Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de

nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él

estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia

capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones

estaban dirigidos al pecho de aquél.

Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición

para él tan inesperada.

--¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la

sacudida que experimentara.

--Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el

desconocido, le levanto la tapa de los sesos.

XV

SALDO DE CUENTAS

Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la

conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar

y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían

los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral

y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos

minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto

silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en

el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de

la hendedura.

Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba

Irzabal.

El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha,

metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el

cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero,

a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del

capítulo precedente.

Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición

del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le

perturbaron.

Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin

desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don

Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar

toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en

un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de

su capa, dijo:

--Hablemos.

No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi

suave, Irzabal experimentó una sensación singular.

--¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro

de su interlocutor.

--¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce

V., don Felipe?

--¿Qué quiere V.? preguntó éste.

--Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura,

procedamos ordenadamente.

El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de

un trago.

--Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el

aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza;

atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V.

clara la razón.

--Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el

cuello y estrellándola contra la pared.

Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:

--Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me

había V. olvidado.

--Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres,

profirió Irzabal.

--Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.

El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.

--Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V.

que le ayude...

--Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al

parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus

facciones de V., V. me dijo...

--Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a

cumplir la promesa que le hice.

--Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no

nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus

órdenes.

--No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan

belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero

hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará,

nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.

--¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.

--Voy a decírselo a V.

El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e

inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó:

--¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para

ellos le entregó el señor don Benito Juárez?

Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y

persignándose murmuró:

--¡Ese hombre es el diablo!

--No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular

respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos

a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y

además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace

poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz.

Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda,

la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó

V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y

además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo

son de sumo interés.

--¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el

guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto.

--Esto no le incumbe a V.

--¿Y si me niego a dárselos?

--Se los tomaré a V. quieras que no.

--Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió

a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no

puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va

provisto de dos revólveres de seis tiros.

--Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y

la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis

pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema

V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su

sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino

que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta.

--¿Realmente obrará V. como dice, caballero?

--Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con

amigos y enemigos.

--¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe.

--No puedo llamarlo de otra manera.

--Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva?

--¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña,

respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería

quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle

yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría

olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición

de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda

necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa.

Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de

ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para

que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.

--Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es

inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la

vida.

--Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose.

Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en

una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y

acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó:

--¿Está V. preparado?

--Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero,

levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.

--Diga V.

--¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?

--Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la

carátula y arrojándola lejos de sí.

--Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea

yo.

--Déjese V. de suposiciones; morirá V.

--Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este

caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?

--Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.

--Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.

--Lo seré.

--Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con

bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas,

en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis

papeles.

--Corriente.

--Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.

--Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa?

--En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca.,

banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba

reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen

a V. peso sobre peso.

--¿Nada más?

--Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por

valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de

la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y

añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre

y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos?

--Le doy a V. mi palabra de caballero.

--Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.

--¿Cuál?

--Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la

espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la

única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo.

¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.

--El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que

no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto.

--Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la

buena de Dios; me portaré tan bien como sepa.

--Amén, repuso don Jaime sonriendo.

Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse

mutuamente, este singular testamento _in extremis_ dispuesto con

impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte

de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas

salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son

rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza,

teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente

su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más

filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más

indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no

lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se

estremezca instintivamente.

En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los

oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y

emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e

imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las

gentes del pueblo se baten a cuchillo.

El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no

es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones

respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la

profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que

se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja

según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre

la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.

Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y

empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota

derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a

su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un

pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia,

con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado

hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo

escondida tras la capa.

El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos

duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y

retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la

boca cerrada y jadeante el pecho.

Era verdaderamente un duelo a muerte.

Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible;

muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo

del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente

en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste

se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre

al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.

Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de

común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.

La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían

inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.

De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia

adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se

tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de

don Jaime desapareció por entero en su pecho.

El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de

sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.

Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le

había partido el corazón.

--¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.

En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán

y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste,

luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y

embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser

visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una

vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo

del búho.

Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.

--¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo

tener segura mi venganza.

Los dos jinetes partieron a escape.

El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al

aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en

verdad, que había recibido en el duelo.

XVI

RESOLUCIÓN SUPREMA

La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el

instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.

Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus

cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden

de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias

de su carrera nocturna.

A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido

entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les

fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados.

Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la

calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella

despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que

echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día

para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus

habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda

espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera

con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar

que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba

al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un

cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas

clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel

ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada

detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del

cuarto.

Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua

y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó

a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya

posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto

por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.

Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los

papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su

dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un

sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este

traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.

Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra

de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa

sagrada salía.

A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la

madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la

puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le

estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.

--¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y

empezando a comer con apetito.

--Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de

campo del excelentísimo señor presidente.

--¡Ah! murmuró don Jaime.

--Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a

las ocho.

--Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?

--Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.

--¿Y qué oíste en ella?

--Sólo dos cosas.

--A ver la primera.

--Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y

que no están de ella sino a tres jornadas.

--Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de

estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra?

López se echó a reír.

--¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime.

--La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo.

--¿Tan chistosa es?

--¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto

de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los

más temibles guerrilleros de don Benito Juárez.

Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había

pasado este suceso.

--Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque

hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta

Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban

centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes,

se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del

rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con

el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el

corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos

desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de

en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que

nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de

la sala donde ocurrió el conflicto.

--Es singular, en efecto, repuso don Jaime.

--Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal,

que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se

refieren atrocidades.

--Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos

ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose.

--No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él,

profirió López.

--Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me

voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las

diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas,

por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la

luna.

--Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga.

--Si no te necesito haré que te avisen.

--Váyase V. tranquilo, mi amo.

Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los

portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora

exacta que le habían señalado.

En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de

palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo

inmediatamente en presencia de Miramón.

El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito

contiguo a sus habitaciones particulares.

--Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime,

serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste;

ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende

y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y

departamos.

--Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V.

algún percance desagradable?

--No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan

con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa;

la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico

y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste.

--Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre

todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana?

--Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle

a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían

imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella

no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto

de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy

perplejo.

Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro.

Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos

segundos.

Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la

conversación. Así es que preguntó:

--¿Y los prisioneros?

--Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que

temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a

ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.

--Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí

por ellos.

--Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a

V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.

--Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?

Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y

levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía

escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:

--Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van

a quedar quebrantados para siempre más.

--Dios quiera que triunfe V.

--Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el

ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme

con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría

otra vez la fortuna.

Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba

abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se

veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres.

--Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital,

Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas

sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio

que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército

del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior,

esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños

destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han

seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de

tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda,

por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal.

--En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que

pensar más en él; está muerto.

--Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.

--Es cierto.

--Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes

puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en

reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo

de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos

nosotros para resistirles?

--Pero...

--Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos

quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más,

de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará,

por demás débil.

--En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento

veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una

resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no

consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre.

Las noches mejicanas · 第 23 / 27 段