1.º DE NOVIEMBRE, JUEVES.

En este dia terminaron las demandas de los caciques, á los cuales se

les agasajó con lo que pidieron, de manera que fuesen contentos, como

al parecer lo fueron. Desde las 9 de la mañana hasta las 11 del dia;

y á las 12 y media, marché para el paraje nombrado los Monigotes,

adonde llegué á las 5 de la tarde con miras de adelantar la jornada.

Pero repentinamente, y todo despavorido en un caballo en pelo, á todo

galope me dió alcance el cacique Lincon, con unos de sus capitanejos

de la misma suerte, manifestàndome que, por haberme ido á visitar,

le habian asaltado sus toldos y le habian muerto á su muger y demas

familia, y robado toda su hacienda, y que para perseguir á los ladrones

y facinerosos, le franquease 30 soldados armados. A que contesté:--que

yo no tenia la tropa para vengar agenos agravios: que no venia á

declarar guerra á nadie, y sí solo á hacer efectiva la expedicion de mi

cargo, y defenderme del que quisiera hostilizarme, y por consiguiente

no tenia facultades para ello, ni podia demorar mi viage.--A esta

respuesta, dada con firmeza, aumentada con varias reflexiones de

convencimiento, se alteró, y protestó perder la expedicion; para lo

cual iba á despachar correos á todos los caciques interiores, (como

lo hizo) para que embarazasen la expedicion y la asaltasen: dando á

entender que iba á hacerse de su gente y demas de la comarca, sus

aliados. Ultimamente, como el lenguaraz de que me he valido Mateo

Zurita, ademas de poseer el idioma con la mayor propiedad, segun

dicen los indios, conoce sus inpertinencias y falsedades, y les habla

con la misma entereza que se le manda, sin recelo ni temor, y no se

confabula con ellos por ningun interes como otros; por cuya razon, y

los oficios que otros habian hecho con Lincon, informándoles que Zurita

era el que les hacia menguar los agasajos, y el que todo lo enredaba,

creyó en esta ocasion que á él debia atribuir mi negativa, y en el

último razonamiento tratò de atropellarle á mi presencia, y tambien el

capitanejo de su parcialidad: en cuyo lance me acerqué á él con una

pistola amartillada, y separándose al momento, se retiraron los dos

pretendientes con otros varios indios de sus toldos que habian venido

tras de él, repitiendo sí sus amenazas. Esta ocurrencia por fortuna

la presenciaron varios enviados de otros caciques, que me pedian

permiso para entrar á tratar á la manera que he dicho; y entre otros un

hijo del cacique Epumur, inmediato vecino de Lincon, el cual no dudó

desaprobar en el acto la conducta de aquel y desmentirle, y se ofreció

á darme parte de cualesquiera novedad que advirtiese, avisándole á su

padre: como en efecto lo realizó en aquella noche, expresando ser todo

tramoya y falsedad, y que al siguiente dia me impondria con su padre,

que pasarian á verme, como encargado de ello por sus hermanos, los

caciques Victoriano y Quinteleu. Pero entre tanto esto se comprobaba,

y como debia esperar la realidad de las amenazas, me atrincherè con

las 234 carretas, metí en el círculo que formé las haciendas, quedando

en el centro los médanos de pequeña magnitud, que son los que tienen

el nombre de Monigotes, para observar desde estos los movimientos de

los enemigos en el caso de atacarme. Todos quedamos sobre las armas,

y á punto de batirnos, si fuese necesario, haciéndosenos mas penosa

la noche, por haber sido tormentosa y de aguas. Como la expedicion

estaba escasa de toda clase de armas, corto el número de tropas, y este

minorado ya en una tercera parte de desertores, se me dió á entender

que no debia seguir la expedicion: pero como por una parte advertia que

Lincon no tenia apoyo en su hecho, que acaso trataba de estraviarme

la gente armada para tortuosos fines, y por otra era un desaire de

las mismas armas que cedia en menos honor mio, dige que debia seguir,

porque seria nuestra mayor ignominia huir sin ver los enemigos. Porque

aunque, segun el parte del capitan de milicias, en la noche precedente

se habian desertado 3 hombres mas de su compañia, el hecho mismo de

haber desertado por miedo, no solo les hacia inutiles en el combate

si no perjudiciales, porque ellos serian capaces con su cobardia de

inspirarla á otros. Así terminaron el dia y la noche tenebrosa sin otra

particular novedad.

Diario de un viage a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires · 第 18 / 69 题