En que se parte el Capítulo quinto, porque ya va largo.
Pues con este cuidado, que el Maestro tenia de Gerundico, con la
aplicacion del niño, y con su viveza é ingenio, que realmente le
tenia, aprendió fácilmente y presto todo quanto le enseñaban. Su
desgracia fué, que siempre le deparó la suerte Maestros estrafalarios
y estrambóticos, como el Cojo, que en todas las facultades le
enseñaron mil sandeces, formándole desde niño un gusto tan particular
á todo lo ridículo, impertinente, y extravagante, que jamas huvo
forma de quitársele; y, aunque muchas veces encontró con sugetos
hábiles, cuerdos, y maduros, que intentaron abrirle los ojos, para
que distinguiesse lo bueno de lo malo (como se verá en el discurso de
esta puntual historia), nunca fué possible apearle de su capricho:
tanta impression havian hecho en su ánimo los primeros disparates. El
Cojo los inventaba cada dia mayores; y, haviendo leído en un libro,
que se intitula _Maestro del Maestro de Niños_, que este debe poner
particular cuidado en enseñarlos la lengua propia, nativa, y materna
con pureza y con propiedad, por quanto enseña la experiencia, que la
incongruidad, barbarismos, y solecismos con que la hablan toda la
vida muchos Nacionales, dependen de los malos modos, impropriedades,
y frases desacertadas, que se les pegan quando niños; él hacia
grandíssimo estudio de enseñarlos á hablar bien la lengua Castellana:
pero era el caso, que él mismo no la podia hablar peor, porque, como
era tan presumido y tan exótico en el modo de concebir, assí como
habia inventado una extravagantíssima Ortographía, assí tambien se
le havia puesto en la cabeza, que podia inventar una lengua no ménos
extravagante.
2. Miéntras fué Escribiente del Notario de S. Millan, havia notado
en varios processos que se decia assí: _quarto testigo examinado,
María Gavillan: octavo testigo examinado, Sebastiana Palomo_. Esto
_le chocaba infinitamente_; porque decia, que, si los hombres eran
testigos, las mugeres se havian de llamar _testigas_, pues lo contrario
era confundir los sexos, y parecia romance de Vizcaíno. De la misma
manera no podia sufrir, que el Autor de la vida de Santa Catalina
dixesse, _Catalina, sugeto de nuestra historia_; pareciéndole, que
_Catalina y sugeto_ eran mala concordancia, pues venia á ser lo mismo
que si se dixera: _Catalina, el hombre de nuestra historia_, siendo
cosa averiguada, que solamente los hombres se deben llamar _sugetos_,
y las mugeres _sugetas_. Pues qué, quando encontraba en un libro, _era
una muger no comun, era un gigante_? Entónces perdia los estrivos de la
paciencia, y decia á sus chicos, todo en cólera y furioso: «ya no falta
mas sino que nos quiten las barbas y los calzones, y se los pongan á
las mugeres. Por qué no se dirá, _era una muger no comuna, era una
giganta_?» Y por esta misma regla los enseñaba, que nunca dixessen,
_el alma, el arte, el agua_, sino _la alma, la agua, la arte_, pues lo
contrario era _ridicularia_, como dice el indigesto y docto Barbadiño.
3. Sobre todo estaba de malíssimo humor con aquellos verbos y
nombres de la lengua Castellana, que comenzaban con _arre_, como
_arrepentirse, arremangarse, arreglarse, arréo, &c._ jurando y
perjurando, que no havia de parar hasta desterrarlos de todos los
dominios de España, porque era impossible, que no los huviessen
introducido en ella algunos Arrieros de los que conducian el bagage
de los Godos, y de los Arabes. Decia á sus niños, que hablar de esta
manera era mala crianza, porque era tratar de burros ó de machos á
las personas. Y á este propósito los contaba, que, yendo un Padre
Maestro de cierta Religion por Salamanca, y llevando por compañero á un
Fraylecito Irlandés recien trasplantado de Irlanda, que aún no entendia
bien nuestra lengua, encontraron en la calle del Rio muchos aguadores
con sus burros delante, que iban diciendo, _arre, arre_. Preguntó el
Irlandesillo al P. Maestro, qué queria decir _are_, pronunciando la
_r_ blandamente, como lo acostumbran los extrangeros? Respondióle el
Maestro, que aquello queria decir, que anduviessen los burros adelante.
A poco trecho despues encontró el Maestro á un amigo suyo, con quien
se paró á parlar en medio de la calle: la conversacion iba algo larga;
cansábase el Irlandés, y, no sabiendo otro modo de explicarse, cogió
de la manga á su compañero, y le dixo con mucha gracia: _are Padre
Maestro, are_: lo qual se celebró con grande risa en Salamanca. «Pues
ahora, decia el Cojo hecho un veneno, que el _arre_ vaya solo, que
vaya con la comitiva y acompañamiento de otras letras, siempre es
_arre_, y siempre es una grandíssima desvergüenza y descortesía, que
á los racionales nos traten de esta manera: y assí tenga entendido
todo aquel, que me arreare las orejas, que yo le he de arrear á él el
cu...» y acabólo de pronunciar redondamente. A este tiempo le vino
gana de hacer cierto menester á un niño, que todavía andaba en sayas:
fuése delante de la mesa donde estaba el Maestro, puso las manicas,
y le pidió la caca con grandíssima innocencia, pero le dixo, que no
sabia _arremangarse_. «Pues yo te enseñaré, grandíssimo bellaco», le
respondió el Cojo enfurecido: y diciendo y haciendo, le levantó las
faldas, y le assentó unos buenos azotes, repitiéndole á cada uno de
ellos: _anda para que otra vez no vengas á arremangarnos los livianos_.
4. Todas estas lecciones las tomaba de memoria admirablemente nuestro
Gerundico; y, como por otra parte en poco mas de un año aprendió á
leer por libro, por carta, y por processo, y aun á hacer palotes, y
á escribir de á ocho, el Maestro se empeñó en cultivarle mas y mas,
enseñándole lo mas recóndito que él mismo sabia, y con lo que lo havia
lucido en mas de dos convites de Cofradía, assistiendo á la mesa
algunos Curas, que eran tenidos por los mayores Moralistones de toda
la Comarca; y uno, que tenia en la uña todo el Lárraga,[17] y era un
hombre que se perdia de vista, se quedó embobado, haviéndole oído en
cierta ocasion.
5. Fué pues el caso, que, como la fortuna ó la mala trampa deparaban al
buen Cojo todas las cosas ridículas, y él tenia tanta habilidad para
que lo fuessen en su boca las mas discretas, por no saber entenderlas,
ni aprovecharse de ellas, llegó á sus manos, no se sabe como, una
Comedia Castellana intitulada: _el Villano Cavallero_, que es copia mal
sacada y peor zurcida, de otra que escribió en Francés el incomparable
Moliere, casi con el mismo título. En ella se hace una graciosíssima
burla de aquellos Maestros pedantes, que pierden el tiempo en enseñar á
los niños cosas impertinentes y ridículas, que tanto importa ignorarlas
como saberlas; y para esto se introduce al Maestro ó al Preceptor del
repentino Cavallero, que con grande aparato, y ostentacion de voces,
le enseña como se pronuncian las letras vocales, y las consonantes. El
Cojo de mis pecados tomó de memoria todo aquel chistosíssimo passage;
y como era tan cojo de entendederas, como de piés, entendióle con
la mayor seriedad del mundo, y la que en realidad no es mas que una
delicadíssima sátyra, se le representó como una leccion tan importante,
que sin ella no podia haver Maestro de niños, que en Dios y en
conciencia mereciesse serlo.
6. Un dia pues, haviendo corregido las planas mas aprisa de lo
acostumbrado, llamó á Gerundico; hízole poner en pié delante de la
mesa, tocó la campanilla á silencio, intimó atencion á todos los
muchachos, y, dirigiendo la palabra al niño Gerundio, le preguntó con
mucha gravedad: «Díme hijo, quantas son las letras?» Respondió el niño
prontamente: «Señor Maestro, yo no lo sé, porque no las he contado.» --
«Pues has de saber, continuó el Cojo, que son veinte y quatro, y si no
cuéntalas.» Contólas el niño, y dixo con intrepidez: «Señor Maestro,
en mi cartilla salen veinte y cinco.» -- «Eres un tonto, le replicó el
Maestro, porque las dos _A_ _a_ primeras no son mas que una letra, con
forma ó con figura diferente.» Conoció que se havia cortado el chico,
y para alentarle añadió: «no extraño que, siendo tú un niño, y no
haviendo mas que un año que andas á la Escuela, no supiesses el número
de las letras, porque hombres conozco yo, que están llenos de canas, se
llaman doctíssimos, y se ven en grandes puestos, y no saben quantas son
las letras del abecedario; pero assí anda el mundo!» Y al decir eso,
arrancó un profundíssimo suspiro. «La culpa de esta fatal ignorancia la
tienen las Repúblicas y los Magistrados, que admiten para Maestros de
Escuela á unos idiotas, que no valian ni aun para monacillos; pero esto
no es para vosotros, ni para aquí: tiempo vendrá en que sabrá el Rey lo
que passa. Vamos adelante.»
7. «De estas veinte y quatro letras, unas se llaman _bocales_, y
otras _consonantes_. Las bocales son cinco, a, e, i, o, u: llámanse
bocales, porque se pronuncian con la boca.» -- «Pues acaso las otras,
señor Maestro (le interumpió Gerundico con su natural viveza), se
pronuncian con el cu...?» y díxolo por entero. Los muchachos se rieron
mucho; el Cojo se corrió un poco, pero, tomándolo á gracia, se contentó
con ponerse un poco sério, diciéndole: «no seas intrépido, y déxame
acabar lo que iba á decir. Digo, pues, que las bocales se llaman assí,
porque se pronuncian con la boca, y puramente con la voz; pero las
consonantes se pronuncian con otras bocales. Esto se explica mejor
con los exemplos. _A_, primera bocal, se pronuncia abriendo mucho
la boca, _A_.» Luego que oyó esto Gerundico, abrió su boquita, y,
mirando á todas partes, repetia muchas veces _a, a, a_: tiene razon
el señor Maestro. Y este prosiguió: «la _E_ se pronuncia acercando
la mandíbula inferior á la superior, esto es, la quijada de abajo á
la de arriba, _e_.» -- «A ver, á ver como lo hago yo, señor Maestro,
dixo el niño, _e, e, e: a, a, a, e_: Jesus, y qué cosa tan buena!»
-- «La _i_ se pronuncia acercando mas las quijadas una á otra, y
retirando igualmente las dos extremidades de la boca hácia las orejas,
_i, i_.» -- «Dexe usted, á ver si yo sé hacerlo? _i, i, i_.» -- «Ni
mas ni ménos, hijo mio, y pronuncias la _i_ _á perfeccion_. La _O_ se
forma abriendo las quijadas, y despues juntando los labios por los
extremos, sacándolos un poco hácia fuera, y formando la misma figura
de ellos como una cosa redonda, que representa una _o_.» Gerundillo
con su acostumbrada intrepidez luego comenzó á hacer la prueba y á
gritar _o, o, o_: el Maestro quiso saber si los demas muchachos havian
aprendido tambien las importantíssimas lecciones que los acababa de
enseñar, y mandó que todos á un tiempo y en voz alta pronunciassen
las letras que les havia explicado. Al punto se oyó una gritería,
una confusion, y una algarabía de todos los diantres: unos gritaban,
a, a; otros e, e; otros i, i; otros o, o. El Cojo andaba de banco en
banco, mirando á unos, observando á otros, y emendando á todos: á este
le abria mas las mandíbulas, á aquel se las cerraba un poco; á uno
le plegaba los labios, á otro se los descosía; y en fin era tal la
gritería, la confusion y la zambra, que parecia la Escuela, ni mas ni
ménos, al Choro de la Santa Iglesia de Toledo en las Vísperas de la
Expectacion.[18]
8. Bien atestada la cabeza de estas impertinencias, y muy aprovechado
en necedades y en extravagancias, leyendo mal y escribiendo peor, se
volvió nuestro Gerundio á Campazas, porque el Maestro havia dicho á
sus padres, que ya era cargo de conciencia tenerle mas tiempo en la
Escuela, siendo un muchacho, que se perdia de vista, y encargándoles
que no dexassen de ponerle luego á la Gramática, porque havia de ser
la honra de la Tierra. La misma noche que llegó, hizo nuestro Escolin
ostentacion de sus habilidades, y de lo mucho que havia aprendido en la
Escuela, delante de sus Padres, del Cura del Lugar, y de un Frayle, que
iba con Obediencia á otro Convento, porque de estos apénas se limpiaba
la casa. Gerundico preguntó al Cura: «A que no sabe usted, quantas son
las letras de la Cartilla?» El Cura se cortó, oyendo una pregunta, que
jamas se la havian hecho, y respondió: «Hijo, yo nunca las hé contado.»
-- «Pues cuéntelas usted, prosiguió el chico, y va un ochavo á que,
aun despues de haverlas contado, no sabe quantas son?» Contó el Cura
veinte y cinco, despues de haverse errado dos veces en el a, b, c; y el
niño, dando muchas palmadas, decia: «Ay! ay! que le cogí, que le gané,
porque cuenta por dos letras las dos A a primeras, y no es mas que una
letra escrita de dos modos diferentes.» Despues preguntó al Padre:
«Vaya otro ochavo á que no me dice usted como se escribe burro; con
_b_ pequeña, ó con _B_ grande?» -- «Hijo, respondió el buen Religioso,
yo siempre le he visto escrito con b pequeña.» -- «No señor, no señor,
le replicó el muchacho: si el burro es pequeñito, y anda todavía á la
Escuela, se escribe con b pequeña; pero, si es un burro grande, como el
Burro de mi padre, se escribe con B grande; porque dice señor Maestro,
que las cosas se han de escribir como ellas son, y que por esso una
pierna de baca se ha de escribir con una P mayor, que una pierna de
carnero.» A todos les hizo gran fuerza la razon, y no quedaron ménos
admirados de la profunda sabiduría del Maestro, que del adelantamiento
del discípulo, y el buen Padre confessó, que, aunque havia cursado
en las dos Universidades de Salamanca y Valladolid, jamas havia oído
en ellas cosa semejante; y vuelto á Anton Zotes y á su muger, los
dixo muy ponderado: «Señores hermanos, no tienen que arrepentirse
de lo que han gastado con el Maestro de Villaornate, porque lo han
empleado bien.» Quando el niño oyó _arrepentirse_, comenzó á hacer
grandes aspamientos, y á decir: «Jesus! Jesus! qué mala palabra!
_arrepentirse_! no señor, no señor, no se dice _arrepentirse_, ni cosa
que lleve _arre_; que esso, dice señor Maestro, que es bueno para los
burros, ó para las Ruecas (_Requas_ querrás decir, hijo, le interrumpió
Anton Zotes, cayéndosele la baba): Sí señor, para las Requas, y no para
los Christianos; los quales debemos decir _enrepentir_, _enremangar_,
_enreglar_ el papel, y cosas semejantes.» El Cura estaba aturdido; el
Religioso se hacia cruces; la buena de la Catanla lloraba de gozo; y
Anton Zotes no se pudo contener sin exclamar: _Vaya, que es bobada_!
que es la frase con que se pondera en Cámpos una cosa nunca vista ni
oída.
9. Como Gerundico vió el aplauso, con que se celebraban sus agudezas,
quiso echar todos los registros, y, volviéndose segunda vez al
Cura, le dixo: «Señor Cura, pregúnteme usted de las bocales y de las
consonantes.» El Cura, que no entendia palabra de lo que el niño queria
decir, le respondió: _De qué brocales, hijo? del brocal del pozo del
Humilladero, y del otro que está junto á la Hermita de San Blas?_ --
«No señor; de las letras consonantes, y de las bocales.» Cortóse el
bueno del Cura, confessando, que á él nunca le havian enseñado cosas
tan hondas. «Pues á mí sí», continuó el niño, y de rabo á oreja, sin
faltarle punto ni coma, los encajó toda la ridícula arenga, que havia
oído al Cojo de su Maestro sobre las letras vocales y consonantes; y en
acabando, para ver si la havian entendido, dixo á su madre: «Madrica,
como se pronuncia la _A_?» -- «Hijo, como se ha de pronunciar: assí,
_A_, abriendo la boca.» -- «No madre; pero como se abre la boca?» --
«Como se ha de abrir, hijo, de esta manera, _A_.» -- «Que no es esso,
señora: pero, quando usted la abre para pronunciar la _A_, qué es lo
que hace?» -- «Abrirla, hijo mio», respondió la boníssima Catanla. --
«Abrirla! esso qualquiera lo dice: tambien se abre para pronunciar E, y
para pronunciar I, O, U, y entónces no se pronuncia A. Mire usté, para
pronunciar A, se baxa una quijada, y se levanta otra, de esta manera»:
y, cogiendo con sus manos las mandíbulas de la madre, la baxaba la
inferior, y la subia la superior, diciéndola, que quanto mas abriesse
la boca, mayor seria la _A_ que pronunciaria. Hizo despues, que el
padre pronunciasse la E, el Cura la I, el Frayle la O, y él escogió por
la mas dificultosa de todas la pronunciacion de la U, encargándolos,
que todos á un tiempo pronunciassen la letra que tocaba á cada uno,
levantando la voz todo quanto pudiessen, y observando unos á otros la
postura de la boca, para que viessen la puntualidad de las reglas,
que le havia enseñado el Señor Maestro. El metal de las voces era muy
diferente; porque la Tia Catanla la tenia hombruna y carraspeña; Anton
Zotes, clueca y algo aternerada; el Cura, gangosa y tabacuna; el Padre,
que estaba ya aperdigado para Vicario de Choro, corpulenta y becerril;
Gerundico, atiplada y de chillido. Comenzó cada uno á representar su
papel y á pronunciar su letra, levantando el grito á qual mas podia:
hundíase el quarto; atronábase la casa; era noche de Verano, y todo
el Lugar estaba tomando el fresco á las puertas de la calle. Al
estruendo y á la algazara de la casa de Anton Zotes, acudieron todos
los vecinos, creyendo que se quemaba, ó que havia sucedido alguna
desgracia: entran en la sala; prosiguen los gritos descompasados: ven
aquellas figuras; y, como ignoraban lo que havia passado, juzgan que
todos se han vuelto locos. Ya iban á atarlos, quando sucedió una cosa,
nunca creída ni imaginada, que hizo cessar de repente la gritería,
y por poco no convirtió la música en responsos. Como la buena de
la Catanla abria tanto la boca para pronunciar su _A_, y naturaleza
liberal la havia proveído de este órgano abundantíssimamente, siendo
muger que de un bocado se engullia una pera de donguindo hasta el
pezon, quiso su desgracia que se la desencajó la mandíbula inferior
tan descompassadamente, que se quedó hecha un mascaron de retablo,
viéndosela toda la entrada del esóphago y de la traquiarteria, con los
conductos salivales, tan clara y distintamente, que el Barbero dixo
descubria hasta los vasos lympháticos, donde excretaba la respiracion.
Cessaron las voces; assustáronse todos; hiciéronse mil diligencias para
restituir la mandíbula á su lugar; pero todas sin fruto, hasta que al
Barbero le ocurrió cogerla de repente, y darla por debaxo de la barba
un cachete tan furioso, que se la volvió á encajar en su sitio natural,
bien que, como estaba desprevenida, se mordió un poco la lengua, y
escupió algo de sangre. Con esto paró en risa la funcion; y, haviéndose
instruído los concurrentes del motivo de ella, quedaron pasmados de lo
que sabia el niño Gerundio, y todos dixeron á su padre que le diesse
estudios, porque sin duda havia de ser Obispo.