--Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe

que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y

además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el

campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro

leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con

tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del

sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del

Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta

desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en

reducirla a tal extremidad.

--Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su

patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le

oyesen expresarse de esta suerte.

--Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón,

en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron

personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás

favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una

particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república

derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las

simpatías de sus enemigos.

--No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar

de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado

amistosamente.

--Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise

cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren;

caeremos o triunfaremos juntos.

--Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los

discuta, mi general, dijo el aventurero.

--Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por

mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que

forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.

--Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero

entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no

piensa V. en entregarse a sus enemigos.

--Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V.

mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos

seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro

del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus

diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.

--En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de

buen éxito.

--Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro;

de no, mi caída es irremediable.

--Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la

victoria sonríe al número.

--En fin, vivir para ver, profirió Miramón.

--¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?

--No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de

diez días. Cuento con usted.

--Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.

--Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi

esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse

conmigo a sus habitaciones.

--Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo,

quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.

--Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se

trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo.

De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para

que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos

dejarlos para mañana, como decía no sé quién.

--Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.

--A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que

le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.

Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que

éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de

Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián

de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía

venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.

XVII

JESÚS DOMÍNGUEZ

Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue

a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que,

entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en

torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y

gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para

ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.

--¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano;

¡cuán caro se nos vende V.!

--Los negocios, dijo Jaime sonriendo.

La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del

conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y

León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual

ocupase su sitio en torno de la mesa.

--Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi

vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros,

si es que se dignan permitirme que las acompañe.

--¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.

Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña

María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para

ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.

La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían

de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata

intimidad.

Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella

imprevista fiesta las llenaba de gozo.

Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese

notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía

noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo

comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación.

--¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya!

--¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es

menester pensar en retirarnos.

Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido

visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible,

se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.

López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán.

--¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime.

--Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta

y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.

Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con

la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y

los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como

una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de

mirada menos penetrante que la del aventurero.

--Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que

sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber

quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a

estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester

que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds.

--A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre.

--El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo

tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman

Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que

haya ocurrido entre ese fulano y yo.

--Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.

--Hasta la vista.

Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de

éste, y además de León Carral.

El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta

tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido

alguno.

Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil

observar todos los movimientos del supuesto espía.

Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente

hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la

dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra

y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca

de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el

desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones,

tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la

soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos

instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando

la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el

desconocido se encontró cara a cara con don Jaime.

El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas

el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo,

y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le

condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un

nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían

algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero,

le miró atentamente.

--¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz

irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.

El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero

no respondió palabra alguna.

Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su

prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió

con violencia, diciendo:

--¿Vas a responder al fin, gran tunante?

--¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba

su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.

--Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que

estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero

y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin

quizás en asesino en esta capital?

--Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco

de la calumnia; mi honra era inmaculada.

--¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso

el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes

engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato

como a un zopilote.

--¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le

tengo ya medio descoyuntado.

--Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di,

escucho.

Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro

de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la

circulación; luego dijo:

--Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo

guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.

--Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel

escondite?

--Estoy de expedición, excelentísimo señor,

--¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición?

Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.

--Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que

le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me

acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de

éste.

--¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?

--Vuecencia le conoce.

--Puede; pero ¿cómo se llama, repito?

--Don Melchor de la Cruz.

--Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a

doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?

--Sí, excelentísimo señor.

--¿Qué más?

--Nada más.

--¡Ah! pillo, mientes.

--Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.

--Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime

amartillando impasiblemente una pistola.

--¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.

--Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.

--¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar?

repuso con candidez Jesús Domínguez.

--Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.

--¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan

convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.

--Obrarás cuerdamente.

--Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino

también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las

visitan.

--¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.

--No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.

--¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?

--Desde hace doce días.

--¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva

fuerza en casa de esas señoras?

--Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.

--Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?

--Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido

cincuenta onzas.

--Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer

cincuenta onzas que dar diez pesos.

--¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.

--¿Quién, él? está más pobre que tú.

--¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino

deudas.

--Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.

--¿Yo, excelentísimo señor?

--¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían

pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.

--¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy

aguzados y que les serviré con entusiasmo.

--¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote

consejos?

--Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas.

--¿Tú? ¡quita allá!

--¿Por qué no?

--Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes

serlo mío.

--¡Cómo yo lo hubiese sabido!

--¿Qué hubieras hecho?

--No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia,

se lo ruego.

--Maldito si sirves para cosa buena.

--Sujéteme vuecencia a prueba.

El aventurero hizo como que reflexionaba.

Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.

--No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.

--¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le

soy!

--Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando

una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me

engañes...

--No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia,

quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?

--Sencillamente de cambiar de casaca.

--Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.

--Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?

--Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos

como los dedos de la mano.

--No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.

--Perfectamente.

--Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.

--¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.

--Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.

--¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!

--Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime

sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se

apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:

--Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.

--Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.

--Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe

V. en mí.

--Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando

a paseo.

--No habrá para qué.

--Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.

--En efecto lo soy, excelentísimo señor.

--Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles

importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber

que soy muy curioso.

--Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte.

--Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres

onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor

para ti, pues no cobrarás nada.

--Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos,

excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le

encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún

documento?

--De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las

inmediaciones del canal de las Vigas.

--Allá iré.

--Sobre todo sé prudente.

--Como una zorra.

--Adiós y ojo al Cristo.

--Tengo el honor de saludar a vuecencia.

Los dos interlocutores se separaron.

Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el

cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido

la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió

hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.

El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le

estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su

busca cuando éste entró.

Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo

y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.

Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo

que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido

con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para

servirle a él de espía.

Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada

del día, y al separarse dijo aquél:

--Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la

juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que

desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento

decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime

cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de

este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme

su ayuda en cuanto yo la reclame.

El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.

Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno

de mención.

Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles

y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las

noticias políticas.

En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de

algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número

a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la

escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.

La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse

claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos

agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la

tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.

Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del

hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas

las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los

acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y

calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como

un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que

propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es

mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por

las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús

Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse

después mutuamente satisfechos.

No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan

contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y

amenazas encubiertas.

--Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima

entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que

husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen

olfato.

--Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de

traicionar a un caballero tan generoso como V.

--Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal,

y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace

tres días.

Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado

con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo

como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las

circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez

no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no

estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a

su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y

para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había

sino un paso.

Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don

Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza,

dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a

apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos

al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando

un buen pico, a robárselos después.

A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en

el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los

grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo

de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada

al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una

pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda

a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.

--¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le

dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí

donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don

Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar

confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto

se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme

por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo

de veras.

Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez,

que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la

meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él

cogidos del brazo y hablando de sus negocios.

Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se

volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al

guerrillero.

El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo

una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal

negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no

quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto,

animal y otras lindezas por el estilo.

Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y

dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.

Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se

abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como

la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por

consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con

toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al

que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.

Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez.

Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del

guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna

a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria.

A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como

era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que

Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había

creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él.

XVIII

PRINCIPIO DEL FIN

Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su

última entrevista con don Jaime.

Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de

haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo

menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva

fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos.

Las noches mejicanas · 第 24 / 27 段