18, DOMINGO.

Amaneció sosegado el campamento, y los mas de los indios incluso

Carrupilun durmiendo sus embriagueses: el cacique Victoriano partió

para su toldo á preparar su gente, pues tenia noticias mas que

fundadas de las intenciones de Carrupilun y caciques enemigos. A las

9 de la mañana, poco mas, se acercó al cuerpo de guardia Carrupilun,

y como en la noche precedente algunos indios ebrios se habian

atrevido á incomodar los centinelas, y otros habian estraviado y

robado 22 caballos, y despojado á un boyero del caballo y recado,

tuve oportunidad, en virtud de estos hechos, para reconvenirle por

la falta de cumplimiento á su palabra y amistad asegurada el dia

anterior. Manifestò un modo poco atento, y con aire de desprecio me

dió á entender que callase y aguantase. A esto repliqué, que tuviese

entendido, que á él y á sus indios, desde aquel momento, si no se

comportaban de otra manera, les haria enseñar con las armas sus

deberes: porque, si habia creido burlarse de los españoles, estos se

harian respetar como acostumbraban y á él le constaba. Vió que los

oficiales y demas gente de la armada se alteraron, y entonces mudó

de tono, y se sometió con bajeza: quedando mas sosegado, cuando notó

que todos guardaron silencio, luego que yo les previne no se movieran

á cosa alguna por no ser tiempo. Las ideas de Carrupilun eran, de

disponer las cosas para que los indios sus confederados asaltasen en

el dia de hoy la expedicion; y al intento el se habia situado en el

campamento con varios caciques y sus gentes, dejando á corta distancia

la indiada armada, con los caciques Neuquen, Milla, Coronado y otros.

A las 6 de la tarde se me dió parte de un emisario de Neuquen, que

solicitaba entrar al campamento con su indiada, pero que antes

lo mandase un oficial con 50 hombres, 4 barriles de aguardiente,

tabaco, yerba, pan y carne: que tuviese entendido que el era el rey y

señor de la laguna, y de toda la tierra, á quien los demas caciques

estaban subordinados con sus gentes; por cuya razon los Comandantes

de las expediciones le debian franquear su toldo, como siempre lo

habian hecho. Este mensage lo traia un mendocino apóstata, harto

desvergonzado; y como ya estuviese con sobrado recelo y cuidado

para precaver la intriga y acuerdo hecho entre los complotados, le

respondí con incomodidad, que no queria mandar oficial ni tropa alguna,

aguardiente, ni nada de lo que pedia: que si queria venir al campamento

como los demas caciques que estaban en él, lo recibiria como á ellos;

pero que si venia armado lo recibiria á cañonazos. Entonces el enviado

me contestó con mucha arrogancia, que si no queria enviar á Neuquen lo

que pedia, lo daria por fuerza.

En este acto me levanté y le dige, que no le hacia quitar la vida en

el momento, por darle tiempo á que fuese á avisar á su cacique que lo

esperaba con las armas en la mano. Sin perdida de tiempo se retiró; y

yo mandè sigilosamente estrechar las distancias de las carretas, de

modo que no quedase claro alguno en la línea: que todos se pusiesen

sobre las armas: que estuviese pronta la artilleria y esmeriles, con

mecha en mano: que las haciendas se apoyasen sobre la laguna con

mayor reserva y posible silencio, y se me diese parte de egecutada

esta precisa diligencia. Cité al cuerpo de guardia principal á todos

los dueños y capataces de tropas con los vivanderos, como así lo

egecutaron antes de las 9 de la noche, y teniendolos presentes, les

previne el riesgo que corria la expedicion y nuestras personas, y la

necesidad de defendernos en el ataque, que ciertamente debiamos esperar

en esta noche: que á prevencion de todo, quedasemos montados: que la

artillería y mosquetería estaba dispuesta para barrer á metralla la

indiada alojada de la línea adentro, y que un cañon volante quedaria

franco para impedir se acercase la indiada apostada en los mèdanos.

Se distribuyeron las gentes armadas, se despacharon patrullas, y

prevenidas las tropas de los puntos que debian ocupar, se formaron

candeladas para no ser facilmente sorprendidos, ni de los enemigos

exteriores, ni de los interiores.

En este estado llegó el cacique Quinteleu, mandado venir por mi parte

para enterarle de mi resolucion y prevenirle que, á fin de que su

familia y gentes no se confundiesen con los demas indios enemigos,

las situase enteramente separadas, y en uno de los varios puntos que

ofrece la laguna, para precaverlos de los riesgos que podian tener en

el caso de que se rompiesen los fuegos; porque mi gratitud y amistad á

su buena fé y trato no permitian se le irrogase perjuicio alguno, ni

á sus hermanos Victoriano, Quidulef y demas indios amigos, à quienes

en el momento convenia se les avisase con el mayor sigilo, para no

aventurar la suerte de esta accion, y precaverlos de las desgracias que

suelen ser consiguientes. Quinteleu manifestó su agradecimiento, y me

espuso que no convenia el retirar sus gentes, ni las de sus deudos y

amigos, porque tenia resuelto morir antes que yo en el ataque, y que

por momentos esperaba á su hermano Victoriano con su gente armada;

y cuidase de aquietarme, porque no se atreverian á atacarme, aunque

algunos caciques influidos de Carrupilun, lo deseaban é intentaban:

pero que habiéndoseles separado el cacique Quilan y Pallatur,

respetables por sus personas y fuerzas, no estaban en disposicion de

acometer sin ser derrotados.

Entretanto que esto pasaba en mi campamento, el cacique Neuquen y sus

parciales, de acuerdo con Carrupilun, llamó á la indiada armada, y la

puso en marcha con destino al campamento, para hacer la invasion: pero

los indios recelosos acaso de nuestra vigilancia, ó descontentos de

tomar las armas, fueron desfilando, y llegó Neuquen á quedar solo con

los caciques y pocas gentes para avanzar como se habia propuesto, segun

repetidos avisos que tuve de un cautivo, que me los dió á favor de la

noche, ademas de los espias puestos por Quinteleu.

Luego que amaneció, y observaron los indios amigos de Carrupilun

nuestra posicion y la suya, la línea formada, y á nuestra gente sobre

las armas, llamaron la atencion de aquel que agitado de sus delitos que

vió descubiertos, se dirigió al cuerpo de guardia á preguntarme: qué

novedad era la que advertia? Le contesté, que sabiendo yo su mala fé é

indigna correspondencia, habia dispuesto que no hiciese por mas tiempo

burla de los españoles: que á él, y á los demas caciques sus amigos

les habia esperado con las armas toda la noche: y aunque podia haberle

degollado á él y á todos los suyos, no habia querido hacerlo á traicion

y ruinmente, cuando estaban durmiendo; que ahora era tiempo que fuese á

tomar las armas; que era precisamente el dia en que no habia de quedar

un español, ó habia de acabar con èl, sus amigos y sus indios.

Esta resolucion le sorprendió, tanto mas, cuanto estaba él muy distante

de creer que yo hubiese podido penetrar sus intenciones: entonces

todo trémulo, y con las lágrimas en los ojos, negó sus hechos, y lo

mismo sus parciales, anticipando cuantos avisos pudo á Neuquen para

que desistiese del intento, y se aviniese á entrar al campamento sin

armas, y disculpando sus avisos anteriores y amenazas, por el riesgo

que corrian todos los que se hallaban en el campamento, mucho mas,

estando á mi favor los hermanos Quinteleu, Victoriano, Quidulef, y los

caciques Quilan y Pallatur. Entre tanto procuró emplear hasta las 10

de la mañana en indemnizarse de los cargos, queriendo deslumbrarnos de

mil maneras, porque posee una razon muy despejada, y una extraordinaria

habilidad para persuadir y convencer, adornada de una muy estudiada

lisonja.

A estas horas recibí chasque de Neuquen, manifestando sentimiento del

disgusto que me habia causado el supuesto petitorio á su nombre el dia

de ayer, en que no habia tenido parte, y por consiguiente le admitiese

entrar sin armas en el campamento á saludarme: á que contesté, que

entrase cuando quisiese. A poco tiempo se presentó Neuquen á corta

distancia del campamento, y formó su gente en batalla: permaneció

inmovil por grande rato, hasta que le pasé recado con un lenguaraz,

para que me digese cuales eran sus miras, y en que consistia la

detencion y formacion que guardaba: y me contestó, que como veia mi

gente sobre las armas, no se atrevia á entrar. Entonces mandé de montar

con la rienda en la mano, con cuyo movimiento se acercó á la línea,

y estando en ella mandé desmontase, y entrase solo con cuatro de sus

capitanejos, uno de los cuales le tomó de la mano por falta de vista.

Unas de las cosas mas útiles para conciliar el respeto de los indios

es jugar la artillería á su inmediacion, por el terror que les infunde

el estampido del cañon; porque conciben que en ello se les hace honor,

y porque estan persuadidos de que el estruendo auyenta al diablo. Por

esta razon ordené al cabo de artilleria, que al ponerse en paralelo

con el cañon destinado á la salva, le diese fuego, como lo egecutó:

con tanta puntualidad que ni el cacique Neuquen ni Carrupilun, que

estaban inmediatos, pudieron resistir, y ambos cayeron al suelo. Esta

casualidad produjo á un tiempo dos efectos:--risa y fuerza en nuestras

tropas, que veian así arrollados á los dos caciques que tenian concepto

de valientes entre las tribus de su mando, y á estas sorprendidas

por haber creido al pronto que habian sido muertos: hasta que mejor

desengañados por si mismos, entendieron que era obsequio.

Concurrieron los 24 caciques al parlamento de Neuquen. Habló este,

disculpando su criminalidad, y convirtiendo en grandes y afectadas

ofertas de amistad su venida, pues nunca lo habian hecho con expedicion

alguna, ni tratado con ningun español, por lo tanto no se hacia creible

que él viniese á molestarnos. Despues de haberle oido à presencia de

todos los caciques, le dije: que dos cosas debian quedar liquidadas

en aquel momento: la primera castigado el comisario conductor, pues

estaba presente; y la segunda, que se me digese, quien era el dueño

y señor de la laguna y aquella tierra, porque todos alegaban una

misma preferencia, y yo debia salir de esta duda, y hacerla presente

al Superior Gobierno que me mandaba: pero ni Neuquen ni Carrupilun

respondieron cosa alguna.

Tomando la voz los ancianos, uno en pos de otro, á saber, los dos

caciques Quilan y Pallatur, dijo este: que ninguno tenia mas derecho

que otro á la laguna y á la sal de ella: que esta era comun á todos los

hombres, como los pastos del campo á los animales: que las diversas

naciones de indios, de una y otra parte de la Cordillera y los

españoles, podian venir á la laguna, y cargar la sal que quisiesen,

sin que ninguno pudiese estorbarlo, sin ser injusto: pero que, ademas

de esto, estaba ya acordado en un sério parlamento, en aquel mismo

lugar, á que él entonces concurrió. Que jamas faltaria por su parte

á ello, y defenderia con sus gentes y armas esta determinacion, á la

cual habian concurrido caciques muy respetables. Pero, por desgracia,

veia que en estos tiempos todos se hacian caciques sin serlo, y que la

causa de verse arruinados era la falta de sugecion en los indios, y

los muchos cristianos que hoy habia entre ellos, cuyo número se hacia

ya respetable á los mismos indios por sus determinaciones, así en los

consejos que les daban para resistir á los mismos españoles y su venida

á estos campos, como para ir á maloquear ó robar las haciendas de los

españoles; y que esto solo podria remediarse, situándose allí los

mismos cristianos, como lo deseaban él y otros caciques, por la cuenta

que les tenia para proveerse de muchas cosas de que carecian.

Lo mismo expresó Quillan, Quidulef, Victoriano y otros; y aunque

Carrupilun y Neuquen no contradigeron, tampoco se prestaron con

claridad á mas que á no impedir que la expedicion cargase de sal, sin

ser incomodada en cosa alguna. Ultimamente, para aprovechar aquel

momento de division y de temor, llamé la atencion de todos, y dige:

que en medio de la oposicion que se manifestaba en sus opiniones y

razonamientos, yo no queria cargar sal alguna, y que daria parte al

Sr. Virey para enterarle de todo en el dia, y que obraria segun su

determinacion: pero que ciertamente les anunciaba, que tendria un gran

sentimiento cuando supiese que no se cumplian sus parlamentos, y era

muy de temer me remitiese las tropas que estan juntas en las Guardias,

con las órdenes mas estrechas para castigar á los que se oponian; que

en esta inteligencia no se quejasen despues. Que les advertia, que si

algunas gentes de sus tolderias me robaban caballos ó ganado, como lo

habian hecho, no aguardaria las órdenes del Sr. Virey, porque usaria de

las armas.

Todos contestaron que no habria novedad, y que si algun indio cometiese

igual exceso lo matase sin recelo, que ellos no se agraviarian. Pero

tomó la voz Quinteleu y los suyos para que no se demorase la carga

de las carretas, que ellos ayudarian con sus gentes y auxiliarian la

expedicion hasta Buenos Aires. Le contesté, que me tomaria tiempo para

resolverme, en vista de cuanto se me habia faltado, y yo no debia

creer sus ofertas; pero que tuviesen entendido que desde aquel dia ya

no se vendia aguardiente alguno, puesto que uno de los motivos que

se daban para los descomedimientos de los indios era la embriaguez.

Habiendo pasado el dia sin poder tomar alimento alguno, á causa de las

ocurrencias referidas, mandé que se retirasen de la línea, á excepcion

de los indios amigos, con quienes no se hizo novedad. Continuó la

vigilancia necesaria sin dormir, y quedamos sobre las armas toda la

noche hasta que amaneció, sin que en ella hubiese ocurrido alteracion

ni motivo de incomodidad por parte de los indios. El cacique Quinteleu

se mantuvo en vela á mi lado toda la noche, haciendo observar por los

suyos y los demas indios, que con frecuencia le daban parte de sus

centinelas avanzadas.

Diario de un viage a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires · 第 35 / 69 题