me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos
encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las
precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las
cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente
cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a
sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía
el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más
inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré
que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes
circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que
a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el
escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una
conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego
apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en
este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.
--¿Qué infieres de esto?
--Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las
precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras
fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van
escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un
cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio
donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos
aguardan los que nos están acechando.
--Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el
conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir
el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de
los pesares.
--Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y
dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se
tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues
somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte
salvará a ese anciano y a su inocente hija?
--A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de
sus perseguidores.
--Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar
preparados a todo evento.
Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de
desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.
--¡Atención! dijo el conde en voz baja.
Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.
Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada
por un estremecimiento de terror y de sorpresa.
La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha
con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres
inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol
levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y
a izquierda coronaban las alturas.
Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no
era otro que don Melchor.
--A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo
con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.
--Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse
y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos
celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya
deshonra caería por entero sobre aquél.
--¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la
guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en
vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría
a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio
del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales
consentiré en cederles el paso.
--¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si
no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que
para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.
--Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.
--A eso vamos.
Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la
orden de hacer fuego.
Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de
plomo.
--¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.
Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.
La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones
sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es
que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que
no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.
Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente
intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más
recio de la pelea.
El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje
llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos,
demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus
pistolas, echaron mano del arma blanca.
Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la
inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.
Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz
por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que
eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con
una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos;
empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que
indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición
consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese
hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.
Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.
La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos
hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.
Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de
perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con
sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito
de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había
precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores.
Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés
cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo,
pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos
huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus
compañeros.
Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin
objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa
se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de
continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.
Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña
Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de
don Andrés hubo dado la señal de alarma.
Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se
habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como
iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de
sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba
siendo mayor.
Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y
levantándole suavemente le dijo:
--Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.
El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de
gratitud, y se desmayó.
Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas
en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez
echó tras el raptor.
El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don
Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en
encontrarse fuera de todo alcance.
En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho,
luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de
improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de
dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.
Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras
Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su
fusil.
Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos
cien metros de él.
El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.
Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando
al jinete en su caída.
En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta
guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.
Cuéllar iba al frente de ellos.
Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a
dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que
ellos.
D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana
para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.
--¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un
gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro
talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo
cabalgamos por más tiempo juntos.
--No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella,
que es mi hermana, está desmayada.
--¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero,
sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho
matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le
juro a V. que esto no continuará así.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.
--Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de
irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este
mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a
V. bastante claro?
--Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su
paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y
para mí y le dejo.
--El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto
a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan
resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido
de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda
resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la
cabeza y esperó.
En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.
Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no
conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos
de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.
--Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a
tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer
que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo
de perecer.
--No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente
el conde.
--Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso
Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta
señorita, ¿no es eso?
--Sí, señor.
--¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con
arrogancia don Melchor.
--Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma
el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese
de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante
para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me
arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase
a sus enemigos.
--Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a
ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde,
añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están
enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán
iguales.
--Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y
tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo
mismo.
--¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos
pasos como para alejarse.
--¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la
emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.
--¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.
--Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.
Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una
sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada
venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:
--Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!
Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a
aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a
campo atravieso.
--Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.
Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.
Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada
sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar,
regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los
peones como Dios les diera a entender.
Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas,
las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano,
que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.
--Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar
dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que
este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste
estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.
Los jóvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra
de simpatía, se separaron definitivamente de él y tomaron de nuevo y en
medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos
horas después, acompañados de muchos parientes del señor de la Cruz,
los cuales, advertidos por un peón a quien mandaron exprofeso, habían
salido a su encuentro.
FIN DEL TOMO PRIMERO
INDICE
TOMO PRIMERO
I. Las cumbres
II. Los viajeros
III. Los salteadores
IV. El Rayo
V. La hacienda del Arenal
VI. Por la ventana
VII. El rancho
VIII. El herido
IX. Descubrimiento
X. La cita
XI. En la llanura
XII. Un poco de política
XIII. Los bonos de la Convención
XIV. La casa del arrabal
XV. Don Melchor
XVI. El asalto
XVII. Después de la batalla
XVIII. La emboscada
LAS
NOCHES MEJICANAS
POR
GUSTAVO AIMARD
TRADUCCIÓN DE
LUIS CALVO
2.a EDICIÓN
TOMO II
BARCELONA
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
ARCO DEL TEATRO, 21 Y 23
ESTA TRADUCCIÓN ES PROPIEDAD DE
D. Luis TASSO
I
COMPLICACIONES
Loick se calló.
Largo había sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuchó sin
interrumpirle, con el rostro impasible y frío, pero chispeándole los
ojos.
--¿Ha terminado V.? preguntó don Jaime volviéndose hacia Loick.
--Sí, señor.
--¿De qué modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa
catástrofe?
--El mismo Domingo me la contó. ¡Ah! el pobre estaba como loco de dolor
y de rabia, y al saber que yo tenía que verle a V. me encargó que le
refiriese...
--Está bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y
fijando en éste una mirada de fuego; ¿no le dio a V. otro encargo para
mí Domingo?
--Señor, balbuceó el ranchero lleno de turbación.
--¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o
revienta.
--Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.
--En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la
majadería esa?
--Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan
desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta
necesidad de hablarle, que...
--Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...
--Donde se encontraba V., sí, señor.
Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza
cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran
crimen.
Hubo unos instantes de silencio.
--Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me
ocultaba en esta casa.
--¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así,
apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.
--Tienes razón. ¿Conque va a venir?
--Lo presumo.
--Está bien.
Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión,
y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le
preguntó:
--¿Vino V. solo a Méjico?
--López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta
de Belén donde me está aguardando.
--Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no,
antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.
--Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick
frotándose las manos.
--Ahora adiós.
--Dispense V., traigo una carta.
--¿Para mí? ¿de quién?
Loick sacó del bolsillo de su dolmán un billete cuidadosamente sellado
y lo entregó a don Jaime, diciendo:
--Tenga V.
--¡De don Esteban! exclamó con gozo el aventurero después de dirigir
una mirada al sobre y abriéndolo con presteza.
Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el
siguiente:
«Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus
propios pies al cebo. El sábado, a media noche; peral.
»¡Esperanza!
»CÓRDOBA.»
Don Jaime rompió el billete en partículas impalpables, y preguntó de
improviso a Loick:
--¿En qué día estamos?
--¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada
del todo.
--¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?
--Tiene V. razón, señor; hoy es martes.
--¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba
dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que
no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro
infalible.
El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán
preocupado.
--¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.
--Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con
acento bronco.
Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al
aventurero.
Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y
en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de
don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:
--¿Ha recibido V. malas noticias?
--Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.
--¿Podemos saberlas?
--No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a
personas queridas para ustedes.
--¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez
Dolores?
--Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue
sorprendida e incendiada por los juaristas.
--¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre
Dolores! ¿y don Andrés?
--Está gravemente herido.
--Demos gracias a Dios que no haya muerto.
--Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.
--¿Dónde se encuentran actualmente?
--En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones
mandados por León Carral.
--Es un criado fiel.
--Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por
fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros
franceses, el conde del Saulay...
--¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.
--El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada
francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios
de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la
horrible suerte que les esperaba.
--Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me
intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.
--No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don
Jaime.
--¡Ah! repuso con curiosidad la joven.
--Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.
--Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.
--Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.
--¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.
--Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme
allá.
--¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y
su padre recibiría los cuidados que su estado exige.
--Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez
valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante
todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si
su estado consiente el viaje.
--Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de
doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.
Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una
expresión sombría y se le contrajeron las facciones.
--¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.
--¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste
y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.
--Me llena V. de espanto, don Jaime.
--Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada
por los guerrilleros, ¿no es eso?
--Sí, respondió doña María, palpitante de terror.
--¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don
Melchor de la Cruz.
--¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.
--Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la
autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó
un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y
ese hombre era don Melchor.
--¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el
rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.
--Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor
había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio
de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna
a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña
Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.
--Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.
La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con
razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores
y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía
algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es
que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la
familia de don Andrés, las llenaba de dolor.
Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija
fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de
Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan
necesitados estaban después de semejante desastre.
--Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin
embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir
hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no
aguardara la visita del barón de Meriadec.
--Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin
pesar, dijo suavemente doña María.
Don Jaime se sonrió.
En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y
resonar los pasos de un caballo en el zaguán.
--Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su
visitante.
En efecto, el recién llegado era Domingo.
Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada
significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban
muy bien:
--Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con
impaciencia.
Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su
incógnito, respondió:
--Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime;
pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese
que el camino es largo.
--Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más
tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean
conocerle.
--Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente
al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de
mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas.
Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi
hermana, y doña Carmen, mi sobrina.
Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese
callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las
saludó respetuosamente.
--Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en
medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española;
si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.
Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se
entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo: