estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida
el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le
faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había
atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro
de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal
vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.
--Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos,
ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.
Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la
expedición, obedecieron.
--¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.
--Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?
--Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente
mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.
León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los
tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.
A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente
para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.
Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en
el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie
advirtiese la luz de la antorcha.
--¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.
--Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.
--Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una
razón.
--Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta
comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo;
subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda.
De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la
otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el
campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para
cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte
evitar que nos sorprendan.
--Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera
pondremos manos a la obra; no faltan piedras.
--Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.
--¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.
--¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.
Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta
el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de
cólera y de rabia.
--¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.
--Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.
El conde miró.
--Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.
--Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto
dice.
--Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas
pisadas que van en todas direcciones?
--¿Y qué?
--¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso
los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han
tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se
encuentran ya a estas horas.
--No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos.
La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan
llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el
muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos
pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan
Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la
inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.
Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo
se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos
jóvenes.
El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran
para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba
asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos
rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud,
temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de
tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea
recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a
caballo, les había exigido una hora.
Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba
silenciosa.
--Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el
mayordomo; quizá salvemos la hacienda.
Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones
despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron
inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.
--¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.
A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación,
y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la
salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo
permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de
Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.
Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.
--Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.
--Allá iré a reunirme con V.
--Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?
--Se lo juro a V.
--Gracias.
Doña Dolores y el conde se separaron.
Una vez en el jardín, los cinco hombres oyeron claramente los
apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se
emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrás de los árboles y de
las flores.
--Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que
esos hombres sean unos bandidos, profirió el conde.
--¡Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la
faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.
--Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibámosles como se merecen.
Ínterin, en el subterráneo redoblaban los golpes, y a no tardar se
desprendió una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareció en el
muro una brecha bastante considerable.
Los guerrilleros se precipitaron al jardín dando un aullido de alegría
que se cambió al punto en rugido de rabia.
Cinco disparos hechos a un tiempo habían estallado como un formidable
trueno.
Empezaba la lucha.
XVI
EL ASALTO
Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas,
los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por
aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a
combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.
Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado
considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera
entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos
una rociada de balas.
Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar
arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.
El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros
lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que
deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con
razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les
costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que
tan magníficos resultados se prometían.
Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin
que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los
guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el
buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando
resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino
para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por
medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el
obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.
Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas
se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de
no mostrarse delante de la brecha.
--Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en
derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo
una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo
capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos
veremos constreñidos a retroceder.
--Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.
--¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.
--¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente,
se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?
--Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?
--Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.
--Fácil es.
--Pues vaya V.
El mayordomo se alejó apresuradamente.
--¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.
--Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive
Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que
esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos
para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te
fío que va a darles que sentir.
--No te comprendo.
--¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren
abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.
En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres
barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía
unas ciento veinte libras de pólvora.
--¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así
cada uno de nosotros tendremos el nuestro.
--¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.
--Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.
Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron
el conde y León Carral.
--Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan
siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre
ellos.
El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del
primero, que se habían negado a separarse de su amo.
En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus
amigos.
Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente
por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.
Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no
atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido
fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de
consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie
mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser
vistos.
Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro,
y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas
piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la
que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.
--¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y
dentro de un instante va a derrumbarse.
Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.
Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta,
con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.
--¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los
jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?
--No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber
de ellos.
--¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.
--En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.
--Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.
Éstos anudaron un tiroteo infernal.
--Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que
preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos,
uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?
--Sí, señor conde.
--Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo
de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.
Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en
aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.
--¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se
encontrase aquí, cuan útil nos sería.
--Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.
--¿Pero dónde puede estar?
--¡Jum! ¿quién sabe?
--¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.
En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes
de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba
ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo
de pared.
Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos
y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de
improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como
sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de
humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.
Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar
de tan horrorosa escena un silencio de muerte.
--¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.
Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada
del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del
todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno
de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían
los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La
catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el
secreto el subterráneo.
--Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.
--Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el
mayordomo.
De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras
de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de
armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los
criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.
--¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo
despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!
Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los
edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien
hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando
aullidos de furor.
Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable
en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.
--¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.
--Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.
--¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.
El proyectil fue a perderse en el espacio.
--¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de
haberle salvado la vida.
Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus
habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén
por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo
sobre los asaltantes.
El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los
partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al
conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la
pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de
tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había
atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar,
y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos,
propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se
habían tomado todas las medidas conducentes al caso.
Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida
por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo,
del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo
tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar
y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la
hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto
estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante
alejados de aquéllos.
Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.
Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera
mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del
derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía
un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales
sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y
sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no
concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.
El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados
en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo
que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes
diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.
A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista
resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los
soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde
hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.
El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como
entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en
dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión,
el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso
alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel
momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle
seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a
la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados,
cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones
desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud
de guerrilleros agitando alegremente sus armas.
Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso
de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado
de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por
una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la
hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en
el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a
quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los
guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas
pistolas.
Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los
peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus
vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.
Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda,
persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles
desapiadadamente.
De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos
hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se
detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso
de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.
El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos
los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y
con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual
se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de
la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la
misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano
y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral,
los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.
--¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds.
un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no
atravesar los umbrales de esta puerta.
Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés
recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la
intensidad del peligro que corrían.
Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la
imposibilidad.
--¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de
don Andrés de la Cruz.
--De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con
un miserable de su calaña.
--Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don
Melchor.
--Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde
levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en
la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.
Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.
--No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.
En efecto, Cuéllar acababa de llegar.
Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a
nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.
El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de
éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó
con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:
--Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy
mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren
unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay
quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que
todos volemos al paraíso.
--Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos
vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a
la descubierta por la gruta.
--¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.
--Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar
los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a
todos, pues todos han quedado en él.
Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y
todos guardaron silencio.
Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro,
del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada
en torno de sí como quien busca algo.
--¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía
en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.
Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después
de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.
--Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus
compañeros, ¿piden ustedes capitulación?
--Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la
ofrecemos a V.
--¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.
--Sí; porque somos dueños de la vida de usted.
--Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso,
porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también
irían Vds.
--¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.
Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:
--Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras;
hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?
--Voy a decírselo a V., respondió el conde.
XVII
DESPUÉS DE LA BATALLA
Cuéllar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos
antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya
vaina descansaba en el suelo.
En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del salón y
dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por
boca y narices espirales de azulado humo, había un no sé qué seductivo.
--Vds. dispensen, señores, dijo; pero antes de pasar adelante es
menester que nos pongamos completamente de acuerdo. Así pues,
permítanme una ligera observación.
--Hable V., señor, dijo el conde.
--Pactemos, repuso Cuéllar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy
muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues
en este caso me vería constreñido a negárselos. No necesito decirles
que si están Vds. decididos, también lo estoy yo, y que si bien deseo
llegar a una transacción ventajosa para ambas partes, por quien soy les
juro que de mostrarse demasiado exigentes preferiré volar con Vds., con
tanta más razón cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano
terminaré mi vida como eso y no me pesaría irme al diablo en tan buena
compañía.
Por más que Cuéllar pronunciara estas palabras con ademán risueño,
el conde no se llamó a engaño respecto de la expresión decidida del
hombre con quien se las había.
--¡Oh! señor, dijo éste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de
pedirle imposibles; lo único que hay es que queremos aprovecharnos de
nuestra buena posición.
--Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero;
mas como es usted francés y sus compatriotas nada temen, he creído de
mi deber hacerle esta observación.