--Quépale a V. la certeza, señor, contestó el conde, fingiendo la misma

tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy

puesto en razón.

--¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.

--Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la

posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella

sería para atacarnos de nuevo mañana.

--Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.

--A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han

escapado de la matanza.

--No hallo dificultad.

--Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.

--Convengo en ello.

--Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo,

y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos

libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos

importune.

--¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.

--V. dispense, ¿acepta?

--Sí, señor, acepto. ¿Qué más?

--Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en

guerra con Méjico.

--Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.

--Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su

protección de V.

--¿No se han batido Vds. contra nosotros?

--Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos

atacaron, debíamos defendernos.

--Conforme; prosiga V.

--Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras

mulas, cuanto nos pertenece.

--¿Nada más?

--Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?

--Las acepto.

--Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.

--¡Una formalidad! ¿cuál?

--La de los rehenes.

--¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?

--Sí, señor.

--¿Pues qué quieren Vds. más?

--Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor,

que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia,

no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si

a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían

escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en

sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V.,

señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la

disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de

hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede

defenderlos con su presencia.

Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con

agrado y dijo:

--¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto

punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes

que V. exige?

--Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.

--En efecto, pero ¿quién es ese rehén?

--V., señor, respondió sin ambages el conde.

--¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto;

efectivamente les bastaría a Vds. con éste.

--Por eso no queremos otros.

--Pues es muy sensible.

--¿Por qué?

--Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?

--La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el

conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.

--Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan

bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el

hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera

siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan

orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de

rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds.,

pues esto es para mí muy importante.

--No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una

vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta

de diez hombres para regresar con seguridad.

--Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió

Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí

durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.

--Sí, contestó sordamente don Melchor.

El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al

mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.

--Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los

peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá

a disponerlo todo para nuestra partida.

--Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir

sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral,

añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.

Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el

traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto

estipulado previamente.

Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores

de la hacienda.

Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había

permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de

la barricada.

Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía

solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero

entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e

imperiosa, le dijo:

--Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora

que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario,

indispensable, una explicación suprema entre los dos.

Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un

movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y

levantando con arrogancia la frente, dijo:

--¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.

Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos

clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y

desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la

palabra en estos términos:

--¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen

que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón

al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos

los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha

permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos,

me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V.

usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la

venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un

estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V.

fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida!

desde ahora deja V. de ser hijo mío.

Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada

fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de

lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo,

inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin

volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y

desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle

impulsados por un sentimiento de horror.

En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin

embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la

terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.

Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a

don Andrés:

--Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan

cruel afrenta.

--Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me

importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?

E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y

profunda meditación.

--Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé

que es un verdadero indio.

En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente

escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó,

apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura

que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don

Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se

sentaba cerca de él.

La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos,

le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura

indecible, le dirigió estas palabras:

--Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le

quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor.

Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me

quiere a mí que le amo tanto?

Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos,

en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.

--¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud

la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No

estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!

--Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a

prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte

contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento,

levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y

permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida

de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque

¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?

--No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca

energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano

alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a

entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese

monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por

sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.

--Padre, por Dios, sosiéguese V.

--Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la

joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no

creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi

desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender

cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.

Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y

devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que

demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían

sido respetadas las habitaciones del conde.

Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se

ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los

cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros

les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón

y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las

mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo

reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el

menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos

valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados

del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con

cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de

apoderarse ni por el valor de un céntimo.

Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar,

los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo

cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de

que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que

fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que

en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron

los guerrilleros.

Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo

estaba dispuesto para la partida.

--Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.

--Adelante.

Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados

por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer

contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a

pasar a vías de hecho.

Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez

guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a

su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que

obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese

ausente, y luego dio la señal de marcha.

Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de

sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que

moraban en la hacienda.

Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego

seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que

conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de

los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.

El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto

en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y

tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que

llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza

de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana

llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis

leguas de distancia.

Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e

iluminó el campo en una grande extensión.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y

lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.

Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de

demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía

ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto

de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el

resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a

las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal

tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros

continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir

la monotonía de su viaje.

Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el

sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:

--Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado,

por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las

gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya

de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.

--En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds.

prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles,

reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia

no soy yo quien mando, y...

--Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es

irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado

hablar más del asunto.

--¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.

El joven se acercó al guerrillero.

--Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.

--Diga V.

--Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en

menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.

--¿Qué quiere V. decir, señor?

--Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.

--Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo

al guerrillero.

Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje,

Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no

sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la

prudencia al joven.

--¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán

pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho

al separarse.

--Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas;

como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente

si la despreciásemos.

XVIII

LA EMBOSCADA

Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por

espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.

Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían

producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a

pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos,

avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así,

estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los

jarales.

Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza

parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas

luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen

ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una

apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la

tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente

que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos,

iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en

una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.

A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla,

resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los

árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes

y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de

agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal,

se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los

pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo

sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá

la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras

removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte

a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese

permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez

hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.

--Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose

ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento

gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente,

pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e

inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de

la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran

tranquilizarme.

--Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me

llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una

desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más

a propósito para una emboscada.

--¿Qué hacer? preguntó el conde.

--No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo

estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija

pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el

dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal

de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos

persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.

Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber

arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo

del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco

desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.

Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los

consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones

más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar

con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo

disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no

acobardarlos.

El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y

participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don

Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales

de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos

había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien

pasos.

Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que

experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado

mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino

seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente

sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni

pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se

hacía más alarmante por segundos.

En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de

su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la

mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo

conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda

desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en

la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su

energía y su voluntad.

León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y

comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el

anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer

término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de

escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y

que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese

posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego

y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se

reunió a éste.

--Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a

mí, dijo Luis al mayordomo.

--¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la

partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

--¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

--Ese hombre es capaz de todo.

--¡Entonces es un monstruo!

--No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso

que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de

consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.

--¿Ni en el parricidio?

--Ni en el parricidio.

--Lo que V. me dice es espantoso.

--¿Qué quiere V., señor? es así.

--A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada

tendremos que temer.

--Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien

como yo el proverbio.

--¿Qué proverbio?

--De la mano a la boca se pierde la sopa.

--Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.

--Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?

--En efecto, tengo que hacerle una recomendación.

--Diga V.

--Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias

fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose

consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V.

tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

--Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes

pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?

--No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón

en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del

sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha

del conde.

--¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.

--Sí y no, respondió Domingo a media voz.

El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la

zozobra del conde, que dijo:

--Explícate.

--¿Para qué si no me comprenderías?

--Puede que sí.

--Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está

completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro,

si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima

durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

--¿Qué te lo da a suponer?

Las noches mejicanas · 第 12 / 27 段