Reconocidos los indios aprendidos, y tambien el herido y su estado,
convinieron los caciques, á vista de sus declaraciones y delitos
comprobados, en que yo les quitase la vida, ó castigase como quisiese,
pues podia hacerlo francamente. Que en atencion á que ellos habian
sido causantes de la desgracia del indio amigo, debian pagar con sus
bienes las heridas del enfermo, ó su muerte, á contentamiento de
los parientes que hubiese en el campamento, avisando á los demas que
tuviese en la tolderia de donde procedia. En estas circunstancias
me aproveché de sus mismas resoluciones, perdonándoles la vida, y
dejándoles asegurados hasta la llegada de los parientes del herido,
quienes dispondrian de él segun sus usos y costumbres: de cuya
resolucion quedaron todos muy agradecidos, y los reos satisfechos de la
fineza, contra el fallo de muerte que sus propios caciques habian dado.
Este accidente inopinado, unido á los antecedentes, dió un mérito
extraordinario á la resolucion, y alentó á los españoles, que se
consideraban como despreciados, y deseosos de emprender cualquiera
accion que se presentase, por la que en efecto anhelaban, incitados de
los despojos que podia prometerles la victoria, en las muchas alhajas
de plata, monturas, caballos y tegidos que traen á esta especie de
feria. Todo, por una especie de providencia, contribuyó á deslumbrarlos
y hacerles perder el empeño de atacarnos, á pesar de su muchedumbre,
y de nuestra escasa fuerza, que consistia en 21 hombres de fusil y 9
artilleros, de la que estaban bien instruidos desde el principio, y
fué causa para que nos insultase Lincon. La firmeza en sostener la
prohibicion de vender bebidas, de la que todos hicieron mal agüero,
contribuyó á persuadir á los indios que yo guardaba aun resentimientos
por sus procederes, y que deseaba declararles la guerra al mas leve
delito. Para evitarlo, se fueron despidiendo uno en pos de otro con
sus respectivas recomendaciones. Se retiraron todos los que seguian á
Carrupilun á los Médanos, distantes como legua y media, donde habian
dejado sus armas.
Desembarazado en mucha parte del cuidado que daban estos caciques, y
su muchedumbre de gentes de armas encoletadas, y algunos con cotas de
acero, como tambien de su innumerable chusma, quedamos mas francos
para atender al objeto de nuestro viage. Por esta razon, y por la
imposibilidad de poder sacar sal, se habia omitido hasta hoy, y no por
el motivo que habia hecho entender á los indios. Llamé á los dueños de
carretas y capataces, y les prefijé el término de tres dias para la
carga, en atencion á haber mejorado el tiempo y bajado las aguas, para
estraer la sal con menos trabajo que antes. Hice que las carretas no
entrasen á la laguna, que quedasen siempre en línea, en precaucion de
algun acometimiento de los indios que nos observaban, sin moverse de
los Médanos referidos.
Entonces recibió un nuevo placer el cacique Quinteleu y sus hermanos,
que hasta este punto dudaban de que cargase, recelándose de
consiguiente un resultado funesto si el Superior Gobierno ordenaba
las hostilidades que yo habia anunciado. Animó y ofreció sus indios,
para que auxiliasen y ayudasen á cargar, como en efecto lo hicieron,
recibiendo de los interesados una pequeña gratificacion: entonces
finalmente desplegó este cacique todos los sentimientos honrados que
le caracterizan, ofreciendo hacerme una muy circunstanciada relacion
del estado de la indiada, sus particulares acuerdos y establecidos
proyectos para invadir á los españoles, y la nota que él, sus hermanos
y deudos tenian contraida por no prestarse á sus sistemas, en términos
de hallarse precisados á defender la tierra, y situarse á la parte
opuesta de la Cordillera, para reparar las desgracias que le amagaban
en terrenos de la indiada chilena. Que luego iba á caminar su hermano
Victoriano con sus gentes, y despues él y sus deudos.
En este estado, y siendo como las 11 del dia, llegó al campamento el
cacique Milla-Catreu, hijo de otro de este nombre, y por medio de
un indio lenguaraz, me suplicó le diese, para él y sus gentes, una
vaquillona para comer, porque habia tres dias que no tomaban alimento
alguno. Le repuse, que yo era un viagero separado de mi patria, y que
era muy estraño me pidiesen en lugar de darme: que yo estaba comprando
á los indios para comer, y él podia hacer lo mismo. Me contestó, que él
no podia comprar, que le diese para comer una ternera, porque aunque su
gente era mucha, unos tomarian la sangre, otros los menudos y el resto
la carne, como con su padre, cacique principal, lo habian hecho muchas
veces, en el mismo lugar otros comandantes. Como el indio lenguaraz no
poseia el español para poderse esplicar, dió á entender que su cacique
decia, que mis soldados enlazasen y sirviesen la ternera: cosa que me
pareció repugnante, y mucho mas por el modo con que lo dijo: por ello
me levanté airado, y le repuse, que con las armas nos entenderíamos.
El indio intérprete se esforzaba por darse á entender, y se dirigió al
mio, diciendo que era falsa su asercion, porque el cacique decia que
con sus soldados, esto es, con sus mocetones ó sus indios, y no con
mis soldados. Esto guardaba mas conformidad con su primera súplica, y
la hospitalidad exigia de mi le atendiese, cuando en su falta robarian
mas de lo que pedian. Mandé se les diese una res, que en efecto, ellos
enlazaron, llevaron á su alojamiento; cortando de ese modo el disgusto
que habia preparado la mala interpretacion: en cuya precaucion es
necesario vivir advertido, para no incidir involuntariamente en cosas
semejantes, ya por escasez de voces en el idioma, ó ya por falta de
posesion de este y del español en los intérpretes. Este suceso acaloró
demasiado á algunos de mis oficiales, que sin acordarse que les tocaba
solo obedecer, y no ingerirse en los gastos económicos, mucho menos
cuando no faltaban las raciones, nos espusieron á un rompimiento por
la incomodidad que recibian los indios con las repulsas, hasta que
quedamos todos convencidos del verdadero sentido de las palabras.
Al mismo tiempo que el cacique Milla solicitaba este auxilio, sus
gentes, que habian bajado á la laguna á cargar de sal, se encontraron
con algunos indios Pampas que estaban en igual diligencia. Es tal la
oposicion que hay entre estos y los Ranqueles, que, siempre que se ven,
se acometen para herirse, robarse y maltratarse, como aconteció en este
caso: resultando varios heridos de los Pampas, y entre ellos, tres de
gravedad, y despues robados y despojados de sus haciendas. Vinieron
despues á poner la queja de estos hechos: ordené que se atendiesen sus
heridas, y les hice entender que yo no era juez de sus causas, y que
ellos vengasen sus agravios. Sin embargo, pregunté á Milla, cual era
la causa de aquellas violencias? Y me contestó, que era en venganza de
otras que los Pampas habian cometido con sus indios: que aun no estaban
bien satisfechos, y podian agradecer á los españoles, bajo cuya sombra
se atrevian á cargar de sal, el que no hubiesen sido todos degollados,
como lo tenian bien merecido.
Se despidió este cacique como los demas, que le esperaban para
deliberar sus respectivas marchas, despues de robar lo que pudiesen,
á favor de la inmediacion al campamento y de su pública despedida. En
efecto hubo mucho acuerdo sobre asaltar ó no la expedicion: pero como
los caciques amigos permanecian siempre en èl, desistieron del intento,
y se contentaron con robarles sus ganados, de modo que á muchos los
dejaron á pié, y entre ellos á Turuñan, Victoriano y Quidulef. He
observado constantemente, en el discurso de esta expedicion, el génio
y doble trato de estos hombres: ellos mezclan siempre la súplica
con la amenaza, apoyando esta con el número de lanzas que traen y
suponen tener de reserva. Pero, como hace poco por la salud quien no
se contiene con los excesos, y espera á la necesidad para aplicar el
remedio, así es preciso mezclar desde luego en los razonamientos, la
firmeza con la afabilidad, procurando dejar el uso de las armas para
las últimas razones.
El cacique Neuquen, hombre mayor de 70 años, y á quien la vejez ha
quitado los ojos sin ofenderle la cabeza, dejándole solo el nombre de
haber sido el mas feroz y sanguinario, y tenido por ello el concepto
del mas valiente, quiso hacer vana ostentacion de su antiguo respeto,
y sufrió la mayor humillacion en cambio de su arrogancia. El cacique
Milla-Catreu, que venia en retaguardia de Neuquen, y cuya venida
anunció este, como concertados de antemano para acabar la expedicion,
cuando supo el éxito de sus confederados, se vió precisado á mudar
de tono para conseguir su entrada, dejando la gente armada á mas de
una legua de distancia. El cacique Carrupilun, hombre audaz y de la
mas refinada malicia, que obraba con acuerdo de aquellos y de veinte
caciques mas, le vió bajamente postrado, cuando se descubrieron sus
intrigas. Neuquen y Milla nunca habian conocido españoles sino en
la lid: al primero dió mucho crédito el sangriento destrozo de la
tropa del canónigo D. N. Canas. A estos caciques los prefirieron los
demas, para que, provocando con amenazas, emprendiesen el ataque, que
debian auxiliar los que estaban adentro del campamento, dirigidos por
Carrupilun.
La misma detencion en resolver me hizo conocer el doblez y perfidia de
Carrupilun y sus aliados. En estos casos, cuando insta la resolucion,
suele ser engañosa virtud la prudencia, que se equivoca con el miedo.
Nunca debe cerrarse la puerta, es verdad, al consejo, pero alguna vez
deben cerrarse los ojos á las dificultades, porque suelen parecer
mayores desde lejos; y hay veces en que la demora en discurrir impide
el ejecutar, cuya lentitud prepara á los enemigos y pierde las
empresas. Tal me persuadí que era mi situacion, y que, aprovechando los
momentos, acaso desconcertaria las medidas combinadas para destruirme.
Favoreciò la prudencia mis intenciones de un modo admirable, pero
juzgué que siempre debieran evitarse iguales lances, aumentando la
fuerza, ó escusando hacer expediciones semejantes.
Aquí se me ofrece observar, que no solo los estrangeros, desafectos á
nuestra nacion, tratan injustamente á los indios, como incapaces de
razon, para dar desestimacion y desprecio á nuestras obras, sino que
tambien en las ciudades capitales de Amèrica se encuentran hombres
de casi iguales sentimientos. En aquellos hay un crasísimo error,
fomentado por innata aversion que nos profesan: en estos es una pública
ignorancia. Ellos han admirado en otro tiempo, mas que ahora, nuestros
procedimientos, pero esto es efecto de la novedad, que es incompatible
con la potencia de discurrir: porque la admiracion no siempre supone
ignorancia, ni debe llamarse tal la falta de noticia. Los indios tienen
sagacidad, prontitud, disposiciones y egecuciones muy oportunas, que
saben hacer con destreza en los lances mas apurados.