Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que

cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido

del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas

matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido

para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente

del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin

vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera,

que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un

parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo

con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún,

si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores

tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados

por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un

monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia

divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos

años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían

sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos

creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado

por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento

de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón,

los títulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía

pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le

animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle

capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de

crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más

vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro.

El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de

esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo

el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad

de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de

hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una

familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta

la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde,

causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el

extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se

atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.

--Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome

V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.

El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien

continuó en estos términos:

--Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles

los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten,

de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la

autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren

peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de

toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado

en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.

--¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose.

--Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará

veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas

referentes a los hechos narrados en este manuscrito.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero

volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.

--Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.

V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el

príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme

desaparecer y recuperarlas.

--En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado

su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo

prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas

tan abrumadoras para él.

--Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido

apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe

ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió

así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una

cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él

me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y

la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo

las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la

princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado

sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando

de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en

el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la

voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a

oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine

aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros,

los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar

de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el

incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de

establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos

encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas

sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez,

no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.

--Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el

conde.

--Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe,

por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero

que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso

oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude

hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.

--Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso

servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V.

en la situación extrema en que se halla?

Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para

dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los

dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo,

donde al parecer conversaban con mucha animación.

--¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya

demasiado tarde; yo hubiera querido...

--Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo.

--No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino

subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y

a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante

mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo

que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que

anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de

conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde,

que nada puede hacer en mi favor.

--Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle

a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si

quieren.

--¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de

alegría.

--¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle,

cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?

--Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse?

--Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno

activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer

muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis

antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta

sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer

venenos. Tome V. la sortija.

--¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela

en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo,

nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V.

acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo

evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.

El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes

que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que

aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar.

--Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que

se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba

hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente

los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a

Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos

que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo,

deben morir hoy en el patíbulo.

--Es un consuelo supremo, repuso el capellán.

El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego

dijo al reo:

--No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes

necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds.

reunidos hasta el momento de la ejecución.

A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero,

que acudió a abrir la puerta del calabozo.

--Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe.

El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras

dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una

multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en

el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la

ejecución.

De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio

entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es

que por fin iba a ver cumplida su venganza.

VII

EL VENGADOR

No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para

partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le

llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese

sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa

que de alejarse sentía aquél.

Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas

más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las

tres de la tarde.

Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso,

pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía

tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas

voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales

a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su

suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le

entregaban sino tres cadáveres.

En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron

en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no

hallaron sino tres cadáveres.

Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban

abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.

Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que

éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos

preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.

--¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo

descubriéndose.

--A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.

El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.

Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron

éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le

administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste

era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.

Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio;

así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en

sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy

contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del

conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al

término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia

del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn,

situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso,

empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del

emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada

para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la

capital de Austria, fue recibido en audiencia.

Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o

legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal

de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado

por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa,

sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran

cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona

el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero.

Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos

destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están

unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en

el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de

la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente

echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el

Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular

en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de

un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se

disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de

pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber

muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este

famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible

languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte,

con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo

en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles,

Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida

bajo esfuerzo alguno.

El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su

audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un

chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a

presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en

pie y arrimado a una chimenea.

La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo.

La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha

sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se

tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el

momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:

--Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester

evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad

de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V.,

señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos

consiga V. sus propósitos.

El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que

salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.

Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete,

expedido por el emperador.

El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y

fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó:

--¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?

--Casi casi, respondió el joven.

--¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el

resultado de sus observaciones.

--¿Me permite V. que se lo diga?

--Pues sí.

--Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble.

En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el

_primus ínter pares_, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien,

todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan

profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando

el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en

la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió

a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado

recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias

reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me

la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no

obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de

Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la

única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el

Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar

justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar

con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos

los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio

probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse

de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente,

y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba,

ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del

primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y

la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi

ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia

celebrada en Schoenbrunn.

--En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única

diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen

entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio,

y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios

de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso

vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a

su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería

los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una

orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo

exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria

como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba

del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador;

pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.

Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de

un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le

permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que

hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente

contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El

conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su

sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas

noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y

sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto.

¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron

largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse,

ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien

nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente,

ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le

ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado

este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en

que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado

el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó

la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara

a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero

el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho,

su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a

su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no

vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el

castigo a sus maldades.

El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo

silencio.

La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas

penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban

la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a

despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias

llamaban a los fieles a la misa del alba.

El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento,

dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus

compañeros.

Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba

maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con

los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo

seguía las evoluciones del aventurero.

--Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y

mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?

--Sí, respondió lacónicamente el aventurero.

--¿No tiene V. que añadir nada más?

--No.

--Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.

--No le comprendo a V., mi querido conde.

--Me explicaré, pero con una condición.

--¿Cuál?

--Que no me interrumpa V.

--Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.

--Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático

que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación

respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos

uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era

entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se

ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que

un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar

un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí

y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión

de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción

de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con

el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela

impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V.

el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que

V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos,

nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente

en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para

V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la

que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción

que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos

este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De

todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro,

pedirnos.

--Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.

--Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la

cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds.

la historia que escucharon.

--Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar

con franqueza.

--Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo,

repuso el aventurero con tristeza.

--¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.

--Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca

a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía

la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné,

y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes,

retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta

historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor,

olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de

haber bebido.

Las noches mejicanas · 第 18 / 27 段