20, MARTES.

Reconocidos los indios aprendidos, y tambien el herido y su estado,

convinieron los caciques, á vista de sus declaraciones y delitos

comprobados, en que yo les quitase la vida, ó castigase como quisiese,

pues podia hacerlo francamente. Que en atencion á que ellos habian

sido causantes de la desgracia del indio amigo, debian pagar con sus

bienes las heridas del enfermo, ó su muerte, á contentamiento de

los parientes que hubiese en el campamento, avisando á los demas que

tuviese en la tolderia de donde procedia. En estas circunstancias

me aproveché de sus mismas resoluciones, perdonándoles la vida, y

dejándoles asegurados hasta la llegada de los parientes del herido,

quienes dispondrian de él segun sus usos y costumbres: de cuya

resolucion quedaron todos muy agradecidos, y los reos satisfechos de la

fineza, contra el fallo de muerte que sus propios caciques habian dado.

Este accidente inopinado, unido á los antecedentes, dió un mérito

extraordinario á la resolucion, y alentó á los españoles, que se

consideraban como despreciados, y deseosos de emprender cualquiera

accion que se presentase, por la que en efecto anhelaban, incitados de

los despojos que podia prometerles la victoria, en las muchas alhajas

de plata, monturas, caballos y tegidos que traen á esta especie de

feria. Todo, por una especie de providencia, contribuyó á deslumbrarlos

y hacerles perder el empeño de atacarnos, á pesar de su muchedumbre,

y de nuestra escasa fuerza, que consistia en 21 hombres de fusil y 9

artilleros, de la que estaban bien instruidos desde el principio, y

fué causa para que nos insultase Lincon. La firmeza en sostener la

prohibicion de vender bebidas, de la que todos hicieron mal agüero,

contribuyó á persuadir á los indios que yo guardaba aun resentimientos

por sus procederes, y que deseaba declararles la guerra al mas leve

delito. Para evitarlo, se fueron despidiendo uno en pos de otro con

sus respectivas recomendaciones. Se retiraron todos los que seguian á

Carrupilun á los Médanos, distantes como legua y media, donde habian

dejado sus armas.

Desembarazado en mucha parte del cuidado que daban estos caciques, y

su muchedumbre de gentes de armas encoletadas, y algunos con cotas de

acero, como tambien de su innumerable chusma, quedamos mas francos

para atender al objeto de nuestro viage. Por esta razon, y por la

imposibilidad de poder sacar sal, se habia omitido hasta hoy, y no por

el motivo que habia hecho entender á los indios. Llamé á los dueños de

carretas y capataces, y les prefijé el término de tres dias para la

carga, en atencion á haber mejorado el tiempo y bajado las aguas, para

estraer la sal con menos trabajo que antes. Hice que las carretas no

entrasen á la laguna, que quedasen siempre en línea, en precaucion de

algun acometimiento de los indios que nos observaban, sin moverse de

los Médanos referidos.

Entonces recibió un nuevo placer el cacique Quinteleu y sus hermanos,

que hasta este punto dudaban de que cargase, recelándose de

consiguiente un resultado funesto si el Superior Gobierno ordenaba

las hostilidades que yo habia anunciado. Animó y ofreció sus indios,

para que auxiliasen y ayudasen á cargar, como en efecto lo hicieron,

recibiendo de los interesados una pequeña gratificacion: entonces

finalmente desplegó este cacique todos los sentimientos honrados que

le caracterizan, ofreciendo hacerme una muy circunstanciada relacion

del estado de la indiada, sus particulares acuerdos y establecidos

proyectos para invadir á los españoles, y la nota que él, sus hermanos

y deudos tenian contraida por no prestarse á sus sistemas, en términos

de hallarse precisados á defender la tierra, y situarse á la parte

opuesta de la Cordillera, para reparar las desgracias que le amagaban

en terrenos de la indiada chilena. Que luego iba á caminar su hermano

Victoriano con sus gentes, y despues él y sus deudos.

En este estado, y siendo como las 11 del dia, llegó al campamento el

cacique Milla-Catreu, hijo de otro de este nombre, y por medio de

un indio lenguaraz, me suplicó le diese, para él y sus gentes, una

vaquillona para comer, porque habia tres dias que no tomaban alimento

alguno. Le repuse, que yo era un viagero separado de mi patria, y que

era muy estraño me pidiesen en lugar de darme: que yo estaba comprando

á los indios para comer, y él podia hacer lo mismo. Me contestó, que él

no podia comprar, que le diese para comer una ternera, porque aunque su

gente era mucha, unos tomarian la sangre, otros los menudos y el resto

la carne, como con su padre, cacique principal, lo habian hecho muchas

veces, en el mismo lugar otros comandantes. Como el indio lenguaraz no

poseia el español para poderse esplicar, dió á entender que su cacique

decia, que mis soldados enlazasen y sirviesen la ternera: cosa que me

pareció repugnante, y mucho mas por el modo con que lo dijo: por ello

me levanté airado, y le repuse, que con las armas nos entenderíamos.

El indio intérprete se esforzaba por darse á entender, y se dirigió al

mio, diciendo que era falsa su asercion, porque el cacique decia que

con sus soldados, esto es, con sus mocetones ó sus indios, y no con

mis soldados. Esto guardaba mas conformidad con su primera súplica, y

la hospitalidad exigia de mi le atendiese, cuando en su falta robarian

mas de lo que pedian. Mandé se les diese una res, que en efecto, ellos

enlazaron, llevaron á su alojamiento; cortando de ese modo el disgusto

que habia preparado la mala interpretacion: en cuya precaucion es

necesario vivir advertido, para no incidir involuntariamente en cosas

semejantes, ya por escasez de voces en el idioma, ó ya por falta de

posesion de este y del español en los intérpretes. Este suceso acaloró

demasiado á algunos de mis oficiales, que sin acordarse que les tocaba

solo obedecer, y no ingerirse en los gastos económicos, mucho menos

cuando no faltaban las raciones, nos espusieron á un rompimiento por

la incomodidad que recibian los indios con las repulsas, hasta que

quedamos todos convencidos del verdadero sentido de las palabras.

Al mismo tiempo que el cacique Milla solicitaba este auxilio, sus

gentes, que habian bajado á la laguna á cargar de sal, se encontraron

con algunos indios Pampas que estaban en igual diligencia. Es tal la

oposicion que hay entre estos y los Ranqueles, que, siempre que se ven,

se acometen para herirse, robarse y maltratarse, como aconteció en este

caso: resultando varios heridos de los Pampas, y entre ellos, tres de

gravedad, y despues robados y despojados de sus haciendas. Vinieron

despues á poner la queja de estos hechos: ordené que se atendiesen sus

heridas, y les hice entender que yo no era juez de sus causas, y que

ellos vengasen sus agravios. Sin embargo, pregunté á Milla, cual era

la causa de aquellas violencias? Y me contestó, que era en venganza de

otras que los Pampas habian cometido con sus indios: que aun no estaban

bien satisfechos, y podian agradecer á los españoles, bajo cuya sombra

se atrevian á cargar de sal, el que no hubiesen sido todos degollados,

como lo tenian bien merecido.

Se despidió este cacique como los demas, que le esperaban para

deliberar sus respectivas marchas, despues de robar lo que pudiesen,

á favor de la inmediacion al campamento y de su pública despedida. En

efecto hubo mucho acuerdo sobre asaltar ó no la expedicion: pero como

los caciques amigos permanecian siempre en èl, desistieron del intento,

y se contentaron con robarles sus ganados, de modo que á muchos los

dejaron á pié, y entre ellos á Turuñan, Victoriano y Quidulef. He

observado constantemente, en el discurso de esta expedicion, el génio

y doble trato de estos hombres: ellos mezclan siempre la súplica

con la amenaza, apoyando esta con el número de lanzas que traen y

suponen tener de reserva. Pero, como hace poco por la salud quien no

se contiene con los excesos, y espera á la necesidad para aplicar el

remedio, así es preciso mezclar desde luego en los razonamientos, la

firmeza con la afabilidad, procurando dejar el uso de las armas para

las últimas razones.

El cacique Neuquen, hombre mayor de 70 años, y á quien la vejez ha

quitado los ojos sin ofenderle la cabeza, dejándole solo el nombre de

haber sido el mas feroz y sanguinario, y tenido por ello el concepto

del mas valiente, quiso hacer vana ostentacion de su antiguo respeto,

y sufrió la mayor humillacion en cambio de su arrogancia. El cacique

Milla-Catreu, que venia en retaguardia de Neuquen, y cuya venida

anunció este, como concertados de antemano para acabar la expedicion,

cuando supo el éxito de sus confederados, se vió precisado á mudar

de tono para conseguir su entrada, dejando la gente armada á mas de

una legua de distancia. El cacique Carrupilun, hombre audaz y de la

mas refinada malicia, que obraba con acuerdo de aquellos y de veinte

caciques mas, le vió bajamente postrado, cuando se descubrieron sus

intrigas. Neuquen y Milla nunca habian conocido españoles sino en

la lid: al primero dió mucho crédito el sangriento destrozo de la

tropa del canónigo D. N. Canas. A estos caciques los prefirieron los

demas, para que, provocando con amenazas, emprendiesen el ataque, que

debian auxiliar los que estaban adentro del campamento, dirigidos por

Carrupilun.

La misma detencion en resolver me hizo conocer el doblez y perfidia de

Carrupilun y sus aliados. En estos casos, cuando insta la resolucion,

suele ser engañosa virtud la prudencia, que se equivoca con el miedo.

Nunca debe cerrarse la puerta, es verdad, al consejo, pero alguna vez

deben cerrarse los ojos á las dificultades, porque suelen parecer

mayores desde lejos; y hay veces en que la demora en discurrir impide

el ejecutar, cuya lentitud prepara á los enemigos y pierde las

empresas. Tal me persuadí que era mi situacion, y que, aprovechando los

momentos, acaso desconcertaria las medidas combinadas para destruirme.

Favoreciò la prudencia mis intenciones de un modo admirable, pero

juzgué que siempre debieran evitarse iguales lances, aumentando la

fuerza, ó escusando hacer expediciones semejantes.

Aquí se me ofrece observar, que no solo los estrangeros, desafectos á

nuestra nacion, tratan injustamente á los indios, como incapaces de

razon, para dar desestimacion y desprecio á nuestras obras, sino que

tambien en las ciudades capitales de Amèrica se encuentran hombres

de casi iguales sentimientos. En aquellos hay un crasísimo error,

fomentado por innata aversion que nos profesan: en estos es una pública

ignorancia. Ellos han admirado en otro tiempo, mas que ahora, nuestros

procedimientos, pero esto es efecto de la novedad, que es incompatible

con la potencia de discurrir: porque la admiracion no siempre supone

ignorancia, ni debe llamarse tal la falta de noticia. Los indios tienen

sagacidad, prontitud, disposiciones y egecuciones muy oportunas, que

saben hacer con destreza en los lances mas apurados.

Diario de un viage a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires · 第 37 / 69 题