III

Pero sí de sus consecuencias; porque, como los ríos van a la mar, toda

aquella piedad corrió naturalmente a la Iglesia. La pasión mística del

niño hermoso de alma y cuerpo fué convirtiéndose en cosa seria; todos

la respetaron; su madre cifró en ella, más que su orgullo, su dicha

futura; y sin obstáculo alguno, sin dudas propias ni vacilaciones de

nadie, Juan de Dios entró en la carrera eclesiástica; del altar de su

alcoba pasó al servicio del altar de veras, del altar _grande_ con que

tantas veces había soñado.

Su vida en el seminario fué una guirnalda de triunfos de la virtud,

que él apreciaba en lo que valían, y de triunfos académicos que,

con mal fingido disimulo, despreciaba. Sí; fingía estimar aquellas

coronas que hasta en las cosas santas se tejen para la vanidad; y

fingía por no herir el amor propio de sus maestros y de sus émulos.

Pero, en realidad, su corazón era ciego, sordo y mudo para tal casta

de placeres; para él, ser más que otros, valer más que otros, era

una apariencia, una diabólica invención; nadie valía más que nadie;

toda dignidad exterior, todo grado, todo premio eran fuegos fatuos,

inútiles, sin sentido. Emular glorias era tan vano, tan soso, tan

inútil como discutir; la fe defendida con argumentos le parecía

semejante a la fe defendida con la cimitarra o con el fusil. Atravesó

por la filosofía escolástica y por la teología dogmática sin la sombra

de una duda; supo mucho, pero a él todo aquello no le servía para

nada. Había pedido a Dios, allá cuando niño, que la fe se la diera de

granito, como una fortaleza que tuviese por cimientos las entrañas de

la tierra, y Dios se lo había prometido con voces interiores, y Dios no

faltaba a su palabra.

A pesar de su carrera brillante, excepcional, Juan de Dios, con humilde

entereza, hizo comprender a su madre y a sus maestros y padrinos que

con él no había que contar para convertirle en una _lumbrera_, para

hacerle famoso y elevarle a las altas dignidades de la Iglesia. Nada

de púlpito; bastante se había predicado a sí mismo desde el sillón de

sus abuelos. La altura de la _cátedra_ era como un despeñadero sobre

una sima de tentación: el orgullo, la vanidad, la falsa ciencia estaban

allí, con la boca abierta, monstruos terribles, en las obscuridades

del abismo. No condenaba a nadie; respetaba la vocación de obispos y

de Crisóstomos que tenían otros, pero él no quería ni medrar ni subir

al púlpito. No quiso pasar de coadjutor de San Pedro, su parroquia.

"¡Predicar! ¡ah! sí--pensaba.--Pero no a los creyentes. Predicar...

allá... muy lejos, a los infieles, a los salvajes; no a las Hijas de

María que pueden enseñarme a mí a creer y que me contestan con suspiros

de piedad y cánticos cristianos: predicar ante una multitud que me

contesta con flechas, con tiros, que me cuelga de un árbol, que me

descuartiza."

La madre, los padrinos, los maestros, que habían visto claramente

cuán natural era que el niño de aquella _fiesta_, de aquel altar,

fuera sacerdote, no veían la última consecuencia, también muy natural,

necesaria, de semejante vocación, de semejante vida... el martirio:

la sangre vertida por la fe de Cristo. Sí, ése era su destino, ésa su

elocuencia viril. El niño había predicado, jugando, con la boca; ahora

el hombre debía predicar, de una manera más seria, por las bocas de

cien heridas...

Había que abandonar la patria, dejar a la madre; le esperaban las

misiones de Asia; ¿cómo no lo habían visto tan claramente como él su

madre, sus amigos?

La viuda, ya anciana, que se había resignado a que su Juan no fuera

_más que santo_, no fuera una columna muy visible de la Iglesia, ni un

gran sacerdote, al llegar este nuevo desengaño, se resistió con todas

sus fuerzas de madre.

"¡El martirio no! ¡La ausencia no! ¡Dejarla sola, imposible!"

La lucha fué terrible; tanto más, cuanto que era lucha sin odios, sin

ira, de amor contra amor: no había gritos, no había malas voluntades;

pero sangraban las almas.

Juan de Dios siguió adelante con sus preparativos; fué procurándose la

situación propia del que puede entrar en el servicio de esas avanzadas

de la fe, que tienen casi seguro el martirio... Pero al llegar el

momento de la separación, al arrancarle las entrañas a la madre viva...

Juan sintió el primer estremecimiento de la religiosidad humana, fué

caritativo con la sangre propia, y no pudo menos de ceder, de sucumbir,

como él se dijo.

El Señor y los demás son Cuentos · 第 23 / 49 题