--Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras

están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.

--Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds.

se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras

aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.

--Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su

hechicera hija, respondió doña María.

--Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el

joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.

--¡Oh, hable V., hable V.!

--Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de

Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.

--¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.

--¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.

--No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.

--Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que

hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo

de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos

fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones,

se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es

espantoso el terror que reina en Puebla.

--Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?

--Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.

--Lo sé.

--Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a

pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos

de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de

alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos

sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición.

Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.

--Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.

--¡Pues todavía son tortas y pan pintado!

--¿Cómo se entiende?

--Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a

todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo,

le aplicaron el tormento.

--¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.

--Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue

suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces

consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que

confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.

--¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El

desventurado murió, es indudable.

--Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de

Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura,

y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten

jugando con su víctima.

--¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!

--Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.

--¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive

para decírmelo!

--He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la

mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.

--¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?

--Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine

a verme con V.

--Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues

el conde y León Carral se quedaron en Puebla?

--Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse

de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en

el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman

Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.

--Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?

--Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que

me fuese conocido su parecer.

--Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María,

añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña

Dolores.

--¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.

--Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.

--¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.

--Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.

--¿Loick está aquí?

--Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.

--Yo le envié.

--Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a

dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.

--Como V. quiera.

--¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales

perseguidores de don Andrés?

--Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del

nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.

--¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz

irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la

existencia.

--¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.

--¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una

mirada singular en su interlocutor.

--La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese

hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado

en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente

dejando tras sí un largo reguero de sangre.

--Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?

--¿Todavía no lo ha adivinado V.?

--Don Melchor ¿no es eso?

--El mismo.

--Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la

robó.

--Es probable.

--¿Y el tercero?

--El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz

suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen,

que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece

disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.

--¿Se llama?

--Don Diego Izaguirre.

--¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan

desesperado como me temí; triunfaremos.

--¿Lo cree V.?

--Estoy seguro de ello.

--Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.

Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación

extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla

le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los

ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese

explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz

de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En

vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya

aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le

llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante

del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un

parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo

pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para

demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que

el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.

Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos

sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese

cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció

frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de

aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.

Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para

Domingo.

--Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.

El joven se despidió de las damas.

--Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña

María.

--Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí

una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.

Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo

don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz

temblorosa:

--Una pregunta.

--Hable V., hermana mía.

--¿Conoce V. al joven ese?

--Mucho.

--¿Realmente es un caballero francés?

--Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.

--¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y

dando un suspiro.

El aventurero se sonrió sin responder.

Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos

lanzados a escape.

II

LA SORPRESA

De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta

de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un

centinela a orillas del camino.

El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus

cabalgaduras.

Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los

recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos

después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos

caballos de las bridas.

Dichos caballos iban ensillados.

El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y

las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco

y volvieron a montar.

Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos

caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y

a Domingo.

El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando

de los cuatro caballos.

--¡Adelante! gritó don Jaime.

La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba

sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.

Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los

caballos en un ruinoso rancho.

Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de

vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.

Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado

palabra.

A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a

los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.

En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos

impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad

a Méjico.

A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en

línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se

internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.

Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus

compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía

una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:

--Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer

nuestro cuartel general.

Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a

desensillar a sus caballos.

--Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu

rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus

criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.

--¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.

--No, porque yo me voy a Puebla.

--¿Y sí le conocen a V.?

El aventurero se sonrió.

Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir

sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen

ramonear la hierba, aquél dijo al joven:

--Sígame V.

Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.

Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe

construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con

otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin

embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.

La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida

que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido

de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes

iguales por lo ancho.

Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró

en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes

parecía estar sumergido en profundas reflexiones.

El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando

su machete empezó a cavar el suelo.

--¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.

--Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.

El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció

una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.

Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos

groseros escalones tallados en la peña.

--Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.

Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde

se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba

una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro

galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las

entrañas de la tierra.

Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se

veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y

hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.

--Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como

ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta

cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace

ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que

nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión

mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las

que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de

uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor

a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante

sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores

españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y

por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras

salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes

mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es

ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.

--Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo

interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.

--¿Cuál?

--Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo

sabríamos.

--Efectivamente se lo dije a V.

--No comprendo absolutamente como puede ser eso.

--Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?

--Sí.

--Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o

menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente

a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar

en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no

acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren,

aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura,

son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran

facilidad puede conocerse de qué proceden.

--Entonces nada temo ya, repuso Domingo.

--Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos

aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y

entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.

Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había

quitado algunas prendas de su traje.

--¿Qué hace V.? preguntó Domingo.

--Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran

nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy

religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de

camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones

sin temor de que sospechen de mí.

El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada

en la pared estaba meditando.

--¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le

entristece algo.

--En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si

de improviso le hubiese mordido una víbora.

--¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?

--Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y

levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy

un infame.

--¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.

--No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi

amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un

gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del

conde.

El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el

joven, y dijo:

--Ya lo sabía.

--¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la

vez como impulsado por poderoso resorte.

--Sí, repuso don Jaime.

--¿Y no me desprecia V.?

--¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?

--¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!

--Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de

la exclamación del joven.

--¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me

atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?

Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba

vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su

interlocutor, dijo con voz natural:

--El conde no ama a doña Dolores.

--¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.

--He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no

comprenden que los demás tengan también ojos para ver.

--Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.

--Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.

--¿No vino ex professo a Méjico con este fin?

--Sí.

--Luego ya ve V. que casará con ella.

--Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los

hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece

acaso el mañana?

--Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores

y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su

prometida.

--Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por

otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con

peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.

--La ama, la ama, dijo Domingo.

--Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.

--¿Usted lo cree así?

--Estoy seguro de ello.

--¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.

--Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí;

pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de

regreso.

--Se lo juro a V.

--Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el

aventurero se alejó por una galería lateral.

El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los

pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de

pieles, y murmuró con voz apagada:

--Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar

por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y

seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.

El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por

lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer

bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del

trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar

por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz

suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los

innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don

Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales

llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la

que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para

recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio

casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una

enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y

abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que

recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí

una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era

una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que

había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de

aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban

bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que,

por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi

solitaria.

El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos

en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente,

se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta

suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio

y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de

naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que

no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras

sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de

follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del

plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo

mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que

el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de

dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después

de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer

pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de

plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo

llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta

manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó

otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre.

El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo

modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel

hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta

que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco

a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a

cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa

de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia,

en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban

los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos

petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos

una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas

del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no

era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y

al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada

delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par

de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el

nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don

Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una

traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el

hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza,

era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor

por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la

hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos,

se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no

necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente

la mano hacia la mesa.

--Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.

Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como

despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo

que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:

--¿Quién es V.?

--¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.

--¿Quién es V.? repitió don Melchor.

--¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena,

mire V.

Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.

--¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.

--¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de

zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a

encontrarle.

--Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión;

en definitiva vale más acabar de una vez.

Las noches mejicanas · 第 14 / 27 段