VII

Entonces fué cuando Juan de Dios tropezó con su mirada en la plaza de

San Pedro. La historia de aquella joven llegó a sus oídos, a poco que

quiso escuchar, por boca de los mismos amigos suyos, sacerdotes y todo.

Estaba el novio ausente; era la quinta o sexta ausencia, la más larga.

La enfermedad volvía. Rosario luchaba; salía con su madre porque no

dijeran; pero la rendía el mal, y pasaba temporadas de ocho y quince

días en el lecho.

Las tristezas de la niñez enfermiza volvían, más ahora con la nueva

amargura del amor burlado, escarnecido. Sí, escarnecido; ella lo

iba comprendiendo; su madre también, pero se engañaban mutuamente.

Fingían creer en la palabra y en el amor del que no volvía. Las cartas

del ricacho escaseaban, y como era él poco escritor, dejaban ver la

frialdad, la distracción con que _se redactaban_. Cada carta era una

alegría al llegar, un dolor al leerla. Todo el bien que las recetas y

los consejos higiénicos del médico podían causar en aquel organismo

débil, que se consumía entre ardores y melancolías, quedaba deshecho

cada pocos días por uno de aquellos infames papeles.

Y ni la madre ni la hija procuraban un rompimiento que aconsejaba la

dignidad, porque cada una a su modo, temían una catástrofe. Había, lo

decía el doctor, que evitar una emoción fuerte. Era menos malo dejarse

matar poco a poco.

La dignidad se defendía a fuerza de engañar al público, a los

maliciosos que acechaban.

Rosario, cuando la salud lo consentía, trabajaba junto a su balcón,

con rostro risueño, desdeñando las miradas de algunos adoradores que

pasaban por allí; pero no el trato del mundo como en los mejores días

de sus amores y de su dicha. A veces la verdad podía más que ella y se

quedaba triste y sus miradas pedían socorro para el alma...

Todo esto, y más, acabó por notarlo Juan de Dios, que para ir a muchas

partes pasaba desde entonces por la plazoleta en que vivía Rosario. Era

una rinconada cerca de la iglesia de un convento que tenía una torre

esbelta, que en las noches de luna, en las de cielo estrellado y en las

de vaga niebla, se destacaba romántica, tiñendo de poesía mística todo

lo que tenía a su sombra, y sobre todo el rincón de casas humildes que

tenía al pie como a su amparo.

El Señor y los demás son Cuentos · 第 26 / 49 题