Cual una abeja sale al campo a hacer acopio de dulzuras para sus
mieles, Juan recogía en la calle, en estas muestras generales de lo
que él creía universal cariño, cosecha de buenas intenciones, de ánimo
piadoso y dulce, para el secreto labrar de místicas puerilidades, a
que se consagraba en su casa, bien lejos de toda idea vana, de toda
presunción por su hermosura; ajeno de sí propio, como no fuera en el
sentir los goces inefables que a su imaginación de santo y a su corazón
de ángel ofrecía su único juguete de niño pobre, más hecho de fantasías
y de combinaciones ingeniosas que de oro y oropeles. Su juguete único
era su altar, que era su orgullo.
O yo observo mal, o los niños de ahora no suelen tener altares.
Compadezco principalmente a los que hayan de ser poetas.
El altar de Juan, _su fiesta_, como se llamaba en el pueblo en que
vivía, era el poema místico de su niñez, poema hecho, si no de piedra,
como una catedral, de madera, plomo, talco, y sobre todo, luces de
cera. Teníalo en un extremo de su propia alcoba, y en cuanto podía,
en cuanto le dejaban a solas, libre, cerraba los postigos de la
ventana, cerraba la puerta, y se quedaba en las tinieblas amables,
que iba así como taladrando con estrellitas, que eran los puntos de
luz amarillenta, suave, de las velas de su santuario, delgadas como
juncos, que pronto consumía, cual débiles cuerpos virginales que
derrite un amor, el fuego. Hincado de rodillas delante de su altar,
sentado sobre los talones, Juan, artista y místico a la vez, amaba
su obra, el tabernáculo minúsculo con todos sus santos de plomo, sus
resplandores de talco, sus misterios de muselina y crespón, restos de
antiguas glorias de su madre cuando brillaba en el mundo, digna esposa
de un bizarro militar; y amaba a Dios, el Padre de sus padres, del
mundo entero, y en este amor de su misticismo infantil también adoraba,
sin saberlo, su propia obra, las imágenes de inenarrable inocencia,
frescas, lozanas, de la religiosidad naciente, confiada, feliz,
soñadora. El universo para Juan venía a ser como un gran nido que
notaba en infinitos espacios; las criaturas piaban entre las blandas
plumas pidiendo a Dios lo que querían, y Dios, con alas, iba y venía
por los cielos, trayendo a sus hijos el sustento, el calor, el cariño,
la alegría.
Horas y más horas consagraba Juan a su altar, y hasta el tiempo
destinado a sus estudios le servía para su _fiesta_, como todos los
regalos y obsequios en metálico, que de vez en cuando recibía, los
aprovechaba para la _corbona_ o el gazofilacio de su iglesia. De sus
estudios de catecismo, de las fábulas, de la historia sagrada y aun de
la profana, sacaba partido, aunque no tanto como de su imaginación,
para los sermones que se predicaba a sí mismo en la soledad de su
alcoba, hecha templo, figurándose ante una multitud de pecadores
cristianos. Era su púlpito un antiguo sillón, mueble tradicional en
la familia; que había sido como un regazo para algunos abuelos caducos
y último lecho del padre de Juan. El niño se ponía de rodillas sobre
el asiento, apoyaba las manos en el respaldo, y desde allí predicaba
al silencio y a las luces que chisporroteaban, lleno de unción,
arrebatado a veces por una elocuencia interior que en la expresión
material se traducía en frases incoherentes, en gritos de entusiasmo,
algo parecido a la _glosolalia_ de las primitivas iglesias. A veces,
fatigado de tanto sentir, de tanto perorar, de tanto imaginar, Juan de
Dios apoyaba la cabeza sobre las manos, haciendo almohada del antepecho
de su púlpito; y, con lágrimas en los ojos, se quedaba como en éxtasis,
vencido por la elocuencia de sus propios pensares, enamorado de aquel
mundo de pecadores, de ovejas descarriadas que él se figuraba delante
de su cátedra apostólica, y a las que no sabía cómo persuadir para que,
cual él, se derritiesen en caridad, en fe, en esperanza, habiendo en el
cielo y en la tierra tantas razones para amar infinitamente, ser bueno,
creer y esperar. De esta precocidad sentimental y mística apenas sabía
nadie; de aquel llanto de entusiasmo piadoso, que tantas veces fué
rocío de la dulce infancia de Juan, nadie supo en el mundo jamás: ni su
madre.