sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V.
necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene
V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven;
pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V.
a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera
evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni
amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V.
muñecos de alfeñique.
--V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal.
Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto
que para nada les interesa, me hace estremecer.
--Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V.,
también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.
El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que
transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:
--Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van
Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.
--¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.
--Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.
--Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a
Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro
vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no
pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: _uno y
dos hacen tres._ ¿Se acordarán Vds.?
--Perfectamente.
--Adiós.
Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.
VIII
HORAS DE SOL
La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan
seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y
comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación
alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de
atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña,
pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban
sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del
sol de mediodía.
En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el
huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera
libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos
de los pájaros.
Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el
conde y Domingo.
El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía
en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los
primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones
de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun,
puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados
por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las
visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo
que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi
enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de
la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre
sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el
anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama
que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que
les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en
ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y
después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos
jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por
casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una
carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa
en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos
fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el
conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde
fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta
ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres
profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron;
ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres
hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos,
que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin
más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados
en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud
enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de
vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No
era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila
en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde
entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis
tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales,
impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a
paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas
de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y
con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas
risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de
alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas
y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había
bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad
de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida
al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya
que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando
éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a
que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus
ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer
fácilmente.
A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don
Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por
regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña
María, todavía no habían parecido.
Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que
ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía
largo rato las estaba aguardando doña María.
Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien,
desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.
--¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso
mohín, que mi primo no haya llegado todavía?
--Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso
a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda
revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!
--Sería horrible.
--¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya
hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?
--Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre
está ausente.
Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga
mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.
Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.
--¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y
entrecortada al oído de su amiga.
--¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?
--También.
Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse.
--¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen.
--No sé; me parece que le he amado siempre.
--¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María.
--¡Desde el momento que yo le amo!
--Tienes razón.
Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente
ilógico; de lo contrario no sería tal.
De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al
corazón.
--Aquí está, dijo doña Dolores.
--Viene, profirió doña Carmen.
¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio
más profundo?
Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a
correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.
Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado
conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.
El conde y su amigo entraron.
--¿Están las señoras? preguntó Luis.
--En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la
puerta.
Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando;
las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta
atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar
sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y
quedaron grandemente sorprendidas al verles.
Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron
respetuosamente a las damas.
--Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben
Vds. que estábamos en zozobra?
--¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.
--¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado
en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.
El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las
miraron con sorpresa.
--Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a
esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no
vinieron antes es porque les fueron imposible.
--Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña
Dolores con desdén.
--Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco,
añadió doña Carmen en el mismo tono.
Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de
gracia, perdieron la serenidad.
Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego
se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y
Domingo palidecieron de despecho.
--¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos
de esta suerte por una falta que no hemos cometido.
--Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el
conde.
--¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.
--Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.
Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en
tono festivo.
Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia
del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos
no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron
en sus pullas.
En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que
la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes;
les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave
música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la
grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.
De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte
de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar,
durante el camino, una sola palabra.
--¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.
--No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?
--Porque desearía hablar contigo.
--Magnífico; yo también tengo que hablarte.
--¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y
remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.
--De mil amores.
Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos
puros, dijo el primero:
--¡Qué día más delicioso hemos pasado!
--¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.
--¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una
resolución repentina.
--Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero.
--Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en
Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a
esta tierra.
--Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu
prima doña Dolores de la Cruz.
--Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este
matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo
sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de
un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que
ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres
me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme
habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que
experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no
conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con
pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba
en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi
llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me
colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me
reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba
más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un
desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara
disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla;
porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el
pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto
a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba
la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan
hermosa es doña Dolores.
--¡Sí lo es! murmuró Domingo.
--Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una
palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer
cumplida.
--Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.
--Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin
embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se
ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa
al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor
me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al
morir, no obstante estar yo enamorado...
--¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante.
--Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen.
--¡Oh! gracias, Dios mío.
--¿Qué? no te entiendo.
--También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me
han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores.
El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél.
Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados.
--Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y
resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus
corazones.
IX
UN HOMBRE DE BIEN
Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la
campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos
candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y
hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de
una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas
sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un
blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz
deslumbradora.
La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas
privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el
último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje,
con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de
perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.
En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias
ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una
casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba
provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados,
que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la
cerraba como una jaula.
Aquella casita era una venta.
En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza
tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al
parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga.
Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra,
muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban
durmiendo a pierna suelta.
Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en
su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las
armas de la cuadrilla, puestas en pabellón.
Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que
con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba
un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.
En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados
carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual,
acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado
y preguntó:
--¿No quiere V. comer, señor don Felipe?
--Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al
hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a
que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.
--Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más
reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados
militares.
--No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy
aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.
--Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará
a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.
--¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado
ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.
El ventero saludó y se retiró al punto.
Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y
a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una
pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo
del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo
en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte.
Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de
la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta.
Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje
aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando.
--¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante
del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan
horrible!
A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y
lo condujo al corral.
--Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole
la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de
verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá
a V. mal después de la carrera que acaba de dar.
El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a
don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con
voraz apetito.
Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes,
ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga
abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a
no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus
respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos
cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de
pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como
complemento obligado de la comida.
--Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián,
patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.
--De mil amores, contestó éste sonriendo.
--Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer hablé con el general
de un asunto que yo contaba proponerle a V.; ¿y sabe V. lo que me
contestó? pues me contestó que no lo hiciera, porque V., a pesar de su
inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones más ridículas
y no comprendería el alcance patriótico del asunto que yo quería
proponerle, ni vería sino el dinero, que se negaría a aceptar, por más
que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y terminó con estas palabras
textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no
sea sino por la singularidad del caso, verá como si por casualidad le
habla V. del asunto le cierra la boca y le envía noramala, a V. y a sus
veinte mil duros.
--¡Jum! murmuró el coronel, a quien la enunciación de la cantidad había
dado que pensar.
--Y meditándolo bien, continuó don Diego, que espiaba a su interlocutor
con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razón; así pues de
nada le hablaré a V.
--¡Ah! profirió el coronel.
--Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolución
definitiva, me iré a encontrar a Cuéllar, que tal vez no sea tan
meticuloso.
--Cuéllar es un pillo, exclamó don Felipe con arrebato.
--Lo sé, profirió don Diego con la mayor naturalidad; pero ¿qué
me importa que lo sea si dándole una decena de miles de duros
anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposición, que
por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa?
--¡Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por
demás preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; ¡diez mil duros!
--No diez, veinte, querido señor, replicó don Diego; ¿oyó V. bien?
No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis
amigos.
--¡Pero Cuéllar no es amigo de V.!
--Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él.
--Pero en definitiva, ¿de qué se trata?
--Es un secreto.
--¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una
tumba.
--¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar
un rato, o de hacer que reflexionaba.
--Por mi honor se lo juro a V.
--Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata:
nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que
sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden
a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se
hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de
las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito
Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones
de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan
este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si
los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la
cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha
sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad:
a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus
papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los
proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de
anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no
vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio
es realmente honroso para él que se encargue de darle cima.
--Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un
acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres?
--¡Qué! ¿no se lo dije a V.?
--Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme.
--No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba
de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy
mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su
costa.
--Pero bien, ¿cómo se llaman?
--Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es
don Antonio Cacerbar y el segundo...
--Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe.
--¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente
fingida.
--La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado
de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar;
nadie comprende el porqué de este repentino favor.
--De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto
asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos.
--Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me
exige, las pondré en manos de V.
--¿De veras?
--Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre
honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego
añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo
para conseguir este resultado.
--Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V.
dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con
V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte.
Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al
grado inmediato, que él tanto ambicionaba.