Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad

e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.

--Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V.

así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.

--¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven

con ironía.

--¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido

señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios

me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la

competencia a tan estimable empleado.

--El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo

en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz,

sin duda para asesinarme.

--Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido

disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta

precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo

de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a

propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente

su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado

a hacerle a V. promesas, ¿no es así?

--¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se

introdujo V. furtivamente en mi casa?

--¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un

revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y

con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a

V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña

Dolores.

III

LOS PRISIONEROS

Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos

hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.

--¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el

silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de

nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al

decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.

--Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder

los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a

V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado;

pero le obligaré a que me diga la verdad.

--Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su

interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y

lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo,

añadió:

--Le escucho a V.

--Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la

libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos,

sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

--¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V.

que yo soy el tutor legal de mi hermana.

--¡Cómo su tutor!

--Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.

--¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero

levantándose de un brinco.

--¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al

cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la

mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de

desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su

muerte fue conmovedora.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el

aposento.

--Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del

joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?

--No, respondió resueltamente don Melchor.

--Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.

En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de

porte elegante entró en el aposento.

--Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que

supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente

al ver al recién llegado.

El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó

después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una

mirada indiferente al fingido fraile:

--¿Incómodo?

--Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más

oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a

hora tan insólita?

--Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay,

su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y

debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha

resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro

ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de

mandar la escolta esa.

--¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama

un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este

fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el

aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo

cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.

--¿Es posible? exclamó don Diego.

--Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.

--Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por

traidor y bandido.

Don Adolfo encogió con desdén los hombros.

--Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero

como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de

su suerte.

--¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a

esa nación maldita?

--No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el

hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para

llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de

una escolta especial.

--Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo

empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales

precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único

que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en

la calle.

--Está bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y

le enhebilló las espuelas.

--Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.

--Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don

Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeció sin replicar.

Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi

todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la

calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y

rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a

aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del

hermano de su prometida.

A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al

efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del

conde, con quien cambió un apretón de manos.

--Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez

también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

--Adiós, contestó don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado

los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los

tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando,

pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del

escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que

hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin

dueño de sus implacables enemigos.

Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los

prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don

Melchor y le dijo:

--Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería

que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.

--Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.

--No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado

donde nos encontraremos a las mil maravillas.

--Pues vamos allá.

El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron

en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque

sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron

a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél

hablara.

A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa;

tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.

Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para

informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo

dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió

sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que

le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de

algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del

rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin

ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y

por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar

algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una

escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron

cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde

le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.

Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido

al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.

De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió

como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación

emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se

relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le

depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el

aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del

subterráneo y se encontraba al raso.

--Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y

metálico llamó la atención del joven.

Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda

que le cubría los ojos.

Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.

El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante

alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría,

y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas

estrellas las luces de las casas de Puebla.

El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales

iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya

llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las

ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.

Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en

poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él

estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república

mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.

Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían

estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía

sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.

--Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un

paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en

este momento?

--Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.

--¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?

--Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta

de mi parte sería inútil.

--No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de

estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el

enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por

un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el

derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente

les prestó.

--¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor

encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a

muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado

Vds. tácitamente.

El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una

mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas

palabras:

--Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como

parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la

patria; le requiero pues para que se defienda.

--No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.

--Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha

en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:

--Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?

--La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.

Don Melchor permaneció impasible.

--Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho

uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio;

tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.

--¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.

--Ahorcado.

--Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.

--Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el

cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para

que le ayude a V. a bien morir.

--Gracias, profirió lacónicamente el joven.

El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como

si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero

al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su

antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas,

y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al

mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se

encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta

apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos

no le perdían de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía,

por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a

los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el

umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma

embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y

real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin

experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades

intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de

músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle

lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente,

de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia

indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor

sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos,

erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía

horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una

palidez lívida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer

cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la

frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el

rostro.

--¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.

--Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible;

arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.

Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no

desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile,

que permanecía inmóvil ante él.

Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven

obedeció automáticamente.

Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una

colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas

que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les

envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.

--Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad

a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no

tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?

--Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo

que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza,

sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don

Antonio de Cacerbar.

--Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de

entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres

enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta

afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es

mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron

aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes

escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.;

pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.

--¿Trae V. armas?

--No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de

enemigos?

--Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente

ahorcado.

--Tiene V. razón, exclamó el joven.

--Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este

revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número

de armas.

--Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra

su pecho.

--Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan

ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos

llegar a ellos, estamos salvados.

--Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el

joven; y si Dios permite que escapemos...

--Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de

saldar nuestras cuentas más adelante.

El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos

minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que

estaba seguro de no morir sin vengarse.

De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la

cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la

palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don

Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.

--¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.

--Sí, respondió fríamente el joven.

--Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la

carátula.

Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los

mandatos del desconocido.

Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible

al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase

evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron

su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.

--Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él,

sígame V.

--Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y

empuñando su puñal.

Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados,

descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y

consiguieron abrirse paso.

Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos

dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma;

hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos

entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos

a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope

furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:

--¡Hasta la vista!

Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.

Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos

habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían

tendidos en el suelo.

--¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse

sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no

evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero

¿quién es ese fraile maldito?

León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:

--Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.

--¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!

Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes

tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u

Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.

IV

DON DIEGO

Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la

fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba

hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a

la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía

largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer

su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las

revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico

y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin

vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los

beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien

le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que

le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito

para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos

de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en

todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas,

pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los

más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los

sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se

había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de

Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con

la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de

esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura.

Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también

le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos

sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió.

Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus

relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de

Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa

y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido

por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del

camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor,

que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió,

de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías

le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le

fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no

le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató,

con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en

su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado,

había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían

encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo

prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas

circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase

del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los

dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios

de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba

echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor

respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable.

El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y

conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas;

pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos

tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último

favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso

de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza,

había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la

dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no

recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó

sirviéndole como hasta entonces.

Las noches mejicanas · 第 15 / 27 段