No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y

organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que

también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los

seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada

en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos

esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a

cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía

a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se

apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había

sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del

gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas

demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían

colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en

prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después

de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un

plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto

que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una

felonía.

El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado

el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en

Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que

produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio

instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó

algunas simpatías.

Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho

mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le

amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta

había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera

salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los

once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y

a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un

efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a

marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en

presentarse.

La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de

Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror

más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las

columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.

Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus

conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió

convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en

un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar

al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario,

estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el

resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que

temer un sitio.

Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y

detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos

sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad,

avivaban en los grupos reunidos en las plazas.

Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que

las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada

desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias

para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a

fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar

al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se

formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en

tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos,

podían haber salvado al gobierno.

Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan

sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en

lugar de atender al verdadero interés de la nación.

Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde

la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil,

era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no

podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en

Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a

González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo

que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en

absoluto la parte diplomática.

Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no

olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en

tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra

el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer

ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.

Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer

adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban

destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en

jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso,

de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo

enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo

el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los

miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera.

Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su

plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar

las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se

entibiara el entusiasmo de los soldados.

Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus

habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en

orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores

que no quería fuesen a parar a manos ajenas.

Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete,

cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la

visita de don Jaime.

--Que entre inmediatamente, dijo Miramón.

El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste:

--¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.

--Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca.

El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras

don Jaime le contemplaba con indecible melancolía.

--¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el

aventurero al cabo de un rato.

--Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a

César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis

enemigos.

--No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame

que le pregunte cuando decide emprender la marcha.

--Mañana, en terminando la revista que he ordenado.

--Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores

inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del

enemigo.

--Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con

gratitud su ofrecimiento, don Jaime.

--Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército

que ha resuelto V. atacar el primero.

--Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución

es atacar a González Ortega.

El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose

a oponer reparo, se limitó a murmurar:

--Está bien.

El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al

lado de don Jaime, dijo con acento jovial:

--Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación

importante. Diga usted.

--No se equivoca V., general; hágame V. el favor de enterarse de este

papel.

El presidente tomó uno doblado en cuarto que don Jaime le tendió, y

después de leerlo sin manifestar la más leve sorpresa, lo devolvió a

éste, quien le preguntó:

--¿Ha leído V. la firma?

--Sí, respondió fríamente Miramón, es una carta credencial de don

Benito Juárez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo

favor está expedida.

--Esto es. ¿Le queda a V. todavía alguna duda respecto de la traición

de ese hombre?

--Ninguna.

--Perdóneme V. que le interrogue, general; pero ¿qué determina V. hacer?

--Nada.

--¡Cómo nada! exclamó don Jaime con no fingida sorpresa.

--Nada, lo repito.

--No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de

estupor.

--Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante;

don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina

de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos

servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de

las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me

ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de

simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha

comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el

poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto

perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi

perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con

él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo

buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes

de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado

mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición

me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo

es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó

personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron

y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto

primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir

satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y

reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante

largos años.

--Lo sé, mi general, profirió don Jaime.

--Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de

alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada

nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador?

¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después

de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede

aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta

y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el

insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a

demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno

europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos

de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los

diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y

tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para

demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso,

no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al

engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja

que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que

convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable.

--Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don

Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.

--Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor,

esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en

Toluca.

--Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V.

definitivamente.

--¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de

él sin publicidades ni ruidos.

El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo

prontamente:

--Me parece haber dado con el modo.

--Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va

a responderme a ella.

--Se lo prometo a V.

--¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?

--Es verdad.

--Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural.

Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan.

--Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el

temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica.

--El único, en efecto.

--Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese

hombre?

--¿Usted lograría semejante?

--Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no

sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen,

sino que le autorizará a V. para que le encause.

--Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el

presidente con gesto de duda.

--Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que

V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.

--Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo

para ello.

--Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre

de V.

--Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la

carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio

de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.

--Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco

que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto

llegue el momento oportuno.

--¿Tiene V. que comunicarme algo más?

--Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en

su expedición.

--Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.

--Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha

el ejército.

--Le agrego a V. a mi estado mayor.

--Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don

Jaime.

--¿Por qué?

--Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes

que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá

V. a su lado durante la batalla.

--Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del

privilegio de obrar milagros.

--Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi

general, con su permiso me retiro.

--Vaya V., amigo mío.

Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente

las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba

aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se

fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó

inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó

algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó

su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó

apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa

donde él moraba.

La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos

criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el

peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado

de una alabarda.

Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó

que condujese al recién llegado.

El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél

entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le

había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada

de un lado, y le dijo:

--Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.

Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al

aventurero a que pasase adelante.

Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran

número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador,

don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le

saludó con galantería suma, y le preguntó:

--¿A qué debo su amable visita, caballero?

--Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una

reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a

propósito.

--A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino

satisfacciones, profirió Pacheco.

Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se

marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de

saludarse nuevamente, dijo el embajador:

--Sírvase V. explicarse, señor.

--Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.

--Enhorabuena, respeto su deseo.

Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto

al diplomático, diciéndole:

--Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.

Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su

visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez

hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo

metió de nuevo en su cartera.

--¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el

embajador.

Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.

--Está bien, profirió don Francisco Pacheco.

El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas

palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas

de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y

entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:

--Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente;

¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?

--Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del

general Miramón.

El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su

interlocutor, diciendo:

--Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.

--Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don

Jaime haciendo una respetuosa reverencia.

--¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo?

--Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.

El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier.

Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se

retiró.

XIX

GOLPE DE GRACIA

Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de

púrpura.

Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos

en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se

había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo

gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor.

En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores

y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la

multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de

bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.

Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a

ambos lados del cual iban formando.

La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos

IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la

caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda.

Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para

distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.

A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue

acercándose rápidamente al paseo.

Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república.

El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor,

parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre

patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste,

con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación

que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso,

en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.

Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez

a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a

un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas

que estaban congregadas en aquel sitio.

Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes,

los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas

de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con

lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.

Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo,

parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a

porfía.

La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no

fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de

cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad,

aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de

consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de

hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas

después.

Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad;

los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.

Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo

acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba

conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga

el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del

paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado

de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran

difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión

de conjunto por demás satisfactorio.

El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos,

y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras

posiciones, donde levantaron un campamento provisional.

Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles

a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de

Méjico hasta la caída de la tarde.

Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y

que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don

Antonio Cacerbar y don Jaime.

Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar

a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta

entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó

sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo

serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.

En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro

descubierto, no reparó en él.

Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se

detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del

Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no

le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su

encuentro.

--¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.

--Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don

Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les

recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de

mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.

--¿Solamente uno? preguntó Domingo.

--Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente

salvaste la vida.

--Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.

--¿Y don Melchor? preguntó el conde.

--Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular.

¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen

sorprender.

--En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de

nuestros criados.

--Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente

todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo

que hacer en palacio. Hasta la vista.

Los tres amigos se separaron.

Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete

de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese

obstáculo alguno a su paso.

El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban

noticias acerca de los movimientos del enemigo.

Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado

fin a su interrogatorio.

Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró.

--¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don

Jaime.

--Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí.

--¿Y la famosa carta?

--Ahí está.

El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con

rapidez.

--¿Qué tal? preguntó don Jaime.

--No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate

con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro

que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha

compuesto V.?

--Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.

--Es V. el hombre más misterioso que conozco.

Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.

--Nada apresura.

--¿No quiere V. ya hacerlo prender?

--Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.

--Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?

--Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.

--Tiene V. razón, repuso el presidente.

El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó

a éste, a quien preguntó:

--¿Está ahí el coronel Cacerbar?

--Sí, excelentísimo señor.

--Que lleve esta orden al jefe de la plaza.

El ujier tomó la orden y partió.

Las noches mejicanas · 第 25 / 27 段