e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.
--Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V.
así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.
--¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven
con ironía.
--¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido
señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios
me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la
competencia a tan estimable empleado.
--El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo
en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz,
sin duda para asesinarme.
--Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido
disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta
precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo
de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a
propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente
su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado
a hacerle a V. promesas, ¿no es así?
--¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se
introdujo V. furtivamente en mi casa?
--¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un
revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y
con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a
V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña
Dolores.
III
LOS PRISIONEROS
Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos
hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.
--¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el
silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de
nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al
decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.
--Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder
los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a
V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado;
pero le obligaré a que me diga la verdad.
--Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su
interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.
Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y
lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo,
añadió:
--Le escucho a V.
--Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la
libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos,
sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.
--¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V.
que yo soy el tutor legal de mi hermana.
--¡Cómo su tutor!
--Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.
--¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero
levantándose de un brinco.
--¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al
cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la
mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de
desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su
muerte fue conmovedora.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el
aposento.
--Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del
joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?
--No, respondió resueltamente don Melchor.
--Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.
En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de
porte elegante entró en el aposento.
--Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que
supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente
al ver al recién llegado.
El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó
después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una
mirada indiferente al fingido fraile:
--¿Incómodo?
--Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más
oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a
hora tan insólita?
--Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay,
su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y
debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha
resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro
ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de
mandar la escolta esa.
--¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama
un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este
fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el
aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo
cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.
--¿Es posible? exclamó don Diego.
--Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.
--Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por
traidor y bandido.
Don Adolfo encogió con desdén los hombros.
--Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero
como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de
su suerte.
--¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a
esa nación maldita?
--No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el
hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para
llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de
una escolta especial.
--Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo
empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales
precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único
que hay que hacer es desarmarle.
El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.
En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en
la calle.
--Está bien, dijo don Melchor; en marcha.
El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y
le enhebilló las espuelas.
--Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.
--Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don
Adolfo o como se llame, pase V. adelante.
El aventurero obedeció sin replicar.
Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi
todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la
calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y
rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.
Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a
aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del
hermano de su prometida.
A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al
efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del
conde, con quien cambió un apretón de manos.
--Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez
también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.
--Adiós, contestó don Melchor.
La escolta se puso en marcha.
Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado
los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los
tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando,
pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del
escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que
hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin
dueño de sus implacables enemigos.
Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los
prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don
Melchor y le dijo:
--Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería
que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.
--Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.
--No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado
donde nos encontraremos a las mil maravillas.
--Pues vamos allá.
El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron
en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque
sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron
a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél
hablara.
A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa;
tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.
Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para
informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo
dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió
sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que
le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de
algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del
rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin
ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y
por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar
algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una
escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron
cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde
le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.
Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido
al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.
De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió
como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación
emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se
relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le
depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el
aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del
subterráneo y se encontraba al raso.
--Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y
metálico llamó la atención del joven.
Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda
que le cubría los ojos.
Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.
El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante
alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría,
y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas
estrellas las luces de las casas de Puebla.
El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales
iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya
llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las
ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.
Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en
poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él
estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república
mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.
Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían
estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía
sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.
--Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un
paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en
este momento?
--Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.
--¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?
--Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta
de mi parte sería inútil.
--No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de
estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el
enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por
un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el
derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente
les prestó.
--¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor
encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a
muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado
Vds. tácitamente.
El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una
mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas
palabras:
--Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como
parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la
patria; le requiero pues para que se defienda.
--No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.
--Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha
en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:
--Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?
--La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.
Don Melchor permaneció impasible.
--Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho
uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio;
tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.
--¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.
--Ahorcado.
--Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.
--Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el
cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para
que le ayude a V. a bien morir.
--Gracias, profirió lacónicamente el joven.
El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como
si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero
al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su
antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas,
y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al
mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se
encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta
apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos
no le perdían de vista.
Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía,
por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a
los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el
umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma
embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y
real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin
experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades
intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de
músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle
lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente,
de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia
indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor
sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos,
erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía
horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una
palidez lívida y terrosa.
En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer
cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la
frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el
rostro.
--¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.
--Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible;
arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.
Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no
desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile,
que permanecía inmóvil ante él.
Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven
obedeció automáticamente.
Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una
colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas
que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les
envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.
--Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad
a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no
tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?
--Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo
que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza,
sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don
Antonio de Cacerbar.
--Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de
entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres
enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta
afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es
mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron
aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes
escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.;
pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.
--¿Trae V. armas?
--No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de
enemigos?
--Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente
ahorcado.
--Tiene V. razón, exclamó el joven.
--Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este
revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número
de armas.
--Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra
su pecho.
--Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan
ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos
llegar a ellos, estamos salvados.
--Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el
joven; y si Dios permite que escapemos...
--Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de
saldar nuestras cuentas más adelante.
El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos
minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que
estaba seguro de no morir sin vengarse.
De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la
cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la
palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don
Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.
--¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.
--Sí, respondió fríamente el joven.
--Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la
carátula.
Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los
mandatos del desconocido.
Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible
al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase
evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron
su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.
--Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él,
sígame V.
--Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y
empuñando su puñal.
Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados,
descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y
consiguieron abrirse paso.
Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos
dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma;
hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos
entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos
a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope
furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:
--¡Hasta la vista!
Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.
Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos
habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían
tendidos en el suelo.
--¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse
sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no
evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero
¿quién es ese fraile maldito?
León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:
--Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.
--¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!
Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes
tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u
Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.
IV
DON DIEGO
Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la
fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba
hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a
la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía
largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer
su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las
revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico
y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin
vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los
beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien
le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que
le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito
para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos
de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en
todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas,
pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los
más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los
sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se
había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de
Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con
la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de
esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura.
Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también
le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos
sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió.
Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus
relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de
Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa
y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido
por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del
camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor,
que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió,
de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías
le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le
fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no
le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató,
con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en
su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado,
había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían
encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo
prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas
circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase
del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los
dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios
de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba
echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor
respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable.
El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y
conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas;
pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos
tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último
favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso
de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza,
había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la
dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no
recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó
sirviéndole como hasta entonces.