Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al

trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un

pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con

acento de mal humor:

--¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.

--Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a

V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la

victoria.

--¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de

mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que

parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos

para la causa que sostengo.

--Demasiado cierto es lo que V. dice, general.

--¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que

me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días

más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de

la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo

presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he

empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la

nación no está ya conmigo.

--Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de

hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.

--El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la

brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y

por consiguiente quedó vencido.

--Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con

otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.

--Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de

encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con

generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía

haberse reparado.

En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.

--¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la

mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué

debo tan agradable visita?

--Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme

hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una

noticia grave que no consiente dilaciones.

El aventurero hizo ademán de retirarse.

--Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V.

general.

--Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina

el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que

sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales

hechos prisioneros hoy.

--¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y

poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?

--Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este

gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el

ejército y el pueblo.

--¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente

después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan

odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no

sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?

--En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.

--Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya

V., general.

--¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto

quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud

desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que

le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las

interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido

víctima. Sígame V.; es menester concluir.

Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón

inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y

se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para

él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su

causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.

A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado

de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.

En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas,

y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en

la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que

fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar

alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues

habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas

disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.

Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal,

joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones

correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el

general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los

oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados

generales.

Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual

se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes,

después de saludarlos galantemente, dijo:

--Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos

encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad;

sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles

más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo

sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las

que siento haberles privado.

Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a

los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron

con gozo.

--Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la

hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con

todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su

palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización

mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de

librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds.

y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds.

pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les

parezca.

--Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le

agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no

podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que

V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos

deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no

intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos

haya relevado de la palabra.

Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los

generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les

asignaron.

En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente

en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un

oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los

grupos, le dijo en voz baja y trémula:

--¿Conoce V. a ese hombre?

--Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días

que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos

servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.

--¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco

hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.

--¡Bah! V. se chancea.

--Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro

de ello.

--No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con

viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de

importancia.

Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la

mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras

él.

El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos,

dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró

con tristeza:

--¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha

concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.

El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras

previsiones.

XIV

EL PALO QUEMADO

Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia.

La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había

calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención

de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a

sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que

componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba

que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban

definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para

consolarse acabaron por retirarse también.

Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo

a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del

palacio presidencial.

Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que

únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió

a éste.

--¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en

el estribo.

--Nada importante.

--¿Estás seguro?

--Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi

salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.

--¿Hace mucho?

--Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el

sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me

ha vagado tan poco el verle, que...

--¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.

--Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio

Cacerbar, mi antiguo herido.

--Al contrario, como que le vi en palacio.

--¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.

--¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.

--A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía

quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un

hombre para acercarse a aquél.

--¿Conociste quién era el individuo ese?

--No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre

los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante

estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.

--Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.

--Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.

--¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?

--Algunas, muy pocas, pero sin ilación.

--Dilas.

--« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah!

no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan

quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: «

Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después

no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores

cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero

en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si

quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido

en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya

ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.

--Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo;

dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?

--Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos

cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted,

fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y

al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.

--Has hecho bien; adelante.

El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y

después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de

desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las

tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.

En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso

que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles;

sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con

semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente

justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran

número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin

hacer protesta alguna respecto del particular.

Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de

la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos

sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro,

para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y

luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al

paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada

investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.

Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien

dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se

detuvo sin proferir palabra.

--¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora?

preguntó el aventurero.

--Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.

--Explícate.

--Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha

de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió

un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada

una capa con vueltas encarnadas.

--¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan

oscura la noche?

--El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un

sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y

en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.

--¿Qué traje vestía el hombre ese?

--Uniforme de oficial superior de caballería.

--¿Qué más pasó?

--El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en

la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel

de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego

calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el

sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.

--¿Qué dirección tomó?

--La de la plaza Mayor.

--¿Y el peón?

--Se metió otra vez en la casa.

--¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?

--Lo estoy.

--Está bien, vigila, y adiós.

--Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.

El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la

plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.

Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin

perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San

Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.

Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde

el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz

de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal

conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido,

a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la

mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le

interroguen.

--¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con

un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.

--Sí, señor, respondió el interpelado.

--¿Hace mucho tiempo?

--Una hora.

--¿Iba solo?

--Solo.

--¿Qué dirección tomó?

--Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo

camino de la izquierda.

--Perfectamente.

--¿Me voy con V.?

--¿Dónde está tu caballo?

--En un corral próximo a la garita.

--Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.

--Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la

cruz.

Los dos jinetes anudaron su marcha.

--Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con

él.

--Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me

parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.

Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra,

y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo

negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que

la rodeaba.

--Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.

--Sí, repuso López.

Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.

De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.

--¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito

animal nos delataría.

Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.

Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y

por último el animal se calló del todo.

Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:

--Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.

López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.

El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor

escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de

ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo,

boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento

undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del

Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces

no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y

gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.

Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal

sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de

una larga lanza.

El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles

fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado

precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.

Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía

el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender.

Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar,

resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina

y por qué se habían congregado.

El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a

conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a

seguir adelante no titubearía en hacerlo.

En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia

y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso

a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.

Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en

línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que

además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer

verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del

edificio.

El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo

estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los

alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo

un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y

que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder

deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de

tanteo.

Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al

seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.

Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese

sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso

anunciara su llegada.

Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho,

desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no

revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora

se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían

ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su

casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera

no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus

ladridos.

Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del

rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le

descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna.

Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho

mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un

vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la

pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible

sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió

aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de

luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta,

reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades,

estaban congregados los extranjeros.

El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y

vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse,

una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un

humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno

de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales

bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado.

Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran

otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio

Cacerbar.

--¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero,

estremeciéndose de gozo y prestando oído atento.

Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía

estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una

condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no

querían aceptar en modo alguno.

--No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan

Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y

esclavo de mi palabra.

--¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en

su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo

ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que

nos han conferido?

--¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos

entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos

para ello debidamente autorizados?

--Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre

cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.

--¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don

Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.

--Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien

le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no

conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más

entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le

pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?

--Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber

resuelto de improviso esta salida.

--¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el

general en jefe; yo me lavo las manos.

--¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no

quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le

dio el presidente?

--No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un

vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.

--¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de

Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.

--Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la

Cruz.

--¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos

traidores y por lo tanto somos tal para cual.

Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron

como impulsados por un resorte.

--Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere

atender a nada.

--Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de

este borracho, repuso don Antonio.

--Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y

feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre

quien me dé un buen pico.

Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y

llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de

un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.

Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos

jinetes que se alejaban.

--Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal,

que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado

con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He

conservado en mi poder la carta.

Las noches mejicanas · 第 22 / 27 段