Renunció a las misiones de Oriente, al martirio probable, a la poesía
de sus ensueños, y se redujo a buscar las grandezas de la vida buena
ahondando en el alma, prescindiendo del espacio. _Por fuera_ ya no
sería nunca nada más que el coadjutor de San Pedro. Pero en adelante
le faltaba un resorte moral a su vida interna; faltaba el imán que
le atraía; sentía la nostalgia enervante de un porvenir desvanecido.
"No siendo un mártir de la fe, ¿qué era él? Nada." Supo lo que era
melancolía, desequilibrio del alma, por la primera vez. Su estado
espiritual era muy parecido al del amante verdadero que padece el
desengaño de un único amor. Le rodeaba una especie de vacío que le
espantaba; en aquella nada que veía en el porvenir cabían todos los
misterios peligrosos que el miedo podía imaginar.
Puesto que no le dejaban ser mártir, verter la sangre, tenía terror al
enemigo que llevaría dentro de sí, a lo que querría hacer la sangre que
aprisionaba dentro de su cuerpo. ¿En qué emplear tanta vida? "Yo no
puedo ser, pensaba, un ángel sin alas; las virtudes que yo podría tener
necesitaban espacio; otros horizontes, otro ambiente: no sé portarme
como los demás sacerdotes, mis compañeros. Ellos valen más que yo, pues
saben ser buenos en una jaula."
Como una expansión, como un ejercicio, buscó en la clase de trabajo
profesional que más se parecía a su vocación abandonada una especie
de consuelo: se dedicó principalmente a visitar enfermos de dudosa
fe, a evitar que las almas se despidieran del mundo sin apoyar la
frente el que moría en el hombro de Jesús, como San Juan en la
sublime noche eucarística. Por dificultades materiales, por incuria
de los fieles, a veces por escaso celo de los clérigos, ello era que
muchos morían sin todos los Sacramentos. Infelices heterodoxos de
superficial incredulidad, en el fondo cristianos; cristianos tibios,
buenos creyentes descuidados, pasaban a otra vida sin los consuelos
del _oleum infirmorum_, sin el aceite santo de la Iglesia..., y como
Juan creía firmemente en la espiritual eficacia de los Sacramentos, su
caridad fervorosa se empleaba en suplir faltas ajenas, multiplicándose
en el servicio del Viático, vigilando a los enfermos de peligro y a
los moribundos. Corría a las aldeas próximas, adonde alcanzaba la
parroquia de San Pedro; aun iba más lejos, a procurar que se avivara
el celo de otros sacerdotes en misión tan delicada e importante. Para
muchos esta especialidad del celo religioso de Juan de Dios no ofrecía
el aspecto de grande obra caritativa; para él no había mejor modo de
reemplazar aquella otra gran empresa a que había renunciado por amor a
su madre. Dar limosna, consolar al triste, aconsejar bien, todo eso lo
hacía él con entusiasmo...; pero lo principal era lo otro. Llevar _el
Señor_ a quien lo necesitaba. Conducir las almas hasta la puerta de la
salvación, darles para la noche obscura del viaje eterno la antorcha
de la fe, el Guía Divino... ¡el mismo Dios! ¿Qué mayor caridad que ésta?
V
Mas no bastaba. Juan presentía que su corazón y su pensamiento
buscaban vida más fuerte, más llena, más poética, más ideal. Las
lejanas aventuras apostólicas con una catástrofe santa por desenlace
le hubieran satisfecho; la conciencia se lo decía: aquella poesía
bastaba. Pero esto de acá no. Su cuerpo robusto, de hierro, que parecía
predestinado a las fatigas de los largos viajes, a la lucha con los
climas enemigos, le daba gritos extraños con mil punzadas en los
sentidos. Comenzó a observar lo que nunca había notado antes, que sus
compañeros luchaban con las tentaciones de la carne. Una especie de
remordimiento y de humildad mal entendida le llevó a la aprensión de
empeñarse en sentir en sí mismo aquellas tentaciones que veía en otros
a quien debía reputar más perfectos que él. Tales aprensiones fueron
como una sugestión, y por fin sintió la carne y triunfó de ella, como
los más de sus compañeros, por los mismos sabios remedios dictados por
una santa y tradicional experiencia. Pero sus propios triunfos le daban
tristeza, le humillaban. Él hubiera querido vencer sin luchar; no saber
en la vida de semejante guerra. Al pisotear a los sentidos rebeldes, al
encadenarlos con crueldad refinada, les guardaba rencor inextinguible
por la traición que le hacían; la venganza del castigo no le apagaba
la ira contra la carne. "Allá lejos--pensaba--no hubiera habido esto;
mi cuerpo y mi alma hubieran sido una armonía."