--Ya está, dijo Miramón.

Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.

A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza,

rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron

desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado

mayor.

En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.

--¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.

--Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.

Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en

gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en

descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.

En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.

--No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas

que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V.

seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.

--Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.

El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.

Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se

colocaron a retaguardia.

Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza,

los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los

cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.

A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo

a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.

Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue

conducido a presencia de Miramón.

--¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador.

--Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña

mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con

indolencia un cigarrillo.

--¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el

presidente.

--Sí, mi general, y muy frescas.

--Mejor; ¿dónde se encuentra?

--A cuatro leguas de aquí.

--Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése?

--Él del general don Jesús González Ortega.

--¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú,

muchacho.

Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió:

--Toma. Ahora dame algunos pormenores.

--El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes,

tres mil caballos y treinta y cinco cañones.

--¿Lo has visto tú?

--Durante una hora marché con ellos.

--¿En qué disposiciones se encuentran?

--¡Canario! vienen furiosos.

--Está bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.

López saludó y se alejó.

--Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramón.

--¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.

--Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.

--¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.

--No llegan al doble; el valor suplirá al número.

--Dios lo quiera.

A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.

Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.

A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército

fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en

batería los cañones.

Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.

A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas

de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega

que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que

cruzaban algunos disparos con ellas.

Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero

anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.

Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez,

sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo,

recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con

firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él

estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:

--¡A ellos!

La batalla se empeñó inmediatamente.

El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía

de su parte una desventaja notable.

Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que

no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como

leones y hacían prodigios de valor.

En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las

posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de

ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante

su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo,

para tener que ceder luego el terreno conquistado.

Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma

de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las

arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.

Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.

Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente.

Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los

juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.

--¡Adelante! gritó el presidente.

La caballería vaciló.

Miramón repitió la orden.

Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó

al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad

que había permanecido fiel.

Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al

campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.

La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos,

y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien

pueda!

Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los

soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no

pensaron sino en desbandarse.

El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor

una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en

el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.

Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás

de la caballería del presidente.

Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla,

es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio;

aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual

encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de

los fugitivos.

Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la

indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto

al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho

oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera,

había jurado apoderarse de él.

La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo

habían probado ya y debían probarlo nuevamente.

En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los

cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo,

trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres

contra tres mil.

La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida

por aquella formidable mole de adversarios.

Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por

el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero

a don Melchor.

--¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape

seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de

reunir algunos destacamentos.

Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento

que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.

La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.

El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo

de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la

retirada.

De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil

hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al

enemigo.

Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le

ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había

previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.

Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el

enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los

caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del

pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales,

inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.

D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:

--General.

Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo

la mano al aventurero, murmuró:

--¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?

--Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar

más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir

un deber, hacer un castigo ejemplar.

--¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.

Los otros generales que se habían acercado estaban no menos

sorprendidos que su jefe.

--¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.

--Porque nos traicionaron.

--¿Pero V. conoce al traidor?

--No, respondió Miramón con resentimiento.

--Pues yo sí le conozco, pues me encontraba no lejos de él cuando llevó

a cabo su infame proyecto, vigilándole, porque tiempo hacía que me

inspiraba sospechas.

--¡Qué me importa si no podemos ya apoderarnos de él!

--Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a

buscarle en medio de sus nuevos compañeros, como hubiera ido hasta el

infierno para cogerlo.

Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un

estremecimiento de gozo.

--¡Vive Dios! exclamó Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.

--Conduzcan acá a ese hombre y se le juzgará, dijo Miramón con

tristeza, pues nada más penoso para él que verse obligado a emplear

medidas rigurosas.

--Pronto habremos concluido, profirió el general Negrete; morirá como

traidor, fusilado por la espalda.

--No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar,

añadió Cobos.

A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado

codo con codo.

El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y

llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.

Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la

presidencia del general Cobos.

--¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.

--D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.

--¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que

estaban a sus órdenes?

D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.

--Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un

traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?

--Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.

--Que le fusilen, dijo el general Cobos.

El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas,

y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se

acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:

--Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían

elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te

declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.

Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y

con ellas le cruzó el rostro.

A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de

sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.

--¡Fuego! gritó el general Cobos.

Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca

abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.

--¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.

--No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más

padezca más completa será nuestra venganza.

Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.

Los fugitivos anudaron la marcha.

Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole

como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos:

el general Cobos y D. Jaime.

El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y

obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:

--¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son

los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el

diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!

--¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas,

¡misericordia!

Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas

facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.

D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.

--¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.

--¿Qué dice V.? preguntó Cobos.

--Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con

zumba.

XX

CARA A CARA

Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.

Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a

quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia

y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de

aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el

único hombre capaz de salvarles.

Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un

llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en

torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.

A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del

poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.

Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue

reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del

mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo

cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el

instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las

tropas federales sin disparar un tiro.

Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega,

para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de

los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el

prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de

Miramón.

D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es

que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento

de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad

estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin

ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D.

Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le

hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban

entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía

tanto tiempo.

Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido

por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías

maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que

permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que

acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de

matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a

fin de estar preparado a todo evento.

Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.

Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio

estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer,

porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo

necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó

hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y

se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido,

pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el

dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a

muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados

en sarapes, y tres damas.

D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento

nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie

ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se

decidiese a hacer uso de la palabra.

Esto fue lo que, en efecto, sucedió.

--Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso,

aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña

Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.

Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio

se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía

la emoción, repuso:

--No le entiendo a V.

--¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en

voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V.

posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V.

asesinó?

--¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta

mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse

conmigo, váyase con cuidado.

Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de

desprecio, y levantando la voz, dijo:

--¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le

parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse

aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds.,

caballeros, acérquense.

Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y

unas veinte personas penetraron en el dormitorio.

--¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón;

pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a

derramarse.

Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles,

les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos

revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance

de su mano.

--¡Maten Vds. como perros a esos canallas!

Pero nadie se movió.

--¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces

había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro

descubierto.

Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le

imitaron.

El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del

Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.

--Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como

nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted?

soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le

sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los

de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal

como yo la soñara.

Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada

de soberano desdén a don Jaime, replicó:

--Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir

y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que

ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo

mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto

a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que

yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba

el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y

cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré

una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los

cabellos de su hermana.

--Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V.

supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta

consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí,

pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado,

de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.

--¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera;

¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a

una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir

agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay

un embajador de S. M.

--Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor

de las leyes mejicanas.

--¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente

Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y

nada tengo que temer de las leyes de esta nación.

--Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un

gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta

instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela,

me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que

te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar

de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que

por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más

precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo

poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y

además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a

tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino,

añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.

--¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y

retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.

--Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con

desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.

--Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad

que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una

palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña

Carmen?

--Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.

--¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo

inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es

verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de

sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.

--¿Dónde está?

--Sí.

--No lo sé, respondió fríamente don Horacio.

La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza

entre las manos.

--¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.

Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel

aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido

que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de

doña María y de las dos jóvenes.

--Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no

exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que

se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y

mi cuñada.

--Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad

de conducir a esas señoritas al salón inmediato.

El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra,

seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se

retiraron silenciosamente.

Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en

don Horacio, dijo:

--Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo

hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es

defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.

--Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con

tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.

--Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi

hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido,

yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.

--¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de

don Jaime, ¡madre mía!

--¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin

sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.

Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el

gozo la había vencido.

Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una

silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y

oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.

Las noches mejicanas · 第 26 / 27 段