Amaneció sosegado el campamento, y los mas de los indios incluso
Carrupilun durmiendo sus embriagueses: el cacique Victoriano partió
para su toldo á preparar su gente, pues tenia noticias mas que
fundadas de las intenciones de Carrupilun y caciques enemigos. A las
9 de la mañana, poco mas, se acercó al cuerpo de guardia Carrupilun,
y como en la noche precedente algunos indios ebrios se habian
atrevido á incomodar los centinelas, y otros habian estraviado y
robado 22 caballos, y despojado á un boyero del caballo y recado,
tuve oportunidad, en virtud de estos hechos, para reconvenirle por
la falta de cumplimiento á su palabra y amistad asegurada el dia
anterior. Manifestò un modo poco atento, y con aire de desprecio me
dió á entender que callase y aguantase. A esto repliqué, que tuviese
entendido, que á él y á sus indios, desde aquel momento, si no se
comportaban de otra manera, les haria enseñar con las armas sus
deberes: porque, si habia creido burlarse de los españoles, estos se
harian respetar como acostumbraban y á él le constaba. Vió que los
oficiales y demas gente de la armada se alteraron, y entonces mudó
de tono, y se sometió con bajeza: quedando mas sosegado, cuando notó
que todos guardaron silencio, luego que yo les previne no se movieran
á cosa alguna por no ser tiempo. Las ideas de Carrupilun eran, de
disponer las cosas para que los indios sus confederados asaltasen en
el dia de hoy la expedicion; y al intento el se habia situado en el
campamento con varios caciques y sus gentes, dejando á corta distancia
la indiada armada, con los caciques Neuquen, Milla, Coronado y otros.
A las 6 de la tarde se me dió parte de un emisario de Neuquen, que
solicitaba entrar al campamento con su indiada, pero que antes
lo mandase un oficial con 50 hombres, 4 barriles de aguardiente,
tabaco, yerba, pan y carne: que tuviese entendido que el era el rey y
señor de la laguna, y de toda la tierra, á quien los demas caciques
estaban subordinados con sus gentes; por cuya razon los Comandantes
de las expediciones le debian franquear su toldo, como siempre lo
habian hecho. Este mensage lo traia un mendocino apóstata, harto
desvergonzado; y como ya estuviese con sobrado recelo y cuidado
para precaver la intriga y acuerdo hecho entre los complotados, le
respondí con incomodidad, que no queria mandar oficial ni tropa alguna,
aguardiente, ni nada de lo que pedia: que si queria venir al campamento
como los demas caciques que estaban en él, lo recibiria como á ellos;
pero que si venia armado lo recibiria á cañonazos. Entonces el enviado
me contestó con mucha arrogancia, que si no queria enviar á Neuquen lo
que pedia, lo daria por fuerza.
En este acto me levanté y le dige, que no le hacia quitar la vida en
el momento, por darle tiempo á que fuese á avisar á su cacique que lo
esperaba con las armas en la mano. Sin perdida de tiempo se retiró; y
yo mandè sigilosamente estrechar las distancias de las carretas, de
modo que no quedase claro alguno en la línea: que todos se pusiesen
sobre las armas: que estuviese pronta la artilleria y esmeriles, con
mecha en mano: que las haciendas se apoyasen sobre la laguna con
mayor reserva y posible silencio, y se me diese parte de egecutada
esta precisa diligencia. Cité al cuerpo de guardia principal á todos
los dueños y capataces de tropas con los vivanderos, como así lo
egecutaron antes de las 9 de la noche, y teniendolos presentes, les
previne el riesgo que corria la expedicion y nuestras personas, y la
necesidad de defendernos en el ataque, que ciertamente debiamos esperar
en esta noche: que á prevencion de todo, quedasemos montados: que la
artillería y mosquetería estaba dispuesta para barrer á metralla la
indiada alojada de la línea adentro, y que un cañon volante quedaria
franco para impedir se acercase la indiada apostada en los mèdanos.
Se distribuyeron las gentes armadas, se despacharon patrullas, y
prevenidas las tropas de los puntos que debian ocupar, se formaron
candeladas para no ser facilmente sorprendidos, ni de los enemigos
exteriores, ni de los interiores.
En este estado llegó el cacique Quinteleu, mandado venir por mi parte
para enterarle de mi resolucion y prevenirle que, á fin de que su
familia y gentes no se confundiesen con los demas indios enemigos,
las situase enteramente separadas, y en uno de los varios puntos que
ofrece la laguna, para precaverlos de los riesgos que podian tener en
el caso de que se rompiesen los fuegos; porque mi gratitud y amistad á
su buena fé y trato no permitian se le irrogase perjuicio alguno, ni
á sus hermanos Victoriano, Quidulef y demas indios amigos, à quienes
en el momento convenia se les avisase con el mayor sigilo, para no
aventurar la suerte de esta accion, y precaverlos de las desgracias que
suelen ser consiguientes. Quinteleu manifestó su agradecimiento, y me
espuso que no convenia el retirar sus gentes, ni las de sus deudos y
amigos, porque tenia resuelto morir antes que yo en el ataque, y que
por momentos esperaba á su hermano Victoriano con su gente armada;
y cuidase de aquietarme, porque no se atreverian á atacarme, aunque
algunos caciques influidos de Carrupilun, lo deseaban é intentaban:
pero que habiéndoseles separado el cacique Quilan y Pallatur,
respetables por sus personas y fuerzas, no estaban en disposicion de
acometer sin ser derrotados.
Entretanto que esto pasaba en mi campamento, el cacique Neuquen y sus
parciales, de acuerdo con Carrupilun, llamó á la indiada armada, y la
puso en marcha con destino al campamento, para hacer la invasion: pero
los indios recelosos acaso de nuestra vigilancia, ó descontentos de
tomar las armas, fueron desfilando, y llegó Neuquen á quedar solo con
los caciques y pocas gentes para avanzar como se habia propuesto, segun
repetidos avisos que tuve de un cautivo, que me los dió á favor de la
noche, ademas de los espias puestos por Quinteleu.
Luego que amaneció, y observaron los indios amigos de Carrupilun
nuestra posicion y la suya, la línea formada, y á nuestra gente sobre
las armas, llamaron la atencion de aquel que agitado de sus delitos que
vió descubiertos, se dirigió al cuerpo de guardia á preguntarme: qué
novedad era la que advertia? Le contesté, que sabiendo yo su mala fé é
indigna correspondencia, habia dispuesto que no hiciese por mas tiempo
burla de los españoles: que á él, y á los demas caciques sus amigos
les habia esperado con las armas toda la noche: y aunque podia haberle
degollado á él y á todos los suyos, no habia querido hacerlo á traicion
y ruinmente, cuando estaban durmiendo; que ahora era tiempo que fuese á
tomar las armas; que era precisamente el dia en que no habia de quedar
un español, ó habia de acabar con èl, sus amigos y sus indios.
Esta resolucion le sorprendió, tanto mas, cuanto estaba él muy distante
de creer que yo hubiese podido penetrar sus intenciones: entonces
todo trémulo, y con las lágrimas en los ojos, negó sus hechos, y lo
mismo sus parciales, anticipando cuantos avisos pudo á Neuquen para
que desistiese del intento, y se aviniese á entrar al campamento sin
armas, y disculpando sus avisos anteriores y amenazas, por el riesgo
que corrian todos los que se hallaban en el campamento, mucho mas,
estando á mi favor los hermanos Quinteleu, Victoriano, Quidulef, y los
caciques Quilan y Pallatur. Entre tanto procuró emplear hasta las 10
de la mañana en indemnizarse de los cargos, queriendo deslumbrarnos de
mil maneras, porque posee una razon muy despejada, y una extraordinaria
habilidad para persuadir y convencer, adornada de una muy estudiada
lisonja.
A estas horas recibí chasque de Neuquen, manifestando sentimiento del
disgusto que me habia causado el supuesto petitorio á su nombre el dia
de ayer, en que no habia tenido parte, y por consiguiente le admitiese
entrar sin armas en el campamento á saludarme: á que contesté, que
entrase cuando quisiese. A poco tiempo se presentó Neuquen á corta
distancia del campamento, y formó su gente en batalla: permaneció
inmovil por grande rato, hasta que le pasé recado con un lenguaraz,
para que me digese cuales eran sus miras, y en que consistia la
detencion y formacion que guardaba: y me contestó, que como veia mi
gente sobre las armas, no se atrevia á entrar. Entonces mandé de montar
con la rienda en la mano, con cuyo movimiento se acercó á la línea,
y estando en ella mandé desmontase, y entrase solo con cuatro de sus
capitanejos, uno de los cuales le tomó de la mano por falta de vista.
Unas de las cosas mas útiles para conciliar el respeto de los indios
es jugar la artillería á su inmediacion, por el terror que les infunde
el estampido del cañon; porque conciben que en ello se les hace honor,
y porque estan persuadidos de que el estruendo auyenta al diablo. Por
esta razon ordené al cabo de artilleria, que al ponerse en paralelo
con el cañon destinado á la salva, le diese fuego, como lo egecutó:
con tanta puntualidad que ni el cacique Neuquen ni Carrupilun, que
estaban inmediatos, pudieron resistir, y ambos cayeron al suelo. Esta
casualidad produjo á un tiempo dos efectos:--risa y fuerza en nuestras
tropas, que veian así arrollados á los dos caciques que tenian concepto
de valientes entre las tribus de su mando, y á estas sorprendidas
por haber creido al pronto que habian sido muertos: hasta que mejor
desengañados por si mismos, entendieron que era obsequio.
Concurrieron los 24 caciques al parlamento de Neuquen. Habló este,
disculpando su criminalidad, y convirtiendo en grandes y afectadas
ofertas de amistad su venida, pues nunca lo habian hecho con expedicion
alguna, ni tratado con ningun español, por lo tanto no se hacia creible
que él viniese á molestarnos. Despues de haberle oido à presencia de
todos los caciques, le dije: que dos cosas debian quedar liquidadas
en aquel momento: la primera castigado el comisario conductor, pues
estaba presente; y la segunda, que se me digese, quien era el dueño
y señor de la laguna y aquella tierra, porque todos alegaban una
misma preferencia, y yo debia salir de esta duda, y hacerla presente
al Superior Gobierno que me mandaba: pero ni Neuquen ni Carrupilun
respondieron cosa alguna.
Tomando la voz los ancianos, uno en pos de otro, á saber, los dos
caciques Quilan y Pallatur, dijo este: que ninguno tenia mas derecho
que otro á la laguna y á la sal de ella: que esta era comun á todos los
hombres, como los pastos del campo á los animales: que las diversas
naciones de indios, de una y otra parte de la Cordillera y los
españoles, podian venir á la laguna, y cargar la sal que quisiesen,
sin que ninguno pudiese estorbarlo, sin ser injusto: pero que, ademas
de esto, estaba ya acordado en un sério parlamento, en aquel mismo
lugar, á que él entonces concurrió. Que jamas faltaria por su parte
á ello, y defenderia con sus gentes y armas esta determinacion, á la
cual habian concurrido caciques muy respetables. Pero, por desgracia,
veia que en estos tiempos todos se hacian caciques sin serlo, y que la
causa de verse arruinados era la falta de sugecion en los indios, y
los muchos cristianos que hoy habia entre ellos, cuyo número se hacia
ya respetable á los mismos indios por sus determinaciones, así en los
consejos que les daban para resistir á los mismos españoles y su venida
á estos campos, como para ir á maloquear ó robar las haciendas de los
españoles; y que esto solo podria remediarse, situándose allí los
mismos cristianos, como lo deseaban él y otros caciques, por la cuenta
que les tenia para proveerse de muchas cosas de que carecian.
Lo mismo expresó Quillan, Quidulef, Victoriano y otros; y aunque
Carrupilun y Neuquen no contradigeron, tampoco se prestaron con
claridad á mas que á no impedir que la expedicion cargase de sal, sin
ser incomodada en cosa alguna. Ultimamente, para aprovechar aquel
momento de division y de temor, llamé la atencion de todos, y dige:
que en medio de la oposicion que se manifestaba en sus opiniones y
razonamientos, yo no queria cargar sal alguna, y que daria parte al
Sr. Virey para enterarle de todo en el dia, y que obraria segun su
determinacion: pero que ciertamente les anunciaba, que tendria un gran
sentimiento cuando supiese que no se cumplian sus parlamentos, y era
muy de temer me remitiese las tropas que estan juntas en las Guardias,
con las órdenes mas estrechas para castigar á los que se oponian; que
en esta inteligencia no se quejasen despues. Que les advertia, que si
algunas gentes de sus tolderias me robaban caballos ó ganado, como lo
habian hecho, no aguardaria las órdenes del Sr. Virey, porque usaria de
las armas.
Todos contestaron que no habria novedad, y que si algun indio cometiese
igual exceso lo matase sin recelo, que ellos no se agraviarian. Pero
tomó la voz Quinteleu y los suyos para que no se demorase la carga
de las carretas, que ellos ayudarian con sus gentes y auxiliarian la
expedicion hasta Buenos Aires. Le contesté, que me tomaria tiempo para
resolverme, en vista de cuanto se me habia faltado, y yo no debia
creer sus ofertas; pero que tuviesen entendido que desde aquel dia ya
no se vendia aguardiente alguno, puesto que uno de los motivos que
se daban para los descomedimientos de los indios era la embriaguez.
Habiendo pasado el dia sin poder tomar alimento alguno, á causa de las
ocurrencias referidas, mandé que se retirasen de la línea, á excepcion
de los indios amigos, con quienes no se hizo novedad. Continuó la
vigilancia necesaria sin dormir, y quedamos sobre las armas toda la
noche hasta que amaneció, sin que en ella hubiese ocurrido alteracion
ni motivo de incomodidad por parte de los indios. El cacique Quinteleu
se mantuvo en vela á mi lado toda la noche, haciendo observar por los
suyos y los demas indios, que con frecuencia le daban parte de sus
centinelas avanzadas.