--El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para

Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus

tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy

de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción

alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los

escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar

una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar

inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante

una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a

su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios

que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su

conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber

dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble

heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de

la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a

la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues

el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo

y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se

efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable;

viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle

en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En

una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos,

y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino

que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que

el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida

por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de

la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio

con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi

logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no

sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en

aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber,

el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones

y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando

personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de

representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las

comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con

solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven

esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa,

movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca

engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la

liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el

duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se

abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador.

El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue

inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de

quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora

después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario,

por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la

muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque

demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano.

Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el

cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano,

siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese

varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y

permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber

la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los

dolores del parto, y dio a luz una niña.

Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque

tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano.

La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su

cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde

había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo

con ironía:

--¿Qué les parece a Vds. la historia?

--Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer,

dijo el conde.

--¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo

una mirada límpida y penetrante a Luis.

--Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.

--¿Cuáles?

--La apócrifa y la verdadera.

--Si no se explica V...

--De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho

viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.

--Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?

--Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a

lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.

--O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con

arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?

--En efecto, así es.

--¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?

--Sí, respondió con gravedad el conde.

Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente

apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza,

vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y

entrecortada, dijo:

--Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora

voy a contar vale la pena de ser oído.

VI

REVELACIÓN

Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres

personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.

Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y

tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:

--La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós

años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios

del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas,

a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad

escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima

y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre

de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana,

por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la

indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese

al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los

ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los

ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara

para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin

embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es

verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre

frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y

afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales

y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había

adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija

apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente

extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la

muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el

traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija

en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales

el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el

nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se

confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se

tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados

de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular

expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a

conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe,

ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su

estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes

y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un

heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues

entablado negociaciones con un gran número de familias principescas

del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de

la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del

príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación

germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza,

destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales

de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por

alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues,

daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía

para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa

de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su

residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas

veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió

a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho

de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una

casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y

a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña

y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz,

y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos

habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las

costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El

conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella

reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las

calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud

inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por

demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la

plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se

sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa

de aquella efervescencia extraordinaria.

--Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un

país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la

mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas

gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate

a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos

vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en

villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros,

más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa,

resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los

viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el

caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en

su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor

parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella

comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su

dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que

era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no

quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar

con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado,

todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos,

maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de

cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en

consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor

facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los

lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró

por último la traición; uno de los secuaces del _Brazo Rojo_, que

tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que

le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días

antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él

traicionándole. Una semana después _Brazo Rojo_ fue sorprendido por

las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales

de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por

la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus

perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida.

Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a

muerte y ejecutados inmediatamente. El capitán y dos de sus principales

tenientes fueron los únicos que quedaron por entonces en la cárcel,

para que su suplicio fuese más ejemplar. Debían ser ejecutados al día

siguiente. Ahí la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck.

Los habitantes de las poblaciones circunvecinas habían acudido

presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio

de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo

para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando

con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o

ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un

viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se

dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el

dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras

con el ayuda de cámara de aquél.

--¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.

--Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí

fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.

--¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas

llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana;

ahora es demasiado tarde.

--Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana

sería inútil que se viese con vuecencia.

--¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?

--Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que

comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba

encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la

hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al

salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio

del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad

provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los

hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de

bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El

conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a

que se sentase.

--Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y

permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda

oído hablar de la captura de ciertos malhechores?

--Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

--Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a

que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe,

debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.

--Lo sé, señor.

--El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios,

su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a

mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el

remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia

llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia,

y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V.

--¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber

entre yo y ese bandido?

--Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo

único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese

ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de

un secreto de importancia grandísima.

--No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no

conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de

contacto pueda tener con la suya mi existencia.

--Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el

sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la

entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de

la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y

más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida

toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo

Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible

destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría,

en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él

de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal

vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea

quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está

el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta

ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V.

en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin

duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V.

Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que

pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre

que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos?

Acceda V., señor conde, se lo suplico.

Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su

casa en compañía del sacerdote.

A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche,

la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en

aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de

las aldeas circunvecinas.

Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre

la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran

número de centinelas.

El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo

a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron

hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol

en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una

larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de

hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras:

--Pueden Vds. entrar.

El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo

por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que

aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante

capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas

en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un

catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran

número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un

altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el

capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.

El condenado estaba en capilla.

Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los

reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes

cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida

al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer,

continuó.

--El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la

palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de

un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y

saludando con la cortesía más exquisita, dijo:

--Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos

instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y

cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner

en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.

El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron

en las butacas que aquél les acercara.

Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos,

silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela

colocado en el corredor para vigilar al condenado.

Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar,

cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.

Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y

bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la

costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus

facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza

extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir

el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de

apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro

negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los

hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el

reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la

palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático

de éste.

Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor,

rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron

dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles

introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando

tras sí la puerta.

El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de

la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de

facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco

abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían

sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar

por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular

ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el

uniforme y que en traje de paisano están ridículos.

Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se

la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.

Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de

las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen

en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de

los hombres.

--Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré

saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más

terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable

lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví

a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de

atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y

aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien

la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la

sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de

mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando

a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.

--Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en

Dios, su bondad es infinita.

Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.

--En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber

reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas

están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la

vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes

que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si

no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus

efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el

nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al

conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto

me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal

vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí,

me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir

contase con los testigos indispensables, para que después la justicia

humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues,

señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del

sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.

El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger

sus recuerdos.

Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde,

principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y

severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el

presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto

que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento

persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.

Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un

cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí,

dijo:

--Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se

narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi

memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta

ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta

horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia

a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin

de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el

señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su

familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado,

el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.

--Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel;

no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.

--Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos

que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones

particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber

es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi

familia.

--Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su

manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.

Las noches mejicanas · 第 17 / 27 段