En este dia se caminó desde las 6 de la mañana hasta 11; se hizo
observacion, y emprendida la marcha de la tarde, llegamos al parage
nombrado las Saladas, que es el fin de nuestras poblaciones, mas
internadas por este punto al infiel, y sobre una cañada, que segun su
profundidad y cauce, aunque estenso, manifiesta recibir muchas aguas en
tiempo de ellas, por las que recibe de otras.
Los terrenos hasta esta cañada mejoran siempre á los anteriores en
feracidad y firmeza de piso, con excelentes pastos. Aquí se miran los
trigales mas frondosos y totalmente límpios de maleza; las poblaciones
son menos, y sumamente míseras, pero con numerosas familias, que hacen
su principal negocio en quesos, para lo que conservan gran número de
vacas de leche, gallinas, poco ganado caballar, y escasas siembras de
maiz.
Estas poblaciones son seguras posadas de los indios infieles que hacen
transito á las Guardias ó á nuestros campos, unas veces de buena
fé, y siempre que tengan proporcion, de mala: y en tanto conservan
buena correspondencia, en cuanto les interesa el volver; que en el
caso contrario les roban lo que pueden, y hacen alarde de ello. Los
fronterizos son muy frecuentes, por el interes de la compra del maiz
de que hacen los indios mucho uso para comerlo en grano, ó mal pisado,
cocido en agua. Estos fronteros, que disfrutan confianzas entre estos
españoles, son los introductores de los indios de tierra adentro:
casi todos son parientes, amigos y relacionados, y como todos tienen
innatos unos mismos vicios, que es el robo al español, y el asesinarlo,
si impunemente pueden hacerlo, cometen todo género de atrocidad, y se
retiran contando como victoria estos hechos. La clase de gentes aquí
pobladas son poco menos feroces é inciviles que los mismos indios:
de su roce y trato resultan las frecuentes clandestinas entradas
en las primeras tolderias de nuestros compatriotas, llevándoles el
aguardiente, la yerba y tabaco que ellos apetecen. Se entregan à
la lascivia, y forman los proyectos de las extracciones y robos de
haciendas, unas veces en union con ellos, y otras proporcionándoles
las haciendas en los puntos que conciertan, teniendo interes en ellas,
de gergas, ponchos, lazos y pieles, con algunos caballos buenos de los
muchos que tienen en sus tolderias, y que tanto halaga este género de
comercio á nuestros compatriotas, si de él resulta que tengan un buen
recado y gergas, con excelente caballo.
Este es uno de los principales motivos de la destruccion de nuestras
campañas, pero en mi concepto no el mayor, como despues diré. Pero
sí es, el que puebla los campos infieles de apostatas, porque estos
mismos, mas bien acomodados con la vida haragana y brutal de los
indios, perspicaces para hacer los robos por sus conocimientos,
facilmente toman crédito entre ellos, se hacen de caudal á su modo,
que consiste en yeguas, caballos, espuelas de plata, chapeados y alguna
ropa, armas y abalorios, para comprar dos, tres y cuatro mugeres;
contentando con aquellas especies á los padres y hermanos, que es en lo
que unicamente consiste el casarse, y tantas veces, cuantas pueda hacer
estas compras. En tanto estremo, que ya hoy es la voz preponderante la
de esta clase de renegados, así por su número, como por su ventaja de
armas en muchos: de que ya los caciques ancianos se quejan, diciendo
que, en cuanto á excesos que se cometen, la mayor parte son causados
por los mismos cristianos, á quienes no pueden reducir con sus consejos.
Me he reservado esplicar el principal motivo que ha causado el daño,
que llevará á su fin las campañas si no se reforma, así en estas
fronteras y capital, como en la de Córdoba, San Luis y Mendoza, de esta
parte del norte de la Cordillera de los Andes. Es, pues, el franco
comercio con la capital y frontera, fomentado casi por determinado
número de hombres, que sin reflexionar en el mal que hacen (aunque
lo conocen) prefieren su particular y vil interes al general. Ya,
pues, no se contentan con abrir unos contratos, ademas de usurarios,
prohibidos; sino que, á pretesto de robos y extracciones de ganados,
piden permiso para ir à hacer sus rescates á los mismos toldos, y esto
se hace llevando carretas cargadas de bebidas adulteradas, (he seguido
el rastro de ellas hasta las mismas tolderias) llevándoles cuchillos,
sables y espadas, que he visto muchos de ellos de todas clases, del
Rey y de particulares: uniformes de todos los regimientos de los
últimos vestuarios, y ya he hallado entre ellos armas de fuego y el
uso correspondiente. He aquí el mayor de los males, que exije pronto
y egecutivo remedio, y de que diré oportunamente lo que conceptuo
necesario, para que el Gobierno con mejores luces haga lo que estime
conveniente.