Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego

sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso

en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y

expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que

las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.

Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada

contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.

--¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se

levantaba.

--Sí, siento verme obligado a dejarle a V.

--Hasta la vista, señor don Diego.

El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez,

mientras decía para sus adentros:

--Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los

miserables van a quedar cogidos en ella.

El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear

el jarabe con más bríos que afinación.

X

AMOR

Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.

Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un

bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban

charlando a cual más.

Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no

moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a

las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había

encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por

mano de un hombre fiel a toda prueba.

Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión

para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras

les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es

que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino

que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente

estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a

que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en

el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.

Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal

momento versaba la conversación de las dos jóvenes.

Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo

y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión

verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler

a los dos jóvenes a que se declarasen.

Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes,

ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que

constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado,

en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a

las veces implacable.

Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta

frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos

doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo

sostuvieron sobre el mismo asunto.

--Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo,

y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con

V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?

--¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la

impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda

más pariente que él, mi prometido de la infancia.

--¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus

hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras?

dijo doña Carmen.

--Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió

doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza

no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el

poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no

nos cabe sino humillar la frente.

--Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si

resistiésemos...

--Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos

nuestra reputación.

--¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina

llevar adelante la boda esa?

--¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese

puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como

evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar

conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y

que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves

si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que

me amaga.

--¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una

explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se

allanarían todas las dificultades.

--No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya

que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el

dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud

contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me

favorece.

--¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento.

--No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal

vez él me ame a mí.

--Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen.

--Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular

nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos

más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que

una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo

pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le

quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada:

debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente

debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como

debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas

dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no

me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es

cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar

de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí

misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta

que no me desvíe.

--Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la

determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en

las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V.

a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto!

--¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa?

¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más

desventurada.

En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas.

--Alguien viene, dijo doña Dolores.

--Es el conde, repuso al punto doña Carmen.

--¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.

--Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña

María sonrojándose.

--Viene solo a lo que parece.

--Sí.

--¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?

--Dios quiera que no.

Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos

jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.

Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se

inclinaba para ocultar su rubor.

--Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y

con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.

--Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este

retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano

esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó

una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir

a saludarla a V.

--Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la

admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y

hablemos.

--Con sumo gusto, prima.

--Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos

jóvenes.

--Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente

hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su

preciosa salud.

--Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios

gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.

--¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.

--Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no

poder salir de su dormitorio.

El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:

--Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería

importuna; voy...

--No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y

luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le

autoriza a V. para quedarse.

--Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V.

nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.

--Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo,

tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.

--Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.

--¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña

Carmen.

--Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?

--¿Por qué me lo pregunta?

--Como veo que se levanta.

--Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la

joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda

con V.

--Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre

cuánto siento su indisposición.

Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.

El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y

sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición

de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente

necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.

Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que

ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión

debe salir de labios de un hombre.

Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes

permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas

al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde

temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a

presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.

--Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo

fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la

metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?

--Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada,

primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a

cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.

--La felicito a V., prima.

--En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me

rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos

devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera

felicidad no existe?

--Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber

de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta

situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya

que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el

seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil

acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.

--Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.

--Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra,

puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad

y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es

imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más

realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?

--Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan

profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.

--Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el

conde.

--¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores,

fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.

--He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en

que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no

sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra;

temo serle a V. enojoso.

--No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven

sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que

le plazca.

--El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en

gloria, deseaba...

--Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude

V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi

porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.

--Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.

Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego

con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:

--Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día

que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.

--¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo

de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino

también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance.

La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de

su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe

su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no

la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una

desventura.

--Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V.

noble y bondadoso.

--Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y

permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?

--¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.

--¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.

--¡Ay! suspiró Dolores.

--Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.

--¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.

--Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra

de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V.

lo consiente, de velar por su dicha.

--¡Primo!

--Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente,

de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad.

Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una

edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con

aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de

V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de

amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al

cumplimiento de sus más caros deseos.

--¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y

estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V.,

tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?

--El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga

más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores;

no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien

podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya

conocidos.

--¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V.

sabe?

--Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no

fue tan discreto; todo me lo ha confesado.

--¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?

En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.

--Él mismo va a decírselo a V.

--¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que

acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.

--¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?

--Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña

Dolores le permite a V. adorarla.

--¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de

rodillas a los pies de ésta.

--¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por

qué abusó usted de esta suerte de un secreto?

--Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.

--¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su

primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.

En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la

ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.

Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un

movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le

detuvo, diciéndole:

--No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que

deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de

su amor?

--¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de

Luis, soy el más dichoso de los hombres.

--Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi

alma tal vez llora sin esperanza.

Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más

que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción

que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la

cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña

Dolores.

La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a

llorar a lágrima viva.

Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo

suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no

pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo,

y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo

así, a confesar su amor.

La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace

tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.

No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían

entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer

ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo

podría impedir su pronta unión?

Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto

alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se

la escapara y la llenaba de vergüenza.

Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su

amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.

Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más

fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad

de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había

declarado su amor, no lo deploraba.

Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y

componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se

encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.

XI

SORPRESA

Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en

que Miramón dispusiera tan _libremente_ del dinero de los bonos de

la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha

llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no

solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace

de la misma.

Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con

que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el

acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención,

habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda

arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.

Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático,

entre ellos el embajador de España y el representante de Francia,

que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la

nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado,

desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por

Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos

milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía

sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente

importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime

pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para

enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.

La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los

cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban

murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.

Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche

con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo

de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente

le confiaran los representantes de la nación.

Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y

arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su

precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y

en realidad imponentes de los _puros_, como se apellidaban a sí mismos

los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida,

quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir,

una mediación diplomática.

El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al

gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el

acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los

ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación

llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas

condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:

Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes,

celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias

europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de

restablecer la paz.

Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los

destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las

diferencias que dividen a los mejicanos.

Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y

modo de convocar al Congreso.

Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de

España, terminaba con las siguientes significativas palabras que

demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que

de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:

« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial,

obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »

Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de

reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil

de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.

Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se

sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su

fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la

esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación

por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.

Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón,

que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía

no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el

fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17

de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó

en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando

imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.

Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no

hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo.

Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota

grande y sincero.

Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a

proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y

resistir hasta el postrer aliento.

Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el

general.

La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través

de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del

gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle

asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el

aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la

nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora.

Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había

sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa,

parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un

animado diálogo.

Las noches mejicanas · 第 20 / 27 段