tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy
puesto en razón.
--¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.
--Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la
posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella
sería para atacarnos de nuevo mañana.
--Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.
--A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han
escapado de la matanza.
--No hallo dificultad.
--Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.
--Convengo en ello.
--Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo,
y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos
libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos
importune.
--¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.
--V. dispense, ¿acepta?
--Sí, señor, acepto. ¿Qué más?
--Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en
guerra con Méjico.
--Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.
--Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su
protección de V.
--¿No se han batido Vds. contra nosotros?
--Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos
atacaron, debíamos defendernos.
--Conforme; prosiga V.
--Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras
mulas, cuanto nos pertenece.
--¿Nada más?
--Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?
--Las acepto.
--Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.
--¡Una formalidad! ¿cuál?
--La de los rehenes.
--¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?
--Sí, señor.
--¿Pues qué quieren Vds. más?
--Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor,
que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia,
no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si
a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían
escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en
sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V.,
señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la
disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de
hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede
defenderlos con su presencia.
Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con
agrado y dijo:
--¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto
punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes
que V. exige?
--Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.
--En efecto, pero ¿quién es ese rehén?
--V., señor, respondió sin ambages el conde.
--¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto;
efectivamente les bastaría a Vds. con éste.
--Por eso no queremos otros.
--Pues es muy sensible.
--¿Por qué?
--Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?
--La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el
conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.
--Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan
bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el
hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera
siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan
orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de
rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds.,
pues esto es para mí muy importante.
--No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una
vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta
de diez hombres para regresar con seguridad.
--Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió
Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí
durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.
--Sí, contestó sordamente don Melchor.
El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al
mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.
--Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los
peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá
a disponerlo todo para nuestra partida.
--Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir
sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral,
añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.
Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el
traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto
estipulado previamente.
Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores
de la hacienda.
Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había
permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de
la barricada.
Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía
solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero
entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e
imperiosa, le dijo:
--Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora
que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario,
indispensable, una explicación suprema entre los dos.
Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un
movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y
levantando con arrogancia la frente, dijo:
--¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.
Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos
clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y
desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la
palabra en estos términos:
--¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen
que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón
al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos
los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha
permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos,
me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V.
usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la
venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un
estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V.
fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida!
desde ahora deja V. de ser hijo mío.
Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada
fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de
lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo,
inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin
volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y
desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle
impulsados por un sentimiento de horror.
En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin
embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la
terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.
Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a
don Andrés:
--Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan
cruel afrenta.
--Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me
importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?
E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y
profunda meditación.
--Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé
que es un verdadero indio.
En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente
escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó,
apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura
que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don
Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se
sentaba cerca de él.
La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos,
le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura
indecible, le dirigió estas palabras:
--Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le
quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor.
Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me
quiere a mí que le amo tanto?
Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos,
en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.
--¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud
la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No
estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!
--Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a
prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte
contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento,
levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y
permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida
de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque
¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?
--No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca
energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano
alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a
entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese
monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por
sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.
--Padre, por Dios, sosiéguese V.
--Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la
joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no
creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi
desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender
cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.
Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y
devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que
demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían
sido respetadas las habitaciones del conde.
Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se
ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los
cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros
les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón
y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las
mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo
reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el
menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos
valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados
del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con
cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de
apoderarse ni por el valor de un céntimo.
Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar,
los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo
cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de
que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que
fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que
en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron
los guerrilleros.
Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo
estaba dispuesto para la partida.
--Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.
--Adelante.
Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados
por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer
contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a
pasar a vías de hecho.
Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez
guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a
su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que
obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese
ausente, y luego dio la señal de marcha.
Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de
sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que
moraban en la hacienda.
Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego
seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que
conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de
los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.
El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.
Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto
en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y
tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que
llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza
de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana
llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis
leguas de distancia.
Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e
iluminó el campo en una grande extensión.
La hacienda estaba ardiendo.
A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y
lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.
Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de
demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía
ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto
de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el
resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a
las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal
tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.
De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros
continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir
la monotonía de su viaje.
Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el
sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.
El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:
--Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado,
por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las
gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya
de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.
--En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds.
prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles,
reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia
no soy yo quien mando, y...
--Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es
irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado
hablar más del asunto.
--¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.
El joven se acercó al guerrillero.
--Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.
--Diga V.
--Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en
menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.
--¿Qué quiere V. decir, señor?
--Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.
--Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo
al guerrillero.
Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje,
Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no
sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la
prudencia al joven.
--¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán
pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.
El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho
al separarse.
--Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas;
como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente
si la despreciásemos.
XVIII
LA EMBOSCADA
Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por
espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.
Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían
producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a
pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos,
avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así,
estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los
jarales.
Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza
parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas
luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen
ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una
apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la
tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente
que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos,
iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en
una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.
A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla,
resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los
árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes
y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de
agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal,
se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los
pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo
sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá
la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.
Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras
removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte
a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese
permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez
hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.
--Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose
ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento
gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente,
pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e
inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de
la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran
tranquilizarme.
--Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me
llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una
desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más
a propósito para una emboscada.
--¿Qué hacer? preguntó el conde.
--No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo
estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija
pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el
dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal
de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos
persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.
Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber
arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo
del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco
desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.
Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los
consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones
más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar
con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo
disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no
acobardarlos.
El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y
participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don
Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales
de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos
había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien
pasos.
Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que
experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado
mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino
seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente
sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni
pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se
hacía más alarmante por segundos.
En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de
su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la
mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo
conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda
desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en
la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su
energía y su voluntad.
León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y
comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el
anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer
término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de
escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y
que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese
posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego
y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se
reunió a éste.
--Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a
mí, dijo Luis al mayordomo.
--¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la
partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.
--¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?
--Ese hombre es capaz de todo.
--¡Entonces es un monstruo!
--No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso
que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de
consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.
--¿Ni en el parricidio?
--Ni en el parricidio.
--Lo que V. me dice es espantoso.
--¿Qué quiere V., señor? es así.
--A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada
tendremos que temer.
--Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien
como yo el proverbio.
--¿Qué proverbio?
--De la mano a la boca se pierde la sopa.
--Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.
--Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?
--En efecto, tengo que hacerle una recomendación.
--Diga V.
--Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias
fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose
consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V.
tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.
--Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes
pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?
--No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.
El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón
en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.
Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del
sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha
del conde.
--¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.
--Sí y no, respondió Domingo a media voz.
El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la
zozobra del conde, que dijo:
--Explícate.
--¿Para qué si no me comprenderías?
--Puede que sí.
--Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está
completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro,
si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima
durante el trayecto que nos separa de la ciudad.
--¿Qué te lo da a suponer?