sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso
en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y
expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que
las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.
Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada
contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.
--¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se
levantaba.
--Sí, siento verme obligado a dejarle a V.
--Hasta la vista, señor don Diego.
El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez,
mientras decía para sus adentros:
--Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los
miserables van a quedar cogidos en ella.
El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear
el jarabe con más bríos que afinación.
X
AMOR
Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.
Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un
bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban
charlando a cual más.
Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no
moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a
las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había
encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por
mano de un hombre fiel a toda prueba.
Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión
para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras
les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es
que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino
que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente
estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a
que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en
el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.
Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal
momento versaba la conversación de las dos jóvenes.
Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo
y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión
verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler
a los dos jóvenes a que se declarasen.
Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes,
ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que
constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado,
en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a
las veces implacable.
Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta
frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos
doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo
sostuvieron sobre el mismo asunto.
--Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo,
y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con
V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?
--¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la
impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda
más pariente que él, mi prometido de la infancia.
--¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus
hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras?
dijo doña Carmen.
--Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió
doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza
no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el
poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no
nos cabe sino humillar la frente.
--Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si
resistiésemos...
--Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos
nuestra reputación.
--¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina
llevar adelante la boda esa?
--¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese
puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como
evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar
conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y
que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves
si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que
me amaga.
--¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una
explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se
allanarían todas las dificultades.
--No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya
que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el
dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud
contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me
favorece.
--¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento.
--No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal
vez él me ame a mí.
--Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen.
--Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular
nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos
más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que
una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo
pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le
quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada:
debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente
debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como
debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas
dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no
me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es
cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar
de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí
misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta
que no me desvíe.
--Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la
determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en
las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V.
a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto!
--¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa?
¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más
desventurada.
En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas.
--Alguien viene, dijo doña Dolores.
--Es el conde, repuso al punto doña Carmen.
--¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.
--Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña
María sonrojándose.
--Viene solo a lo que parece.
--Sí.
--¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?
--Dios quiera que no.
Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos
jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.
Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se
inclinaba para ocultar su rubor.
--Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y
con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.
--Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este
retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano
esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó
una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir
a saludarla a V.
--Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la
admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y
hablemos.
--Con sumo gusto, prima.
--Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos
jóvenes.
--Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente
hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su
preciosa salud.
--Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios
gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.
--¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.
--Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no
poder salir de su dormitorio.
El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:
--Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería
importuna; voy...
--No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y
luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le
autoriza a V. para quedarse.
--Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V.
nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.
--Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo,
tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.
--Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.
--¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña
Carmen.
--Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?
--¿Por qué me lo pregunta?
--Como veo que se levanta.
--Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la
joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda
con V.
--Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre
cuánto siento su indisposición.
Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.
El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y
sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición
de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente
necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.
Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que
ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión
debe salir de labios de un hombre.
Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes
permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas
al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde
temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a
presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.
--Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo
fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la
metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?
--Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada,
primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a
cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.
--La felicito a V., prima.
--En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me
rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos
devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera
felicidad no existe?
--Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber
de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta
situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya
que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el
seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil
acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.
--Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.
--Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra,
puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad
y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es
imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más
realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?
--Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan
profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.
--Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el
conde.
--¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores,
fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.
--He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en
que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no
sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra;
temo serle a V. enojoso.
--No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven
sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que
le plazca.
--El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en
gloria, deseaba...
--Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude
V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi
porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.
--Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.
Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego
con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:
--Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día
que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.
--¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo
de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino
también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance.
La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de
su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe
su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no
la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una
desventura.
--Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V.
noble y bondadoso.
--Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y
permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?
--¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.
--¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.
--¡Ay! suspiró Dolores.
--Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.
--¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.
--Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra
de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V.
lo consiente, de velar por su dicha.
--¡Primo!
--Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente,
de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad.
Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una
edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con
aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de
V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de
amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al
cumplimiento de sus más caros deseos.
--¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y
estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V.,
tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?
--El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga
más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores;
no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien
podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya
conocidos.
--¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V.
sabe?
--Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no
fue tan discreto; todo me lo ha confesado.
--¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?
En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.
--Él mismo va a decírselo a V.
--¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que
acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.
--¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?
--Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña
Dolores le permite a V. adorarla.
--¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de
rodillas a los pies de ésta.
--¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por
qué abusó usted de esta suerte de un secreto?
--Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.
--¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su
primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.
En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la
ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.
Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un
movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le
detuvo, diciéndole:
--No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que
deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de
su amor?
--¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de
Luis, soy el más dichoso de los hombres.
--Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi
alma tal vez llora sin esperanza.
Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más
que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción
que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la
cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña
Dolores.
La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a
llorar a lágrima viva.
Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo
suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no
pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo,
y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo
así, a confesar su amor.
La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace
tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.
No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían
entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer
ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo
podría impedir su pronta unión?
Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto
alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se
la escapara y la llenaba de vergüenza.
Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su
amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.
Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más
fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad
de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había
declarado su amor, no lo deploraba.
Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y
componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se
encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.
XI
SORPRESA
Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en
que Miramón dispusiera tan _libremente_ del dinero de los bonos de
la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha
llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no
solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace
de la misma.
Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con
que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el
acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención,
habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda
arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.
Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático,
entre ellos el embajador de España y el representante de Francia,
que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la
nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado,
desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por
Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos
milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía
sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente
importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime
pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para
enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.
La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los
cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban
murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.
Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche
con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo
de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente
le confiaran los representantes de la nación.
Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y
arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su
precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y
en realidad imponentes de los _puros_, como se apellidaban a sí mismos
los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida,
quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir,
una mediación diplomática.
El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al
gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el
acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los
ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación
llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas
condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:
Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes,
celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias
europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de
restablecer la paz.
Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los
destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las
diferencias que dividen a los mejicanos.
Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y
modo de convocar al Congreso.
Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de
España, terminaba con las siguientes significativas palabras que
demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que
de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:
« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial,
obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »
Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de
reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil
de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.
Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se
sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su
fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la
esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación
por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.
Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón,
que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía
no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el
fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17
de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó
en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando
imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.
Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no
hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo.
Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota
grande y sincero.
Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a
proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y
resistir hasta el postrer aliento.
Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el
general.
La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través
de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del
gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle
asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el
aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la
nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora.
Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había
sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa,
parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un
animado diálogo.