IV

Renunció a las misiones de Oriente, al martirio probable, a la poesía

de sus ensueños, y se redujo a buscar las grandezas de la vida buena

ahondando en el alma, prescindiendo del espacio. _Por fuera_ ya no

sería nunca nada más que el coadjutor de San Pedro. Pero en adelante

le faltaba un resorte moral a su vida interna; faltaba el imán que

le atraía; sentía la nostalgia enervante de un porvenir desvanecido.

"No siendo un mártir de la fe, ¿qué era él? Nada." Supo lo que era

melancolía, desequilibrio del alma, por la primera vez. Su estado

espiritual era muy parecido al del amante verdadero que padece el

desengaño de un único amor. Le rodeaba una especie de vacío que le

espantaba; en aquella nada que veía en el porvenir cabían todos los

misterios peligrosos que el miedo podía imaginar.

Puesto que no le dejaban ser mártir, verter la sangre, tenía terror al

enemigo que llevaría dentro de sí, a lo que querría hacer la sangre que

aprisionaba dentro de su cuerpo. ¿En qué emplear tanta vida? "Yo no

puedo ser, pensaba, un ángel sin alas; las virtudes que yo podría tener

necesitaban espacio; otros horizontes, otro ambiente: no sé portarme

como los demás sacerdotes, mis compañeros. Ellos valen más que yo, pues

saben ser buenos en una jaula."

Como una expansión, como un ejercicio, buscó en la clase de trabajo

profesional que más se parecía a su vocación abandonada una especie

de consuelo: se dedicó principalmente a visitar enfermos de dudosa

fe, a evitar que las almas se despidieran del mundo sin apoyar la

frente el que moría en el hombro de Jesús, como San Juan en la

sublime noche eucarística. Por dificultades materiales, por incuria

de los fieles, a veces por escaso celo de los clérigos, ello era que

muchos morían sin todos los Sacramentos. Infelices heterodoxos de

superficial incredulidad, en el fondo cristianos; cristianos tibios,

buenos creyentes descuidados, pasaban a otra vida sin los consuelos

del _oleum infirmorum_, sin el aceite santo de la Iglesia..., y como

Juan creía firmemente en la espiritual eficacia de los Sacramentos, su

caridad fervorosa se empleaba en suplir faltas ajenas, multiplicándose

en el servicio del Viático, vigilando a los enfermos de peligro y a

los moribundos. Corría a las aldeas próximas, adonde alcanzaba la

parroquia de San Pedro; aun iba más lejos, a procurar que se avivara

el celo de otros sacerdotes en misión tan delicada e importante. Para

muchos esta especialidad del celo religioso de Juan de Dios no ofrecía

el aspecto de grande obra caritativa; para él no había mejor modo de

reemplazar aquella otra gran empresa a que había renunciado por amor a

su madre. Dar limosna, consolar al triste, aconsejar bien, todo eso lo

hacía él con entusiasmo...; pero lo principal era lo otro. Llevar _el

Señor_ a quien lo necesitaba. Conducir las almas hasta la puerta de la

salvación, darles para la noche obscura del viaje eterno la antorcha

de la fe, el Guía Divino... ¡el mismo Dios! ¿Qué mayor caridad que ésta?

V

Mas no bastaba. Juan presentía que su corazón y su pensamiento

buscaban vida más fuerte, más llena, más poética, más ideal. Las

lejanas aventuras apostólicas con una catástrofe santa por desenlace

le hubieran satisfecho; la conciencia se lo decía: aquella poesía

bastaba. Pero esto de acá no. Su cuerpo robusto, de hierro, que parecía

predestinado a las fatigas de los largos viajes, a la lucha con los

climas enemigos, le daba gritos extraños con mil punzadas en los

sentidos. Comenzó a observar lo que nunca había notado antes, que sus

compañeros luchaban con las tentaciones de la carne. Una especie de

remordimiento y de humildad mal entendida le llevó a la aprensión de

empeñarse en sentir en sí mismo aquellas tentaciones que veía en otros

a quien debía reputar más perfectos que él. Tales aprensiones fueron

como una sugestión, y por fin sintió la carne y triunfó de ella, como

los más de sus compañeros, por los mismos sabios remedios dictados por

una santa y tradicional experiencia. Pero sus propios triunfos le daban

tristeza, le humillaban. Él hubiera querido vencer sin luchar; no saber

en la vida de semejante guerra. Al pisotear a los sentidos rebeldes, al

encadenarlos con crueldad refinada, les guardaba rencor inextinguible

por la traición que le hacían; la venganza del castigo no le apagaba

la ira contra la carne. "Allá lejos--pensaba--no hubiera habido esto;

mi cuerpo y mi alma hubieran sido una armonía."

El Señor y los demás son Cuentos · 第 24 / 49 题