, á que se predica, es

el mismo Predicador, haciendo vanidad de tomar assuntos tan abstraídos,

que un mismo Sermon se pueda predicar á San Liborio, á San Roque,

á San Cosme y San Damian, á la Vírgen de las Angustias, y, en caso

necessario, á las benditas Animas del Purgatorio?»

6. «Pero, si acaso quiere decir el Padre Predicador, que aquellos

primeros tiempos de la Iglesia, aunque no eran ménos instruídos, eran

ménos estragados que los nuestros, y consiguientemente no era tan

dificultoso reducirlos á la verdad del Evangelio con razones claras,

naturales, desnudas, y sencillas, dirá otra necedad, que en conciencia

no se le puede perdonar. Con que, eran ménos estragados, que los

nuestros, unos tiempos, en que los vicios eran adorados como virtudes,

y las virtudes aborrecidas como vicios? Unos tiempos, en que la

incontinencia recibia inciensos en Cytheréa, la embriaguez adoraciones

en Bacho, el latrocinio sacrificios en Mercurio? Unos tiempos en que se

adoraba á Júpiter estrupador, á Vénus incestuosa, á Hércules usurpador,

y á Caco ratero? Unos tiempos, en que la vanidad se llamaba grandeza de

corazon, el orgullo elevacion de espíritu, la sobervia magnanimidad,

la usurpacion heroismo, y al contrario, la modestia, el encogimiento,

la moderacion, y el retiro, se trataban como baxeza de ánimo, como

apocamiento, no solo inútil, sino pernicioso á la sociedad?»

7. «Mas no quiero estrecharle tanto: no quiero hacer cotejo de nuestro

Siglo con el primer Siglo de la Iglesia; conténtome con hacer la

comparacion entre nuestros tiempos y aquellos, en que floricieron los

Paduas, los Ferreres, los Thomases de Villanueva. Dígame: hay mucha

diferencia entre nuestras costumbres y las de aquellos tiempos? Si

sabe algo de historia, precisamente responderá, que, si hay alguna

diversidad, es en los trages, en las modas, en la mayor perfeccion de

las lenguas, y en algunos usos puramente accidentales y exteriores;

que en lo demas reynaban entónces, como ahora, las mismas costumbres,

las mismas passiones, las mismas inclinaciones, los mismos vicios, los

mismos desórdenes; solo, que estos eran mas frequentes, mas públicos, y

mas escandalosos en aquellos tiempos, que en estos. Con todo esso, qué

conversiones tan portentosas y tan innumerables no hicieron aquellos

Santos en los suyos? Qué séquito no tenian siempre que predicaban,

despoblándose las Ciudades y aun las Provincias enteras por oírlos? Y

se predicaban á sí mismos? No se proponian otro fin en sus Sermones,

que el de captar aplausos, grangear admiraciones, ganar dinero, y

meter ruído en el mundo? Metíanle, y grande; pero, era esto lo que

ellos intentaban? Y conseguíanlo por unos medios tan impropios, tan

indecentes, tan indignos, y aun estoy por decir tan sacrílegos?»

8. «Paréceme, que estoy ya oyendo lo que me dirá interiormente el

Padre Predicador: lo que veo, es que yo lo consigo por los que uso;

que tambien meto ruído; que me siguen, que me aplauden, y que me

admiran. Lindamente! Y de ahí, qué se infiere? Que predica bien? Que

sabe siquiera lo que se predica? O qué mala consequencia! Mete ruído;

tambien le mete una farsa, quando entra en un Lugar. Síguenle; tambien

se sigue á un charlatan, á un truhan, á un titiritero, á un arlequin,

quando hacen sus habilidades en un Pueblo. Apláudenle; pero quienes?

los que oyen como Oráculo á un infeliz Zapatero, y los que celebran

á un Predicador, como pudieran á un Representante. Admíranse al

oírle; pero de qué? los necios y los aturdidos, de su osadía y de sus

gesticulaciones; los cuerdos y los inteligentes, de su satisfaccion y

de su falta de juicio.»

9. «Ora bien, Padre Predicador, quien le ha dicho, que los aplausos

y las admiraciones de la muchedumbre son hijas de los aciertos?

Frequentíssimamente, por no decir las mas veces, son hijas de la

ignorancia. El vulgo, por lo comun, aplaude lo que no entiende; y sepa,

que en todas las classes de la República hay mucho vulgo. Ya havrá

leído ú oído lo de aquel famoso Orador, que harengando en presencia de

todo el Pueblo, y oyendo hácia la mitad de la Oracion una especie de

alegre murmurío de la multitud, que le sonó á aclamacion, se volvió

á un amigo suyo, que estaba cerca, y le preguntó sobresaltado: _He

dicho algun disparate? porque este aplauso popular no puede nacer de

otro principio_. Aun el mismo Ciceron, que no escupia los aplausos,

desconfiaba de ellos, si eran muy frequentes, pareciéndole, que, no

siendo possible merecerlos siempre, necessariamente havia de tener en

ellos mucha parte la adulacion ó la ignorancia: _No gusto oír muchas

veces en mis oraciones: qué cosa tan buena! no se puede decir mejor.

Belle et præclare nimium, sæpe, nolo._»

10. «Aún mas equívocas son las admiraciones que los elogios; estos

nunca debieran dirigirse sino á lo bueno y á lo sólido; aquellas

pueden, sin salir de su esfera, limitarse precisamente á lo singular

y á lo nuevo; porque la admiracion no tiene por objeto lo bueno, sino

lo raro. Y assí, dice discretamente un Jesuíta Francés, muy al caso

en que nos hallamos, que _puede suceder, y sucede con frequencia, una

especie de paradoxa en los Sermones; esta es, que el Auditorio tiene

razon para admirar ciertos trozos del discurso, que se oponen al juicio

y á la razon; y de aquí nace, que muy frequentemente se condena poco

despues lo mismo, que á primera vista se havia admirado_. Quantas veces

lo pudo haver notado el Padre Predicador? Están los oyentes escuchando

un Sermon con la boca abierta, embelesados con la presencia del

Predicador, con el garbo de las acciones, con lo sonoro de la voz, con

la que llaman elevacion del estilo, con el cortadillo de las cláusulas,

con la viveza de las expressiones, con lo bien sentido de los afectos,

con la agudeza de los reparos, con el aparente desenredo de las

soluciones, con la falsa brillantez de los pensamientos. Miéntras

dura el Sermon, no se atreven á escupir, ni aun apénas á respirar,

por no perder ni una sýlaba. Acabada la Oracion, todo es cabezadas,

todo murmuríos, todo gestos, y señas de admiraciones. Al salir de la

Iglesia, todo es corrillos, todo pelotones, y en ellos todo elogios,

todo encarecimientos, todo assombros. Hombre como este! Pico mas bello!

Ingenio mas agudo!»

11. «Pero, qué sucede? Algunos hombres inteligentes, maduros, de

buena crítica, y de juicio claro, que oyeron el Sermon, y no se

dexaron deslumbrar, no pudiendo sufrir, que se aplauda lo que debiera

abominarse, sueltan ya esta, ya aquella especie, contra todas las

partes, de que se compuso el Sermon, y hacen ver con evidencia, que

todo él fué un texido de impropiedades, de ignorancias, de sandeces,

de pobrezas, y quando ménos ménos de futilidades. Demuestran con toda

claridad, que el estilo no era elevado, sino hinchado, campanudo,

ventoso, y de pura ojarasca; que las cláusulas cortadas y cadenciosas

son tan contrarias á la buena prosa, como las llenas y las numerosas,

pero sin determinada medida, lo son al buen verso; que este género de

estilo causa risa, ó por mejor decir, asco, á los que saben hablar y

escribir; que las expressiones, que se llaman vivas, no eran sino de

ruído y de boato; que aquel modo de sentir, y de expressar los afectos,

mas era cómico y theatral que Oratorio, loable en las tablas, pero

insufrible en el Púlpito; que los reparos eran voluntarios, su agudeza

una fruslería, y la solucion de ellos tan arbitraria como futil; que

los pensamientos se reducian á unos dichicos de conversacion juvenil, á

unos retruécanos ó juguete de palabras, á unos conceptos poéticos, sin

meollo ni xugo, y sin solidez; que en todo el Sermon no se descubrió

ni pizca de sal Oratoria, pues no havia en él ni assomo de un discurso

methódico y seguido; nada de enlace, nada de conexion, nada de

raciocinio, nada de mocion: en fin, una escoba desatada, conceptillos

esparcidos, pensamentuelos esparramados por aquí y por allí, y acabóse.

Con que, todo bien considerado, no havia que aplaudir, ni que admirar

en nuestro Predicador, sino su voz, su manotéo, su presuncion, y su

reverendíssimo _coram vobis_. Los que oyen discurrir assí á estos

hombres perspicaces, penetrativos, y bien actuados en la materia,

vuelven de su alucinacion, conocen su engaño, y el Predicador, que

por la mañana era admirado, ya por la tarde es tenido por pieza; los

compasivos le miran con lástima, y los duros con desprecio.»

12. «No quiero mas prueba de esta verdad, que los Sermones mismos

del Padre Predicador. Quanto se celebró, y quanto se admiró aquella

famosa entradilla del Sermon de la Santíssima Trinidad: _Niego, que

Dios sea Uno en essencia, y Trino en Personas?_ Quanto se admiró, y

quanto se ponderó la otra del Sermon de la Anunciacion: _A la salud

de ustedes, Cavalleros?_ Qué elogios no se oyeron de una y otra al

acabarse las funciones? Pero, quanto duraron estas admiraciones y

estos aplausos? El tiempo, que tardó un hombre zeloso, charitativo, y

prudente en abrir los ojos á los oyentes, para que conociessen, que la

primera proposicion havia sido una grandíssima heregía, y la segunda

una grandíssima borrachera; y quando ménos, añadida la explicacion de

la una y de la otra, ambas havian quedado en dos grandes insulseces.

Porque la primera se reduxo á decir, que muchos Hereges havian negado

el Mysterio de la Santíssima Trinidad: miren qué noticia tan exquisita!

Y la segunda, estrujada su substancia, no vino á decir mas, que

Christo ó el Verbo Divino havia encarnado por la salud de los hombres:

miren qué pensamiento tan delicado! Luego que sus oyentes cayeron en

la cuenta, quedaron corridos de lo mismo, que havian admirado poco

ántes; y sé muy bien, que en las mismas tardes de la Trinidad y de

la Anunciacion se lo dieron á entender al Padre Predicador, si él

huviera querido percibirlo. Porque yendo á visitar á sus penitentas,

como lo acostumbra los dias que predica, para recoger los aplausos de

los estrados, cierta Señorita le dixo el dia de la Trinidad: _Jesus,

Padre Predicador! Dios se lo perdone á Vm. el susto, que me dió con

el principio de su Sermon; porque cierto temí, que el Comissario del

Santo Oficio le mandasse callar, y que desde el Púlpito le llevasse

á la Inquisicion._ Y tambien sé, que otra le dixo la tarde de la

Anunciacion: _Quando Vm. comenzó el Sermon esta mañana, creí que estaba

dormida, y que soñaba, que, en lugar de llevarme á la Iglesia, me

havian llevado á la Taberna_. Ambas fueron dos pullas muy delicadas y

bien merecidas; pero, como el Padre Predicador todo lo convierte en

substancia, túvolas por chiste, y le entraron en provecho.»

13. «Estos son, Padre mio, los aplausos, que logra, aun de aquellas

personas, que no tienen mas luces, que las de un sindéresis natural

bien puesto: burlarse de él, y estimarle en lo que vale. Las que están

mas cultivadas, las que tienen alguna tintura del buen gusto, y sobre

todo aquellas, que no miran con indiferencia un ministerio tan sério

y tan sagrado de la Religion, no le puedo ponderar el dolor, que las

causa verle tan profanado en su boca, y la compassion, con que miran

tan infelizmente malogrados unos talentos, que, si los manejara como

debe, serian utilíssimos para el bien de las almas, para la gloria de

Dios, para mucha honra de nuestra Sagrada Orden, y para mas sólida y

mas verdadera estimacion del Padre Predicador. No puede dudar este la

especial inclinacion, que siempre le he manifestado, desde que fué mi

Novicio; las pesadumbres de que le libré, quando fuí Prelado suyo; la

estimacion, que hice de sus prendas siendo su Provincial, pues yo fuí

quien le colocó en el candelero, encargándole uno de los Púlpitos mas

apetecidos de la Provincia. Ya se acordará de la Carta paternal, que

con esta ocasion le escribí, recomendándole mucho, que desempeñasse

mi confianza, que no diesse ocasion, para que me insultassen los que

censuraron esta eleccion, sin duda porque le conocian mejor que yo;

predicasse á Jesu-Christo Crucificado, y no se predicasse á sí mismo,

ó, á lo ménos, que predicasse con juicio y con piedad, ya que no

tuviesse espíritu para hacerlo con zelo y con fervor. Protéstole, que

uno de los mayores remordimientos, que tengo de los muchos desaciertos,

que cometí en mi Provincialato (aunque pongo á Dios por testigo, que

todos con buena intencion), es el de haver hecho Predicador al Padre

Fray Blas, fiando la conversion de las almas á quien en nada ménos

piensa que en convertirlas, y á quien muestra tener la suya no poco

necessitada de conversion. Díle á conocer en el mundo, quando estaria

mejor en el retiro del Claustro y en la soledad del Choro. Púsele en

ocasion de que los aplausos de los necios le engreyessen, y la vanidad

le precipitasse. Conózcolo, llórolo; pero ya no lo puedo remediar,

pues veo, con imponderable dolor mio, que aun dentro de la Religion no

faltan fomentadores de su vanidad, elogiadores y panegyristas de sus

locuras; unos, porque no alcanzan mas, otros por adulacion, algunos

pocos por interés, y la mayor parte, porque se dexa llevar de la

corriente, y no tiene mas regla, que el grito de la muchedumbre.»

14. «Entre estos últimos cuento á essa pobre juventud, compuesta de

Colegiales, Philósophos, y Theólogos, que se cria en este Convento,

y á quien es indecible el daño, que hace con su mal exemplo el Padre

Predicador. Venle aplaudido, celebrado, buscado, regalado, y sobrado

de religiosas conveniencias; oyen al mismo Padre Predicador hacer

ostentacion pueril de ellas, alabarse de lo mucho, que le fructifica

la semilla del _Verbum Dei_; ponderar la utilidad y la estimacion

de su carrera, haciendo chunga y chacota de la de los Lectores y

Maestros de la Orden, á quienes trata de pelones, pobretes, mendigos,

pordioseros, y camaleones, que se sustentan del ayre de los ergos, y

que tienen las navetas tan vacías de chocolate, como los cascos llenos

de questiones impertinentes. Qué sucede? que cobran horror al estudio

Escolástico, tan necessario para la inteligencia de los mysterios y

de los dogmas, y, para no decir de unos y de otros tantos disparates,

como dice el Padre Predicador, dedícanse á leer libros de sermonarios

inútiles y disparatados, ó á trasladar Sermones tan ridículos, tan

insubstanciales, y aun tan perniciosos, como los del Padre Fray Blas;

tómanle á él mismo por modelo, remedándole hasta las acciones y los

movimientos, sin advertir, que los que parecen bien, quando son

naturales, se hacen risibles y despreciables en el remedo. Críanse con

esta leche, y salen despues á ser la diversion del vulgo, la admiracion

de los ignorantes, la risa de los discretos, el dolor de los piadosos,

el descrédito de la Orden, y tal vez su azote y su tormento.»

15. «Viéndolo estamos todos en esse pobre, simple, y atolondrado de

Fray Gerundio. Su sencillez por una parte, y el Padre Predicador por

otra, ambos concurren á echarle á perder á tiros largos. Aunque no le

faltan talentos, para que con el tiempo saliesse hombre de provecho,

viendo estoy, que nos ha de sonrojar, y que nos ha de dar que padecer.

No hay forma de estudiar una conferencia, de dedicarse á entender una

question, y mira con horror al estudio Escolástico, gastando el tiempo

en leer Sermones impressos, y en trasladar los manuscritos del Padre

Fray Blas. Y esto por qué? porque me dicen, que no sale de su Celda;

que tiene en ella letra abierta para desayunarse, para merendar, y

para perder tiempo; que el Padre Predicador le va imbuyendo en todas

sus máximas, hasta pegarle tambien sus afectos y desafectos, no solo

con perjuicio de su buena educacion, sino en grave detrimento de la

charidad, y de la union fraternal y religiosa.»

16. «Por tanto, Padre mio, si el amor de nuestra Madre la Religion

le debe algo; si tiene algun zelo por la salvacion de las almas, que

Jesu-Christo redimió con su preciosa Sangre; si su misma estimacion

sólida y verdadera le merece algun cariño, ruégole, por la misma

preciosíssima Sangre de Jesus, que mude de conducta: sea mas noble, mas

christiano, y mas religioso el fin de sus Sermones, y será muy otra

su disposicion: predique á Christo Crucificado, y no se predique á sí

mismo; y á buen seguro, que no pondrá tanto cuydado en el afectado

aliño de su persona: no busque otro interés, que el de las almas, _da

mihi animas_; _cætera tolle tibi_; y yo le fio, que predicará de otra

manera: no solicite aplausos, sino conversiones; y tenga por cierto,

que no solo logrará las conversiones, que desea, sino los aplausos,

que no solicita, y estos de órden muy superior al aura popular y vana,

que ahora le arrebata tanto. Sobre todo le encargo, le ruego, le

suplico, que, quando no haga caso de lo que le digo, y se obstine en

seguir el errado rumbo, que ha comenzado, á lo ménos no dogmatice,

no haga escuela tan perniciosa, no quiera imitar aquel Dragon, que

con la cola arrastró tras de sí la tercera parte de las Estrellas.

Estremézcale aquel _Væ!_ tan espantoso, contra los que escandalizan á

los pequeñuelos. Y no trate de vejez, de impertinencia, de prolixidad,

y de mala condicion de los muchos años esta paternal, charitativa, y

reservada advertencia, que le hago; sino mírela como la mayor prueba

del verdadero amor, que le professo.»

Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1 de 2) · 第 43 / 61 题