VI

Así vivía, cuando una tarde, paseando, ya cerca del obscurecer, por la

plaza, muy concurrida de San Pedro, sintió el choque de una mirada que

parecía ocupar todo el espacio con una infinita dulzura. Por sitios

de las entrañas que él jamás había sentido, se le paseó un escalofrío

sublime, como si fuera precursor de una muerte de delicias: o todo iba

a desvanecerse en un suspiro de placer universal, o el mundo iba a

transformarse en un paraíso de ternuras inefables. Se detuvo; se llevó

las manos a la garganta y al pecho. La misma conciencia, una muy honda,

que le había dicho que _allá lejos_ se habría satisfecho brindando

con la propia sangre al amor divino, ahora le decía, no más clara: "O

aquello o esto." Otra voz, más profunda, menos clara, añadió: "Todo es

uno." Pero "no"--gritó el alma del buen sacerdote--: "Son dos cosas;

ésta más fuerte, aquélla más santa. Aquélla para mí, ésta para otros."

Y la voz de antes, la más honda, replicó: "No se sabe."

La mirada había desaparecido. Juan de Dios se repuso un tanto y siguió

conversando con sus amigos, mientras de repente le asaltaba un recuerdo

mezclado con la reminiscencia de una sensación lejana. Olió, _con la

imaginación_, a agua de colonia, y vió sus manos blancas y pulidas

extendiéndose sobre un grupo de fieles para que se las besaran. Él era

un misacantano, y entre los que le besaban las manos perfumadas, las

puntas de los dedos, estaba un niña rubia, de abundante cabellera de

seda rizada en ondas, de ojos negros, pálida, de expresión de inocente

picardía mezclada con gesto de melancólico y como vergonzante pudor.

Aquéllos eran los que acababan de mirarle. La niña era ya una joven

esbelta, no muy alta, delgada, de una elegancia como enfermiza, como

una diosa de la fiebre. El amor por aquella mujer tenía que ir mezclado

con dulcísima caridad. Se la debía querer también para cuidarla. Tenía

un novio que no sabía de estas cosas. Era un joven muy rico, muy

fatuo, mimado por la fortuna y por sus padres. Tenía la mejor jaca de

la ciudad, el mejor tílburi, la mejor ropa; quería tener la novia más

bonita. Los diez y seis años de aquella niña fueron como una salida

del sol, en que se fijó todo el mundo, que deslumbró a todos. De los

diez y seis a los diez y ocho la enfermedad que de años atrás ayudaba

tanto a la hermosura de la rubia, que tanto había sufrido, desapareció

para dejar paso a la juventud. Durante estos dos años, Rosario, así

se llamaba, hubiera sido en absoluto feliz... si su novio hubiese

sido otro; pero el de la mejor jaca, el del mejor coche la quiso por

vanidad, para que le tuvieran envidia; y aunque para entrar en su

casa (de una viuda pobre también, como la madre de Juan, también de

costumbres cristianas) tuvo que prometer seriedad, y muy pronto se vió

obligado a prometer próxima y segura coyunda, lo hizo aturdido, con

la vaga conciencia de que no faltaría quien le ayudara a faltar a su

palabra. Fueron sus padres, que querían algo mejor (más dinero) para su

hijo.

El pollo se fué a viajar, al principio de mala gana; volvió y al

emprender el segundo viaje ya iba contento. Y así siguieron aquellas

relaciones, con grandes intermitencias de viajes, cada vez más largos.

Rosario estaba enamorada, padecía... pero tenía que perdonar. Su madre,

la viuda, disimulaba también, porque si el caprichoso galán dejaba a su

hija el desengaño podía hacerla mucho mal; la enfermedad, acaso oculta,

podía reaparecer, tal vez incurable. A los diez y ocho años Rosario era

la rubia más espiritual, más hermosa de su pueblo; sus ojos negros,

grandes y apasionados dolorosamente, los más bellos, los más poéticos

ojos...; pero ya no era el sol que salía. Estaba acaso más interesante

que nunca, pero al vulgo ya no se lo parecía. "Se seca"--decían

brutalmente los muchachos que la habían admirado, y pasaban ahora de

tarde en tarde por la solitaria plazoleta en que Rosario vivía.

El Señor y los demás son Cuentos · 第 25 / 49 题