17, SABADO.

En este dia, como á las 8 de la mañana, llegó al campamento el cacique

Currilipay acompañado de número considerable de indios, anunciando

el pronto regreso del gran Carrupilun, y manifestando le saliese á

recibir con respetable escolta para hacerle honores, como acostumbraban

hacerle todos los comandantes de las expediciones. A que contesté, que

le haria el recibimiento que á todos, si venia de amistad; y si venia

de guerra, con las armas; que le mandaria un oficial y el lenguaraz

para hacerlo asi entender: y en efecto mandè 12 hombres y un sargento

bien municionados, con el lenguaraz, á corta distancia del campamento

y á la vista de él; quienes llegaron á su formacion, y se manifestó

incomodado, despreciando al lenguaraz, y usando en la contestacion

de un N. Lucero, Puntano, muy sagaz y favorito del cacique, de las

intenciones mas dobles y el mayor facineroso y enemigo nuestro, muy

respetado entre los indios por valiente. Se me avisó esta ocurrencia,

y de la disposicion de Carrupilun para chocar y hacer armas: pero

al fin, sin aguardar otra respuesta, se acercó al parlamento, muy

decorado con sus caciques _á latere_, y otros que salieron á recibirle,

y considerable número de indios con machetes, sables y bolas, sin

lanzas, porque las habian dejado apostadas con gente en los médanos.

Como todos los antecedentes eran de que este cacique queria burlarse

de la expedicion y asediarla como lo habia hecho con otras, tenia toda

la gente armada, en sus respectivos puntos, cargada á metralla la

artilleria y esmeriles, con mecha encendida, y á punto de defenderme

ya de los que venian de nuevo, como de todos los demas que rodeaban

el campamento, de los cuales muchos estaban secretamente complotados

con Carrupilun para atacarnos. Su muchedumbre formaba un espectáculo

harto respetable, y acercándose á la línea, esperó en ella á que

fuese á introducirlo: lo que egecutè á pié con los caciques amigos y

12 hombres armados, obligándole de este modo á que se apease, como

lo egecutó, y llegó á pié al campamento con los caciques, quedando

su gente montada en la línea. Manifestó desde luego mucho orgullo é

incomodidad, porque no se le hubiese mandado 50 hombres, y que no

hubiera salido á recibirle como me lo habia pedido. Llegó al cuerpo

de guardia con su acompañamiento, é hice despejar el lugar y doblar

las centinelas, impuesto de sus acostumbradas desverguenzas en otros

parlamentos; con órden de asegurarlo en el caso de usar de sus armas

é descomedirse. El observò mi entereza, y al mismo tiempo el agasajo

posible; pero no quiso que mi interprete recibiese de él razonamiento

alguno, manifestando su desconfianza: á que le contesté, que yo oiria

del suyo y del mio sus propuestas y razones, porque tenia el mismo

motivo de desconfiar de su lenguaraz, por no conocerlo, que el que

manifestaba del mio, y que de este modo nos entenderiamos. Convino con

ello, y dió principio á su razonamiento por la falta que se cometia

contra su respeto y mando general de aquellas tierras, en no darle

parte anticipadamente por el Virey, del envio de esta expedicion: que

la laguna era suya, la tierra dominada por él, y ninguno, sin ser

repulsado violentamente, podia ir allí: que repetia, que él era el

Señor, el Virey y el Rey de todos los Pampas. Y todos los caciques sus

dependientes esforzaron estas últimas razones de una manera fuerte,

á beneficio de un pulmon de privilegio que le dió la naturaleza, en

una estatura prócer, robusta y de aspecto imponente. Le contestè á

todo: que yo no iba á disputarle su vireynato, ni la legitimidad de

sus propiedades; que mi viage era contraido á cargar la expedicion de

sal, en fuerza de una amistad asentada entre españoles y pampas, por

virtud de lo cual en aquel mismo lugar se habian quebrado lanzas, y

hecho las mas solemnes amistades, bajo las cuales los indios de todos

los caciques entraban diariamente en Buenos Aires, y en todas las

fronteras sin ser robados, ni incomodados, antes sí muy regalados;

que él mismo cabalmente habia sido de los mas beneficiados por el Sr.

Virey, D. Santiago Liniers, que le regaló sombrero, uniforme y baston

de general, con otras muchas cosas de valor y estima, y no debia

olvidar tan pronto esta prueba de amistad y buena fè, y por lo tanto

era innecesario el aviso que echaba menos. En cuya inteligencia creian

tener los españoles igual derecho ó razon para hacer sus expediciones

acostumbradas de sal en las pampas: que la laguna, como el Rio de la

Plata, cuando iban ellos à Buenos Aires, nos prestaban la sal y el

agua, que Dios habia criado para los hombres, y ninguno podia ponerles

precio, ni privarlas á los demas hombres sin ofenderlos: que ya estaba

cansado de oir estas reconvenciones por todos los demas caciques,

llamados tambien dueños de la laguna, y por lo mismo no queria cargar

hasta saber si eran firmes, y estaban en su fuerza aquellos tratados

de paz, ò se declaraba la guerra: en inteligencia que entonces daria

aviso para que las tropas que estaban en las fronteras entrasen, y

decidieran las armas lo que no podia conseguir la razon y sufrimiento:

teniendo entendido, que no le permitia alojar dentro del campamento,

para evitar motivos de disgustos entre mis soldados y sus indios. A

esta esposicion, dada con igual firmeza, depuso su altivez, mudò de

tono y dijo: que queria ser mi amigo, y que le diese la mano derecha;

pero que le diese alojamiento á mis inmediaciones: á que me negué,

recordándole sus hechos en la penúltima expedicion, en que desalojó

al comandante de su carruage, y se cometieron otras desatenciones,

que causaron las embriagueses de sus indios y la suya, á términos de

un rompimiento: y para evitar desgracias, convenia á él y á mi que se

alojase á distancia, y lo serviria como amigo. Se allanó á todo, y me

pidió aguardiente, pan, tabaco, pasas y carne para comer, espresándome

que estaba en la mayor escasez, despues de 8 dias de camino por venir á

saludarme, con otras muchas lisonjeras espresiones, de que abunda como

hombre pérfido. Se retiró no muy distante, sin salir del campamento,

con miras de preparárseme mejor golpe, segun tenia acordado con los

caciques Euquen, Milla, Coronado y otros que estaban apostados, y se le

dieron á él y á sus gentes, 4 barriles de aguardiente, tabaco, yerba y

demas á proporcion, con lo que dió principio á sus embriagueses. Noté

que los caciques Victoriano y Quinteleu se separaron de este y de los

demas sus parciales, y solo Quirulef, cuñado de Quinteleu, asistió con

todos los demas caciques al parlamento de Carrupilun. Es costumbre

saludarse todos, siempre que se reunen, refiriendo sus ocurrencias

desde la última vez que se vieron; y llegando este turno á Quirulef, le

reconvino á Carrupilun, diciéndole, que Quirulef, sus padres y abuelos,

habian ocupado aquellas tierras, y ninguno se las habia disputado, y

le era muy estraño que el que ayer las habia conocido, hoy las llamase

suyas, y tratase así á los españoles, despues de tener con ellos una

paz útil y ventajosa: que Carrupilun tenia su antigua morada en los

montes, y nunca en las pampas, y queria con los suyos perder á estos, y

esponerlos al enojo de los españoles, &a. A esto contestò, que lo que

el decia y hacia era un beneficio á la tierra, porque los españoles

eran muy pícaros. Impuesto yo por el lenguaraz de su comportacion,

le hice entender, que no me gustaba aquel modo de producirse, y

que me veria precisado á dar parte al Virey. A esto repuso, que me

sosegase, que el era mi amigo, y que les mandase mas aguardiente para

alegrarse con sus indios, con los cuales continuó su borrachera. En

la tarde y noche de este dia quedamos sobre las armas para contener

los excesos de los indios, y sus repetidas molestias con amenazas, á

que de ordinario los incita la bebida, hasta que enteramente caen y se

entregan al sueño, único medio y tiempo en que se logra en tales casos

de algun alivio. Los caciques Quinteleu y Victoriano, á diferencia

de todos los demas, no se emborracharon, y pasaron toda la noche en

vela, acompañándome como agitados de algun cuidado, y recorriendo el

campamento en desconfianza, no tanto de Carrupilun, cuanto de los

caciques apostados. A estos los hacian observar con sus gentes, quienes

daban cuenta de cualquiera movimiento hóstil que hiciesen: en efecto,

recibí frecuentes partes de no haber novedad, hasta que amaneció el dia

18. Por no haber tenido efecto los proyectos acordados para este dia

y noche, como despues referirè, fué necesario destinarlo al descanso,

alternado los oficiales y tropa, excesivamente fatigados con la vigilia

de 5 noches con sus dias que llevabamos de campamento sobre la laguna;

sin poder emprender el trabajo de un modo útil, por lo crecido de

dicha laguna, y las muchas olas que formaba el viento: lo que tenia

desalentada la gente, ademas de las zozobras que sufrian con las

amenazas, altaneria y robo de los indios.

Diario de un viage a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires · 第 34 / 69 题