Juan de Dios no dió nombre a lo que sentía, ni aun al llegar a verlo en
forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el egoísmo
invencible del placer, no hizo más que gozar de su estado. Nada pedía,
nada deseaba; sólo veía que ya había para qué vivir, sin morir en Asia.
Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvió a encontrarse
con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balcón,
Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensación
dulcísima, y aplicó groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En
cuanto la palabra interior pronunció tales nombres, la conciencia se
puso a dar terribles gritos, y también dictó sentencia con palabras
terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aquéllos. "Amor
sacrílego, tentación de la carne." "¡De la carne!" Y Juan estaba
seguro de no haber deseado jamás ni un beso de aquella criatura: nada
de aquella _carne_, que más le enamoraba cuanto más se desvanecía.
"¡Sofisma, sofisma!", gritaba el moralista oficial, el teólogo...
y Juan se horrorizaba a sí mismo. No había más remedio. Había que
confesarlo. ¡Esto era peor!
Si la plasticidad tosca, grosera, injusta con que se representaba a
sí propio su sentir era ya cosa tan diferente de la verdad inefable,
_incalificable_ de su pasión, o lo que fuera, ¿cuánto más impropio,
injusto, grosero, desacertado, incongruente había de ser el juicio que
_otros_ pudieran formar al _oirle_ confesar lo que sentía, pero sin
_oirle_ sentir? Juan, confusamente, comprendía estas dificultades:
que iba a ser injusto consigo mismo, que iba a alarmar excesivamente
al padre espiritual... ¡No cabía explicarle la cosa bien! Buscó un
compañero discreto, de experiencia. El compañero no le comprendió. Vió
el pecado mayor, por lo mismo que era _romántico_, _platónico_. "Era
que el diablo se disfrazaba bien; pero allí andaba el diablo."
Al oir de labios ajenos aquellas imposturas que antes se decía él a
sí mismo, Juan sintió voces interiores que salían a la defensa de
su idealidad herida, profanada. Ni la clase de penitencia que se le
imponía, ni los consejos de higiene moral que le daban, tenían nada
que ver con su _nueva vida_: era otra cosa. Cambió de confesor y
no cambió de sentencia ni de pronósticos. Más irritada cada vez la
conciencia de la justicia en él, se revolvía contra aquella torpeza
para entenderla. Y, sin darse cuenta de lo que hacía, cambió el rumbo
de su confesión; presentaba el caso con nuevo aspecto, y los nuevos
confesores llegaron a convencerse de que se trataba de una tontería
sentimental, de una ociosidad pseudomística, de una cosa tan insulsa
como inocente.
Llegó día en que al abordar este capítulo el confesor le mandaba pasar
a otra materia, sin oirle aquellos _platonismos_. Hubo más. Lo mismo
Juan que sus sagrados confidentes, llegaron a notar que aquel ensueño
difuso, inexplicable, coincidía, si no era causa, con una disposición
más refinada en la moralidad del penitente: si antes Juan no caía en
las tentaciones groseras de la carne, las sentía a lo menos; ahora,
no... jamás. Su alma estaba más pura de esta mancha que en los mejores
tiempos de su esperanza de martirio en Oriente. Hubo un confesor, tal
vez indiscreto, que se detuvo a considerar el caso, aunque se guardó de
convertir la observación en receta. Al fin, Juan acabó por callar en el
confesonario todo lo referente a esta situación de su alma; y pues él
sólo en rigor podía comprender lo que le pasaba, porque lo sentía, él
solo vino a ser juez y espía y director de sí mismo en tal aventura.
Pasó tiempo, y ya nadie supo de la tentación, si lo era, en que Juan
de Dios vivía. Llegó a abandonarse a su adoración como a una delicia
lícita, edificante.
De tarde en tarde, por casualidad siempre, pensaba él, los ojos de la
niña enferma, asomada a su balcón de la rinconada, se encontraban con
la mirada furtiva, de relámpago, del joven místico, mirada en que había
la misma expresión tierna, amorosa de los ojos del niño que algún día
todos acariciaban en la calle, en el templo.
Sin remordimiento ya, saboreaba Juan aquella dicha sin porvenir, sin
esperanza y sin deseos de mayor contento. No pedía más, no quería más,
no podía haber más.
No ambicionaba correspondencia que sería absurda, que le repugnaría
a él mismo, y que rebajaría a sus ojos la pureza de aquella mujer a
quien adoraba idealmente como si ya estuviera allá en el cielo, en
lo inasequible. Con amarla, con saborear aquellos rápidos choques
de miradas tenía bastante para ver el mundo iluminado de una luz
purísima, bañándose en una armonía celeste llena de sentido, de
vigor, de promesas ultraterrenas. Todos sus deberes los cumplía con
más ahinco, con más ansia; era un refresco espiritual sublime, de una
virtud mágica, aquella adoración muda, inocente adoración que no era
idolátrica, que no era un fetichismo, porque Juan sabía supeditarla al
orden universal, al amor divino. Sí; amaba y veneraba las cosas por su
orden y jerarquía, sólo que al llegar a la niña de la rinconada de las
Recoletas, el amor que se debía a todo se impregnaba de una dulzura
infinita que transcendía a los demás amores, al de Dios inclusive.
Para mayor prueba de la pureza de su idealidad, tenía el dolor que le
acompañaba. ¡Ah, sí! Padecía ella, bien lo observaba Juan, y padecía
él. Era, en lo profano (¡qué palabra!--pensaba Juan), como el amor a la
Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En rigor, todo el amor cristiano
era así: amor doloroso, amor de luto, amor de lágrimas.