Prosigue Fr. Gerundio estudiando su Philosophía, sin entender palabra
de ella.
La verdad sea dicha (porque, qué provecho sacará el curioso lector,
de que yo infierne mi alma?), que, quanto mas cuidado ponia el
incomparable Fr. Toribio en embutir á sus discípulos en estas inútiles
sutilezas, ménos entendia de ellas nuestro Fr. Gerundio: no porque le
faltasse bastante habilidad y viveza, sino porque, como el genio y
la inclinacion le llevaban hácia el Púlpito, que contemplaba carrera
mas amena, mas lucrosa, y mas á propósito para conseguir nombre y
aplauso, le causaban tedio las materias Escolásticas, y no podia acabar
consigo el aplicarse á estudiarlas. Por esso era gusto oírle las idéas
confusas, embrolladas, y ridículas, que él concebia de los términos
facultativos, conforme iban saliendo al teatro en la explicacion
del Maestro. Llegó este á explicar los grados metaphýsicos de ente,
substancia, criatura, cuerpo, etc., y por mas que se desgañitaba en
enseñar, que todo lo que existe es ente; si se ve, y se palpa, es ente
real, phýsico, y corporeo; si no se puede ver, ni palpar, porque no
tiene cuerpo, como el alma y todo quanto ella sola produce, es ente
verdadero y real, pero espiritual, immaterial, é incorporeo; si no
tiene mas ser, que el que le dá la imaginacion y el entendimiento, es
ente intelectual, ideal, é imaginario: siendo esta una cosa tan clara,
para Fray Gerundio era una algaravía; porque, habiendo oído muchas
veces en la Religion, quando se trataba de algun sugeto exótico y
estrafalario, _vaya que esse es ente_, jamas pudo entender por _ente_
otra cosa que un hombre irregular, ó risible por algun camino. Y assí,
despues que oyó á su Lector las propiedades del ente, contenidas en
las letras iniciales de aquella palabra bárbara _R. E. V. B. A. U._,
quando veía á alguno de genio extravagante, decia, no sin vanidad de su
comprehension escolástica: este es un Reubau, como lo explicó mi Lector.
2. Por la palabra _substancia_, en su vida entendió otra cosa, mas que
caldo de gallina, por quanto siempre havia oído á su madre, quando
havia enfermo en casa, _voy á darle una substancia_. Y assí se halló el
hombre mas confuso del mundo, el año que estudió la Phýsica. Tocándole
arguir á la question, que pregunta, _si la substancia es immediatamente
operativa?_ su Lector defendia que no; y Fray Gerundio perdia los
estrivos de la razon y de la paciencia, pareciéndole, que este era el
mayor disparate, que podia defenderse, pues era claramente contra la
experiencia, y á él se le havia ofrecido un argumento, á su modo de
entender demonstrativo, que convencia concluyentemente lo contrario.
Fuése, pues, al General muy armado de su argumento, y propúsole de esta
manera: _El caldo de gallina es verdadera substancia; sed sic est, que
el caldo de gallina es immediatamente operativo: luego la substancia
es immediatamente operativa._ Negáronle la menor, y probóla assí:
_Aquello, que, administrado en una ayuda, hace obrar immediatamente,
es immediatamente operativo. Sed sic est, que el caldo de gallina,
administrado en una ayuda, hace obrar immediatamente: luego el caldo
de gallina es immediatamente operativo._ Rióse á carcajada tendida
toda la mosquetería del Aula; negáronle la menor de este segundo
sylogismo; y él enfurecido, parte con la risa, y parte con que le
huviessen negado una proposicion, que tenia por mas clara, que el Sol
que nos alumbra, sale del General precipitado y ciego, sin que nadie
pudiesse detenerle, sube á la Celda, llama al Enfermero, dícele, que
luego luego le eche una ayuda con caldo de gallina, si por dicha
havia alguno prevenido para los enfermos. El Enfermero, que le vió
tan turbado, tan inquieto, y tan encendido, creyendo sin duda, que le
havia dado algun accidente cólico, para el qual havia oído decir, que
eran admirable específico los caldos de pollo, juzgando, que lo mismo
serian los de gallina, va volando á su cocinilla particular, dispónele
la lavatiba, y adminístrasela; hace prontamente un prodigioso efecto;
llena una gran vasija, de las que se destinan para este ministerio,
y, baxando al General sin detenerse, dixo colérico al Lector, al que
sustentaba, y á todos los circunstantes: _Los que quisieren ver si el
caldo de gallina hace ó no hace obrar immediatamente, vayan á mi Celda,
y allí encontrarán la prueba; y despues que se vayan á defender, que la
substancia no es immediatamente operativa_.
3. Este lance acabó de ponerle de muy mal humor con todo lo que se
llamaba estudio Escolástico. Y, aunque algunos Padres graves y
verdaderamente doctos, que le querian bien, procuraron persuadirle, que
se dedicasse algo á este estudio, á lo ménos al de aquellas materias,
assí Phýsicas, como Metaphýsicas, que no solo eran conducentes, sino
casi necessarias para la inteligencia de las questiones mas importantes
de la Theología en todas sus partes, Escolástica, Expositiva,
Dogmática, y Moral, sin cuya noticia era impossible saber hacer un
Sermon, sin exponerse á decir mil necedades, heregías, y dislates, no
fué possible convencerle; ni, aunque le dieron algunos panes y agua,
hasta llegar tambien á media docena de despojos, ni por essas se pudo
conseguir, que se aplicasse á lo que no le llevaba la inclinacion, y
mas haviendo en casa quien le ayudaba á lo mismo.
4. Era el caso, que por mal de sus pecados se encontró nuestro Fr.
Gerundio con un Predicador mayor[27] del Convento, el qual era un
mozalvete, poco mas ó ménos de la edad de su Lector, pero de traza,
gusto, y carácter muy diferente.
5. Hallábase el Padre Predicador mayor en lo mas florido de la edad,
esto es, en los treinta y tres años cabales. Su estatura procerosa,
robusta, y corpulenta; miembros bien repartidos, y assaz symétricos
y proporcionados; muy derecho de andadura, algo salido de panza;
cuelli-erguido, su cerquillo copetudo, y estudiosamente arremolinado;
hábitos siempre limpios, y muy prolixos de pliegues, zapato ajustado,
y sobre todo su solidéo de seda, hecho de aguja, con muchas y muy
graciosas labores, elevándose en el centro una borlita muy ayrosa; obra
toda de ciertas Beatas, que se desvivian por su Padre Predicador. En
conclusion, él era mozo galan, y juntándose á todo esto una voz clara
y sonora, algo de cecéo, gracia especial para contar un cuentecillo,
talento conocido para remedar, despejo en las acciones, popularidad
en las modales, boato en el estilo, y osadía en los pensamientos, sin
olvidarse jamas de sembrar sus Sermones de chistes, gracias, refranes,
y frases de chimenéa, encajadas con grande donosura, no solo se
arrastraba los concursos, sino que se llevaba de calles los estrados.
6. Era de aquellos cultíssimos Predicadores, que jamas citaban á los
Santos Padres, ni aun á los Sagrados Evangelistas por sus propios
nombres, pareciéndoles, que esta es vulgaridad. A San Mathéo le
llamaba _el Angel Historiador_, á San Márcos _el Evangélico Toro_, á
San Lucas _el mas divino Pincel_, á San Juan _el Aguila de Patmos_,
á San Gerónimo _la Púrpura de Belen_, á San Ambrosio _el Panal de
los Doctores_, á San Gregorio _la Alegórica Thiara_. Pensar, que al
acabar de proponer el tema de un Sermon, para citar el Evangelio y el
capítulo de donde le tomaba, havia de decir sencilla y naturalmente:
_Joannis capite decimo tertio: Matthæi capite decimo quarto_, esso
era cuento, y le parecia, que bastaria esso, para que le tuviessen por
un Predicador Sabatino: ya se sabia, que siempre havia de decir: _Ex
Evangelica lectione Matthæi, vel Joannis capite quarto decimo_; y otras
veces, para que saliesse mas rumbosa la colocacion: _Quartodecimo ex
capite_. Pues qué! dexar de meter los dos deditos de la mano derecha,
con garbosa pulidez, entre el cuello y el tapacuello de la Capilla, en
ademan de quien desahoga el pescuezo, haciendo un par de movimientos
dengosos con la cabeza, miéntras estaba proponiendo el tema, y, al
acabar de proponerle, dar dos ó tres brinquitos dissimulados, y, como
para limpiar el pecho, hinchar los carrillos, y, mirando con desden á
una y otra parte del Auditorio, romper en cierto ruído gutural, entre
estornudo y relincho! esto afeytarse siempre que havia de predicar,
igualar el cerquillo, levantar el copete, y, luego que, hecha ó no
hecha una breve oracion, se ponia de pié en el Púlpito, sacar con
ayroso ademan de la manga izquierda un pañuelo de seda de á vara y
de color vivo, tremolarle, sonarse las narices con estrépito, aunque
no saliesse de ellas mas que ayre, volverle á meter en la manga á
compas y con harmonía, mirar á todo el concurso con despejo, entre
ceñudo y desdeñoso, y dar principio con aquello de _sea ante todas
cosas bendito, alabado, y glorificado_, concluyendo con lo otro de
_en el primitivo instantaneo ser de su natural animacion_: no dexaria
de hacerlo el Padre Predicador mayor en todos sus Sermones, aunque el
mismo San Pablo le predicara, que todas ellas eran, por lo ménos, otras
tantas evidencias de que allí no havia ni migaja de juicio, ni assomo
de syndéresis, ni gota de ingenio, ni sombra de meollo, ni pizca de
entendimiento.
7. Sí, andaos á persuadírselo, quando á ojos vistas estaba viendo,
que solo con este preliminar aparato se arrastraba los concursos, se
llevaba los aplausos, conquistaba para sí los corazones, y no havia
estrado ni visita, donde no se hablasse del último Sermon, que havia
predicado.
8. Ya era sabido, que siempre havia de dar principio á sus Sermones, ó
con algun refran, ó con algun chiste, ó con alguna frase de bodegon, ó
con alguna cláusula emphática ó partida, que á primera vista pareciesse
una blasfemia, una impiedad, ó un desacato; hasta que, despues de
tener suspenso al Auditorio por un rato, acababa la cláusula, ó salia
con una explicacion, que venia á quedar en una grandíssima friolera.
Predicando un dia del Mysterio de la Trinidad, dió principio á su
Sermon con este período: _Niego, que Dios sea Uno en Essencia, y Trino
en Personas_; y paróse un poco. Los oyentes, claro está, comenzaron á
mirarse los unos á los otros, ó como escandalizados, ó como suspensos,
esperando en qué havia de parar aquella blasfemia heretical. Y quando
á nuestro Predicador le pareció, que ya los tenia cogidos, prosigue con
la insulsez de añadir: _Assí lo dice el Evionista, el Marcionista, el
Ariano, el Manichéo, el Sociniaino; pero yo lo pruebo contra ellos con
la Escritura, con los Concilios, y con los Padres_.
9. En otro Sermon de la Encarnacion, comenzó de esta manera; _A la
salud de ustedes, Cavalleros_; y, como todo el Auditorio se riesse á
carcajada tendida, porque lo dixo con chulada, él prosiguió, diciendo:
«No hay que reírse, porque á la salud de ustedes, de la mia, y la de
todos, baxó del Cielo Jesu-Christo, y encarnó en las Entrañas de María.
Es artículo de Fé. Pruébolo: _Propter nos homines, et propter nostram
salutem, descendit de cœlis, et incarnatus est_.» Al oír esto, quedaron
todos como suspensos y embobados, mirándose los unos á los otros, y
escuchándose una especie de murmurío en toda la Iglesia, que faltó poco
para que parasse en pública aclamacion.
10. Havia en el Lugar un Zapatero, truhan de profession y eterno
decidor, á quien llamaban en el Pueblo _el azote de los Predicadores_,
porque en materia de Sermones su voto era el decisivo. En diciendo
del Predicador: _Gran pájaro! pájaro de quenta!_ bien podia el Padre
desvarrar á tiros largos, porque tendria seguros los mas principales
Sermones de la Villa, incluso el de la Fiesta de los Pastores, y el
de San Roque, en que havia Novillos y un Toro de muerte. Pero, si el
Zapatero torcia el hozico, y al acabar el Sermon decia: _Polluelo!
Cachorrillo! Iráse haciendo_; mas que el Predicador fuesse el
mismíssimo Vieyra, en su mesma mesmedad, no tenia que esperar volver
á predicar en el Lugar, ni aun el Sermon de San Sebastian, que solo
valia una rosca, una azumbre de hypocras, y dos quartas de cerilla.
Este, pues, formidable censor de los Sermones estaba tan pagado de
los del Padre Fray Blas (que esta era la gracia del Padre Predicador
mayor), que no encontraba voces para ponderarlos: llamábale _pájaro de
pájaros_, _el non prus hurta de los Púlpitos_, y en fin el _Orador por
Antonio mesía_, queriendo decir, _el Orador por Antonomasía_; y, como
el tal Zapatero llevaba en el lugar, y aun en todo aquel contorno, la
voz de los sermones, no se puede ponderar lo mucho que acreditó con
sus elogios á Fray Blas, y la gran parte que tuvo, en que se hiciesse
incurable su locura, vanidad, y bobería.
11. Compadecido igualmente de la sandez del Predicador, que de la
perjudicial simpleza del Zapatero, un Padre grave, religioso, docto,
y de gran juicio, que, despues de haver sido Provincial de la Orden,
se havia retirado á aquel Convento, emprendió curar á los dos, si
podia conseguirlo; y, como el dia despues del famoso Sermon de la
Anunciacion, le fuesse á calzar el Zapatero (porque era el Maestro
de la Comunidad), y este, con su acostumbrada bachillería comenzasse
á ponderar el Sermon del dia antecedente, pareciendo tambien, que en
aquello lisongeaba al Reverendíssimo, por ser Frayle de su Orden, el
buen Padre Ex-Provincial quiso aprovechar aquella ocasion, y sacando
la caxa dió un polvo á Martin (que este era el nombre del Zapatero),
hízole sentar junto á sí, y encarándose con él le dixo con grandíssima
bondad:
12. «Ven acá, Martin, qué entiendes tú de Sermones? Para qué hablas de
lo que no entiendes, ni eres capaz de entender? Si no sabes escribir,
ni apénas sabes deletrear, como has de saber, quien predica mal,
ni bien? Díme: si yo te dixera á tí, que no sabias cortar, coser,
desvirar, ni estaquillar, y que todo esto lo hacia mejor fulano
ó citano, de tu misma profession, no me dirias con razon: Padre,
déxelo, que no lo entiende; métase allá con sus libros, y déxenos á
los Maestros de obra prima con nuestra tixera, con nuestra lesna, y
con nuestro trinchete? Esto siendo assí, que saber qual zapato está
bien ó mal cosido, bien ó mal cortado, es cosa, que puede conocer
qualquiera, que no sea ciego. Pues, si un Maestro y un Predicador haria
mal en censurar, y mucho peor en dar reglas de cortar ni de coser á
un Zapatero; será tolerable, que un Zapatero se meta en dar reglas de
predicar á los Predicadores, y en censurar sus Sermones? Mira, Martin:
lo mas mas que tú puedes conocer, y en que puedes dar tu voto, es en si
un Predicador es alto ó baxo, derecho ó corcobado, Cura ó Frayle, gordo
ó flaco, de voz gruessa ó delgada, si manotéa mucho ó poco, y si tiene
miedo ó no le tiene; porque para esto no es menester mas que tener ojos
y oýdos: pero, en saliendo de aquí, no solo te expones á decir mil
disparates, sino á elogiar cien heregías.»
13. -- «Vítor, Padre Reverendíssimo, dixo el truhan del Zapatero. Y
por qué no acaba su Reverendíssima con Gracia y Gloria, para que el
Sermoncillo tenga su debido y legítimo final? Segun esso tendrá V. Rma.
por heregía aquella gallarda entradilla, con que el Padre Predicador
mayor dió principio al Sermon de la Santíssima Trinidad: _Niego, que
Dios sea Uno en Essencia, y Trino en Personas._» -- «Y de las mas
escandalosas, que se pueden oír en un Púlpito Cathólico,» respondió el
grave, y docto Religioso. -- «Pero, si dentro de poco (replicó Martin)
añadió el Padre Fr. Blas, que no lo negaba él, sino el Evarista, el
Marconista, el Marrano, el Macabéo, y el Sucio Enano, ó una cosa
assí, y sabemos, que todos estos fueron unos perros Hereges; qué
heregía de mis pecados dixo el buen Padre Predicador, sino puramente
referir la que estos Turcos y Moros dixeron?» Sonrióse el Reverendo
Ex-Provincial, y, sin mudar de tono, le replicó blandamente: «Dígame,
Martin; si uno echa un _voto-á-Christo_ redondo,[28] y de allí á un
rato añade _valillo_, dexará de haver echado un juramento?» -- «Claro
es que no, respondió el Zapatero, porque assí lo he oído cien veces
á los Theatinos, quando vienen á missionarnos el alma. Y á fé, que
en esto tienen razon; porque el _valillo_, que se sigue despues, ya
viene tarde, y es assí á la manera que digamos de aquel lo que dice
el refran: _romperle la cabeza, y despues labarle los cascos_.» --
«Pues á la letra sucede lo mismo en essa proposicion escandalosa, y
otras semejantes, que profieren muchos Predicadores de mollera por
cocer (repuso el buen Padre): la heregía ó el disparate sale rotundo,
y en todo caso descalabran con él al Auditorio, y esso es lo que
ellos pretenden, teniéndolo por gracia; despues entran las hilas, los
parchecitos y las vendas para curarle. De manera que todo el chiste se
reduce á echar por delante una proposicion, que escandalice, y quanto
sea mas dissonante, mejor; despues se la da una explicacion, con la
qual viene á quedar una grandíssima friolera. No te parece, Martin,
que, aun quando assí se salve la heregía, á lo ménos no se puede salvar
la insensatez y la locura?»
14. -- «No entiendo de Tulogías, respondió el Zapatero; lo que sé, es
que, por lo que toca á la entradilla del Sermon de ayer: _á la salud
de ustedes, Cavalleros_, ni V. Rma. ni todo el Concilio Trementino me
harán creer, que allí huvo heregía, porque la probó claramente con
el Credo: _proter nostra salute descendit de Cœlos_, y que á todos
nos dexó aturdidos.» -- «Es cierto (replicó el Rmo.), que en esso no
huvo heregía; pero no me dirá Martin, en que estuvo el chiste ó la
agudeza, que tanto los aturdió?» -- «Pues qué (respondió el Maestro
de obra prima), no es la mayor agudeza del mundo comenzar un Sermon,
como quien va á echar un bríndis; y, quando todo el Auditorio se rió,
juzgando, que iba á sacar un jarro de vino para convidarnos, echarnos
á todos un jarro de agua con un texto, que vino, que ni pintado?» --
«Oygase, Martin, le dixo con sosiego el Rmo., quando en una Taberna
comienza un borracho á predicar, qué se suele decir de él?» -- «A
essos, respondió Martin, nosotros los Cofrades de la cuba, los llamamos
los borrachos desahuciados; porque sabida cosa es, que borrachera, que
entra por la mýstica ó á la apostólica, es incurable.» -- «Pues venga
acá, buen hombre (replicó el Ex-Provincial), si la mayor borrachera
de un borracho es hablar en la Taberna, como hablan en el Púlpito los
Predicadores, será gracia, chiste, y agudeza de un Predicador, usar
en el Púlpito las frases, que usan en la Taberna los borrachos? Y á
estos Predicadores alaba Martin! á estos aplaude! Vaya, que tiene
poca razon.» -- «Padre Maestro, respondió convencido y despechado el
Zapatero: yo no he estudiado Lógica ni garambaynas; lo que digo es, que
lo que me suena me suena. V. Paternidad es de essa opinion, y otros
son de otra, y son de la misma lana, y en verdad, que no son ranas. El
mundo está lleno de envidia, y los Claustros no están muy vacíos de
ella. Viva mi Padre Fray Blas, y V. Paternidad deme su licencia, que me
voy á calzar al Padre Refitolero.»
15. No bien havia salido Martin de la Celda del Padre Ex-Provincial,
quando entró en ella Fray Blas á despedirse de su Reverendíssima,
porque el dia siguiente tenia que ir á una Villa, que distaba quatro
leguas, á predicar de la colocacion de un Retablo. Como estaban frescas
las especies del Zapatero, y el buen Reverendíssimo, ya por la honra
de la Religion, ya por la estimacion del mismo Padre Predicador, á
quien realmente queria bien, y sentia ver malogradas unas prendas,
que, manejadas con juicio, podian ser muy apreciables, deseaba lograr
coyuntura de desengañarle, y pareciéndole, que era muy oportuna la
presente, le dixo luego, que le vió: «Padre Predicador, siento, que no
huviesse llegado Vm. un poco ántes, para que oyesse una conversacion en
que estaba con Martin el Zapatero, y él me la cortó, quando yo deseaba
proseguirla.» -- «Apuesto, respondió Fray Blas, que era acerca de
Sermones, porque no habla de otra cosa, y en verdad, que tiene voto.»
-- «Podrále tener, replicó el Ex-Provincial, en saber donde aprieta
el Zapato, pero en saber donde aprieta el Sermon, no sé por qué ha de
tenerle.» -- «Porque para saber quien predica bien, ó mal, respondió
Fr. Blas, no es menester mas, que tener ojos y oídos.» -- «Pues de essa
manera, replicó el Ex-Provincial, todos los que no sean ciegos, ni
sordos, tendrán tanto voto como el Zapatero.» -- «Es que hay algunos,
respondió el Padre Fray Blas, que, sin ser sordos, ni ciegos, no tienen
tan buenos ojos, ni tan buenos oídos como otros.» -- «Esso es decir,
replicó el Ex-Provincial, que para calificar un Sermon, no es menester
mas, que ver como lo acciona, y oír como lo siente el Predicador.»
-- «No, Padre nuestro, no es menester mas.» -- «Con que, segun esso,
arguyó el Ex-Provincial, para ser buen Predicador, no es menester mas,
que ser buen Representante.» -- _Concedo consequentiam_, dixo Fray
Blas, muy satisfecho.
16. -- «Y es possible, que tenga aliento para proferir semejante
proposicion un Orador christiano, y un Hijo de mi Padre San N. que
viste su santo Hábito? Ora bien, Padre Predicador mayor: qual es el
fin, que se debe proponer en todos sus Sermones un christiano Orador?»
-- «Padre nuestro, respondió Fray Blas, no sin algun desenfado, el fin
que debe tener todo Orador christiano, y no christiano, es agradar
al auditorio, dar gusto á todos, y caerles en gracia: á los doctos,
por la abundancia de la doctrina, por la multitud de las citas, por la
variedad y por lo selecto de la erudicion; á los discretos, por las
agudezas, por los chistes, y por los equívocos; á los cultos, por el
estilo pomposo, elevado, altisonante, y de rumbo; á los vulgares, por
la popularidad, por los refranes, y por los cuentecillos, encajados con
oportunidad, y dichos con gracia; y en fin, á todos, por la presencia,
por el despejo, por la voz, y por las acciones. Yo á lo ménos, en mis
Sermones no tengo otro fin, ni para conseguirle me valgo de otros
medios; y en verdad, que no me va mal, porque nunca falta en mi Celda
un polvo de buen tabaco, una jícara de chocolate rico; hay un par de
mudas de ropa blanca; está bien proveída la frasquera; y finalmente,
no faltan en la naveta quatro doblones para una necessidad, y nunca
salgo á predicar, que no trayga cien Missas para el Convento, y otras
tantas para repartirlas entre quatro amigos. No hay Sermon de rumbo en
todo el contorno, que no se me encargue, y mañana voy á predicar á la
colocacion del Retablo de..., cuyo Mayordomo me dixo, que la limosna
del Sermon era un doblon de á ocho.»
17. Apénas pudo contener las lágrymas el Religioso y docto
Ex-Provincial, quando oyó un discurso tan necio, tan aturdido, y tan
impío en la boca de aquel pobre Frayle, mas lleno de presuncion y de
ignorancia, que de verdadera sabiduría; y compadecido de verle tan
engañado, encendido en un santo zelo de la gloria de Dios, de la honra
de la Religion, y del bien de las almas, en las quales podia hacer
gran fruto aquel alucinado Religioso, si empleara mejor sus naturales
talentos, quiso ver si podia convencerle y desengañarle. Levantóse de
la silla, en que estaba sentado, cerró la puerta de la Celda, echó la
aldabilla por adentro, para que ninguno los interrumpiesse, tomó de
la mano al Predicador mayor, metióle en el estudio, hízole sentar, y
sentándose él mismo junto á él, con aquella autoridad, que le daban sus
canas, su venerable ancianidad, su doctrina, su virtud, sus empléos, su
crédito, y su estimacion en la Orden, le habló de esta manera: