En este dia, como á las 8 de la mañana, llegó al campamento el cacique
Currilipay acompañado de número considerable de indios, anunciando
el pronto regreso del gran Carrupilun, y manifestando le saliese á
recibir con respetable escolta para hacerle honores, como acostumbraban
hacerle todos los comandantes de las expediciones. A que contesté, que
le haria el recibimiento que á todos, si venia de amistad; y si venia
de guerra, con las armas; que le mandaria un oficial y el lenguaraz
para hacerlo asi entender: y en efecto mandè 12 hombres y un sargento
bien municionados, con el lenguaraz, á corta distancia del campamento
y á la vista de él; quienes llegaron á su formacion, y se manifestó
incomodado, despreciando al lenguaraz, y usando en la contestacion
de un N. Lucero, Puntano, muy sagaz y favorito del cacique, de las
intenciones mas dobles y el mayor facineroso y enemigo nuestro, muy
respetado entre los indios por valiente. Se me avisó esta ocurrencia,
y de la disposicion de Carrupilun para chocar y hacer armas: pero
al fin, sin aguardar otra respuesta, se acercó al parlamento, muy
decorado con sus caciques _á latere_, y otros que salieron á recibirle,
y considerable número de indios con machetes, sables y bolas, sin
lanzas, porque las habian dejado apostadas con gente en los médanos.
Como todos los antecedentes eran de que este cacique queria burlarse
de la expedicion y asediarla como lo habia hecho con otras, tenia toda
la gente armada, en sus respectivos puntos, cargada á metralla la
artilleria y esmeriles, con mecha encendida, y á punto de defenderme
ya de los que venian de nuevo, como de todos los demas que rodeaban
el campamento, de los cuales muchos estaban secretamente complotados
con Carrupilun para atacarnos. Su muchedumbre formaba un espectáculo
harto respetable, y acercándose á la línea, esperó en ella á que
fuese á introducirlo: lo que egecutè á pié con los caciques amigos y
12 hombres armados, obligándole de este modo á que se apease, como
lo egecutó, y llegó á pié al campamento con los caciques, quedando
su gente montada en la línea. Manifestó desde luego mucho orgullo é
incomodidad, porque no se le hubiese mandado 50 hombres, y que no
hubiera salido á recibirle como me lo habia pedido. Llegó al cuerpo
de guardia con su acompañamiento, é hice despejar el lugar y doblar
las centinelas, impuesto de sus acostumbradas desverguenzas en otros
parlamentos; con órden de asegurarlo en el caso de usar de sus armas
é descomedirse. El observò mi entereza, y al mismo tiempo el agasajo
posible; pero no quiso que mi interprete recibiese de él razonamiento
alguno, manifestando su desconfianza: á que le contesté, que yo oiria
del suyo y del mio sus propuestas y razones, porque tenia el mismo
motivo de desconfiar de su lenguaraz, por no conocerlo, que el que
manifestaba del mio, y que de este modo nos entenderiamos. Convino con
ello, y dió principio á su razonamiento por la falta que se cometia
contra su respeto y mando general de aquellas tierras, en no darle
parte anticipadamente por el Virey, del envio de esta expedicion: que
la laguna era suya, la tierra dominada por él, y ninguno, sin ser
repulsado violentamente, podia ir allí: que repetia, que él era el
Señor, el Virey y el Rey de todos los Pampas. Y todos los caciques sus
dependientes esforzaron estas últimas razones de una manera fuerte,
á beneficio de un pulmon de privilegio que le dió la naturaleza, en
una estatura prócer, robusta y de aspecto imponente. Le contestè á
todo: que yo no iba á disputarle su vireynato, ni la legitimidad de
sus propiedades; que mi viage era contraido á cargar la expedicion de
sal, en fuerza de una amistad asentada entre españoles y pampas, por
virtud de lo cual en aquel mismo lugar se habian quebrado lanzas, y
hecho las mas solemnes amistades, bajo las cuales los indios de todos
los caciques entraban diariamente en Buenos Aires, y en todas las
fronteras sin ser robados, ni incomodados, antes sí muy regalados;
que él mismo cabalmente habia sido de los mas beneficiados por el Sr.
Virey, D. Santiago Liniers, que le regaló sombrero, uniforme y baston
de general, con otras muchas cosas de valor y estima, y no debia
olvidar tan pronto esta prueba de amistad y buena fè, y por lo tanto
era innecesario el aviso que echaba menos. En cuya inteligencia creian
tener los españoles igual derecho ó razon para hacer sus expediciones
acostumbradas de sal en las pampas: que la laguna, como el Rio de la
Plata, cuando iban ellos à Buenos Aires, nos prestaban la sal y el
agua, que Dios habia criado para los hombres, y ninguno podia ponerles
precio, ni privarlas á los demas hombres sin ofenderlos: que ya estaba
cansado de oir estas reconvenciones por todos los demas caciques,
llamados tambien dueños de la laguna, y por lo mismo no queria cargar
hasta saber si eran firmes, y estaban en su fuerza aquellos tratados
de paz, ò se declaraba la guerra: en inteligencia que entonces daria
aviso para que las tropas que estaban en las fronteras entrasen, y
decidieran las armas lo que no podia conseguir la razon y sufrimiento:
teniendo entendido, que no le permitia alojar dentro del campamento,
para evitar motivos de disgustos entre mis soldados y sus indios. A
esta esposicion, dada con igual firmeza, depuso su altivez, mudò de
tono y dijo: que queria ser mi amigo, y que le diese la mano derecha;
pero que le diese alojamiento á mis inmediaciones: á que me negué,
recordándole sus hechos en la penúltima expedicion, en que desalojó
al comandante de su carruage, y se cometieron otras desatenciones,
que causaron las embriagueses de sus indios y la suya, á términos de
un rompimiento: y para evitar desgracias, convenia á él y á mi que se
alojase á distancia, y lo serviria como amigo. Se allanó á todo, y me
pidió aguardiente, pan, tabaco, pasas y carne para comer, espresándome
que estaba en la mayor escasez, despues de 8 dias de camino por venir á
saludarme, con otras muchas lisonjeras espresiones, de que abunda como
hombre pérfido. Se retiró no muy distante, sin salir del campamento,
con miras de preparárseme mejor golpe, segun tenia acordado con los
caciques Euquen, Milla, Coronado y otros que estaban apostados, y se le
dieron á él y á sus gentes, 4 barriles de aguardiente, tabaco, yerba y
demas á proporcion, con lo que dió principio á sus embriagueses. Noté
que los caciques Victoriano y Quinteleu se separaron de este y de los
demas sus parciales, y solo Quirulef, cuñado de Quinteleu, asistió con
todos los demas caciques al parlamento de Carrupilun. Es costumbre
saludarse todos, siempre que se reunen, refiriendo sus ocurrencias
desde la última vez que se vieron; y llegando este turno á Quirulef, le
reconvino á Carrupilun, diciéndole, que Quirulef, sus padres y abuelos,
habian ocupado aquellas tierras, y ninguno se las habia disputado, y
le era muy estraño que el que ayer las habia conocido, hoy las llamase
suyas, y tratase así á los españoles, despues de tener con ellos una
paz útil y ventajosa: que Carrupilun tenia su antigua morada en los
montes, y nunca en las pampas, y queria con los suyos perder á estos, y
esponerlos al enojo de los españoles, &a. A esto contestò, que lo que
el decia y hacia era un beneficio á la tierra, porque los españoles
eran muy pícaros. Impuesto yo por el lenguaraz de su comportacion,
le hice entender, que no me gustaba aquel modo de producirse, y
que me veria precisado á dar parte al Virey. A esto repuso, que me
sosegase, que el era mi amigo, y que les mandase mas aguardiente para
alegrarse con sus indios, con los cuales continuó su borrachera. En
la tarde y noche de este dia quedamos sobre las armas para contener
los excesos de los indios, y sus repetidas molestias con amenazas, á
que de ordinario los incita la bebida, hasta que enteramente caen y se
entregan al sueño, único medio y tiempo en que se logra en tales casos
de algun alivio. Los caciques Quinteleu y Victoriano, á diferencia
de todos los demas, no se emborracharon, y pasaron toda la noche en
vela, acompañándome como agitados de algun cuidado, y recorriendo el
campamento en desconfianza, no tanto de Carrupilun, cuanto de los
caciques apostados. A estos los hacian observar con sus gentes, quienes
daban cuenta de cualquiera movimiento hóstil que hiciesen: en efecto,
recibí frecuentes partes de no haber novedad, hasta que amaneció el dia
18. Por no haber tenido efecto los proyectos acordados para este dia
y noche, como despues referirè, fué necesario destinarlo al descanso,
alternado los oficiales y tropa, excesivamente fatigados con la vigilia
de 5 noches con sus dias que llevabamos de campamento sobre la laguna;
sin poder emprender el trabajo de un modo útil, por lo crecido de
dicha laguna, y las muchas olas que formaba el viento: lo que tenia
desalentada la gente, ademas de las zozobras que sufrian con las
amenazas, altaneria y robo de los indios.