VIII

Juan de Dios no dió nombre a lo que sentía, ni aun al llegar a verlo en

forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el egoísmo

invencible del placer, no hizo más que gozar de su estado. Nada pedía,

nada deseaba; sólo veía que ya había para qué vivir, sin morir en Asia.

Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvió a encontrarse

con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balcón,

Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensación

dulcísima, y aplicó groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En

cuanto la palabra interior pronunció tales nombres, la conciencia se

puso a dar terribles gritos, y también dictó sentencia con palabras

terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aquéllos. "Amor

sacrílego, tentación de la carne." "¡De la carne!" Y Juan estaba

seguro de no haber deseado jamás ni un beso de aquella criatura: nada

de aquella _carne_, que más le enamoraba cuanto más se desvanecía.

"¡Sofisma, sofisma!", gritaba el moralista oficial, el teólogo...

y Juan se horrorizaba a sí mismo. No había más remedio. Había que

confesarlo. ¡Esto era peor!

Si la plasticidad tosca, grosera, injusta con que se representaba a

sí propio su sentir era ya cosa tan diferente de la verdad inefable,

_incalificable_ de su pasión, o lo que fuera, ¿cuánto más impropio,

injusto, grosero, desacertado, incongruente había de ser el juicio que

_otros_ pudieran formar al _oirle_ confesar lo que sentía, pero sin

_oirle_ sentir? Juan, confusamente, comprendía estas dificultades:

que iba a ser injusto consigo mismo, que iba a alarmar excesivamente

al padre espiritual... ¡No cabía explicarle la cosa bien! Buscó un

compañero discreto, de experiencia. El compañero no le comprendió. Vió

el pecado mayor, por lo mismo que era _romántico_, _platónico_. "Era

que el diablo se disfrazaba bien; pero allí andaba el diablo."

Al oir de labios ajenos aquellas imposturas que antes se decía él a

sí mismo, Juan sintió voces interiores que salían a la defensa de

su idealidad herida, profanada. Ni la clase de penitencia que se le

imponía, ni los consejos de higiene moral que le daban, tenían nada

que ver con su _nueva vida_: era otra cosa. Cambió de confesor y

no cambió de sentencia ni de pronósticos. Más irritada cada vez la

conciencia de la justicia en él, se revolvía contra aquella torpeza

para entenderla. Y, sin darse cuenta de lo que hacía, cambió el rumbo

de su confesión; presentaba el caso con nuevo aspecto, y los nuevos

confesores llegaron a convencerse de que se trataba de una tontería

sentimental, de una ociosidad pseudomística, de una cosa tan insulsa

como inocente.

Llegó día en que al abordar este capítulo el confesor le mandaba pasar

a otra materia, sin oirle aquellos _platonismos_. Hubo más. Lo mismo

Juan que sus sagrados confidentes, llegaron a notar que aquel ensueño

difuso, inexplicable, coincidía, si no era causa, con una disposición

más refinada en la moralidad del penitente: si antes Juan no caía en

las tentaciones groseras de la carne, las sentía a lo menos; ahora,

no... jamás. Su alma estaba más pura de esta mancha que en los mejores

tiempos de su esperanza de martirio en Oriente. Hubo un confesor, tal

vez indiscreto, que se detuvo a considerar el caso, aunque se guardó de

convertir la observación en receta. Al fin, Juan acabó por callar en el

confesonario todo lo referente a esta situación de su alma; y pues él

sólo en rigor podía comprender lo que le pasaba, porque lo sentía, él

solo vino a ser juez y espía y director de sí mismo en tal aventura.

Pasó tiempo, y ya nadie supo de la tentación, si lo era, en que Juan

de Dios vivía. Llegó a abandonarse a su adoración como a una delicia

lícita, edificante.

De tarde en tarde, por casualidad siempre, pensaba él, los ojos de la

niña enferma, asomada a su balcón de la rinconada, se encontraban con

la mirada furtiva, de relámpago, del joven místico, mirada en que había

la misma expresión tierna, amorosa de los ojos del niño que algún día

todos acariciaban en la calle, en el templo.

Sin remordimiento ya, saboreaba Juan aquella dicha sin porvenir, sin

esperanza y sin deseos de mayor contento. No pedía más, no quería más,

no podía haber más.

No ambicionaba correspondencia que sería absurda, que le repugnaría

a él mismo, y que rebajaría a sus ojos la pureza de aquella mujer a

quien adoraba idealmente como si ya estuviera allá en el cielo, en

lo inasequible. Con amarla, con saborear aquellos rápidos choques

de miradas tenía bastante para ver el mundo iluminado de una luz

purísima, bañándose en una armonía celeste llena de sentido, de

vigor, de promesas ultraterrenas. Todos sus deberes los cumplía con

más ahinco, con más ansia; era un refresco espiritual sublime, de una

virtud mágica, aquella adoración muda, inocente adoración que no era

idolátrica, que no era un fetichismo, porque Juan sabía supeditarla al

orden universal, al amor divino. Sí; amaba y veneraba las cosas por su

orden y jerarquía, sólo que al llegar a la niña de la rinconada de las

Recoletas, el amor que se debía a todo se impregnaba de una dulzura

infinita que transcendía a los demás amores, al de Dios inclusive.

Para mayor prueba de la pureza de su idealidad, tenía el dolor que le

acompañaba. ¡Ah, sí! Padecía ella, bien lo observaba Juan, y padecía

él. Era, en lo profano (¡qué palabra!--pensaba Juan), como el amor a la

Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En rigor, todo el amor cristiano

era así: amor doloroso, amor de luto, amor de lágrimas.

El Señor y los demás son Cuentos · 第 27 / 49 题