De improviso el general se irguió con ademán de mal humor, y dejándose

caer en una silla de brazos, dijo en voz baja:

--¡Bah! ¿para qué obstinarnos contra la adversidad?

--Para vencerla, general, respondió el aventurero.

--Es imposible.

--¿Y V. desespera? ¿Usted? repuso con intención don Adolfo.

--No desespero, respondió Miramón, muy al contrario, estoy resuelto

a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende

imponerme Juárez, Juárez, que nada sería a no haberle recogido y

educado quien V. y yo nos sabemos.

--¿Qué quiere V.? profirió con zumba el aventurero. Tal vez el

individuo a que V. se refiere no lo recogió y educó sino con el fin de

llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy.

--Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con más

felina paciencia más tenebrosos proyectos ni cometido más odiosas

acciones con más descarado cinismo.

--¿No es el jefe de los _Puros_? dijo riendo el aventurero.

--¡Maldito sea! exclamó Miramón.

--¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo?

--Porque el plan que V. me propone es impracticable.

--¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó

con disimulo el aventurero.

--Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno

de mí.

--¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió.

--Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se

empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió

sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en

ejecución.

--¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda.

--El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo

artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos

extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.

--Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención.

--¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda.

--Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado

en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio

con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben

que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no

tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente.

--Dice V. bien.

--Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no

sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que

ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus

enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger

de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor.

Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le

abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel

en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece.

--El plan es atrevido, lo veo.

--Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.

--¿Cuál?

--La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con

las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse

ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V.

desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una

capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los

horrores de un sitio.

El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al

cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz

afectuosa:

--Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda

franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo

menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de

V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es?

--Todavía no las cuatro.

--A las cinco habré salido de Méjico.

El aventurero se levantó.

--¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente.

--Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su

permiso me voy.

--¿Volveremos a vernos?

--Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al

enemigo?

--Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa,

en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la

tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y

de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

--El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.

--Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.

--¿Todavía dura su desaliento?

--No, no es desaliento, sino convicción.

El presidente tendió afectuosamente la mano al aventurero, el cual se

despidió y se retiró.

Poco después don Jaime salía de Méjico y corría en campo raso, montado

en un caballo que llevaba la velocidad del huracán.

XII

LA SALIDA

Como dijera al aventurero, a las cinco de la mañana Miramón salía

de Méjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya

que entre infantería y caballería apenas si se componían de tres mil

quinientos hombres. Artillería no la llevaba, a causa de tener que

efectuarse la marcha por senderos extraviados.

Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el

avance.

Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano,

y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas

probabilidades de buen éxito.

Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado

mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y

risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía

el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa

indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron

olvidar tan rápidamente.

Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de

la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más

ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos,

aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se

dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al

contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.

A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo

bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos

diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la

monotonía del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían

perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con

respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos

extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras

penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más

rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.

A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar

un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario

para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano;

todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar

las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas,

que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias

de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas

se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de

una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen

espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van

a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien,

se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.

Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido

terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados

pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus

alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la

ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse

fogatas.

A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó

la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar

al enemigo.

El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales

no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía

casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que

los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus

partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de

la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor

crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados

por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente

de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de

abnegación.

El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta

con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y

advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón,

replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.

De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían

hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores

de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de

aquéllos, a los que se reunió bien pronto.

De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba

perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.

--¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.

--Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se

ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia

de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a

vuecencia en persona.

--¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía

inmóvil.

--Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de

su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.

Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego

fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:

--¿Cómo te llamas?

--López, mi general.

--Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?

--Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.

--¿Y te pones a mi disposición?

--Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.

--Dime, ¿conoces esta tierra?

--Nací en ella, mi general.

--¿Así pues eres capaz de guiarnos?

--A donde le plazca a vuecencia.

--¿Conoces la posición del enemigo?

--Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales

Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde

deben detenerse por largo espacio de tiempo.

--¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?

--Siguiendo este camino, unas tres leguas.

--Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?

--Uno hay que acorta dos tercios la distancia.

--¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.

--Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la

caballería, y del todo impracticable para la artillería.

--No traigo cañones.

--Entonces ya es posible pasar por él, mi general.

--Nada más deseo.

--Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.

--Di.

--El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes,

hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan

conduciendo de las bridas a sus caballos.

--Esto va a hacernos perder mucho tiempo.

--Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.

--Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?

--Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?

--No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.

--Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro

de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

--Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en

seguida.

--Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo

ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más

absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el

enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se

replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a

vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que

podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la

retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo

que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de

lo que ocurría.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y

del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los

reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.

--Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que

abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el

riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.

--¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.

--Adelante, mi general.

El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio

y con rapidez y uniformidad notables.

López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas

era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con

mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

--¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el

presidente al guía.

--Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el

interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a

Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.

--¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

--No comprendo, mi general.

--¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate

que si los _puros_ han colocado un cordón de centinelas en la altura,

van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has

reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.

--Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero los _puros_ saben

que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están

en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean

precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de

que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde

ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en

colocar fuerzas en ellas.

--En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.

Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.

Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda,

cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada

investigadora, se detuvo súbitamente.

--¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.

--Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que

está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos

encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite

voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están

vigiladas y de que el paso es libre.

--Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López;

aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.

López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino

que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a

arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las

malezas que orillaban la senda.

Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz

de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente,

pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.

Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo

que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.

--Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.

--No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo

envió.

En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era

el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada

y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de

éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.

--¿Qué ocurre? preguntó Miramón.

--Avancé hasta la cresta misma de la altura, excelentísimo señor, dijo

López, y vi claramente el campamento de los puros. Éstos no sospechan

la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede

seguir adelante.

--¿Conque no colocaron centinelas en la altura?

--No, mi general,

--Está bien, condúceme hasta la entrada de la senda; quiero

inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.

--Vamos, dijo López recogiendo su fusil y su sombrero.

Miramón y su guía avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejército.

Como el guía había dicho, todo estaba desierto.

Miramón estudió el terreno con la atención más detenida, y luego

murmuró:

--Bravo, ahora sé lo que debo hacer.

Luego, volviéndose hacia su guía, dijo a éste:

--¿Conque tu amo está emboscado de modo que pueda coger por el flanco

al enemigo?

--Sí, mi general.

--¿Pero cómo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?

--Es muy fácil; ¿ve vuecencia aquel árbol solitario cuya cima domina la

altura?

--Sí.

--Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso

momento en que vuecencia empiece el ataque; esta señal será la de

cargar sobre el enemigo.

--¡Vive Dios! exclamó el presidente, ese hombre nació general; nada le

pasa por alto; ve, sube al árbol ese y está preparado; cuando veas que

yo blanda la espada, de un machetazo desmóchalo.

--¿Y después qué haré? preguntó López.

--Lo que quieras.

--Está bien, me reuniré a mi amo.

López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las

bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.

Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su

caballería.

Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de

la altura.

--¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta,

mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de

los suyos.

López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo

cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a

caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las

tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los

puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y

vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo

no se veía soldado alguno.

Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron

organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las

tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con

furia a los gritos de:

--¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!

Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se

multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían

armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados

de la artillería que había tomado posiciones.

La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja

numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era

de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.

En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre

quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.

Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les

desvaneció la cabeza y empezaron a desbandarse.

La caballería de Miramón entró en línea de batalla en este momento y

cargó reciamente sobre el enemigo.

Entonces la lucha degeneró en matanza; ya no fue combate, sí una

carnicería espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y

retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.

Empezó la retirada, que pronto se convirtió en derrota completa.

El general Berriozábal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles,

todos los oficiales del estado mayor, catorce cañones, gran cantidad

de municiones y de armas y más de 2,000 prisioneros cayeron en poder

de Miramón, que por su parte experimentó unas 18 bajas entre muertos y

heridos.

La batalla sólo había durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna

concedía una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.

XIII

TRIUNFO

La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramón

sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombradía, devolvió

súbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios

del presidente de la república.

Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no

dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron

a considerarla casi como definitivamente ganada.

Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba

ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el

nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada

no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha

próxima a apagarse.

El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se

veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas;

agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que

ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un

hombre vulgar.

Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles

que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que

se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber

concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a

Méjico.

La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser

tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban

penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros;

además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran

y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y

expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera,

ocasionándole esto el retardo de algunas horas.

Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo

expedicionario llegó a las garitas de Méjico.

La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio

de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.

Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez

extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble,

pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla,

cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante

victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en

boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.

A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de

todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se

encontró espontáneamente iluminada.

El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la

entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre

dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas

aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba

petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora

avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de

los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y

frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre

les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido

súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.

Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo

e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los

saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una

vez delante de su palacio, se apeó.

Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre

en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.

Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole

hacía él, le dijo:

--Venga V., amigo mío.

Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y

penetró con él en palacio.

Las noches mejicanas · 第 21 / 27 段