El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse

inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había

relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había

desaparecido.

Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas

palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se

escapan. »

Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas;

nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del

convento permaneció muda.

--Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la

hallaremos.

No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro

de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su

llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.

Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a

encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.

Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de

Carmelitas.

La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a

una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle

otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus

recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de

su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba

ninguna de las que para ella llegaban al convento.

De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor

tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de

relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de

recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer

su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.

Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había

hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.

Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de

su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una

autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y

que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don

Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña

Dolores.

La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente

secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de

las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados

en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento,

a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja

algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra,

y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió

la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces

las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa

casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta

tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos

corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció

a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el

gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno

de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la

cual lo abrió y lo leyó rápidamente.

--Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.

--Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y

que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don

Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña

Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.

--No la olvidaré, señor.

--Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar

recado a doña Dolores.

La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a

la joven.

Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había

mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió

en un instante.

--Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los

restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la

perfección con que imito su firma.

No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien

dijo a Izaguirre:

--Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en

manos de V.

--Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a

V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar

dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y

desinteresadamente.

La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.

--¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.

--Sí, respondió ésta lacónicamente.

--Entonces hágame V. el favor de seguirme.

--Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de

la abadesa.

Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la

abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la

acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su

propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por

última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la

apremiara el deseo de verse libre de su presencia.

--Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la

amabilidad de subirse sobre este caballo.

--Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre

huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias

inútiles, pero...

--Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.

--¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.

--Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo

sin tardanza.

La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.

--Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a

escape y buen viaje.

Los jinetes desaparecieron como un torbellino.

--¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá

apuradillo para alcanzarles.

Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del

gobernador, donde vivía.

Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral;

los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al

amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando

muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al

conde.

Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba

salvada.

El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes

amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al

entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para

recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña

Carmen.

Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas

que se hiciesen sus confidencias.

El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven,

hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle

misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con

diligencia, compartir con él su vivienda.

A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la

casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella

sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas.

En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su

casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible;

a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la

habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León

Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama,

éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al

honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones,

el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos

indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos

recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante

el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión

de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su

edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los

rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de

alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando

se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una

sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don

Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de

las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas,

reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en

la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.

Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una

partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego,

permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza

en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero

en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la

calle.

--¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un

mismo tiempo y estremeciéndose.

--Es más de media noche, dijo Domingo.

--Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.

--Indudablemente será él, repuso Domingo.

En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.

--Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a

estas horas, ¿no es verdad?

--Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.

--Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara

que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.

Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un

mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.

--¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy

pereciendo de hambre.

V

LA CENA

Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano

trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.

Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y

la colocó ante don Adolfo.

--Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut

ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda

que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar

por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la

mesa.

--De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de

don Jaime.

El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con

facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La

boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas

y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y

Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota

de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de

sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero

permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente

burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por

aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos

en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco

en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo

de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el

ruido de los cuchillos y de los tenedores.

Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos

los tres amigos.

--Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de

champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena;

nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las

buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del

todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.

Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:

--Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más

preciosos productos de su patria.

Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su

vaso.

Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto

llenos como vacíos.

Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron

sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de

Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la

mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron

con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se

percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más

confidencial.

--¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su

silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.

A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la

conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y

áspero, y dijo:

--¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de

quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido

más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa

la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle

desenvolver semejante teoría.

--Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad;

es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una

ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que

pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no

conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí?

Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los

cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar

a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi

vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden

vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo

he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para

gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y

unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él

estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable

también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso

e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues

cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros,

porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi

querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace

poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de

desengaños, a que me demuestre lo contrario.

--Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de

exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer

muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que

le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico:

desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.

--¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una

explicación, don Adolfo.

--Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué

aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá

grandemente.

--¿Qué proposición es esa?

--Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds.

ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y

continuásemos hablando?

--Por mi parte acepto, respondió el conde.

--Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?

--Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les

plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él

que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó

un papel en ella.

--¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de

estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás

curiosos, dijo intencionadamente el conde.

--Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso

gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que

os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los

contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben

ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos

valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y

la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse

de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo,

gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia

que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no

encierra interés alguno.

--No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así

pues doblemos la hoja.

--Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció

contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de

un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

--Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar

su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos

oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré

sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay

muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las

reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador,

que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes

de esta historia, por lo demás muy curiosa.

--Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.

--Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime

con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué

tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que

poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir,

movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo

estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero

Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania

donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una

familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los

tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de

las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre

el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el

príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta

familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma

edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos

gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes

habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de

su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe

de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo

realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior

de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían,

pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y

en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más

que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la

palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así,

diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial,

grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado

del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente

opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más

pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía

a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez;

en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe

se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle

a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le

había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado

respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez

de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.

Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig

fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador

ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en

calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días

después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general

en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo

una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio

de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del

caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le

había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

--Deme V. de beber.

El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi

hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y

empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:

--Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia

de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero

no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los

dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo

así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue

imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados,

quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció

siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército

y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe

y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de

primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía

completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una

situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos

cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y

le autorizó para que tomara el título de marqués.

--De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.

--Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era

príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros

los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que

no nos merecen sino el más profundo desprecio.

--Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

Las noches mejicanas · 第 16 / 27 段