de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba
avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio
obligado a detenerse.
--¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con
acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!
Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al
punto, dijo:
--Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a
fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a
quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...
--Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al
crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.
--Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es
realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado
hermano.
Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego,
continuó:
--Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles
crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo,
sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole:
Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había
ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi
testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando
sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado
el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el
mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por
mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que
alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la
amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.
Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.
--¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a
compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.
En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la
colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso
entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el
brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:
--Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre
de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le
perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles
a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una
mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le
mire a V. con misericordia.
--Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco
perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi
vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.
En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de
querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de
horror.
--Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de
tocarla a V.
--No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró
en su corazón, no lo es V.
Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió
en ella un respetuoso beso.
--¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y
dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.
--Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el
aventurero.
Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual
doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.
--¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.
--Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce
como una súplica.
--Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir
yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la
ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición,
que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a
preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has
hecho de tu hermano Abel?
Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio
cayó desplomado al suelo.
Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.
Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el
suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para
socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos
caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para
acercarse a su cuñado.
--Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su
contacto la mancharía.
--¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.
Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se
levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y
llevando impresa en ellas una resolución singular.
--Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la
reparación será ruidosa.
Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto
valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba
al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el
cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en
par y dijo en voz estridente:
--Entren Vds., caballeros.
En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de
don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el
salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.
Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo,
dijo:
--Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a
ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.
Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la
condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.
A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que,
acompañadas del conde, se volvían a su casa.
Casi a compás resonó choque de armas en el salón.
--¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.
Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en
par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de
soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor
y muchos corchetes.
--En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi
prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este
hombre.
--Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime
interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.
--Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi
apellido.
Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que
permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:
--Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado;
suplicad a Dios que me perdone.
--Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.
--Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la
boca.
De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un
borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.
Don Horacio se había envenenado.
--Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor,
su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este
instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de
retirarse.
--Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el
gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.
Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de
la sala y de la casa acompañado de su séquito.
--Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los
circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de
aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.
Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío
y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.
--Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la
tumba?
--¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los
siglos de los siglos!
Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante
había helado la oración en sus labios.
XXI
EPÍLOGO
EL HACHA
Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez
fatal.
La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había
regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la
situación se hacía más crítica por momentos.
En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una
abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico,
resolvió abandonarla aquella misma noche.
Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al
ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por
sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en
estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.
El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal,
quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado
de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus
nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar
por la seguridad de la población.
Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no
pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida
cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar
aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde
los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable
situación.
Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que
temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le
miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo
personal.
Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo;
pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las
cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales
proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último
momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían
comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos,
sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no
pudieron menos de admirar.
Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en
consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos,
no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de
los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a
cuyo favor se inclinarían.
El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo
desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía
de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos
del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por
la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en
aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar
en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el
criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después
armado de punta en blanco.
--¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo,
amigo López.
--¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.
--Nada más que esto; _Dos y uno hacen tres._
--¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose
espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?
--Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y
aguardar.
--¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.
--Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.
--¿Va a venir?
--Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase
aquí con Vds.
--Pues aprovéchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a
prepararnos.
Cuando, a las once de la noche, llegó don Jaime, éste encontró ya a sus
amigos completamente preparados y armados.
--Partiremos, dijo don Jaime.
--Cuando V. quiera, profirió Luis del Saulay.
--¿Vamos lejos? preguntó el duque.
--Me parece que no, respondió don Jaime; pero tal vez tengan que hablar
las armas.
--Mejor, dijeron los dos jóvenes.
--Todavía podemos disponer de media hora, tiempo más que sobrado para
que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profirió don Jaime. Ya
saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramón.
--Nos consta.
--Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil
quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a
Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone
en marcha.
--¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.
--Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los
juaristas.
--En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.
--Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en
este drama.
--Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar
con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy
persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero
detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que
se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen,
temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga
prisionero.
--Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la
cabeza.
--Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para
ello cuento con ustedes.
--Hace V. bien, profirió Luis.
--No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.
--Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López,
León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres
decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las
circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de
extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir
retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en
esta casa.
--Donde estará en completa seguridad, dijo el conde.
--Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todavía muy
inseguro; las circunstancias nos servirán de guía. Tal vez la escolta
permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le
servirá de nada, nos retiraremos después de haberle acompañado hasta
bastante distancia de la ciudad.
--A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramón asume algo de
grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentiría que se me
presentara coyuntura de serle útil.
--Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profirió el duque, podríamos
partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general;
pero dígame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad
de mi madre.
--Nada temas, sobrino, respondió don Jaime; a mi ruego el embajador de
España ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nación en
la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qué
temer. Por otra parte Esteban está con ellas, y gracias al aprecio en
que a éste le tiene Juárez, basta su sola presencia para protegerlas
eficazmente.
--Entonces adelante, dijeron los jóvenes levantándose, embozándose en
sus capas y armándose.
--Partamos, dijo don Jaime.
Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y
juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y
se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.
Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud
inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a
las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y españoles
que la recorrían en todas direcciones y vigilaban con la más generosa
abnegación para el mantenimiento del orden durante el intervalo de
anarquía que siempre separa la caída de un gobierno de la instalación
del que le sustituye.
La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el
pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese
lo más natural del mundo.
El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales
que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos
para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones,
preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una
tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba
con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y
despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que
por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.
--¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia
él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de
consejo.
--Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.
--No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.
--La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a
toda costa quieren seguirle.
--Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan
alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.
--De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una
profunda reverencia, porque amigos no le faltan.
--En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su
alrededor, todavía no me encuentro solo.
Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este
tema, hasta que dio la una en el Sagrario.
--Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha
llegado la hora de salir de la ciudad.
--Que toquen marcha, gritó un oficial.
Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y
formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.
Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza
inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de
cabezas, se cernió un silencio de muerte.
Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas;
don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor
que rodeaba al general.
Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste
y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él
que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de
marcha.
Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes
partieron gritos de ¡viva Miramón!
--Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don
Jaime, y eso que aún no he partido.
Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud,
que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si
quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.
Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en
campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso
en el horizonte.
Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que
emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas
reinase una agitación sorda.
--¡Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.
A no tardar la agitación fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron
algunos gritos.
--¿Qué ocurre? preguntó Miramón.
--Los soldados se sublevan, le respondió don Jaime sin ambages.
--No puede ser, exclamó el general.
Al mismo instante reventó una de gritos y silbidos, entre los que
sobresalían estas voces:
--¡Viva Juárez! ¡El hacha! ¡el hacha!
El hacha en Méjico es el símbolo de la federación, y aclamarla es
sublevarse, o más bien dicho pronunciarse.
El grito ¡el hacha! recorrió con rapidez todas las filas, hasta hacerse
unánime, y pronto llegaron al colmo la confusión y el desorden.
Los partidarios de Juárez, confundidos con los soldados, proferían
amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no querían dejar
escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el
ristre se hizo inminente un conflicto.
--Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.
--¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.
--Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea
V., ellos mismos le abandonan.
Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en
todas direcciones.
--¿Qué hacer? preguntó Miramón.
--Abrirnos paso, respondió don Jaime.
Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.
--¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.
Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el
ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.
Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y
sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por
último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.
Entonces empezó una carrera vertiginosa.
--¿A dónde vamos? preguntó el presidente.
--A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en
buscarle a V.
Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los
soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y
gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.
Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues
la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a
uno.
A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.
Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo
que hiciese el general Ortega.
Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general
Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se
había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan
tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.
Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma
aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad
no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba
ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de
conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por
cierto muy distante de contar.
Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo
caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de
Veracruz e hizo su entrada en la capital.
Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente,
fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado
pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.
La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba
por fin.
Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el
representante de Guatemala.
Y así sucedió.
La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran
éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante
de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco
obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación
y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador
para abandonar la capital.
Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos
días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto
desconocido, al representante de Guatemala.
En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de
Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.
Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en
compañía de López.
Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.
Dos días después el _Velasco_ de la marina de guerra española, hacía
rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.
El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de
la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doña Carmen de Tobar, y la
del duque de este título con doña Dolores de la Cruz, siendo testigos
el embajador de España en Méjico, el general Miramón, el comandante del
_Velasco_ y el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del
papa.
FIN
_Traducción de_ Luis CALVO.
ÍNDICE
TOMO SEGUNDO
I. Complicaciones.
II. La sorpresa.
III. Los prisioneros.
IV. Don Diego.
V. La cena.
VI. Revelación.
VII. El vengador.
VIII. Horas de sol.
IX. Un hombre de bien.
X. Amor.
XI. Sorpresa.
XII. La salida.
XIII. Triunfo.
XIV. El Palo Quemado.
XV. Saldo de cuentas.
XVI. Resolución suprema.
XVII. Jesús Domínguez.
XVIII. Principio del fin.
XIX. Golpe de gracia.
XX. Cara a cara.
XXI. Epílogo. El hacha.